RETOS DE LA IA A LA LUZ DE
MAGNIFICA HUMANITAS
Prólogo
El papa León XIV siguiendo el
magisterio del papa Francisco explica que estamos en un cambio de época donde
la dignidad humana se ve comprometida por la primacía de la eficiencia
tecnológica por lo que hace un llamamiento a profundizar en las raíces
espirituales y culturales de las transformaciones que se están
produciendo.
Estamos viviendo un cambio epocal que
supone un verdadero cambio copernicano. Vivimos un cambio epocal, una verdadera
transformación epocal, un cambio de paradigma de la visión del hombre y de lo
humano, un paso a una condición que no es sólo otra variación del tema humano
sino una alteración a una cosa totalmente diferente. Vivimos sin lugar a duda
una crisis de fe que conlleva una crisis de humanidad de una antropología fluida
como si el hombre no solo dejase de ser el centro sino que no contase más. Estamos
viviendo unos momentos de gran crisis de identidad, crisis de
humanismo, que pone en peligro la democracia y el Estado de Derecho buscando
soluciones parciales e inmediatas y con el riesgo de vulnerar y olvidar que
permanezcamos fieles a los principios.
Conviene recordar que la máquina sigue
siendo un medio e instrumento al servicio del hombre y no su fin. Su
inteligencia es limitada, porque no se trata de la razón que permite al hombre
pensarse a sí mismo como criatura, discernir lo que es el bien, la verdad y la
belleza, orientar su vida y encaminarse hacia su fin.
El Estado de Derecho debe estar al servicio de la
persona humana. Y nunca debe ser objeto de la más mínima excepción. El Estado
de Derecho debe tutelar la dignidad de la persona humana y
esto no admite excepciones, es un principio.
Estamos ante el riesgo de una
concepción errónea del hombre, de la persona humana, de la naturaleza humana,
concepción que debilita las libertades y abre progresivamente la puerta a
graves abusos bajo la apariencia del bien.
La reflexión sobre la encíclica Magnifica
Humanitas responde al reto que la transformación tecnológica en el campo de
la IA está operando en nuestra vida. No partimos de una visión negativa sobre
la ciencia o los avances científicos sino una visión crítica de los retos y
desafíos del horizonte de hacia dónde nos encaminamos. La tecnología debe estar
encaminada al desarrollo de toda la persona.
La visión cristiana no rechaza la
ciencia ni la técnica, sino que las asume con gratitud y realismo, y las sitúa
“con los pies en la tierra” dentro de una vocación más alta. La inteligencia
creativa del ser humano es un don que puede aliviar sufrimientos y abrir nuevas
posibilidades, pero debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al
cuidado de los frágiles y de la creación. En este sentido, la verdadera
alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos modos de
construir: un progreso que sirve a la persona y a los pueblos, o un progreso
que los doblega a lógicas de poder.
Intentamos por ello responder a la
pregunta de si la AL ¿hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus
aspectos, más humana?; ¿la hace más digna del hombre? De ahí la necesidad de
examinar. Desde una reflexión y crítica sincera y reflexiva queremos responder
a las preguntas ¿Qué hacer para que la IA sea una tecnología positiva al
servicio del hombre que nos haga crecer como personas y nos ayude a construir
un mundo más humano?, ¿Qué fin persigue?, ¿Cómo hacer para que contribuya al
desarrollo integral humano y se encamine al bien común?
Introducción
Magnifica humanitas es la primera carta encíclica del
Papa León XIV. El documento aborda «la custodia de la persona humana en el
tiempo de la inteligencia artificial», estableciendo la postura ética y moral
de la Iglesia ante la actual revolución tecnológica. La encíclica fue firmada
el 15 de mayo, en conmemoración del 135º aniversario de la histórica encíclica
social Rerum novarum de León XIII (1891).
La encíclica ofrece un discernimiento
sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la IA, interpretando
el desarrollo tecnológico como uno de los aspectos decisivos del cambio de
época contemporáneo. La encíclica coloca en el centro de la dignidad del
ser humano como criterio para orientar el progreso técnico y evaluar sus repercusiones
sociales, culturales y morales.
Magnifica humanitas se enmarca en esta línea,
remitiéndose a la Rerum novarum y reinterpretando su instancia social a
la luz de las transformaciones producidas por la inteligencia artificial. Su
reflexión teológica se enraíza, de hecho, en los principios y fundamentos de la
Doctrina Social, asumidos como criterios para discernir los desafíos del tiempo
presente.
La Doctrina social de la Iglesia se
muestra en su faceta más auténtica: no es un manual de principios y normas que
hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario.
Cuando la dignidad de los hermanos se
ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad,
cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los
límites de su método, la Iglesia —junto con las demás confesiones
cristianas y los creyentes de otras religiones— debe hacer oír su voz no para
dominar, sino para servir a la comunión.
El texto advierte contra el riesgo de
crear una «Babel tecnológica», insistiendo en que las herramientas digitales y
los algoritmos deben estar siempre al servicio de las personas y no al revés.
La encíclica emplea dos textos de
imágenes de origen bíblico: la construcción de la torre de Babel y la
reconstrucción de los muros de Jerusalén. La primera simboliza un
proyecto humano desarrollado al margen de la dimensión divina, caracterizado
por la uniformidad y la supresión de la diversidad, así como por una
organización social orientada hacia la homogeneización en detrimento de la
comunión. La segunda representa el renacimiento de una comunidad sustentada en
la responsabilidad compartida, con Dios como principio central, y definida por
una armonía social que surge de la participación y el compromiso individual de
cada uno de los integrantes.
Las dos figuras bíblicas plantean la
dicotomía de la orientación de la vida según el plan y el designio de Dios
y la orientación al margen de la dimensión divina. Esta finalidad teológica
tiene sus derivaciones éticas. La técnica nos abre a horizontes insospechados.
No siempre es justificable la posibilidad de hacer un proyecto solamente porque
sea viable. Que se pueda hacer no quiere decir que sea correcto hacerlo. Muchas
veces intentando hacer lo correcto nos vemos influenciados por incentivos que
no conducen al bien y al desarrollo integral de la persona. Nos puede el
orgullo, la ambición, la competitividad, la eficiencia, el ansia de poder. El manejo
de la ciencia queda reducido a unos pocos movidos por razones geopolíticas. Se
hace preciso un discernimiento espiritual y moral. Es necesario un
discernimiento en base a los modelos y sistemas éticos. Se precisa más allá de
los avances de la IA, una reflexión en común, un discernimiento colectivo que
vincule a todos, sobre todo a los más desfavorecidos. La ambición de que el ser
humano florezca y progrese ha de ponerse en relación con la justicia social y
el reparto equitativo de los bienes producidos. Los beneficios han de
compartirse globalmente, equitativamente.
I.
FUNDAMENTOS
Y PRINCIPIOS DE DISCERNIMIENTO:
I.1 Fundamento: Prioridad de la
dignidad humana:
El título Magnifica humanitas hace
referencia a la grandeza y la centralidad de la persona humana. La encíclica
vincula dicha dignidad a su fundamento teológico: el ser humano ha sido creado
a imagen y semejanza de Dios y está llamado a vivir su existencia en relación y
comunión. El centro de discernimiento se pone pues en la
persona creada a imagen de Dios. El valor de los derechos humanos basados en la
dignidad de la persona humana.
Cada persona, hecha constitutivamente
para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de
comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las
capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las
decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y
la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla.
Es urgente defender la conciencia de
la excelsa dignidad de toda persona, de su valor superior a las cosas y de sus
derechos y deberes universales e inviolables. Es importante vigilar para
que este crecimiento en la conciencia de la dignidad humana no sea ofuscado
bajo la presión de nuevas ideologías o de determinados intereses de gran poder
en el mundo de hoy.
El valor de la persona descansa en lo
que es (dignidad ontológica) y no en lo que hace. Conviene considerar
particularmente insidiosa la ideología que sugiere que toda persona deba
ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a
quienes son más eficientes y productivos. En semejante perspectiva, la persona
termina reduciéndose a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser
usado y explotado, y no es reconocida como fin en sí misma, jamás
instrumentalizable. Pero el valor de la persona no depende de lo que realiza o
produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser
personas. Ningún poder humano puede legítimamente negarlos o limitarlos
arbitrariamente. Los derechos humanos son inviolables, porque son inherentes a
la persona humana y a su dignidad.
I.2 Principios: para orientar la IA ante sus
desafíos del mundo actual
El bien común. El principio del bien común es la
forma social de la dignidad reconocida en cada persona. Consiste en el
conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones
y a cada uno de los miembros el logro más pleno y más fácil de la propia
perfección. No es la suma de esfuerzos individuales sino la conciencia
colectiva de un bien mayor que respete la dignidad de la persona, a través de
un proceso de diálogo y consenso.
El destino universal de los bienes: para que sustenten la vida de todos.
Este principio nos recuerda sobre todo que los bienes de la tierra —el suelo,
el agua, el aire y los recursos naturales— han sido dados por Dios a toda la
familia humana para sostener la vida de todos, hoy y en las futuras
generaciones, y que toda persona tiene un derecho originario al uso de dichos
bienes. Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a
todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. En
consecuencia, no es conforme con el designio de Dios, usar este don de modo tal
que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos». Hoy estamos llamados a
reconocer que este destino universal no se refiere sólo a los bienes
materiales, sino también a los bienes inmateriales y culturales.
Subsidiaridad: ayudar sin sustituirse. El principio
de subsidiariedad se refiere a la tarea de las personas, las familias, las
comunidades locales y los cuerpos intermedios en la acción social, y que no
puede ser reemplazada o absorbida por instancias superiores.
Solidaridad: nadie se salva solo. La encíclica
sitúa el principio de solidaridad como uno de los pilares y fundamentos
axiológicos, ya que opera como un criterio para un discernimiento comunitario y
una orientación concreta para la acción colectiva frente a los avances
tecnológicos y digitales.
I.3 Desarrollo humano integral
La encíclica aborda la transformación
digital partiendo de los lugares concretos en los que se forma y se custodia a
la persona: la familia, la escuela, el trabajo, las instituciones sociales. El
uso de la IA debe salvaguardar la verdad, la conciencia, la libertad, la
justicia y la paz de la convivencia humana. La cuestión de la verdad se refiere
a la posibilidad de distinguir lo real de lo manipulado, en un ambiente marcado
por la producción automática de contenidos, de la desinformación y de la creciente
dificultad para reconocer fuentes fiables. La libertad se reinterpreta a la luz
de las adicciones digitales, de la recopilación masiva de datos y de las formas
de orientación invisible de los comportamientos. El trabajo se presenta como un
ámbito decisivo para la dignidad humana, expuesto al riesgo de quedar reducido
a mera eficiencia o de ser sustituido por procesos automatizados carentes de un
adecuado discernimiento social.
II.
UNA
VERDADERA ANTROPOLOGIA QUE SUPERE EL TRANSHUMANISMO Y POSTHUMANISMO
II.1 El transhumanismo y
posthumanismo
Hoy se ha extrapolado el poder de la
ciencia y se ha perdido la dimensión no solo trascendente sino de la alteridad.
Con el posthumanismo y transhumanismo vivimos la propuesta de
una transición radical. Se trata de alguna manera de una extinción de la
humanidad, al menos como nosotros la conocemos en favor de una nueva realidad y
un nuevo paradigma.
El posthumanismo es la versión desacralizada y
democratizada que propone no el santo sino el superhombre (superman, iron
man). El posthumanismo diluye la concepción del hombre como un ser
destinado a hibridarse y transformarse. No se pone límites ni de legalidad ni
de normativa sino que se da total vía libre a la biología, la técnica y la
ciencia para inventar cualquier tipo de ser con potencia sensorial y mental que
sea con plena salud sin límite de buscar su inmortalidad. (J. Habermas, Julian
y Aldous Huxley, Peter Sloterdijk, Sorgner, Peter Lang)
El transhumanismo como un estadio de transición
mantiene al menos cierta continuidad con algunas de las aspiraciones
tradicionales, aunque el hombre no sea el centro al menos la centralidad de una
vida con su capacidad de mutación, recombinación, autoreplicación,
autoensamblamiento. Esta tesis se sostiene desde el punto en que el hombre es
un ser en crecimiento y que hasta ahora no ha conseguido su mejor expresión. El
posthumano es construido sobre la capacidad de reactivar al interno del ser
humano como si se tratase de ser de laboratorio activado por un virus o una
bacteria. (Nick Bostrom, Stefan Lorenz Sogner, J. Harris, R.
Kurzweil, Drexler)
Esta visión transhumana y posthumana es sumamente utilitarística,
tiende a la propia satisfacción ilimitada del placer, sofisticación de la
salud, el bienestar (well being) y la felicidad sin normatividad ni
referencia axiológica (Paradise engineering ) y el rechazo del
sufrimiento y de la muerte. Se mueve sobre el sueño de la perfección y la
inmortalidad desde un contexto meramente tecnocrático, individualista y
biológico donde no se distingue los confines entre el hombre y la
máquina. Se rompe radicalmente con la visión cristiana del hombre y la
propia antropología cristiana. El hombre deja de ser un ser espiritual
con dimensión trascendente, un espíritu encarnado (una unidad psicosomática).
Se rompe el vínculo entre el cuerpo, la racionalidad y la libertad. El progreso
del hombre deja de ser un progreso integral que va de la mano de una
sensibilidad moral. Los valores morales son rechazados porque limitan la
autonomía y el control y se propone un derecho fundamental de ser lo que quiera
y lo que pueda. Se habla de natalidad biológica, del cuerpo incluso el cerebro
como una entidad material (body building, cuerpo
robotizado, cerebro biológico). Se va más allá de la ideología de género, no
existe más la identidad sexual ni étnico cultural sino un programa biológico de
múltiples variaciones y combinaciones (ingienería genética). Se habla de sexo
virtual o una pareja virtual. La capacidad central es la de la programación e
información. La salvación o liberación del hombre no tiene más un origen
trascendente o político sino tecnológico. Se habla de una nueva religión
tecnocrática (una religión de la ciencia sin límites). Se pierde el plano
epistemológico y los límites quedan difusos entre lo real y lo ficticio, lo
efectivo y lo imaginario, lo real y lo virtual, la utopía y la distopia. Los
arquetipos del Cristo y del Anticristo se diluyen hasta el punto de la
semejanza.
Los movimientos del trans y posthumano conllevan una deshumanización,
la humanidad queda gravemente debilitada. El hombre queda reducido a un ser
alienado, indiferenciado y homogeneizado con la desaparición del alma, sin amor
ni aspiración última (tan solo el sueño de una liberación y perfección que
busque la inmortalidad), sin responsabilidad ni libre albedrío, nunca más
sujeto de libertad, (sin alteridad ni intersubjetividad, ni interioridad
existencial) reducido a una pura perfecta y eficiente funcionalidad. Se rompe
con toda la tradición humanística (teleología de la desencarnación). La ruptura
de la naturaleza humana no es solo con la ontología y la antropología
tradicional sino con la ética y la moral. La dicotomía entre perfección y
transformación o entre desencarnación e hibridación conlleva una homologación y
una diversidad esfumada. Más que hablar de un progreso o evolución
sociocultural se habla de una evolución biológica, tecnológica expuesta a la
manipulación. La naturaleza humana no solo queda mutilada, modificada o
hibridada, sino negada.
Tratando de hacer emerger los
presupuestos culturales que acompañan la revolución digital en curso, quisiera
ahora dirigir la atención a algunas corrientes que interpretan el progreso como
una superación del ser humano y que podemos clasificar con los nombres de transhumanismo
y posthumanismo. Estas corrientes constituyen el trasfondo ideológico que
reside en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario
colectivo de forma simplificada, especialmente en los medios y en las redes
sociales, induciendo el entusiasmo por las nuevas tecnologías con una visión
futurista de “humanidad potenciada” o de “hombre hibridado” con la máquina.
El
transhumanismo y el posthumanismo
comprenden en su interior una pluralidad de corrientes y sensibilidades, y
resulta difícil hacer una descripción unívoca de ellas. Pueden ser comparadas
con un archipiélago de islas conceptuales diferentes, pero unidas por el mismo
mar de presupuestos: la centralidad de la técnica y el sueño de superar los
límites de la condición humana.
El transhumanismo imagina una potenciación del ser
humano por medio de las tecnologías —biomedicina, ingeniería del cuerpo,
dispositivos, algoritmos—, con la aspiración de incrementar el rendimiento y
las capacidades.
El posthumanismo, sobre todo en sus versiones más
radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de
hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que
atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en
una nueva etapa evolutiva. Aun cuando estas hipótesis siguen siendo en gran
parte especulativas, van adquiriendo relevancia, porque modifican el imaginario
colectivo y, en consecuencia, orientan las decisiones sociales, económicas y
políticas.
II.2 El humanismo cristiano
Hoy día sentimos la necesidad de una
antropología coherente con nuestra fe que nos ayude a interpretar todo lo
humano. La cultura dominante que vivimos del materialismo, individualismo,
hedonismo tiene de base una propuesta antropológica —materialista e idealista,
individualista y estéril—, que hace juego con las claves de fondo del sistema
económico. Hemos de salir del individualismo y narcisismo reinante para
recuperar el valor de la persona y su dimensión comunitaria.
Se precisa evitar cualquier distorsión
y deformación de la imagen del hombre. Hemos de partir de una visión acorde con
una antropología cristiana que tenga como base ontológica el ser imagen y
semejanza de Dios y tenga como centro la dignidad de la persona.
Tratemos de ahondar en lo constitutivo
del ser humano y «persona». El «ser humano», a diferencia de los demás animales
mamíferos, posee un plus que constituye su ser, que es lo que conocemos como el
espíritu de la libertad. La libertad constituye el núcleo existencial del «ser
humano». De ahí que el «ser humano» no se reduzca a pura naturaleza
(exclusivamente la materia), sino que es, simultáneamente, un ser «espiritual».
El «ser humano» trasciende la naturaleza. No es sólo la razón, sino el espíritu
de la libertad lo que caracteriza al «ser humano» y lo hace distinto de los
demás entes del mundo. El «ser humano» resulta así una unidad indisoluble,
entre lo que es su esfera psicosomática (su soma y su psique) y su centro
existencial que es el espíritu.
La fundamentación última del origen de
la dignidad de la persona humana y del deber moral de respetarla
incondicionalmente no se logra alcanzar sin el recurso de la fe, a la luz
de esta Revelación. Como nos recuerda Gaudium et Spes (n.22),
«el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»,
es decir, a la luz del amor de Dios por cada persona humana.
La visión del hombre tiene que ver con
la visión e imagen que tengamos de Dios. Dios no es indiferente a lo que vive
el hombre. Todo lo que acontece al hombre le interesa a Dios. Todo ser humano
por el hecho de ser creatura amada por Dios merece todo el respeto y
veneración. Dios quiere que el hombre viva una vida plena, sea plenamente
humano.
La expresión “más que humano” no
pertenece sólo al lenguaje de las promesas técnicas. Desde hace siglos, la
tradición cristiana afirma que el ser humano no está encerrado en los límites
de la propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo; no
para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el
amor. La fe conoce un “más allá” que nace del don de Dios. Esta transformación
es obra del Espíritu Santo. Como enseñaba santo Tomás de Aquino, este proceso
de elevación y transformación sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana,
porque hay una distancia infinita entre nuestra naturaleza y la vida de
Dios. Sin embargo, es posible ser introducidos en el seno de esa vida
inextinguible, incluso mientras caminamos entre los límites de este mundo. Y
quien hace posible este camino sólo puede ser el Infinito que se da: es Dios
mismo quien supera la desproporción “infinita”. Así se realiza la
re-creación de lo humano: «El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo
antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente» ( 2 Co 5,17).
Cuando aceptamos
esta posibilidad de trascendernos a nosotros mismos con la gracia de Dios no
renegamos de nosotros mismos, no nos volvemos menos humanos. Llegamos a ser
plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios
que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más
verdadero.
Aquí se encuentra la diferencia
radical respecto a los sueños prometeicos: lo que salva lo humano no es
la autosuficiencia potenciada, sino una relación que libera, una comunión que
transforma. Frente a esto, una tecnología que clasifica y optimiza lo que ya
existe puede ser, sin querer, un obstáculo al cambio y al crecimiento. Para un
algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser
el inicio de un cambio profundo. El futuro de una persona no es calculable,
sino que está confiado a su libertad ―elevada por la inagotable gracia divina―
y a las relaciones que cultiva.
II.3 El límite, la grandeza del ser
humano
En la mentalidad postmoderna se busca
superar todo límite, superar lo humano tratando de convertirlo en objeto de
optimización. (Fusión del hombre y la máquina. Hombre robot).
En las promesas y falsos mitos del
transhumanismo y de algunas corrientes posthumanistas, que persiguen una
humanidad potenciada y casi desencarnada, reconocemos un deseo que nos
interpela: la necesidad de una vida más plena, menos expuesta a la fragilidad y
al sufrimiento.
Hoy nuestra relación con la vida
parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite” —incapacidad,
enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído
principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en
el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos
recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino
a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la
luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de
este mundo. Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que
marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud
constitutiva, sabiendo que «la experiencia religiosa, en particular la fe
cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la
grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación
originaria y fundante con Dios».
Es precisamente en
nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera
preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende
incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la
adoración a Dios. Lo vemos en tantos momentos en los que el límite se hace
tangible en nuestra vida: cuando recibimos un rechazo, cuando sufrimos a causa
de la enfermedad o la muerte de una persona amada, cuando experimentamos la
incapacidad o el error.
II.4 La necesidad de transparencia
Esta visión distorsionada del
ser humano se traduce hoy en diversas formas de sometimiento vinculadas
directamente a la economía digital. En el mundo de la IA nada es inmaterial o
mágico. Cada respuesta que parece inmediata y perfecta proviene de una larga
cadena de mediaciones, de una extensa red de recursos naturales, de
infraestructuras energéticas y, sobre todo, de personas. Una parte
significativa del funcionamiento de la economía digital se sustenta en el
trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados en actividades poco
visibles pero esenciales: etiquetado de datos, moderación de contenidos —a
menudo pésimos— y entrenamiento de modelos. En muchos casos se trata de jóvenes,
en su mayoría mujeres, que trabajan duro a cambio de remuneraciones mínimas. A
este arduo trabajo invisible se suma la tarea, aún más brutal, de la extracción
de los recursos necesarios para la producción de los dispositivos y
microprocesadores en los que se basa la IA.
En algunas regiones del mundo,
adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas en la trituración de
los materiales de los que se obtienen las tierras raras. Cuerpos marcados,
mutilados, consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa.
Además, las redes criminales utilizan plataformas en internet, sistemas de
mensajería, pagos anónimos y técnicas de perfilado para reclutar, controlar y
trasladar a víctimas de la trata, muchas veces menores de edad, convirtiendo a
hombres y mujeres en “datos” que rastrear y “paquetes” para transferir dentro
de los mismos circuitos digitales que sustentan gran parte de la economía
global. Esta realidad interpela profundamente la conciencia moral de nuestro
tiempo. No basta con invocar la eficiencia ni con alabar los beneficios de la
innovación, si estos se basan en una cadena de explotación que se mantiene
deliberadamente oculta. Si una tecnología promete emancipación, pero produce
nuevas formas de subordinación global, contradice el principio fundamental de
la dignidad de la persona.
II.5 Las nuevas formas de esclavitud
Las nuevas esclavitudes se alimentan
de cadenas económicas e infraestructuras digitales. Por lo tanto, es necesario
actuar en varios frentes: en primer lugar, para exigir una mayor transparencia
de las cadenas de suministro que sustentan la industria tecnológica y la
economía digital, de modo que ninguna ventaja competitiva se construya sobre la
explotación invisible.
La lucha contra las nuevas formas de
esclavitud constituye una prueba de fuego decisiva para el discernimiento ético
de la IA y la transformación digital. Siguiendo la tradición la Iglesia renueva
su firme condena de toda forma de esclavitud, trata y mercantilización de las
personas, y recuerda la urgencia de un amplio movimiento de reflexión y acción
que sitúe en el centro la dignidad inalienable de todo ser humano y el bien
común, como fines de la sociedad y como criterios de toda decisión personal,
social y política. Sin esta reflexión ética y humanizadora, el creciente poder
de los sistemas digitales corre el riesgo de conducirnos hacia nuevas
atrocidades, no menos vergonzosas que las del pasado que hoy deploramos,
mientras seguimos presentándonos como sociedades “avanzadas” y “civilizadas”.
La proliferación
sin control de la pornografía, la trata debe reconocerse como una forma
contemporánea de esclavitud y como una grave violación de la dignidad humana;
no reaccionar con firmeza o tolerar de cualquier modo estas prácticas
significa, en cierta medida, hacerse cómplice hoy de las culpas cometidas ayer,
cuando la esclavitud se justificaba o se silenciaba.
III.
LOS
RIESGOS DE LA IA ANTE UNA SOCIEDAD TECNOLOGICA
La reflexión aborda la relación entre
el desarrollo tecnológico, el poder y la responsabilidad humana. La encíclica
reconoce en la técnica una manifestación de la creatividad del ser humano y de
su capacidad para transformar el mundo, pero advierte sobre el riesgo de que la
eficiencia se convierta en el criterio dominante para interpretar la realidad y
orientar las decisiones. Los sistemas de inteligencia artificial se consideran,
por tanto, a partir de la distancia que separa el cálculo del juicio, el
procesamiento de datos de la sabiduría práctica y el rendimiento funcional de
la responsabilidad moral. De esta forma, la innovación tecnológica se sitúa en
un horizonte antropológico más amplio, en el cual la grandeza de la persona no
se mide por el poder de los instrumentos que produce, sino por su capacidad de
custodiar la dignidad, la libertad y el bien común.
III.1 Riesgos del poder tecnocrático
Hemos de estar alerta sobre un
desarrollo tecnológico desmedido y sin límites éticos que pueda ser utilizado
para beneficiar solo el poder de unos pocos, marginar a los más vulnerables o
deshumanizar las relaciones sociales.
El mayor riesgo del poder tecnocrático
es la pérdida de legitimidad democrática, ya que las decisiones políticas
quedan en manos de expertos no electos en lugar de representantes elegidos por
los ciudadanos. El déficit democrático desplaza el debate público y anula el
poder del voto ciudadano. Se corre el riesgo de una desconexión social:
Los técnicos priorizan la eficiencia fría sobre las necesidades humanas y
emocionales.
La Ilusión de neutralidad oculta
sesgos ideológicos y políticos detrás de datos supuestamente
"objetivos". El auge de populismo facilita que líderes extremistas
capitalicen el descontento contra las "élites expertas". Es fácil
caer en el desencanto y apatía ciudadana que genera frustración y desinterés.
Cuando la tecnocracia domina, la
política se convierte en mera gestión de cifras. Esto suele beneficiar a los
mercados financieros y a los grandes poderes económicos, mientras se precariza
el bienestar de las mayorías bajo el pretexto de la "inevitable necesidad
técnica".
En este contexto la IA se desarrolla
en clave de eficiencia y beneficio fomentado el poder concentrado de unos pocos
y la exclusión de muchos. La IA elabora datos pero no tiene conciencia de su
valoración ética. A menudo se desarrolla sin trasparencia y según una falsa
objetividad. La IA sigue patrones y simula inteligencia pero no es humana por
carecer de capacidad de discernir de acuerdo a su dimensión relacional,
espiritual y trascendente. La IA es rápida y potente pero no es responsable. La
IA debe hacer la vida más humana no más eficiente.
Hoy en día se hace uso del término
«tecnofascismo». La adhesión de las élites de Silicon Valley a programas
políticos autoritarios, su desprecio por la democracia liberal y el proceso
deliberativo, y su concentración de poder sin obligación de rendir cuentas son
elementos que hacen tentadora la comparación con el modelo fascista.
El fenómeno al que asistimos, y que me
parece más acertado calificar de «tecno-oligarquía», no es simplemente una
variante tecnológica del fascismo. Por el contrario, representa una ruptura
radical con prácticamente todas las tradiciones políticas modernas. En su
antihumanismo, va teóricamente más allá de las deshumanizaciones mortíferas a
las que alude el término «tecnofascismo».
III.2 Retos de la IA frente a la
cultura del poder
La encíclica afronta la relación entre
innovación tecnológica, guerra y responsabilidad moral. Las nuevas tecnologías
aplicadas al armamento influyen en la eficacia de los medios de defensa y
transforman la forma en que se toman las decisiones que conciernen a la vida y
la muerte. El riesgo denunciado es que la automatización de los procesos
militares haga cada vez más impersonal el juicio, atenúe la responsabilidad
humana y subordine la protección de la vida a la eficacia de los medios.
A esta lógica, definida como cultura
del poder, el documento opone el horizonte de la civilización del amor. Esta
indica la forma histórica de la cooperación del hombre en la edificación del
Reino de Dios: una vida en común orientada por la justicia, la fraternidad y el
diálogo, en la que la paz no es solamente ausencia de guerra, sino fruto de
relaciones reconciliadas y de una responsabilidad compartida.
Si la técnica domina el hombre se
convierte en un medio. En un contexto donde la concentración de la riqueza
recae en unos pocos dependiendo de los conocimientos y tecnologías cuando estos
quedan concentrados en manos de unos pocos. Es preciso defender el derecho a
los datos privados, transparencia en los algoritmos, herramientas de apelación.
III.3 Desarmar, impedir el dominio
sobre lo humano
Hemos de vencer la cultura de la
violencia y el odio. El odio es una mentalidad distorsionada que, en vez de
hacer que nos reconozcamos hermanos, lleva a que nos veamos como adversarios,
como rivales, o si no como objetos que se venden o se explotan. No nos deben
asustar las diferencias entre nosotros, sino más bien, sí deben darnos miedo
nuestras cerrazones, y nuestros prejuicios, que impiden que nos encontremos
realmente y que caminemos juntos. Hemos de esforzarnos en entretejer vínculos. Debemos de promover una cultura de la
vida, de respeto a la vida, de cuidado de la vida de todos y de toda la
vida, buscando la promoción de la vida de una forma integral. Hemos de rechazar
la pena de muerte, definida como “inadmisible” porque “siempre será un crimen
matar a un hombre”, y central es la llamada al perdón, conectada al concepto de
memoria y justicia.
Hemos de revertirla cultura del poder,
lógica del más fuerte, Hemos de favorecer las relaciones promoviendo la paz y
no la guerra. Un mundo más justo se logra promoviendo la paz, que no es sólo la
ausencia de guerra, sino una verdadera implicación por la paz implica a todos.
Ligadas a la verdad, la paz y la reconciliación deben ser “proactivas”,
apuntando a la justicia a través del diálogo, en nombre del desarrollo
recíproco. De ahí deriva la condena a la guerra, “negación de todos los
derechos” y que ya no es concebible, ni siquiera en una hipotética forma
“justa”, porque las armas nucleares, químicas y biológicas tienen enormes
repercusiones en los civiles inocentes. No hay algoritmo que pueda hacer
que la guerra sea moralmente aceptable.
Hemos de evitar la concentración del
poder en unos pocos. Vencer la desvinculación con la solidaridad. La
proliferación de la IA crea nuevas condiciones del trabajo que obligan a muy
diversos desplazamientos, las migraciones exteriores e interiores están
provocando aglomeraciones urbanas donde es difícil el acceso a la vivienda, al
mismo tiempo que en amplias zonas del país la despoblación es muy grande. La
consecuencia inmediata de estos desplazamientos es que crece el desarraigo, la
desvinculación.
La calidad de una civilización se mide
no por el poder de sus medios sino por el cuidado y promoción integral de la
persona. El progreso técnico, valioso en sí mismo, requiere un discernimiento
sobre la visión antropológica que lo guía y los fines que persigue.
Se ha de promover un desarrollo
plenamente humano. Un desarrollo integral debe estar dirigido a promover a
todos los hombres y a todo el hombre. Abarca el crecimiento de todas las
dimensiones de la existencia y de todos los pueblos. Se precisa desarrollar la
IA bajo una ética que tenga en cuenta la dignidad de las personas y se enmarque
en unas justas relaciones internacionales.
IV.
CONSTRUYENDO
JUNTOS UNA NUEVA CIVILIZACION MAS HUMANA JUSTA Y FRATERNA
Magnicat humanitas insiste en la necesidad de que dichos
sistemas se desarrollen y utilicen dentro de un marco de responsabilidad
humana, ética e institucional. El título de la encíclica remite además a la
responsabilidad compartida de custodiar lo humano en el tiempo de la
inteligencia artificial. Esa custodia implica el reconocimiento de una comunión
más amplia, en la que la fraternidad se convierte en una responsabilidad
concreta hacia los más vulnerables.
No podemos considerar a la IA como
moralmente neutra. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones
y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que
clasifica personas y situaciones. Si un sistema se concibe o emplea tratando
algunas vidas como menos dignas, o las excluye sin posibilidad de apelación, no
es un simple instrumento que “hay que usar correctamente”; introduce ya un
criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona. Por eso, el
discernimiento ético no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado
sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el
modo en el que está diseñado y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita
en los datos y en los modelos que lo guían.
IV.1 La gobernanza y responsabilidad:
La dignidad de la persona humana debe
guiar todas nuestras acciones. El hombre debe mantener una libertad interior
que le permita orientar sus acciones con arreglo a la finalidad de su vida.
Esto pide conciencia y responsabilidad. Promover una cultura esde el diálogo y
el encuentro.
La gobernanza exige marcos de
transparencia, regulación internacional y un diálogo abierto entre la teología,
las ciencias humanas y los líderes de la industria tecnológica.
Debemos hacer frente y vencer la
proliferación de la indiferencia, la exclusión, la marginación. Otro grave mal
de nuestra sociedad es la exclusión y la soledad. “El fenómeno de la soledad,
los datos nos muestran la relevante dimensión del vacío de amor que se ha
instalado en la vida social. Graves problemas de la humanidad están
relacionados con la desvinculación y falta de amor (pobreza afectiva) que es
caldo de cultivo para muchos de los problemas sociales que hoy nos afectan.
(soledad, pérdida de sentido, enfermedad mental)
El problema no está solo en las formas
que tenemos de vincularnos familiarmente, se trata de algo mucho más profundo,
que es de naturaleza espiritual. La pandemia y sus males han puesto al
descubierto una enfermedad del alma padecida por un amplio sector de la
sociedad, procedente de las entrañas de nuestra cultura: muchos conciudadanos
no pueden afirmar positivamente que su vida tenga sentido ni pueden reconocer
una razón para vivir.
La amistad social, la convivencia, la
fraternidad, la solidaridad, la justicia y el amor, son los presupuestos
generadores de una nueva civilización universal. La llamada a cuidar de la casa
común. Experimentamos una sed profunda de humanidad de familia. Hemos de enfatizar la llamada a
promover el bien común. Estamos ante el reto de la transformación del estado
del bienestar, tanto por razones externas, globalización y movimientos
migratorios, como internas, envejecimiento y modificación de los sistemas de
empleo con las sucesivas reformas laborales.
IV.1.1
Custodiar la verdad frente a la desinformación, manipulación
Custodiar y vincular la verdad y la
libertad
Estamos viviendo una cultura en la que
rige lo que Benedicto XVI llamó la «dictadura del relativismo». En el fondo se
trata de un fenómeno paradójico y, en gran medida, contradictorio que tiende a
presentar la verdad como la mayor enemiga de la libertad. Defiende que no es
posible conocer una verdad objetiva, que no es posible conocer unos valores y
que no es posible establecer unos principios éticos universales. No existe la
verdad absoluta, solo existe la verdad de cada uno: subjetivismo; o bien, el
escepticismo que dirá que, si existe la verdad absoluta, el hombre no puede
conocerla; o bien, el convencionalismo: los valores, las normas y el ser de la
sociedad no pertenecen a la naturaleza de las cosas, sino que son solo producto
de un acuerdo humano, una pura convención.
El recto uso de la IA está en conexión
con la verdad y la libertad a la base de la responsabilidad moral. La verdad no
es solamente objetiva respondiendo a una serie de criterios sino relacional. El
conocimiento y el aprendizaje no se basa solo en la eficiencia y la acumulación
de datos sino en el desarrollo de nuestro ser comunitario y dialógico. El
conocimiento se construye a través de vínculos de confianza y diálogo. Se ha de
recuperar esta conciencia y responsabilidad comunitaria. Soy humano porque
pertenezco, participo, comparto. Ser humano significa vivir juntos, caminar
juntos compartir las cargas y llevarlas juntos.
El hombre mediante la IA crea
dependencias y control a través de los datos. Nuevas formas de esclavitud. El
uso de las plataformas digitales y los sistemas de IA acelera los profundos
cambios en la comunicación pública y política. Herramientas que podrían
favorecer el debate y la participación se utilizan a menudo para construir
narrativas sesgadas y difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso,
mezclando datos y opiniones. La desinformación no surge con la IA, pero
encuentra hoy en ella un potente multiplicador. La posibilidad de manipular
contenidos, imágenes y vídeos expone a los ciudadanos a perspectivas parciales
o engañosas. El problema afecta a la dimensión cultural y moral, ya que la
calidad de la comunicación pública depende directamente de la confianza social
y repercute en ella. Una información veraz, de hecho, no surge de un control
centralizado o automatizado. En el discurso público, la verdad de los hechos
tiene una dimensión racional, ya que requiere verificación, cotejo de fuentes y
responsabilidad argumentativa; pero es aún más relacional: se construye a
través de vínculos de confianza y prácticas compartidas, en un diálogo honesto
con los demás y con el mundo. Sólo la búsqueda compartida de la verdad de los
hechos, asumida como bien común, puede sentar las bases de una comunicación
justa.
IV.1.2 Por
una ecología de la comunicación
La primera tarea que nos corresponde es no demonizar ni idolatrar los medios, sino gestionarlos a partir de un punto fijo: la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad. Por lo tanto, es necesario promover una ecología de la comunicación: en el ámbito de las normas públicas, esto significa establecer reglas que hagan más transparentes los criterios con los que se seleccionan y amplifican los contenidos y que protejan los datos personales; en el ámbito social y cultural, en cambio, implica el fortalecimiento de los organismos intermedios, un periodismo serio y espacios de debate en los que primen la argumentación y la verificación por encima de la reacción inmediata; en el ámbito de la escuela y la familia, la creciente necesidad de una nueva conciencia educativa y la formación en el uso correcto y crítico de las herramientas digitales, la IA y las plataformas de compra e inversión; en el ámbito de la universidad, el gran reto de la integración de los conocimientos, formando tanto en la capacidad de conectar y fusionar saberes para interpretar la complejidad, como en las técnicas de verificación de los hechos.
IV.2 La educación. Formación crítica y continua.
Promover el diálogo, la información, la valoración crítica, el discernimiento.
·
Una alianza educativa para la era digital
En una época en la que la verdad suele verse supeditada a
intereses y estrategias comunicativas, el mundo de la educación adquiere una
importancia decisiva. Sin embargo, las rápidas transformaciones tecnológicas
ponen de manifiesto lo poco preparados que estamos en el ámbito educativo. La
omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la
sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante
el esfuerzo que supone buscar la verdad.
Los procesos educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar,
una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino
paciente. La cuestión es fundamental, porque toda tecnología educa a quien la
utiliza. Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir
cuándo y para qué no utilizarla. La rapidez y la facilidad con
las que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que
se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo. Como
escribe Platón, las cosas más profundas e importantes sólo se aprenden tras
mucho tiempo y mucho esfuerzo, comprometiéndose en la discusión con los demás
para “frotar” los conceptos y las experiencias como si fueran pedernal, hasta
que en nosotros salte la chispa de la comprensión. Debemos aprender a
prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina
perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano
precisamente cuando más se necesita.
IV.3 El trabajo. Reglas justas que
ayuden a los que trabajan y promuevan participación social y eviten
desigualdades.
El trabajo se presenta como un ámbito
decisivo para la dignidad humana, expuesto al riesgo de quedar reducido a mera
eficiencia o de ser sustituido por procesos automatizados carentes de un
adecuado discernimiento social. La libertad se reinterpreta a la luz de las
adicciones digitales, de la recopilación masiva de datos y de las formas de
orientación invisible de los comportamientos. Junto a estos temas, el documento
destaca el papel de la educación, de la familia y de las comunidades
formativas, llamadas a acompañar sobre todo a los jóvenes en el uso crítico y
responsable de las tecnologías. Custodiar lo humano en la transformación
digital significa, por tanto, proteger las condiciones que hacen posible una
vida capaz de verdad, relaciones auténticas, trabajo digno, libertad real y responsabilidad
compartida.
El trabajo no es un simple
instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. Es una
necesidad inherente a la condición humana, un camino habitual hacia la madurez,
el desarrollo y la realización personal. En esta óptica, las ayudas económicas
a los pobres siguen siendo a veces necesarias en situaciones de emergencia,
pero no pueden convertirse en la única respuesta, ya que el objetivo es ofrecer
a cada persona las condiciones para vivir dignamente a través de su propio
trabajo.
Hoy en día, la
combinación de la automatización, la robótica y la IA está transformando
rápidamente la estructura misma del trabajo. Se dice que esto traerá grandes
mejoras para todos. En realidad, los “nuevos modos” de trabajar no son
necesariamente mejores, porque «mientras la IA promete impulsar la
productividad haciéndose cargo de tareas ordinarias, a menudo los trabajadores
se ven obligados a adaptarse a la velocidad y a las exigencias de las máquinas,
en lugar de que estas últimas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan.
Así, contrariamente a los beneficios anunciados sobre la IA, los enfoques
actuales de la tecnología pueden paradójicamente desespecializar a los
trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a tareas
rígidas y repetitivas. La necesidad de seguir el ritmo de la tecnología puede
erosionar el sentido de la propia capacidad de obrar de los trabajadores y
ahogar las capacidades innovadoras que están llamados a aportar en su trabajo».
precisamente para evitar esta deriva, es necesario diseñar sistemas centrados
en la persona y no sólo en el rendimiento.
IV.3.1 El problema del desempleo
Hoy en día, en la
“cuarta revolución industrial”, esta preocupación se agudiza, ya que la
innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar
los beneficios. En algunos contextos, es realista temer una reducción
significativa y rápida de los puestos de trabajo disponibles, con un efecto en
cadena que afecta profundamente a las familias, a los jóvenes y a las economías
locales. En muchos sectores, esto ya se traduce en nuevas formas de precariedad
y desigualdad, con remuneraciones muy elevadas para una minoría altamente
especializada y salarios cada vez más bajos para una gran parte de la población
activa.
IV.3.2 Una
economía más humana
El mercado laboral es uno de los
ámbitos en los que los riesgos de las nuevas tecnologías se manifiestan con
mayor claridad. Por eso es necesario recordar que la libertad económica no es
absoluta y debe medirse siempre en función del bien común y de la dignidad de
cada persona. La iniciativa empresarial puede ser una verdadera vocación, capaz
de generar riqueza y mejorar la vida de todos, siempre que reconozca la
creación de empleo digno y de valor como parte esencial de su servicio a la
sociedad, y no como una variable dependiente únicamente del beneficio.
La actividad económica no puede pretender resolver los problemas sociales simplemente ampliando la lógica del mercado, sino que debe estar orientada al bien común, respecto al cual la comunidad política tiene una responsabilidad propia e insustituible.
IV.4 La justicia social
Se ha de asegurar promover la paz y la
justicia social: Vincula el impacto de la IA con el futuro del empleo
digno, la automatización militar (armas autónomas) y la necesidad de proteger a
los menores de edad en el ecosistema digital.
Se ha de promover la comunicación,
participación, comunión. Favorecer relaciones más humanas y fraternas que
aseguren una convivencia democrática
Se precisa volver a los principios básicos de la DSI (Doctrina Social de la Iglesia). Dignidad, Subsidiaridad, Solidaridad, bien común (Doc 1, 11). “Estamos viviendo una cultura del individualismo exasperado, caracterizado por la sobrevaloración del hedonismo y del narcisismo. Este individualismo influye fuertemente en las personas y se traduce en la creación de un sujeto que se construye según sus propios deseos (Amoris Leticia 33), que conlleva un cambio en las relaciones afectivas (Amoris Leticia 38-39), generando una afectividad narcisista, inestable y cambiante, que no ayuda a la madurez (Amoris Leticia 41), hasta tal punto que los jóvenes ven la familia como «privación de oportunidades de futuro». Esta visión acaba por considerar a cada componente de la familia como una isla, desvirtuando así los vínculos familiares. De hecho, quien se mueve con una mentalidad individualista lo somete todo a los deseos de su voluntad individual” (cf. Amoris Leticia 33. 38-41). (Doc 1. 33)
CONCLUSION
Este verano se estrenó la película de
Christopher Nolan titulada “La Odisea”. Basada en la obra épica de
Homero sobre el regreso de Odiseo a Ítaca tras la guerra de Troya. La película
está hecha con IA.
Odiseo narra su aventura del trayecto desde el
final de la guerra hasta la isla de Calipso su lugar natal. Ante la
ausencia del periplo de Odiseo varios pretendientes intentan conquistar a su esposa
Penélope para reclamar el trono y derrocar a Telémaco, hijo de Odiseo. Solo
Penélope sigue creyendo que Odiseo regresará. El viaje trascurre bajo la guía
de Atenea. Durante una escala en una isla para abastecerse es capturado por el
cíclope Polifemo. Los griegos logran cegarlo y escapar, pero descubren que es
hijo de Poseidón quien los castiga castigándoles a perderse en el mar. Odiseo
tiene que enfrentarse a la hechicera Circe quien le advierte que deberá cruzar
el Océano y descender al Hades. Odiseo es el único superviviente de la
expedición. Gracias a la ayuda divina consigue llegar milagrosamente a Ítaca.
Allí confiesa a Penélope el quebrantar las leyes de Zeus. Penélope anuncia que
está dispuesta a casarse de nuevo. Finalmente Odiseo decide ceder el trono de
Ítaca a Telémaco y abandona la isla junto a Penélope en busca de una vida de
paz.
De los mitos se extraen enseñanzas
vitales. El itinerario de Odiseo puede representar el largo itinerario de la
vida. El hombre es tentado por el poder. Es fácil en la travesía quedar
hechizado y cautivo por toda clase de seducciones. El viaje trascurre en medio
de toda clase de criaturas, monstruos, cicones, lotófagos, ninfas, sirenas y la
intervención de dioses parece imposible. El camino se convierte en una sucesión
de amenazas y castigos divinos. El héroe
del poema épico se topa con la furia de Poseidón, dios del mar que tiene como
hijo predilecto a Polifemo un gigante monstruoso.
La parte más dramática del trayecto es
el descenso a los infiernos. Odiseo desciende a la puerta del infierno, donde
invoca a los espíritus de los muertos. Entonces, aparece Elénor, quien le pide
a Ulises que entierre su cuerpo. Odiseo y sus hombres logran escapar de
las voces de las sirenas gracias a la ayuda de Circe. Por otro lado, cuando
llegan a la isla del sol, los compañeros de viaje de Ulises no hacen caso a los
consejos de Circe e ingieren vacas prohibidas del ganado de Helios. Entonces,
Zeus lanza un rayo que provoca la destrucción de la nave. Todos los hombres
mueren, a excepción de Odiseo.
Podemos destacar varios temas que subyacen
en La Odisea:
Motivo del viaje
Esta obra está inspirada por el motivo
del viaje, tema tradicional de la literatura occidental, en el que el héroe se
enfrenta a mil peligros, de los cuales sale fortalecido y transformado, con un
conocimiento más profundo del alma humana, para finalmente lograr su objetivo,
que, en este caso, es el deseo de Odiseo de volver a estar con los suyos.
Amor incondicional
También se ha solido leer en La
odisea una profunda historia de amor, en la que Odiseo y Penélope,
separados durante veinte años por las guerras y las desventuras, tendrán que
superar las tentaciones a las que son expuestos para estar juntos nuevamente.
En este sentido, es también una historia sobre la importancia de la
fidelidad.
Valor de la familia
Asimismo, en La odisea existe
la historia de la búsqueda de Telémaco de su padre, a quien prácticamente no
conoce, pero en cuya vuelta confía, para poder recuperar el honor familiar y
expulsar a los pretendientes que consumen su patrimonio. Asimismo, es una
historia sobre el amor filial y la importancia de los vínculos familiares
para darle sentido a nuestras vidas.
La patria y el hogar
El objetivo principal del protagonista
es regresar a Ítaca, su lugar de origen. Allí se encuentra su familia, a
la que no ve desde que se marchó a la guerra de Troya.
De este modo, durante el viaje de
vuelta a casa experimenta la soledad. Este sentimiento lo lleva a extrañar
continuamente su hogar y llegar hasta allí se convierte en una necesidad.
Enseñanza: la Odisea nos deja cuestiones
vitales, la necesidad de tener una identidad, encontrar nuestro lugar en el
mundo, la vida en camino, la búsqueda, la espera, el regreso. En eses
itinerario el hombre debe enfrentarse a situaciones que ponen a prueba su
inteligencia, miedo a perderse, tentaciones, reconocimiento y aceptación de los
propios errores. La Odisea no es solo un relato de un héroe que atraviesa el
mar. Es también una obra sobre quienes esperan, quienes resisten y quienes
deben crecer en ausencia de respuestas.
Además de Odiseo, Penélope su esposa y
su hijo Telémaco aportan profundidad al relato. Penélope no representa una
espera pasiva. Su inteligencia se expresa en la resistencia, en la prudencia,
en la perseverancia, en la fidelidad. Telémaco por su parte, encarna la
búsqueda de identidad. Necesita comprender quién fue su padre para empezar a
ocupar su propio lugar.
Resumen de la "Magnifica humanitas". La necesidad de custodiar lo humano.
Los retos que plantea hoy el uso de la IA a la luz de la encíclica Magnifica Humanitas no es sólo que algunas
tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos
inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y
normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría
en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.
Cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a
considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura
llamada a la relación y a la comunión.
No se trata ciertamente de oponerse a
la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida
que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana.
La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por
el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro
y no una función. La capacidad de saber cuidarnos los unos a los otros es una
dimensión importante de nuestro ser humano.
Ante la desintegración del tejido
social, la “guerra mundial a pedazos”, la globalización individualista y las
consecuencias de la pandemia sobre los lazos comunitarios, el papa Francisco relanza en Fratelli tutti el sueño de una humanidad
capaz de optar por la amistad social y la fraternidad universal. Propone la
cultura del encuentro, una “mejor política capaz de buscar el bien común,
caminos de reconciliación y un mundo que garantice «tierra, techo y trabajo
para todos.
La IA precisa de un ecosistema digital
donde el uso de la tecnología sea cuidado, compartido, no manipulado, explotado
o monopolizado. La solidaridad requiere que las decisiones en gestión de datos,
plataformas y algoritmos tengan en cuenta no solo el beneficio inmediato de
algunos sino el impacto en todos los pueblos.
El auténtico progreso requiere de una
solidaridad internacional, intergeneracional donde el orden social, económico
y político permita el desarrollo de todos y en particular los más frágiles y
vulnerables sin que nadie quede atrás.
Un orden social justo en la era
digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las
oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al
odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de
las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la
dignidad de cada persona y el bien de los pueblos.
Un progreso económico verdaderamente
inclusivo y respetuoso con los límites de la creación. Constata, sin embargo,
que en los países ricos surgen nuevas categorías de pobres y se multiplican
formas inéditas de exclusión, mientras que en las regiones más pobres pequeños
grupos viven en un bienestar consumista que convive con situaciones de miseria
deshumanizante.
Se debe defender el destino universal de los bienes, la crítica a un paradigma tecnocrático que pretende reducirlo todo a un objeto de dominio, la defensa del trabajo humano amenazado por la lógica del descarte, la exigencia de una justicia intergeneracional y el llamamiento a un diálogo auténtico entre política y economía, para que ninguna de las dos se encierre en su propia autorreferencialidad.
El verdadero progreso se mide por el
desarrollo integral de las personas. El verdadero progreso de los pueblos no se
mide por el desarrollo tecnológico ni el poder económico sino por la capacidad
de defender la dignidad de toda persona humana atendiendo a los más vulnerables
desprotegidos y necesitados.
Como Iglesia y como comunidad humana
hemos de caminar juntos en el compromiso de no perder la riqueza y la verdad de
nuestro ser hombres y mujeres, caminando por la historia, abiertos a la
eternidad. Cristo es nuestro Hombre Nuevo, inaugurando una humanidad nueva. La
fe de la Pascua ilumina nuestro éxodo del hombre hacia Dios. El misterio de la
Encarnación y el misterio Pascual nos revela el sentido de la historia y de la
humanidad. Una historia de salvación orientada a la victoria final, a los
nuevos cielos y la tierra nueva.


































