REFFLEXIONES
DESPUES DEL JUBILEO 2025
(ABRIRNOS CON ESPERANZA A UN TIEMPO NUEVO, UN ORDEN NUEVO)
- INTRODUCCION
Hemos estado celebrando este año el Jubileo de 2025. Este
jubileo fue ya anunciado por Juan Pablo II al finalizar el Jubileo de 2000 y
fue precedido por “el jubileo extraordinario de la Misericordia” de
2015. El lema del Jubileo de 2025 ha sido “Peregrinos de la Esperanza” y
se ha celebrado como colofón de los tres años sobre la Sinodalidad, una Iglesia
en camino, caminando juntos en comunión, participación y misión. El Jubileo que
comenzó el 24 de diciembre de 2024 con la apertura de la Puerta Santa en la
Basílica de San Pedro, y finalizado el 6 de Enero de 2026 con el cierre de la
Puerta Santa de la Basílica de San Pedro.
Los grandes eventos oficiales del Jubileo 2025 concluyen con
el cierre de las cuatro Puertas Santas, con los ritos de clausura del Año Santo.
Estos se iniciaron con el cierre de la Puerta Santa en la Basílica Liberiana de
Santa María la Mayor el 25 de diciembre, día de Navidad. Siguió el 27 en la
Basílica de Letrán y el domingo 28 en san Pablo extramuros. La última puerta en
cerrarse es la de la Basílica de San Pedro, el 6 de enero con el rito de la
misa de clausura (fiesta de la Epifanía) con la que concluye oficialmente el
Año Santo.
El Jubileo como su etimología en hebreo indica Yobel (el
sonido del cuerno de la cabra) era para los judíos un año de gracia declarado
santo que se establecía cada 50 años como renovación de la Alianza. En la era
cristiana, tras el primer Jubileo de 1300, fueron fijados por Bonifacio VIII cada
100 años. Más tarde se redujo el periodo cada 50 años a raíz de la petición de
los fieles de Roma al Papa Clemente VI. El último en celebrar un Jubileo de 50
años fue Nicolás V. A partir de entonces los jubileos ordinarios se celebraron
cada 25 años. Fue el Papa Juan Pablo II quien en 1998 proclamó el Gran Jubileo
del Año 2000 con la bula Incarnationis Mysterium como inicio del Tercer
milenio. El Papa promulgo la Carta Apostólica Tertio Milllenio Adveniente
en 1994 preparando la Iglesia para el Gran Jubileo. En el 2001 proclamó Novo
Millenio Ineunte que marcó el camino enfatizando la espiritualidad de
comunión y la Nueva Evangelización.
El Jubileo del Año Santo 20025 convocado por el Papa
Francisco con la Bula Spes non confundit será clausurado por León XIV.
El fallecimiento del Papa Francisco el 21 de abril y la elección del nuevo papa
el 8 de mayo fue algo inesperado. El hecho extraordinario de que el rito de
apertura y cierre del Año Santo ocurriera bajo dos pontificados distintos solo
tiene un precedente: el Jubileo de 1700, abierto por Inocencio XII y cerrado
por Clemente XI. El Jubileo 2025, en la línea de la orientación de sus predecesores, ha representado un evento providencial para toda la Iglesia. Se nos invita a
todos los creyentes a una renovada conversión del corazón bajo el signo de la
virtud de la esperanza que nunca defrauda. Este Jubileo ha estado pues marcado
por el signo de la esperanza. El Jubileo llama a que la Iglesia en nuestro
tiempo convulso marcado por el desencanto, sea testigo de esperanza.
Estamos ante un nuevo cambio de época que nos pide un cambio
de paradigma. Cada cambio epocal ha sido un tiempo de profunda renovación. La
siguiente reflexión trata de arrojar luz sobre este tiempo de profunda
renovación, sobre el cambio de paradigma y de las bases sobre las que llevar a
cabo esta nueva transformación.
Este tiempo de crisis profundo es a la vez la oportunidad de
un tiempo de gran transformación. Esta gran transformación que pide nuestra
humanidad empieza desde dentro de la misma Iglesia y de nosotros mismos. En
medio de esta situación de crisis nos anima una esperanza cierta. Dios presente
en el mundo y la historia sigue conduciéndola a un final feliz. Es tiempo de
una renovación espiritual dejándonos guiar por el Espíritu. La vida nueva que
nace del Espíritu que es comunión y produce una cosmovisión nueva, una
conciencia nueva, una inteligencia nueva, una cultura nueva.
Este tiempo pide una fuerte renovación espiritual. En cada
época con su correspondiente crisis el hombre adquirió una nueva conciencia de
su identidad y el cambio religioso que se produjo constituyó la base de un orden
nuevo. Las personas fueron capaces de descubrir una nueva espiritualidad basada
en principios sólidos. No estaban interesados en seguir prácticas vacías. No
pusieron el acento en ideologías o doctrinas por fuera, sino que su nueva forma
de ser que brotaba desde lo profundo del corazón. La vivencia espiritual se tradujo
en practicar la misericordia y compasión frente a todos los seres humanos. Esta
fue la manera de transformar y salvar al mundo. La presente reflexión quiere
profundizar cuáles serían las bases de esta nueva transformación.
Los últimos papas: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II,
Benedicto, Francisco y ahora León XIV han sido verdaderos profetas para
abrirnos a un mundo nuevo. El Papa Francisco ya venía hablando que estamos
viviendo una era globalizada, problemas y cuestiones globales que están
pidiendo un cambio global, un orden nuevo. El nuevo Papa León XIII, elegido en
medio del Jubileo, ha continuado las directrices de sus predecesores
enfatizando la necesidad de promover la paz y la unidad en un mundo dividido
por fuertes polarizaciones. El Jubileo es un llamamiento a levantar puentes
donde hay muros. Esperar es conectar. En una época dividida por ideologías, discrepancias
y guerras, es Cristo quien realiza la comunión y nos trae la paz (Ef 2, 14).
Permaneciendo en Cristo se abre uno a la esperanza y se nos propone avanzar
hacia la comunión.
Este artículo quiere hacer balance no solo de este Año Santo
jubilar sino de estos 25 años del comienzo del tercer milenio para tratar de
ver los desafíos con los que nos encontramos y de responder a la llamada que el
Señor nos está haciendo para promover un orden nuevo.
FUENTES:
Karem
Armstrong, The Great Transformation
Henry Kissinger, El Orden Mundial
Tomás Halik, El cristianismo en un tiempo de
enfermedad
OTRAS PUBLICACIONES:
En este blog, darmarperegrino.com encontramos otras publicaciones correlacionadas:
Un nuevo orden mundial, 1 Mayo 2020;
Reflexiones ante un nuevo cambio de época, 7 Jun
2020;
Una nueva época, un nuevo orden, 9 En 2022.
- CADA TIEMPO NUEVO PIDE
UN ORDEN NUEVO
La humanidad ha pasado por distintos momentos de tormenta,
de turbulencia, de crisis. En la actualidad estamos asistiendo a lo que Francisco
ha venido a denominar “un verdadero cambio de época”. La humanidad ha vivido
algunos de estos cambios significativos que supusieron la superación de una
época y la entrada en otra nueva.
Quiero detenerme un poco a reflexionar como se han producido
estos cambios epocales a lo largo de ñla historia. La ruptura no ha sido un total descuelgue con lo
vivido. Se trata de reflexionar, evaluar ponderar lo vivido, la situación del
pasado para construir un nuevo futuro. Debemos descubrir los valores perennes que tienen valor, no
podemos prescindir de nuestras raíces, pero a la vez se nos pide abrirnos a una renovación, orientación y cambio de vida.
Vamos pues, en primer lugar, tratar de recoger los cambios epocales que han
producido las principales transformaciones a lo largo de la historia:
1.Las grandes religiones del pasado: Hinduismo, budismo, confucionismo
y judaismo
1.1 El Hinduismo y budismo en la India. La figura de Buda
La India podría considerarse como una de las
tradiciones más antiguas con la civilización que surgió en el valle del Indo,
donde los arios llegaron en el año 2000 a.C. Durante el período védico se
establecieron en Dorah entre los ríos Yamuna y Ganges. Esta
región se llamaba rya varta, la tierra de los Arya. Esta
antigua civilización india sería una de las más grandes con Egipto.
Desarrollaron la idea de Brahman, la realidad Suprema. Brahaman era
uno de los principios más fundamentales.
Algunos hombres dieron el paso extraordinario de renunciar a
todo comenzando una vida de moderación. La figura de los renunciantes, los
samnyasins, cambian el enfoque en el Brahamn y se
ponen más allá de lo pálido como agentes de un cambio religioso. Se
convirtieron en los pioneros de los principios de la Era Axial.
Los renunciantes fueron capaces de una gran
transición de una religión concebida externamente a una que se erigió dentro
del yo. El mayor logro fue la internalización de la religión. El ritualista
había afirmado durante mucho tiempo que los ritos de sacrificio creaban lo
divino. Los rituales contenían el poder del brahman. Los renunciantes dieron
un paso más. Estaban volviendo al viejo estilo de vida móvil de los campesinos
y ganaderos. El brahmcarín, la Vida Santa, fue
una iniciación en la vida védica. El brahmcarín era
parte de la iniciación a la vida adulta. Se comprometen a ser
castos y con el espíritu de ahimsa no cometen ningún
acto de violencia.
La gran idea en este tiempo de transformación fue
que los seres humanos tienen que encontrar el Camino para
volver al cielo, volver a su propia verdad, a su verdadero yo. Debemos separar
el verdadero yo del lío de las ilusiones para encontrar el verdadero centro de
nuestro ser, nuestro verdadero yo, nuestro parusha mortal.
Debemos lograr moksha -liberación- del falso ego.
Hacia finales del siglo V un renunciante, Kshatryya, llamado Siddhata
Gotama y más tarde Buda, el iluminado, tendrá
un tremendo impacto en el futuro. Adaptó el Camino para la gente común. El
Camino de la iluminación no es a través de la ascesis, sino de la empatía y la
compasión desinteresadas. Hace equilibrio trabajando con su naturaleza humana y
no luchando contra ella. Se trata de abrir todo nuestro ser a los demás
trascendiendo el ego con una actitud de compasión y bondad amorosa. La
enseñanza y las prácticas budistas, dharma, se basaban en la
experiencia de vida del fundador.
1.2 El confucionismo en China, la figura de Confucio.
Los arios llegaron a China y se
establecieron en el valle del río Amarillo en el siglo XVI 1600 aC. Uno de las
primeros dinastías fue la Shang. La sociedad Shang era
una extraña mezcla de refinamiento, sofisticación y barbarie. Los Reyes creían
que eran los hijos de Dios. El Rey era un intermediario con el mundo divino.
Desarrollaron el concepto de Yin y Yang. La
alternancia del aspecto femenino y masculino de la realidad. El yin era
el aspecto femenino, como las campesinas, su estación era de invierno; su
actividad era interior y se realizaba en la oscuridad. Yang, el
aspecto masculino estaba activo en verano y a la luz del día; era un poder
externo y su producción era abundante.
Confucio apareció en S. V aC. Él trajo la religión de
China a la tierra. Trató de poner orden promoviendo las reglas de
comportamiento correcto fieles a las antiguas tradiciones. En el pasado, los
ritos han ayudado a frenar el peligro de la violencia y han mitigado el horror
de la batalla. Institucionalizó a los nuevos eruditos los junzi, todos
tenían el potencial de convertirse en junzi. Los junzi se
convirtieron en el ideal arquetípico que deben estudiar las
reglas de comportamiento correcto y ponerlas en práctica. Deben estudiar la
ceremonia de los ritos prescritos por el Li tradicional.
La Regla de Oro se convirtió en el núcleo de
nuestro comportamiento. La Regla de Oro: Nunca hagas a los
demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Este bien era considerado el
poder del Camino. Daode. Al igual que los sabios
indios, Confucio vio el principio del ego como la fuente de la mezquindad y la
crueldad humanas. Si las personas pierden fríamente su tendencia hacia el ego
(egocentrismo, shelfishness) y se someten a las demandas altruistas
del Li, serían transformadas por la belleza de la santidad.
1.3 El Judaísmo en Israel. La figura de Jeremías. El paradigma
del Siervo sufriente
El judaísmo se elevó alrededor del s. XVIII aC. Al principio había una confederación de tribus llamadas Israel que aparecen en las tierras altas de Canaán procedentes de Mesopotamia, la región de Ur. No hay un relato contemporáneo del desarrollo del Israel primitivo.
Los padres fundadores, llamados patriarcas, eran los líderes de la
nación: Abraham, Isaac, Jacob. Los patriarcas habían vivido en diferentes
partes de la región montañosa. Abraham en Hebrón, Isaac en Berseba, Jacob
primero en Siquem y más tarde en Egipto. Jacob y sus doce hijos fueron los
fundadores de las doce tribus israelitas. Después del exilio en Egipto
regresaron a la tierra de Caná alrededor de 1200. Su Dios Yahvé les prometió
que haría de Israel una gran nación. Moisés y Josué eran los líderes
espirituales. Yahvé hizo un pacto con Israel en el Monte Sinaí. Como el sustrato
del pacto era el término hesed que denotaba la lealtad que
exigía un comportamiento generoso hacia el grupo familiar.
El culto central era el Tratado de la Alianza. Símbolo
del tratado que unía al pueblo con Yahaweh. El festival
de Pésaj (la Pascua) era un elemento central para recordar la
historia del Éxodo. Finalmente establecieron un Reino. El rey David y más tarde
su hijo Salomón erigieron el nuevo Templo en Jerusalén. Después de la muerte de
Salomón, el Reino fue dividido entre sus dos hijos, Roboam y Jeroboam. El reino
del norte era Israel. El reino del sur de Judá. Los babilonios conquistaron
primero Israel y más tarde Judá y ambos fueron exiliados a Babilonia. Cuando
fueron exiliados a Babilonia en el siglo VI experimentaron un intenso período
de extraordinaria creatividad. El tiempo del exilio fue un tiempo de catarsis y
cambio.
El profeta Jeremías aparece cuando descubren la tradición de
Deuteronomio en la reforma de Josías. Jeremías no fue deportado porque había
apoyado a los babilonios. Se le profetizó la violencia y la ruina y movió a sus
compatriotas a rendirse sin usar la violencia como la voluntad de Dios. Estaba
convencido de que los exiliados salvarían a Israel. Casi fue ejecutado. Su
postura inquebrantable y valiente representaba uno de los principios axiales.
Se presentó como un hombre de dolores (anticipo del
Mesías Siervo sufriente que describió Isaías en sus cánticos
del Siervo). Con Jeremías desarrollaron una espiritualidad más interior. Era
esencial que los israelitas se comportaran con justicia, equidad, bondad y
compasión unos con otros imitando la generosidad de Yahvé.
Lo relevante del segundo Isaías sobre todo
en el Cántico del Siervo Sufriente fue el clímax de la
espiritualidad axial. El triunfo del Siervo Sufriente sería
a través de la no violencia y la entrega y el auto abandono. A través de este
sacrificio kenótico traería paz, misericordia y compasión al mundo.
2. La primera gran transformación. La época Axial
(S. V aC) Las figuras de Sócrates, Platón y Aristótoles.
Después de un tiempo oscuro de sufrimiento, la humanidad
sufre una gran transformación. Esta gran transformación nos lleva a la primera
estrella de la espiritualidad axial. Es un tiempo de catarsis.
Sufren una dislocación espiritual. El catalizador del cambio fue la erupción de
una nueva espiritualidad con las nuevas religiones, el judaísmo, el hinduismo,
el budismo, pero todas ellas caracterizadas con principios comunes. Los
principios de la Edad axial.
La nueva filosofía en Grecia.
Una nueva civilización griega surgió del rublo de Micenas, una
confederación de tribus alrededor del siglo IX aC. El reino de miceas y
la civilización minoica después de una edad oscura colapsaron
alrededor de 1375. Los griegos eran un pueblo indoeuropeo que
había comenzado a establecerse en la región del Peloponeso alrededor del año
2000 a.C. Hablaban un dialecto indoeuropeo. No creían en un dios creador
benevolente, eran politeístas y no tenían orden divino al principio. El panteón
griego: Zeus, Atenea, Poseidón, Dioniso se convirtieron en el centro de su
religión. Trataron de explicar la realidad a través de mitos. Homero fue uno de
los principales autores de estos mitos griegos. Ya en el siglo V la
civilización griega estaba en su apogeo.
Después de un tiempo de crisis, Hesíodo promueve una nueva
ética que busca el bien común, y no la autorrealización buscando nuestra propia
gloria. Promovió una especie de kenosis y entrega a sí mismo, una ética
de desinterés y devoción a los demás. Era un nuevo modelo de excelencia, arete, lejos
de los héroes guerreros. En lugar de buscar agresivamente su propia fama y
gloria, el hoplita sumergió sus propias necesidades para el bien de los demás.
Sócrates implantó el arte de la dialéctica y fundó la
Academia. Un diálogo riguroso para exponer las creencias y obtener la
verdad. Entendió que su misión era llevar a sus compañeros atenienses a
la verdad y a una mejor comprensión de sí mismos. Él creía en Dios. El
conocimiento era inseparable de la virtud. El coraje, la justicia, la piedad y
la amistad no son ficciones vacías. La verdadera filosofía es aprender a vivir.
El deseo, de liberación, sólo será posible a través de una gran transformación
interior. El cultivo del alma era la tarea humana más importante, mucho más
crucial que el logro del éxito mundano. El alma está dañada por acciones
equivocadas. No debemos tomar represalias o hacer mal por mal a nadie,
cualquiera que sea el mal que hayamos sufrido de él. Platón y más tarde Aristóteles
reclamarían más tarde la capacidad de razonar bien.
Los principios comunes de la Era Axial:
Llamamos a la Era Axial el momento crucial
alrededor de S V aC de intensa creatividad, espiritual y filosófica muy
significativa para el desarrollo espiritual de la humanidad. La Era
Axial empujó hacia adelante las fronteras de la conciencia humana y
descubrió una dimensión trascendente en el núcleo de sus seres. Este período
fue uno de los períodos más seminales y el cambio religioso en
la historia registrada y fue la base de nuestro mundo moderno.
La Era Axial fue el período de grandes figuras como Buda, Sócrates,
Confucio y Jeremías, los místicos de los Upanishad. Marquemos
los principios más importantes y comunes: Este período de
renovación fue en tiempos de crisis espiritual y
social. La lección de este tiempo es que en tiempos de crisis las
personas fueron capaces de elaborar una nueva espiritualidad basada en
principios sólidos.
No les interesaban las prácticas vacías de rituales. Por lo
general, experimentaban lo sagrado como una presencia inmanente en el mundo que
los rodeaba. Todos ellos podían promover la unidad y la paz siendo sometidos a
un orden cósmico que mantenía todo en existencia. Ponen el
acento en la práctica, no en las doctrinas. Lo que importa no era lo que
creías, sino cómo te comportabas. Primero debes comprometerte con la vida
ética, luego la benevolencia disciplinada y habitual, no discutir sobre la
convicción metafísica o la creencia ortodoxa. La Era Axial tenía
un nuevo significado ético y puso la moralidad en el corazón de la vida
espiritual.
Enfatizaron la Regla de Oro, el Camino para
encontrar a Dios y el Camino al cielo comienza aquí en la
tierra teniendo una vida compasiva. La religión estaba a punto de practicar la
misericordia, la compasión y la importancia suprema de la benevolencia, la
caridad arraigada en nuestra propia naturaleza. Todo se centra en torno a
un nuevo ethos, la preocupación, el respeto por los derechos
sagrados de todos los seres, la bondad y la generosidad hacia los
semejantes. Esta es la manera de transformar y salvar el
mundo.
3. la segunda gran transformación. El advenimiento
de Cristo. (S. I)
La venida de Cristo marcó un antes y un después para la
humanidad. Prueba de ello el nuevo calendario que rige nuestro tiempo. El
cristianismo no es una ideología o religión de prácticas virtuosas, nace de una
experiencia viva de fe de encuentro con el Resucitado. El comienzo del
cristianismo corresponde a una cosmovisión nueva, no es una forma de vida nueva
que responde a un ideal sino una experiencia viva de fe que se traduce en una
vida de participación de comunión con los hermanos.
Es el momento de la segunda gran transformación.
El surgimiento del Imperio Romano va a cambiar todo el
escenario de la humanidad con el fin de una era y el comienzo de una nueva
era. La Era Axial Judía fue cortada prematuramente tal vez por
las dificultades de dispersión y reasentamiento. Durante el siglo I a.C. Israel
fue ocupado por el Imperio Romano. El país estaba en una agitación con los
grupos de rebeldes, zelotes y macabeos opuestos al dominio
romano.
La figura paradaxial de Jesús de Nazaret
Jesús de Nazaret, al principio cercano de las tradiciones
del judaísmo, se convirtió en un innovador. Se convirtió en el nuevo intérprete
de la Ley. Afirma que la esencia de la Ley no era la letra de la Ley, sino su
espíritu. Jesús, siendo judío, propuso un Nuevo Camino. Al
principio, parece que no tenía intención de fundar una nueva religión, pero
poco a poco fue marcando un nuevo orden y un nuevo Camino. Jesús se
propuso a sí mismo como el Camino. Era el modelo paradigmático de
sus seguidores. Al imitarlo, disfrutarían de una vida mejorada. Se declaró no
sólo como el Nuevo Mesías, el Ungido, el Christos, que
fue anunciado, sino también como el Hijo de Dios. Su Padre lo ha
enviado para llevar a cabo su misión para la salvación del mundo.
Su enseñanza estaba totalmente enfocada en el nuevo
mandamiento del amor. Era su propia versión de la Regla de Oro arraigada
en el espíritu del Nuevo Orden de la Nueva Era.
Sus seguidores lo miraron como el Siervo Sufriente anunciado
en el Segundo Isaías. Interpretaron la misión de Jesús como una
Kenosis. Jesús también fue un hombre de ahimsa. Su enseñanza sobre
el Sermón de la Montaña fue: "Habéis oído cómo se dijo: ojo por ojo y
diente por diente, pero yo os digo: ofrécele al hombre malvado ninguna resistencia.
Por el contrario, si alguien te golpea en la mano derecha, ofrécele la otra
también. Has oído decir: Debes amar a tu prójimo y odiar a tu enemigo. Pero yo
os digo: ama a tu enemigo" (Mt 5, 22-39)
La cosmovisión de la primera iglesia era
una cosmovisión no crítica del mundo filosófico de las ideas o
ideologías del pasado, sino orgánica, respondía a una experiencia viva con el
primado de la vida. Había una simbiosis entre la fe el culto, la liturgia y la
vida. La atracción de los primeros cristianos respondía a esta una unidad.
El resurgimiento del cristianismo supuso un tiempo de gran
transformación, de una nueva cosmovisión del hombre, del mundo y de la
sociedad. Diríamos que la humanidad vivió un tiempo semejante al Axial de gran
renovación.
Los cristianos de los primeros siglos entraron en el mundo
cultural no adoptando los modelos clásicos de belleza sino teniendo una visión
nueva y original de la belleza. La belleza es la unidad orgánica de los
diferentes. Bello es lo que es multiestrato, la unidad en los diferentes
estratos de la realidad.
Para los cristianos de los primeros siglos la base de la transformación era el mismo Cristo, su proclamación que nos transmite el
Evangelio El pueblo sumido en tinieblas vio una Luz resplandeciente, a
los que vivían en las sombras de muerte una luz los alumbró. (Mt 4,16)
Esta unidad que une diversas realidades en un organismo vivo, no es la fuerza de una energía, ni una ley, ni un sistema. Esa unidad es
una persona viva con su amor. Una unidad que se contempla en el rostro de una
persona: Cristo.
Los cristianos contemplando el rostro de Cristo expresan
esa unidad orgánica en la comunión, comunión de mundos distintos, de tiempos y
modos diferentes de lo humano y lo divino, de lo histórico y lo escatológico.
Todo en la realidad de la persona de Cristo (Ef 2, 14-18).
Los padres de la Iglesia, a partir del misterio Trinitario, profundizan en esta unidad orgánica con la liturgia y la vida nueva, unidad entre lo humano y lo
divino, unidad de la humanidad injertada en el Cuerpo de Cristo.
San Basilio Magno, San Gregorio de Niza, San Gregorio
Nacianceno y los padres del desierto profundizan en el significado de la
vida cristiana como comunión, como cuerpo eucarístico. La iniciación cristiana
suponía un verdadero nacimiento, un despertar a la vida tras la muerte en las
aguas bautismales. En el bautismo muere el individuo y nace la persona, muere
el hombre viejo y nace el nuevo, muere una vida unida a la sangre de los
progenitores y nace una vida nueva unida a la sangre de Cristo. En el bautismo
muere el yo con su ansia de autoafirmarse y resucita el hermano entre los
hermanos, miembro del Cuerpo de Cristo. Muere el yo como una expresión de la
naturaleza humana herida por el pecado y resucita la persona que con el amor
recibido de Dios ama a través de su naturaleza humana, transfigurando así lo
humano en lo divino.
El individuo pasa de ser un ser aislado a un yo construido a
través de las relaciones intra trinitarias. Recibimos una vida que es amor y
nos lleva a amar. La experiencia de fe comporta la vida. Tu eres comunión luego
existes para la comunión. Uno se descubre entretejido en un organismo que es el
Cuerpo de Cristo. El Cuerpo de Cristo, la Iglesia es un organismo de múltiples
moradas donde se vive una nueva existencia en Cristo. Como yo estoy en
el Padre, vosotros en mí y Yo en vosotros (Cf. Jn 17).
Los neófitos que tras el bautismo entraban a formar parte de
la iglesia pasaban a entenderse y vivirse en este misterio de comunión,
comunión con el Cuerpo eucarístico.
Esta cosmovisión era orgánica, respondía a una cultura simbólica con el primado de la vida. El lenguaje del arte correspondía con el culto, la liturgia y la vida. La vida nueva respondía a una unidad orgánica tejiendo juntas todas las dimensiones de la vida en un organismo divino-humano.
4. la tercera gran transformación. La gran crisis de
la Constantino. El Cristianismo como religión del Imperio (S. III)
El establecimiento del cristianismo como religión del
imperio. Como respuesta la Iglesia llama al gran concilio de Nicea (este año 2025 hemos celebrado el 1700 aniversario de este concilio). Nicea fue un evento crucial para el cristianismo, no solo como defensa de la divinidad de Jesucristo, frente a la herejía de Arrio, sino momento decisivo para defender la unidad y misión de la Iglesia.
En el S. IV con la conversión del Imperio Romano a través de
su emperador Constantino se opera otra gran transformación. La entrada del
cristianismo en el imperio romano supuso una encrucijada peligrosa que tendría
graves consecuencias. Al principio parecía un acontecimiento que daría la
posibilidad de lograr una expansión universal del cristianismo, y en verdad así
fue pero con un grave costo.
Fue demasiada gente la que entro a tomar parte de la Iglesia
y no era posible transmitir la experiencia de la vida nueva, de la vida en
comunión como cuerpo eucarístico. El cristianismo paso a convertirse en una
religión y esto traería graves consecuencias.
Eran tantas las personas que de repente pasaron a tomar
parte de la Iglesia que se perdió esta iniciación cristiana, esta iniciación
mistagógica. La iglesia se institucionaliza y el cristianismo se convierte en
religión. ¿Cómo ocurre esto? Se busca un pensamiento una ideología
correspondiente al mundo clásico que fuera conciso, preciso, claro resumir la
vida cristiana. Se busca una doctrina universal para tener un ideal. La
doctrina se convertía en normativa y se pasó a un enfoque jurídico, ético,
moral. El cristianismo se institucionaliza como una religión. Se pasó de la
experiencia vital a la doctrina y de la fe a la religión. Fue el comienzo de la
descristianización y de la secularización.
Ante el cisma de la Iglesia de Oriente y Occidente y las
herejías de la Iglesia, llevaron al gran concilio de Nicea que señala la
importancia de una verdadera adhesión a la fe y la formación a través de un
proceso catecumenal.
Con la conversión del emperador Constantino (S. IV) la
Iglesia se institucionaliza y el cristianismo pasa a ser una religión, la del
Estado Imperial. La organización de la Iglesia comenzó a imitar la del
Imperio; los obispos en ciudades políticamente importantes ejercían una mayor
autoridad sobre los obispos de ciudades cercanas. Las
iglesias de Antioquía, Alejandría y Roma ocuparon los puestos más altos.
A partir del siglo II, los obispos a menudo
se reunían en sínodos regionales para resolver
cuestiones doctrinales y políticas. En el siglo III, el obispo de Roma comenzó
a actuar como un tribunal de apelaciones por problemas que otros obispos no
pudieron resolver.
Esta crisis institucional viendo la forma de conjugar el
poder civil y el religioso, la figura del emperador y del papa, prepara otra
gran crisis con la caída del Imperio Romano. La iglesia se
institucionaliza y el cristianismo se convierte en la religión del Imperio.
Esta fue la gran tragedia y la trampa mortal en la que cae el cristianismo, el
Imperio asume el cristianismo y promueve una institucionalización para
convertirla en la religión del Imperio. Diríamos que fue la tentación
del poder.
¿Cómo ocurre esto? Se busca un pensamiento una ideología
correspondiente al mundo clásico que fuera conciso, preciso, claro para resumir
la vida cristiana. Se busca una doctrina universal para tener un ideal. La
doctrina se convertía en normativa y se pasó a un enfoque jurídico, ético,
moral. El cristianismo se institucionaliza como una religión. Se pasó de la
experiencia vital a la doctrina y de la fe a la religión. Fue el comienzo de la
descristianización y de la secularización.
5.La cuarta gran transformación. La gran crisis de la
caída del Imperio romano y la aparición del Islam (S. VI- VII)
Esta crisis prepara otra gran crisis que acontecería con la
caída del Imperio Romano. El nuevo paganismo de los bárbaros y el pueblo de la
salvia. La gran Crisis en el cristianismo primitivo ocurrió
con la caída del Imperio Romano y el surgimiento del
Islam. Dos crisis prácticamente al mismo tiempo. La conversión de
Constantino, emperador de Roma y el establecimiento del cristianismo como
religión del imperio dos realidades con grandes consecuencias. Un aspecto
positivo es la expansión del cristianismo. La otra es la decadencia de la
fuerte fe del principio. La respuesta fue la necesidad de renovación.
Dos nuevas reacciones surgen en este tiempo la expansión del Islam y
el comienzo del monacato y la reevangelización de Europa. En esta época dos
figuras cobraron mucha relevancia: San Agustín y San Benito. El colapso
del Imperio Romano con la mitigación del cristianismo está muy bien analizado
por San Agustín es su obra, “Las dos Ciudades”.
Este tiempo de crisis y la decadencia de la fe en el
cristianismo tiene una respuesta contraria el florecimiento de una nueva
religión, el Islam. La crisis que origina el resurgir del Islam y el nuevo
paganismo.
La organización temprana de Oriente Medio y África del Norte
se desarrolló a partir de una sucesión de imperios. Cada uno se considera el
centro de la vida civilizada; cada uno surgió alrededor de la unificación
geográfica características y luego se expandió a las zonas no incorporadas
entre ellos. En el tercer milenio antes de Cristo, Egipto expandió su
influencia a lo largo del Nilo y en el actual Sudán. A partir del mismo
período, los imperios de Mesopotamia, Sumeria y Babilonia consolidaron su dominio
entre los pueblos a lo largo de los ríos Tigris y Éufrates.
En el siglo VI aC, el imperio persa se
levantó sobre la meseta iraní y desarrolló un sistema de reglas que ha sido
descrito como "el primer intento deliberado de historia para unir
comunidades africanas, asiáticas y europeas heterogéneas en una sola,
organizada la sociedad internacional" con un gobernante con el estilo
de Shahanshah, " Rey de Reyes ".
A fines del siglo VI dC, dos grandes imperios dominaban gran
parte del Medio Oriente: el Imperio bizantino (o romano del
este) con su capital en Constantinopla y profesando el cristianismo religión
(ortodoxa griega), y el imperio persa de Sassanid con
su capital en Ctesiphon, cerca la Bagdad moderna, que practicaba el
zoroastrismo. Se habían producido conflictos entre ellos esporádicamente por
siglos.
En 602, no mucho tiempo después de que una plaga había
arruinado a ambos. La invasión persa de los territorios bizantinos condujo a
una guerra de veinticinco años en la que los dos imperios pusieron a prueba el
poder de su fuerza. Después de una eventual victoria bizantina, el agotamiento
produjo la paz que la habilidad política no había logrado. También abrió el
camino para la victoria final del Islam. En Arabia occidental,
en un imponente desierto fuera del control de cualquier imperio, el Profeta
Mahoma y sus seguidores estaban ganando fuerza, impulsados por una
nueva visión del orden mundial. Pocos eventos en la historia del mundo
igualan el drama de la temprana difusión del Islam.
En el siglo VII, la figura del profeta Mahoma es el
comienzo de otra gran transformación. Mahoma insistió en que no había
venido a reemplazar a los profetas del pasado, sino a regresar a la fe
primordial de Abraham. Mahoma vivía en una sociedad violenta cuando los viejos
valores se estaban desmoronando. Arabia estaba atrapada en un círculo vicioso
de guerra tribal.
Mahoma pensó que Allah, el Dios Supremo,
era el mismo Dios de los judíos y los cristianos. Todos ellos han recibido
revelaciones válidas. En el Corán está escrito que deben
tratar a los ahl al-kitah, personas de una revelación anterior
con respeto. Los árabes eran considerados los descendientes del hijo de
Abraham, Ismael, ya que el judaísmo era la religión de los hijos de Isaac y
Jacob, y el cristianismo era para los seguidores del Evangelio. La religión de
Mahoma se llamaría islam, rendición.
El islam se levanta como una nueva religión
trata de recuperar el espíritu de la Era Axial, aunque Mahoma, por
supuesto, nunca había oído hablar de la Era Axial. Incluso el Islam no
era una religión de ahimsa, el Corán exigía mucha práctica de
compasión y respeto. Los musulmanes estaban obligados a dar una proporción
regular de sus ingresos a los pobres. El propósito del zakat, purificación,
era purgar sus corazones del egoísmo habitual. Los musulmanes podrían practicar
las virtudes de la compasión y la generosidad. Los musulmanes, al meditar en
los misterios de la creación, deben aprender a comportarse con una generosidad
similar. La agresión estaba estrictamente prohibida. Allah había
enviado el don de la paz interior, sakinah, sobre los
musulmanes. Podrían distinguirse por la entrega total a Dios. En el Corán se
dice que el espíritu de paz es el vínculo con la Torá y el evangelio.
La cosmogonía y el concepto universal diferente del
mundo del Islam ejerció un gran dominio, con un nuevo orden,
con su propia visión de un solo gobierno divinamente sancionado que
unifica y pacifica el mundo. En el siglo VII, el Islam se
lanzó a través de tres continentes en un oleada sin precedentes de exaltación
religiosa y expansión imperial. Después de unificar el mundo árabe, tomando el
remanente del Imperio Romano, y absorbiendo el Imperio
Persa, el Islam vino a gobernar Medio Oriente, África del
Norte, grandes franjas de Asia y porciones de Europa.
Su versión de orden universal consideraba
el Islam destinado a expandirse sobre el "reino de la
guerra", como se llama a todas las regiones pobladas por los
incrédulos, hasta que todo el mundo fuera un sistema unitario según
el mensaje del Profeta Mahoma.
Mahoma y su comunidad de creyentes organizaron una política,
unificaron la Península Arábiga y se propusieron reemplazar las religiones de
la región, principalmente el judaísmo, el cristianismo y el zoroastrismo, con
la religión de su visión recibida. Una ola de expansión sin precedentes
convirtió el ascenso del Islam en uno de los más importantes
eventos en la historia. En el siglo siguiente a la muerte de Mahoma en 632, los
ejércitos árabes trajeron la nueva religión a la costa atlántica de África, en
la mayor parte de España, en el centro de Francia y en la medida de lo posible
al este como el norte de la India. Su influencia llegó a Asia Central y Rusia,
partes de China y la mayor parte del este Indias siguió en los siglos
posteriores, donde el Islam, llevado alternativamente por los
comerciantes y conquistadores, se estableció como la presencia religiosa
dominante. Que un pequeño grupo de confederados árabes podría inspirar un
movimiento que dejaría de lado el poder de los grandes imperios que habían dominado
la región durante siglos, hubiera parecido inconcebible unas pocas décadas
antes.

6.La quinta transformación. La crisis medieval
Al final del primer milenio se vive una época oscura. La
Iglesia se enfrasca en promover las Cruzadas, campañas militares con el
objetivo de recuperar para la Cristiandad los lugares santos ocupados por los
musulmanes. A los participantes, los cruzados, se les concedía indulgencia por
sus pecados y para tratar de evitar excesos tomaban votos religiosos (los
templarios). Eran promovidas por los Papas, reyes y señores feudales (los
soberanos que ostentaban el poder). Se apuntaba a la recuperación del imperio Romano.
Después de la época oscura de las Cruzadas y la Gran
Crisis de la época medieval es la era de preparación de una gran
transformación que vendría con el nuevo humanismo. La Iglesia que estuvo tantas
veces unida al Estado, experimenta la separación de poderes. Este período tiene
su propias luces y sombras. La iglesia responde con el monasticismo y la
reevangelización de Europa con las nuevas órdenes mendicantes. La
Edad Media acaba con el sistema feudal y se abre a las bases de nuestra
civilización occidental.
Durante quinientos años, el gobierno imperial de
Roma había asegurado un solo conjunto de leyes, una defensa común, y un nivel
extraordinario de civilización. Con la caída de Roma, fechada convencionalmente
en 476, el imperio se desintegró. Es lo que los historiadores han llamado la
Edad Oscura, nostalgia de la universalidad perdida floreció. La visión de
la armonía y la unidad se centró cada vez más en la Iglesia.
En esa cosmovisión, la cristiandad era una sola sociedad
administrada por dos autoridades complementarias: el gobierno civil, los
"sucesores del César" manteniendo el orden en la esfera
temporal; y la Iglesia, los “sucesores de Pedro” tendiendo a los
principios universales y absolutos de la salvación.
La cosmovisión, el concepto de orden internacional de
Europa medieval refleja un alineamiento entre el Papa y el Emperador y
una serie de otros gobernantes feudales. Un orden universal basado
en la posibilidad de un solo reinado y un solo
conjunto de principios de legitimación, una era cada vez más
llena de ideología y drenada de cualquier practicidad.
Hasta la Edad Media se vivió una preponderancia
del sentido religioso y del orden del mundo desde las bases
del cristianismo y desde la esfera divina. Esta teocracia va a
dar paso a una democracia reclamando la autonomía temporal y la
separación del poder religioso y el poder civil.
A finales de la Edad Media se dio otro
hecho que iba a cambiar el rumbo de occidente. Cuando los mongoles asedian Cafa
y intentan acabar con el poderío de Bizancio en Constantinopla ocurrió algo
inesperado la propagación de la peste negra. Se trataba de una peste bubónica
contraída por pulgas infectadas que portaban las ratas. La peste se propagó y
se extendió rápidamente. Entre 1347 y 1356 la peste negra acabó con un tercio
de la población de Europa muriendo 25 millones de personas. Europa asolada se
enfrentaba a una nueva reconstrucción.
Después de la Edad Media con el
renacimiento se dio un cambio de paradigma que tendría como
resultado la descristianización de occidente, la mundanización y paganización
del mundo cristiano. El papel de la Iglesia dejó de ser preponderante y hubo de
adaptarse al mundo secular. El cambio de paradigma lo podríamos expresar como el
liberalismo y el principio laical que originaría una nueva
conciencia y sistema de pensamiento. El principio laical declara la
autonomía de la razón frente a la fe. Esta autonomía da paso a una progresiva
incredulidad y pérdida de la fe. Poco a poco la sociedad se vuelve crítica ante
el poder papal se pierde credibilidad en la Iglesia y se pierde el valor
normativo de la Iglesia, la conciencia del bien y del mal y se cae en un relativismo
moral.
Durante el segundo milenio la Iglesia se enfrascó en
numerosas disputas filosóficas y teológicas. Se debatían las luchas clásicas
entre Platón y Aristóteles. Como acceder a través de las ideas al mundo o
a través del mundo a las ideas. Se entran en verdaderas disputas teológicas un
tanto estériles.
El misterio de la Iglesia como comunión eucarística se convierte en una disputa teológica. La Eucaristía se convierte en un objeto de culto separado de la experiencia viva de fe, separado de la vida. El misterio de nuestra fe se pasa a explicarlo a través de categorías humanas.

7.La sexta transformación. La gran crisis del nuevo
humanismo.
Tras la peste que asola Europa, el descubrimiento del nuevo
mundo y la contrarreforma protestante, se produce una auténtico cambio de
época. La iglesia responde con el gran concilio de Trento.
La era del un nuevo humanismo fue al mismo tiempo un momento
de gran transformación y nuevos desafíos. La Iglesia sufre la
oposición de la contrarreforma protestante. La Iglesia vuelve a
sentir la necesidad de una gran reforma. La respuesta es el
gran concilio de Trento. Otro desafío después de descubrir el Nuevo
Continente de América es precisamente la evangelización del Nuevo Continente.
Esta vez es la nueva era de la Nueva Misión y a su vez la sed de poder y
ambición del colonialismo. Se da el surgimiento de nuevas órdenes religiosas,
especialmente los jesuitas con la nueva imputación de la obra misionera.
Durante los S. XV, XVI y XVII la reforma protestante por
un lado y el renacimiento por otro inicia todo un cambio que
después a partir del s. XVIII con la revolución francesa y la
ilustración y el despotismo ilustrado acabarían por consolidar
este nuevo paradigma. Bajo un gran clamor crítico de necesidad de
renovación y de hegemonía de la libertad y la razón, se alza así un
nuevo orden laical separado del orden divino, se pierde una concepción
religiosa y trascendente de la vida y se proponen nuevos principios
éticos para la educación y el progreso.
Un pleno florecimiento del concepto medieval de orden
mundial se concibió solo brevemente con el aumento del príncipe de los
Habsburgo en el S. XVI, Carlos V (1500-1558); su gobierno también marcó el
comienzo de su decaimiento irrevocable.
Carlos V se dedicó a la defensa de la cristiandad contra una
nueva ola de invasiones, por los turcos otomanos y sus sustitutos en el sudeste
de Europa y el norte de África. Carlos V fue aclamado por sus contemporáneos
como el "mayor emperador desde la división del imperio" destinado
a devolver el mundo a "un solo pastor". En la tradición
de Carlomagno, en su coronación, Carlos V juró ser "el protector y
defensor". de la “Santa Iglesia Romana" (Sacro Imperio romano), y
la multitud le rindió homenaje como "César del nuevo Imperio". El
Papa Clemente confirmó a Carlos como la fuerza temporal para "ver
restablecer la paz y el orden" en la Cristiandad. Europa habría sido
formada por una central dominante autoridad como el Imperio chino o el califato
islámico.
La universalidad de la Iglesia que Carlos V
trató de reivindicar no se mantendría. Él demostró ser incapaz de
evitar que la nueva doctrina del protestantismo se extienda a través de las
tierras que fueron el principal base de su poder. Tanto la unidad religiosa
como la política se estaban fracturando.
Carlos V resolvió abdicar de sus títulos dinásticos
y dividir su vasto imperio, y lo hizo en una manera que refleja el
pluralismo que había derrotado su búsqueda de la unidad. A su hijo Felipe, le
legó el Reino de Nápoles y Sicilia, entonces la corona de España y su imperio
global. En una emocionante ceremonia en el año 1555 en Bruselas, Carlos V tuvo
tiempo para revisar el registro de su reinado, atestiguado por la diligencia
con que él había cumplido con sus deberes, y en el proceso entregó los Estados
Generales de los Países Bajos a Felipe. El mismo año, Carlos V concluyó un
tratado histórico, la Paz de Augsburgo, que fue reconocida por el
protestantismo dentro del Sacro Imperio Romano.
Abandonando la base espiritual de su imperio, Carlos otorgó
a los príncipes el derecho de elegir la orientación confesional de su
territorio. Poco después, renunció a su título de Sacro Emperador
Romano, pasando la responsabilidad por el imperio, sus trastornos y sus
desafíos externos a su hermano Fernando. Carlos se retiró a un monasterio en
una región rural de España (Yuste), a una vida de reclusión.
Dos hechos iban a ser significativos para una nueva gran
transformación. La exploración de nuevos mundos inspirados, así como una
búsqueda para redescubrir el mundo antiguo y sus verdades, con especial énfasis
en la centralidad del individuo.
Nunca hasta entonces se hizo un esfuerzo naval comparable,
hasta quizás nuestro propio tiempo. Las potencias europeas navegaron
desde un continente de autoridades soberanas en competencia; cada monarca
patrocinó la exploración naval en gran parte con la esperanza de lograr un
objetivo comercial o estratégico ventaja sobre sus rivales.
Los barcos portugueses, holandeses e ingleses se aventuraron
a la India; españoles e inglés los barcos viajaron al hemisferio
occidental. Ambos comenzaron a desplazar a los monopolios comerciales
existentes y estructuras políticas. La edad de tres siglos de
influencia europea preponderante en los asuntos mundiales se había lanzado.
Las relaciones internacionales, una vez que una empresa regional, serían de
ahora en adelante geográficamente global, con el centro de gravedad en
Europa, en el que el concepto de orden mundial era definido y su
implementación determinada.
Un concilio de teólogos convocado por Carlos V
en 1550-51 en la ciudad española de Valladolid había llegado a la conclusión de
que las personas que vivían en el hemisferio occidental eran seres
humanos con almas, por lo tanto, elegibles para la salvación. Esta
conclusión teológica fue, por supuesto, también una máxima que justifica
la conquista y la conversión.
Bartolomé de las Casas y los teólogos de
la Escuela de Salamanca encabezados por Fray Vitoria (precisamente este año 2026 se celebra el V centenario del nacimiento de esta Escuela). Estos teólogos defendieron los derechos de los indígenas y se fortaleció el concepto de
fraternidad universal y cambió la naturaleza del orden internacional. Los
europeos pudieron aumentar su riqueza y salvar sus conciencias simultáneamente.
Su competencia global por el control territorial cambió la naturaleza del orden
internacional.
La perspectiva de Europa se expandió, hasta los sucesivos
esfuerzos coloniales por varios estados europeos cubrieron la mayor parte del
mundo y los conceptos de orden mundial se fusionaron con
la concepción del equilibrio de poder en Europa.
La Reforma Protestante destruyó el concepto de
un orden mundial sostenido por las "dos espadas" del papado y el
imperio. El cristianismo estaba dividido y en guerra consigo mismo. La Reforma
Protestante destruyó el concepto de un orden mundial sostenido por las
"dos espadas" del papado y el imperio. El cristianismo estaba
dividido y en guerra consigo mismo.
Un siglo de guerras intermitentes asistió al surgimiento y
propagación de la crítica protestante de la supremacía de la Iglesia: el
Imperio de los Habsburgo y el papado ambos trataron de erradicar el desafío a
su autoridad, y los protestantes resistieron en defensa de su nueva forma de
ver la fe.
El período etiquetado por la posteridad como Guerra
de los Treinta Años (1618-48) trajo esta confusión a un clímax. Con
una sucesión imperial que se avecinaba el Rey Católico de Bohemia, el Habsburgo
Fernando, emergiendo como el candidato más plausible, la nobleza protestante
bohemia intentó un acto de "cambio de régimen", ofreciendo su
corona y su decisivo voto electoral a un protestante el Príncipe alemán. Un
resultado en el que el Sacro Imperio Romano habría dejado de
ser católico institución. Las fuerzas imperiales se movieron para aplastar la
rebelión de Bohemia y luego presionaron su ventaja contra el protestantismo en
general, desencadenando una guerra que devastó Europa Central. (los príncipes
protestantes generalmente se encontraban en el norte de Alemania, incluido el
entonces relativamente insignificante Prusia; el corazón católico era el sur de
Alemania y Austria). En teoría, los soberanos católicos compañeros
del Emperador estaban obligados a unirse en oposición a la nueva
herejía Sin embargo, frente a una elección entre unidad espiritual y
ventaja estratégica, más de unos pocos eligió el último.
En los sistemas feudales, la autoridad era personal; la
gobernancia reflejaba la voluntad del gobernante, pero también estaba
circunscrito por la tradición, limitando los recursos disponibles para las
acciones nacionales o internacionales de un país. El primer ministro de Francia
de 1624 en 1642, Armand-Jean du Plessis, cardenal de Richelieu, fue
el primer estadista en superar estas limitaciones.
La crisis de la época medieval supuso un verdadero cambio en
la concepción del mundo, en la comprensión del saber, en la defensa de los
derechos humanos.
El renacimiento supone la vuelta al mundo clásico la
exaltación del hombre en un humanismo que exalta la razón. Es la puerta de
entrada a la modernidad, de nuevo el triunfo de la razón y de la creatividad
humana. El renacimiento produjo un cambio de cosmovisión respondiendo a una
época crítica, primado de la idea, el individuo, la inteligencia, la doctrina.
La cosmovisión es crítica. A través de las ideas al mundo.
Pienso luego existo (Descartes). La vida cristiana se amolda a criterios
ideales y pragmáticos de prácticas vacías. La religión cae en un perfeccionismo
cuyo objetivo es salvarse así mismo.
La exaltación del individuo lleva a un ocultamiento, eclipse
de la persona y de la comunión como elemento esencial y constitutivo.
Desaparece la vida de comunión y aparece el individuo que se corrige y se
perfecciona según el ideal propuesto y enseñado. Debería ser al revés, la
vida nueva del Resucitado debería producir una nueva cultura y cosmovisión, una
nueva cultura, una inteligencia nueva. Sin embargo, se produjo lo contrario.
Los cristianos tomaron como criterio el ideal universal y el individuo es revestido
de perfección.
Como resumen el modelo de cosmovisión heredado del pasado
esta trasnochado. la edad crítica de la razón nos ha llevado a una cultura
muerta de la muerte no del primado de la vida. El individuo se puso de nuevo en
el pedestal, en el epicentro de la modernidad. La cosmovisión de la edad
crítica de la razón con el primado de la idea, de la razón, de la estructura
intelectual pide ser cambiado.
La necesidad de un nuevo humanismo: La Escuela de
Salamanca con teólogos como Francisco Vitoria, Soto, Melchor Cano tuvieron
enorme influencia en abrirse una nueva época de la modernidad y la ilustración.
Se defendió un humanismo integral que integrara la fe con la razón. Fueron
verdaderos profetas y articularon con el Concilio de Trento una verdadera
renovación en la Iglesia.

8.La septima transformación. El iluminismo. La
ilustración. El liberalismo
Como haría en principio la reforma, la ilustración lleva
a cabo un gran asalto contra la cristiandad. Se radicaliza la
autonomía del pensamiento desmarcándose de los principios que había mantenido
el cristianismo. La razón se impone con audacia crítica relegando la esfera de
lo divino y poniendo al hombre como medida de todas las cosas. El nuevo
paradigma reclama una política sin derecho divino y una moral sin
normas. Se establece una civilización fundada en la idea del derecho y no del
deber.
El cardenal Richelieu
Richelieu desarrolló un enfoque radical para
un orden internacional. Inventó la idea de que el estado era una
entidad abstracta y permanente que existía en por derecho propio. Tres
conclusiones surgen en la idea de Richelieu. Primero,
el elemento indispensable de un éxito. La política exterior es un concepto
estratégico a largo plazo basado en un análisis cuidadoso de todos los factores
relevantes. En segundo lugar, el estadista debe destilar esa visión
mediante el análisis y la configuración de un conjunto de ambiguos, a menudo
presiones conflictivas en una dirección coherente y decidida. El gobernante
debe saber dónde está esto la estrategia es líder y por qué. Y, en
tercer lugar, debe actuar en el borde exterior de lo posible, acortando la
brecha entre las experiencias de su sociedad y sus aspiraciones.
Europa nunca estuvo más unida que durante lo que vino a ser
percibido como la era de la iluminación. Nuevos triunfos en la
ciencia y la filosofía comenzaron a desplazar el fracturando las certezas
europeas de la tradición y la fe. El rápido avance de la mente en múltiples
frentes: física, química, astronomía, historia, arqueología, cartografía, etc
reforzó un nuevo espíritu de iluminación secular augurando que la revelación de
todos los mecanismos ocultos de la naturaleza era solo una cuestión de tiempo.
"El verdadero sistema del mundo ha sido reconocido, desarrollado y
perfeccionado "
Los ideólogos de la Revolución francesa: Rosseau,
Voltaire y Diderot
El S. XVIII es comúnmente conocido como el siglo de
las luces (el iluminismo). Los filósofos de la
Ilustración en el continente generalmente optaron por el modelo
racionalista más que por la visión orgánica de la evolución política. La
exploración y la sistematización de todo el conocimiento, un esfuerzo
simbolizado por los veintiocho volúmenes de la Enciclopedia que d'Alembert
coeditó entre 1751 y 1772. D´Alembert proclamó un cognoscible, universo
desmitificado con el hombre como actor central y explicador. El aprendizaje
aparecía como un poder prodigioso. El colega de D'Alembert, Denis Diderot,
escribió; " con celo por los mejores intereses de la raza humana, la
razón enfrentaría falsedades con principios sólidos para
servir como la base para verdades diametralmente opuestas, por medio de las
cuales podremos derribar todo el edificio de barrer y dispersar el montón de
polvo ocioso y en su lugar poner a los hombres en el camino correcto".
En su esencia se realizó un reordenamiento en una escala que
no se había visto en Europa desde el final de las guerras religiosas.
Para los revolucionarios, el orden humano no era
el reflejo del plan divino del mundo medieval, ni el entrelazamiento de los
grandes intereses dinásticos del siglo XVIII. Los filósofos franceses de
la Revolución equipararon el mecanismo de la historia con la operación no
adulterada de la voluntad popular, que por definición no podían aceptar ninguna
limitación inherente o constitucional, y que reservaban para ellos mismos el
monopolio para llevar acabo la Revolución.

9.La octava transformación. La crisis de la revolución
industrial y el cambio social.
Las revoluciones de Lenin y Marx ponen en crisis el modelo
social.
El tratado de la Paz de Westfalia se
convirtió en un punto de inflexión en la historia de las naciones porque
los elementos que establece en su lugar fueron tan sencillos como congruentes.
La primacía del estado, no del imperio, ni la dinastía o confesión religiosa,
fue afirmado como el componente básico del orden europeo. El concepto de estado
y su soberanía fue establecida. Los conceptos de orden mundial se
fusionaron con la concepción del equilibrio de poder en
Europa.
Era el fin de la Iglesia universal como la fuente última de
legitimidad y el debilitamiento del Sacro Emperador Romano, el
concepto de orden para Europa se volvió en el equilibrio de
poder que, por definición, implica neutralidad ideológica y ajuste a
las circunstancias cambiantes.
Las figuras de los tres grandes ideólogos revolucionarios. Freud, Nietche, Marx
El cambio de paradigma que trae el
liberalismo y la secularización conlleva la paulatina descristianización
de occidente y la nueva paganización de los pueblos cristianos.
El punto de partida es la concepción del principio de realidad. Se parte del
mundo visible y la medida de las cosas del mundo se arreglan mirando al mundo y
no mirando al cielo. El hombre debe liberarse y no dejarse alienar por la
religión a partir de las ideas promovidas por los nuevos revolucionarios del
pensamiento moderno:
Freud, Nietche y Marx.
El mundo secular ha de construirse prescindiendo de Dios. La
hipótesis de un Dios Señor del cielo y tierra es innecesaria, perversa y
dañina. Se cae en un agnosticismo y se establece un orden temporal
prescindiendo de Dios exaltando el poderío del hombre. La insensatez del hombre
es tal que llega a creerse valer por sí mismo prescindiendo de Dios. Entre el
Reino de Dios y los reinos temporales se establece una franja
infranqueable. La hegemonía del orden y poder temporal se alza frente a
toda injerencia de la religión.
Esta cosmovisión, este concepto omnicomprensivo
de orden mundial tuvo que enfrentarse a una anomalía desde el
principio: en la Europa post-romana, docenas de gobernantes políticos
ejercieron soberanía sin una jerarquía clara entre ellos; todos invocaron la
lealtad a Cristo, pero su vínculo con la Iglesia y su autoridad fue ambiguo.
Fueron feroces los debates a los que asistieron debido a la alineación o no con
la autoridad de la Iglesia. Los reinos militares separados y las políticas
independientes maniobraron para obtener ventaja de una manera que no tenía
relación aparente con “Las dos ciudades” de Agustín.
Cualquier sistema de orden mundial, para ser
sostenible, debe ser aceptado simplemente no solo por los líderes, sino también
por los ciudadanos. Debe reflejar dos verdades: orden y libertad. Orden sin
libertad, incluso si es sostenido por la exaltación momentánea, eventualmente
crea su propio contrapeso; sin embargo, la libertad no puede ser asegurada o
sostenida sin un marco de orden para mantener la paz. Orden y libertad, a veces
descritos como polos opuestos en el espectro de la experiencia, deberían entenderse
como interdependiente.
Eran los comienzos de un nuevo orden internacional más
pacífico. La humanidad se caracterizó por una " sociabilidad no social
" no distinta de la "tendencia" para unirse en la sociedad, sin
embargo, con una resistencia continua que amenaza constantemente para romper
esta sociedad. "El problema del orden, particularmente el orden
internacional, era el más difícil y el último en ser resuelto por la raza
humana.
La cuestión social. Leon XIII: La encíclica “Rerum
Novarum”
El año 1891 el papa León XIII publicó la encíclica "Rerun
Novarum". Este documento es la toma de postura de la Iglesia ante
la grave y acuciante "cuestión social", provocada por la
revolución industrial y la introducción del sistema capitalista liberal, que
había dejado en una situación de desamparo a amplios sectores de la sociedad,
tanto obreros en las ciudades, como proletarios o pequeños propietarios. Desde
otras opciones políticas, como el socialismo, la reacción fue
relativamente rápida, tratando de mejorar y de dar respuestas, profundamente
revolucionarias, a esos amplios sectores de la sociedad marginados y
explotados, por una clase social burguesa, en cuyos planteamientos no había
otro interés que el enriquecimiento.
La “Rerum Novarum” supuso un punto de inflexión, un
antes y un después. La “Rerum Novarum” trata de despertar a una nueva
conciencia. Puede decirse que antes de la aparición de la "Rerum
Novarum" no encontramos en España un verdadero movimiento
católico-social. Debemos precisar el término "catolicismo-social",
como algo diferente a la postura caritativa (limosna y beneficencia) ante la
problemática social.
Por primera vez se plantea el problema obrero, de carácter
económico y la conciencia del progreso a nivel intelectual. Se quiere ligar el
progreso social a la mejora de la suerte de los obreros. La actitud
católico-social implica una nueva conciencia del problema social como algo más
que un problema de beneficencia y caridad. Es el lento proceso que lleva a
descubrir las exigencias de la justicia, además del deber moral de la caridad.
En cuanto a los contenidos de la “Rerum Novarum”, en
la introducción señala los factores que a su juicio han provocado el problema
social: los adelantos de la industria; el cambio de relaciones entre patronos y
obreros; la acumulación de riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la
inmensa mayoría. En la primera parte critica al socialismo como alternativa al
problema social, justificando la propiedad individual. Su alternativa es la
necesaria contribución de la Iglesia, el Estado y los propios interesados
(obreros y patronos), para el encauzamiento y superación del problema social.
La encíclica “Rerum Novarum” reclama y reivindica la
legitimidad de la intervención de la Iglesia. Frente a las utopías
socialistas, León XIII plantea el fin último de armonizar las clases
sociales. La Iglesia convoca a las dos partes, patronos y obreros, al
cumplimiento de sus respectivos deberes: En cuanto a los obreros: cumplir el
contrato de trabajo; no ser violentos ni revolucionarios en la defensa de sus
derechos (condena implícita de huelgas y de agitaciones políticas); respetar a
los patronos, y no dañar al capital. Por su parte los ricos y patronos deben no
considerar a los obreros como esclavos; reconocer la dignidad del trabajo;
cuidar de las necesidades espirituales y morales de sus obreros; limitar la
jornada y demás condiciones de trabajo según el sexo, edad y fuerzas de los
trabajadores; dar un salario justo. Del mismo modo defiende la intervención del
Estado para llevar a cabo una acción que alivie grandemente la situación de los
trabajadores.
Finalmente el Papa aborda la contribución de las partes
directamente interesadas. Se refiere elogiosamente a las distintas
instituciones existentes: sociedades de socorro mutuo, instituciones de
previsión y seguros, patronatos. Ante el constante crecimiento de las
asociaciones obreras de resistencia y de la influencia socialista, plantea como
alternativa la necesidad de crear asociaciones de obreros cristianos. Va a
tomar fuerza la denominada “acción católica”.

10.La novena transformación. La crisis de la modernidad.
Las dos guerras mundiales. La Paz de Westfalia
La necesidad de un orden nuevo
La Primera Guerra Mundial fue recibida por
entusiastas públicos y líderes eufóricos que imaginaron un corto plazo, una
guerra gloriosa para conseguir objetivos rápidos. Pero el macabro evento, mató
a más de veinticinco millones y naufragó el orden internacional
prevaleciente. El cálculo sutil del equilibrio europeo de intereses
cambiantes había sido abandonado por la diplomacia de confrontación de dos
alianzas rígidas y luego fue consumido por guerra de trincheras, produciendo
bajas hasta ahora inconcebibles. En la dura prueba, el imperio ruso, austríaco,
y los imperios otomanos perecieron por completo. En Rusia, un levantamiento
popular en nombre de la modernización y la reforma liberal fue tomada por una
elite armada que proclamaba una doctrina revolucionaria universal.
Después del descenso de la hambruna y la guerra civil, Rusia y sus posesiones
surgieron como la Unión Soviética, y El anhelo de Dostoievski por
"una gran iglesia universal en la tierra" se transformó en un
movimiento dirigido por Moscú, el movimiento comunista mundial, que rechazaba
todos los conceptos de orden existentes.
Ninguno de los líderes que se lanzaron a la guerra en agosto
de 1914 lo habría hecho si hubieran previsto el mundo de 1918. Aturdidos por la
carnicería, los estadistas europeos intentaron forjar un período de posguerra
que hiciera lo más posible salir de la crisis que pensaban que se había
producido por la Gran Guerra. Se borraron de las mentes casi todas las
lecciones de intentos previos de forjar un orden internacional.
El Tratado de Versalles en 1919 se negó a
aceptar que Alemania volviera a imponer el orden europeo, como el Congreso
de Viena había incluido con la aceptación de una Francia
derrotada. El nuevo gobierno revolucionario marxista-leninista de la
Unión Soviética se declaró no obligado por los conceptos o las
restricciones de un orden internacional cuyo derrocamiento
profetizó; participando al margen de la diplomacia europea, se reconoció no
solo lenta sino reincidente por la primacía de las potencias occidentales.
De los cinco estados que constituyeron el equilibrio
europeo, el imperio austríaco había desaparecido; Rusia y Alemania fueron
excluidos, o se excluyeron ellos mismos; y Gran Bretaña estaba comenzando a
regresar a su actitud histórica de involucrarse en asuntos europeos
principalmente para resistir una amenaza real al equilibrio de poder en lugar
de adelantarse a un amenaza potencial.
La diplomacia tradicional había traído un siglo de paz en Europa a través
de un orden internacional equilibrar sutilmente elementos de
poder y de legitimidad. En el último cuarto de ese siglo, el equilibrio había
cambiado al confiar en el elemento de poder. Los redactores del acuerdo
de Versalles se remontaron al componente de legitimidad mediante la
creación de un orden internacional que podría mantenerse, solo
mediante apelar a principios compartidos, porque los elementos de
poder fueron ignorados o quedaron desorganizados. El cinturón de Estados que
surge del principio de autodeterminación ubicado entre Alemania y el La Unión
Soviética resultó demasiado débil para resistir, invitando la colisión entre
ellos. Gran Bretaña que en otro tiempo quiso ser guardián del orden estaba cada
vez más retirada.
Los Estados Unidos, habiendo entrado en la guerra tan
decisivamente en 1917, a pesar de la inicial renuencia pública, se había
desilusionado por el resultado y se había aislado relativamente. Por lo tanto,
la responsabilidad de suministrar los elementos de poder recaía principalmente
en Francia, que estaba agotada por la guerra, agotada por los recursos humanos
y la resistencia psicológica, y cada vez más consciente de que la disparidad de
fuerzas entre ella y Alemania amenazaba con volverse congénita.
Como resultado de las dos guerras mundiales, el
concepto de soberanía de Westfalia y los principios de
equilibrio de poder redujo en gran medida el orden
contemporáneo del continente que engendraron ellos. Al final de la
Segunda Guerra Mundial, el orden mundial y la capacidad psicológica de
Europa que tenían todos desapareció. Todos los países de Europa continental,
con la excepción de Suiza y Suecia habían sido ocupados por tropas extranjeras.
La economía de cada país estaba en ruinas. Eso se hizo evidente porque ningún
país europeo (incluyendo Suiza y Suecia) tenían fuerzas para formar su propio
futuro por sí mismo.
En un momento de mayor debilidad, preservaron algunos de los
conceptos de orden internacional. Su más importante convicción era
que si iban a llevar en socorro a su gente y evitar una recurrencia de más
tragedias en Europa, tenían que superar las divisiones históricas y, sobre esa
base, crear un nuevo Orden europeo. Para esto tuvieron que hacer
frente primero a otra división de Europa. En 1949, los aliados occidentales
combinaron sus tres zonas de ocupación para crear la República Federal
de Alemania. Rusia convirtió su zona de ocupación en un estado socialista
ligado a él por el Pacto de Varsovia. Alemania volvió a su posición
de trescientos años antes después de la Paz de Westfalia: su
división se había convertido en el elemento clave de la emergente estructura
internacional. Francia y Alemania, los dos países cuya rivalidad había estado
en el corazón de todas las guerras europeas durante tres siglos, comenzó el
proceso de trascender la historia europea fusionando los elementos clave de su
poder económico restante.
Hasta la Segunda Guerra Mundial, las potencias
europeas eran lo suficientemente fuertes como para mantener el orden
regional que habían diseñado para Oriente Medio después
de la Primera Guerra Mundial.
Ante los nuevos cambios la iglesia responde con el Concilio
Vaticano II.
Como bien sabemos lo inicia el papa bueno y tras la muerte
de Juan XXIII y un corto periodo de impas el Concilio Vaticano II fue
proseguido y concluido por Pablo VI. El Concilio supuso un evento significativo
para abrir una página nueva en la historia de la Iglesia. El Concilio Vaticano
II fue otro punto de inflexión para la Iglesia. La Iglesia en diálogo con el
mundo se abrió a considerar los problemas del mundo contemporáneo y a darles
respuesta a la luz de la fe.
Uno de los últimos y más laboriosos documentos del Concilio
fue la constitución “Gadium et Spes”, la constitución Pastoral sobre la
iglesia en el mundo moderno. Esta constitución comienza con una declaración de
solidaridad de la Iglesia con la familia humana entera. El Concilio trató
en la constitución “Gaudium et spes” temas de actualidad
social y económica, así como los nuevos problemas la Iglesia en el mundo
contemporáneo para promover la unidad la paz y concordia entre los pueblos.
El concilio no se detuvo en consideraciones dogmáticas sino
que con sentido pastoral quiso promover el diálogo y la unidad de todo el
género humano. Promulgó la necesidad del diálogo interreligioso. “Gaudium et
spes” por primera vez es un documento conciliar que se dirige no solo a los
cristianos, sino que pretende orientar a todas las personas, creyentes o
no creyentes, con la intención de esclarecer el misterio del hombre y cooperar
en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de
nuestra época.
A modo de introducción, la constitución hace una profunda y
bellísima exposición preliminar en la que estudia los rasgos fundamentales del
mundo moderno y plantea los interrogantes y las aspiraciones más profundos del
hombre, concluyendo que la clave y el fin de toda la historia humana se hallan
en su Señor y Maestro. Todo el documento refleja el cuidado de la Iglesia
por promover la mutua estima y respeto, y el reconocimiento a todas las
legítimas diversidades.
Así se deja ver en el proemio: “Los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo,
sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas,
tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente
humano que no encuentre eco en su corazón… La Iglesia por ello se siente íntima
y realmente solidaria del género humano y de su historia. Por ello, el Concilio
Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia, se dirige
ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo,
sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo entiende la
presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual. Tiene pues, ante sí la
Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal
de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia
humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos
creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la
servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado,
roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito
divino y llegue a su consumación”.
Nuevos retos. La reevangelización. La nueva
evangelización frente la descristianización
Frente al ateísmo y la descristianización de Europa, la
Iglesia intenta responder con la llamada a una Nueva Evangelización que
responda a los signos de los tiempos. Cada cambio de época supuso un cambio de paradigma.
La iglesia ha estado atenta para saber vivir esos momentos de cambio y de
transición.
La Nueva Evangelización fue acuñada por el papa Juan Pablo
II en el V Centenerario de la llegada del Evangelio al continente americano (Haití
1983) es el horizonte que había abierto el papa Pablo VI después del Sínodo
la evangelización en el mundo, con la exhortación Evangelii nuntiandi
(Puebla 1974). La nueva evangelización atañe a toda la Iglesia puesta en modo
sinodal, de salida y en modo de comunión, participación y misión.

11.La décima transformación. La crisis presente. La
tercera guerra mundial solapada. La crisis de las instituciones y el ocaso y
colapso moral
Posteriormente, el orden europeo, la capacidad de las
potencias para controlar poblaciones cada vez más inquietas desapareció. En los
años 1950 y 1960, los gobiernos en Egipto,
Irak, Siria, Yemen y Libia fueron derrocados por sus líderes militares. Desde
finales de la década de 1950 hasta principios de la de 1970, la Unión
Soviética fue su vehículo para presionar a los Estados Unidos.
Se convirtió en el principal proveedor de armas y defensor diplomático de los
nacionalistas estados árabes, que a su vez generalmente apoyaban los objetivos
internacionales soviéticos. Los autócratas militares profesaron una lealtad
general al "socialismo árabe" y la admiración del modelo
económico soviético, aún en la mayoría de los casos, las economías se
mantuvieron tradicionalmente patriarcales y se centraron en las industrias
individuales dirigidas por tecnócratas. El impulso primordial fue el interés
nacional, tal como lo concibieron los regímenes, no político o ideología
religiosa Las relaciones de la era de la Guerra Fría entre los
mundos islámico y no islámico, en general, siguieron este enfoque esencialmente
westfaliano basado en el equilibrio de poder. Egipto, Siria, Argelia e Iraq en
general, apoyó las políticas soviéticas soviético.
En 1974, Siria e Israel concluyeron una desconexión acuerdo
para definir y proteger las líneas fronterizas militares entre los dos países.
Esta disposición se ha mantenido durante cuatro décadas, a través de las
guerras y el terrorismo e incluso durante el caos de la Guerra civil siria.
Jordania e Israel practicaron una moderación mutua que finalmente culminó en
una paz acuerdo. Internacionalmente, los regímenes autoritarios de Siria e Iraq
continuaron inclinándose hacia el Unión Soviética, pero se mantuvo abierta,
caso por caso, para apoyar otras políticas.
Por el final de la Década de 1970, las crisis del
Medio Oriente comenzaron a parecerse cada vez más a las crisis
de los Balcanes del siglo XIX. Se observa un esfuerzo de los estados
secundarios para manipular las rivalidades de las potencias dominantes en
nombre de sus propios objetivos nacionales. Sin embargo, la asociación
diplomática con los Estados Unidos no fue capaz de resolver el problema enigma
enfrentado por las autocracias militares nacionalistas. La asociación con
la Unión Soviética no tenía objetivos políticos avanzados; la
asociación con los Estados Unidos no había desactivado los
desafíos sociales. Los regímenes autoritarios lograron sustancialmente la
independencia del régimen colonial y proporcionaron una capacidad de maniobra
entre los principales centros de poder de la Guerra Fría.
Como resultado, estas élites se vieron obligadas a lidiar
con una creciente marea del descontento general con desafíos a su
legitimidad. Los grupos radicales prometieron reemplazar los
sistemas existentes en el Oriente Medio con un orden
basado en la religión de Oriente Medio que refleja
dos acercamientos universalistas al orden mundial.
Si el orden no puede ser alcanzado por consenso o impuesto
por la fuerza, será forjado, a través de un desastroso y deshumanizante costo,
de la experiencia del caos.
Nuevos retos y desafíos: El intento de una reunificación europea que fuera salvaguarda de los principios fundamentales.
En cada siglo ha cambiado su estructura interna e inventado
nuevas formas de pensar sobre la naturaleza del orden internacional. Ahora en
la culminación de una era, Europa, para participar en ella, se sintió obligada
a dejar de lado la política mecanismos a través de los cuales ha conducido sus
asuntos durante tres siglos y medio. Impulsada también por el deseo de
amortiguar la unificación emergente de Alemania, la nueva Unión Europea (EU)
estableció una moneda común en 2002 y una estructura política formal en 2004.
Proclamó una Europa unida (la Unión Europea, EU), ajustando
sus diferencias por mecanismos pacíficos. La unificación alemana alteró el
equilibrio de Europa porque ningún acuerdo constitucional podría cambiar la
realidad de que solo Alemania era nuevamente el estado europeo más fuerte. La
moneda única produjo un grado de unidad que no se había visto en Europa desde
el Sacro Imperio Romano.
El resultado que trajo la Unión Europea (EU) es un híbrido,
constitucionalmente algo entre un estado y una confederación, operando a través
de reuniones ministeriales y una burocracia común, más como el Sacro Imperio
Romano que la Europa del siglo XIX. Pero a diferencia del Sacro Imperio Romano,
la EU se esforzó por resolver sus tensiones internas en la búsqueda del
principios y metas generales y comunes por las cuales se guiara.
Un futuro incierto:
Vivimos bajo un pensamiento débil marcado por lo actual e
instantáneo desconectado del pasado y sin esperanzas de futuro, un
desencantamiento del mundo de la postmodernidad, globalización de la
indiferencia y el individualismo, crisis de la idea de progreso, pluralismo y
relativismo ético, debilitamiento de la credibilidad institucional, de los
gobiernos incluso de la canonicidad, descomposición del orden social,
agudizamientos de las injusticias, desigualdades, guerras sumergidas, cambios
climáticos y epidemias que nos ponen en alerta.
El progreso tecnológico nos abre a nuevos interrogantes, entre tantos la evolución imparable de la inteligencia artificial que esta repercutiendo en una nueva estructura social. La IA en esta era ha emergido como una de las fuerzas más disruptivas y transformadoras de nuestras vidas. La IA tiene y tendrá un impacto que no sabemos predecir en la manera y forma en que trabajamos, vivimos y nos comunicamos. Si la IA es una herramienta poderosa sin embargo su uso incontrolado puede convertirla en rival o enemigo del propio progreso humano. El uso apropiado de la IA plantea preguntas éticas sobre la responsabilidad y toma de decisiones para garantizar que la IA se desarrolle y aplique de manera justa, segura y responsable y no perjudique a los sectores más vulnerables.

12. Una sociedad enferma
Nuestra sociedad postmoderna está enferma y la raíz afecta a
toda la humanidad. La globalización, la cultura del relativismo,
individualismo, consumismo, llevan a las personas de nuestra sociedad a
numerosos conflictos que afectan a todas las áreas y dimensiones de la vida.
Estamos asistiendo a una proliferación de nuevas esclavitudes con un incremento
de agresión, violencia y violación de los derechos fundamentales de gran número
de personas. El modelo del sistema muestra enormes grietas, en medio de la proliferación
de medios vivimos una sensación de desorientación, de falta de comunicación, de
diálogo, de valores, de respeto, de honestidad, de moralidad.
Las viejas instituciones que aseguraban la estabilidad están
totalmente en crisis, iglesia, gobiernos, la familia, el matrimonio, provocando
quebrantamiento y distorsión de las relaciones personales y vínculos
familiares. Muchos son los efectos, falta de trasparencia, corrupción,
violencia abuso y explotación, sectores de exclusión.
Tras la crisis mundial de la pandemia se hizo evidente un
tiempo de transición. La pandemia ha puesto
en evidencia nuestra vulnerabilidad y caducidad. El momento presente es un tiempo de replantearnos
seriamente, los principio, los valores, nuestro modelo y orientación de vida.
La pandemia ha sacado a la luz otra pandemia subyacente, la pandemia y
globalización de la indiferencia, el individualismo, el materialismo, la
injusticia, la desigualdad de los pueblos. Tiempos nuevos que piden una
conciencia nueva mundial, un orden nuevo mundial, unos valores nuevos y
perennes que hagan la vida más justa solidaria y fraterna. Es tiempo de nuevos
pactos y alianzas que nos ayuden a construir un mundo nuevo.
Nos hemos de abrir a un nuevo humanismo no en clave
de ruptura sino en clave de renovación. Estamos bajo la influencia de un
antropocentrismo egocentrico falto de trascendencia. No se puede mantener
tampoco una sociedad teocéntrica ajena a la realidad del mundo. Hay una
verdadera crisis de la religión porque la religión se ha vivido como prácticas
desconectadas del mundo, de la política, de la cultura, de la sociedad. Se
trata de articular la fe con el mundo cultural nuevo que estamos viviendo.
Vivimos en un desacerbado consumismo y materialismo. El desorden natural y climático está produciendo un riesgo de destrucción del planeta. La dignidad humana se ha convertido en cajón de sastre donde entra todo, cabe de todo. La política ha caído en populismos y nacionalismos faltos de transparencia, ética y moralidad. Cada vez más se pone en evidencia la desigualdad, el reparto de bienes entre los países del mundo, crece la distancia entre los países desarrollados y los empobrecidos. Se precisa articular de nuevo lo espiritual con lo humano, lo cultural, lo social, lo moral.

13. LA FIGURA DE LOS PAPAS. La voz consoladora frente una
humanidad dolorida y atormentada
Vamos a hacer un breve recorrido pasando por Pio XII, Juan
XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y El Papa Francisco.
- Pío XII y los destinos
de muerte por razones de nacionalidad
Un momento oscuro y trágico fue el que se vivió, en
particular por los judíos en Europa, durante la segunda guerra mundial. El 20
de enero de 1942 algunos de entre los mayores funcionarios del partido nazi y
del gobierno alemán, se reunieron en una villa en el suburbio de Berlín de
Wannsee para discutir un tema que en el verbal de esta conferencia es indicado
con las palabras “solución final a la cuestión judía”.
Casi un año después, el 24 de diciembre de 1942, se eleva desde los micrófonos de la Radio Vaticana “una voz solitaria – se lee en un editorial de la época del periódico estadounidense The New York Times – que grita desde el silencio de un continente”. Es la voz del Papa Pío XII que pronuncia su radiomensaje en la vigilia de Navidad. El Pontífice desea que para “la humanidad atormentada” pueda resplandecer “consoladora e incitante la estrella que brilla sobre la cueva de Belén” en un mundo marcado por los horrores de la guerra. El Papa Pacelli indica entre las atrocidades del segundo conflicto mundial también la tragedia que en el vocabulario de los nazis corresponde a la expresión “solución final”.

- Juan XXIII el
llamamiento a la paz. Pacem in terris
Juan XXIII que fue elegido como un Papa de transición
sorprendió con la apertura del Vaticano II y a un tiempo de verdadera
renovación. Ante un momento de crisis mundial después de la dos guerras
mundiales el Concilio iba a abrir una nueva era para la Iglesia y a
suponer un tiempo de profunda renovación para la Iglesia. La Iglesia
como decía Juan XXIII estaba necesitada de un nuevo Pentecostés. Como
decía el Papa en la convocación del Concilio: Abramos las puertas y ventanas de
la Iglesia y dejemos que entre el Espíritu como una fuente de aire fresco. La
mirada de fe del Papa fue capaz de sobrepasar los densos nubarrones que se
cernían sobre la humanidad, de leer e interpretar los signos de los tiempos y
de abrirse a los designios y acción de Dios en el mundo. Su mirada de fe
profunda le hizo capaz de mantener una mirada positiva y esperanzadora sobre
los nuevos tiempos tachados de modernidad y de pesimismo. Nada más lejos de
Juan XXIIII que mantener una actitud fundamentalista y conservadora opuesta a
todo cambio y progreso. Se distanció sobremanera de todos los profetas de
desgracias para convertirse en un verdadero profeta y precursor de una nueva
era para la Iglesia y la humanidad.
En Juan XXIII latía la necesidad de un agiornamento
sobre varios temas candentes, la cuestión social, la opción por los
pobres, el diálogo inerreligioso, el ecumenismo, en definitiva la necesidad de
un orden nuevo. En su mensaje de radio de septiembre de 1962 dijo: “Frente a
los países subdesarrollados, la iglesia debe presentarse como es y quiere ser,
como la iglesia de todos y particularmente de los pobres” estas palabras se
convirtieron en la inspiración de un grupo que llegó a ser conocido como el
grupo de “la iglesia de los pobres”. Este grupo empezó también a
denominarse como el grupo de la universidad de Tubinga, por ser su lugar de
reunión. En este grupo estaban los cardenales Lercaro y Gerlier, y otros como
Helder Cámara o el patriarca Máximos IV.
El grupo solicitó al cardenal Ciognani, Secretario de Estado
y Presidente del Secretariado de asuntos extraordinarios, para el
establecimiento de una Comisión especial para tratar cuestiones relacionadas
con la opción por los pobres. El cardenal Lercaro, actuando como portavoz de
este grupo propuso a los padres que la eclesiología del Concilio debía ser la
iglesia de los pobres. Fue sin duda un momento histórico que se llegó a
denominar “la hora de los pobres”. El grupo desempeño un papel
significativo en las dos primeras sesiones del Concilio y creó en muchos padres
una nueva conciencia y sensibilidad a los problemas de la pobreza y el gran
número de personas que viven en un estado infrahumano. Se instó al Concilio a
emitir una llamada para la acción y el establecimiento de una nueva estructura
que propondría nuevas instituciones, nuevas relaciones, nuevas formas de
cooperación y de actuar para obtener la plena participación de todos en la
lucha mundial contra la pobreza y el hambre. Su intervención fue seguida por
otra apelación elocuente en nombre de los pobres.
En la fase inicial del Concilio en el denominado “mensaje
a la humanidad” Juan XXIII decía “que se reúnen en la unidad de cada nación
bajo el sol, llevamos en nuestros corazones, las dificultades, el sufrimiento
corporal y mental, dolores, anhelos y esperanzas de todos los pueblos que nos
encomiendan. Urgente dirigimos nuestros pensamientos a las ansiedades por las
que el hombre moderno está afligido. Por lo tanto, que nuestra preocupación
pueda centrarse en primer lugar en aquellos que son especialmente más pobres y
humildes de la tierra”
Otro paso decisivo de Juan XXIII fue su encíclica “Pacem
in terris”. Ante la escalada de violencia y el conflicto desencadenado en
Cuba entre las dos grandes potencias mundiales la URSSS y EEUU, el Papa plantea
de nuevo la necesidad de un orden a nivel mundial para dar
fin a la escalada armamentista.
La encíclica “Pacem in terris” es la
última de las ocho encíclicas del papa Juan XXIII, publicada el 11 de abril de
1963, 53 días antes del fallecimiento del pontífice, coincidiendo con la
celebración del Jueves Santo. El 9 de abril de 1963, el papa firmó la encíclica
durante una rueda de prensa y anunció que se publicaría dos días más tarde,
también afirmó que iba dirigida «a todos los hombres de buena voluntad» y no
únicamente a la feligresía católica y al episcopado. Aparece con un subtítulo:
«Sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la
justicia, el amor y la libertad». Se trataba de una especie de llamamiento del
sumo pontífice a todos los seres humanos y todas las naciones para luchar
juntos en la consecución de la paz en medio del clima hostil generado por la
Guerra Fría.
Durante el pontificado de Juan XXIII, la tranquilidad
mundial fue alterada por diferentes sucesos como la creación del programa
Sputnik, el apogeo de la Guerra Fría y la subsecuente construcción
del Muro de Berlín, la crisis de los misiles de Cuba, la Guerra de Vietnam
y la posibilidad de que todo esto desembocara en una guerra nuclear; es en ese
contexto que surge Pacem in terris. El Papa convocaba a todos los
humanos y a todas las naciones a colaborar para conseguir la paz por medio de
la comprensión, la ayuda mutua y el respeto de los derechos de los demás.
Pacem in terris describe los cuatro principios
considerados fundamentales para alcanzar la paz: la verdad como fundamento, la
justicia como regla, el amor como motor y la libertad como clima. Su estructura
está compuesta por una «Introducción» y cinco secciones llamadas: «Ordenación
de las relaciones civiles y matrimoniales», «Ordenación de las relaciones
políticas», «Ordenación de las relaciones internacionales», «Ordenación de las
relaciones mundiales» y «Normas para la acción temporal del cristiano». En general
hace énfasis en los derechos y deberes que deben observar los seres humanos y
los estados, en las relaciones entre sí y en las relaciones con otros seres
humanos y otros estados, con la finalidad de conseguir la paz y el bien común;
señala además que el ser humano debe tener paz interior para poder conseguir la
paz social.
«En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay
que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto
es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por tanto, el
hombre tiene por sí mismo derechos y deberes, que dimanan inmediatamente y al
mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello,
universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto.»
La Pacem in terris, entre otras cosas demanda la
reivindicación del papel de la mujer al interior del hogar y en la sociedad y a
respetar los derechos de los exiliados y las minorías étnicas. En el plano
internacional, invita a las naciones a frenar la carrera armamementista y
a prohibir las armas nucleares y puntualiza la responsabilidad de la
ONU en la promoción de la buena relación entre los pueblos y la
consecución de la paz, así como también la importancia de la Declaración
Universal de Derechos Humanos.
El rechazo incondicional de la carrera de armamentos y de la
guerra en sí misma constituye una de las innovaciones más importantes de esta
encíclica. Sostiene que en la era atómica resulta impensable que la
guerra se pueda utilizar como instrumento de justicia. Esto, a su vez, implicó
un fuerte cuestionamiento al concepto de guerra justa que
resultó virtualmente abolido por la encíclica. «[...] la justicia, la recta
razón y el sentido de la dignidad humana exigen urgentemente que cese ya la
carrera de armamentos; que, de un lado y de otro, las naciones que los poseen
los reduzcan simultáneamente; que se prohíban las armas atómicas; que, por
último, todos los pueblos, en virtud de un acuerdo, lleguen a un desarme
simultáneo, controlado por mutuas y eficaces garantías.» «[...] en nuestra
época, que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener
que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado.»
La humanidad atormentada está marcada por la guerra, pero
también por el sufrimiento, la enfermedad. En el día de Navidad de 1958 el
Hospital Bambino Gesù acoge al Papa Juan XXIII. Es el primer Pontífice que sube
al Gianicolo para visitar “su hospital”. Durante esa visita, el Papa Roncalli
saluda y bendice a los pequeños pacientes. En una de las últimas habitaciones
un niño le cuenta al Papa que se llama Emanuele. “Así es – afirma Juan XXIII –
un nombre que resume la solemnidad actual. Esto significa: Dios con nosotros”.

- Pablo VI y la
Populorum Progressio
El 1968, en Italia, es un año marcado, en el mundo del
trabajo, por fuertes tensiones sociales. En ese año el Papa Pablo
VI celebra la Misa de Navidad entre los trabajadores. El Pontífice
visita la acería de Taranto para sanar una separación: la que existe entre la
clase obrera y la Iglesia. El telón de fondo, casi navideño, es la acería, que
el periódico de la Santa Sede, "L'Osservatore Romano", define
como "la nueva cabaña de la era tecnológica". En su homilía, el Papa
Montini se dirige a los trabajadores, instándolos a mirar hacia "el Cristo
del Evangelio": "Trabajadores, que nos escucháis: Jesús, el Cristo,
está con vosotros".
Os hablamos con el corazón. Os diremos una cosa muy
sencilla, pero llena de significado. Y es esta: Nosotros tenemos dificultad en
hablaros. Sentimos la dificultad en hacernos entender por vosotros. ¿O nosotros
quizá no os comprendemos lo suficiente? Es un hecho que el discurso es para nosotros
bastante difícil. Nos parece que entre vosotros y nosotros no hay un lenguaje
común. Estáis inmersos en un mundo ajeno al que vivimos nosotros, hombres de
Iglesia. ¡Vosotros pensáis y trabajáis de una manera muy diferente a la de la
Iglesia! Os decíamos, saludándoos, que somos hermanos y amigos: ¿pero es eso
realmente cierto? Porque todos nosotros percibimos esta evidencia: el trabajo y
la religión, en nuestro mundo moderno, son dos cosas separadas, distantes, a
menudo incluso opuestas. Hubo un tiempo en que no era así.
La encíclica Populorum progresio
Con Pablo VI hace su entrada en los documentos del
Magisterio el tema del desarrollo en la encíclica “Populorum
progessio” haciendo hincapié en la necesidad de que ese desarrollo sea
de toda la persona y de todos los hombres. El pontificado de Pablo VI
consolidando las directrices del Vaticano III, acabó con el conservadurismo
bimilenario de la Iglesia romana y movilizó una gran apertura y cambio.
Es en el periodo de Pablo VI, que también se establece y
desarrolla lo que sería el Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz. A
este respecto es muy iluminador el documento titulado: “Compendio de la
doctrina social de la Iglesia” (CDS) promulgado por el Consejo Pontificio
justicia y Paz. En él se resumen los temas más esenciales al alba del tercer
milenio, la necesidad de un humanismo integral al servicio de la verdad bajo el
signo de la solidaridad, el respeto de la dignidad de la persona humana y de
los derechos humanos, el principio del bien común y el destino universal de los
bienes. Destacan los valores fundamentales de la vida social: la verdad, la
libertad, la justicia. El valor del trabajo humano y principios que regulen la
vida económica. Termina hablando de la comunidad política al servicio de la
sociedad civil. Por último se habla de la comunidad internacional y la
cooperación internacional para el desarrollo y del cuidado del medio ambiente.
La Iglesia favorece el camino hacia una auténtica comunidad
internacional, que ha asumido una dirección precisa mediante la institución de
la Organización de las Naciones Unidas en 1945. Esta organización «ha
contribuido a promover notablemente el respeto de la dignidad humana, la
libertad de los pueblos y la exigencia del desarrollo, preparando el terreno
cultural e institucional sobre el cual construir la paz».
La doctrina social, en general, considera positivo el papel
de las Organizaciones intergubernamentales, en particular de las que actúan en
sectores específicos, si bien ha expresado reservas cuando afrontan los
problemas de forma incorrecta. El Magisterio recomienda que la acción de
los Organismos internacionales responda a las necesidades humanas en la vida
social y en los ambientes relevantes para la convivencia pacífica y ordenada de
las Naciones y de los pueblos. (CDS 440)
La solicitud por lograr una ordenada y pacífica
convivencia de la familia humana impulsa al Magisterio a destacar la
exigencia de instituir «una autoridad pública universal reconocida por todos,
con poder eficaz para garantizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y
el respeto de los derechos». En el curso de la historia, no obstante los
cambios de perspectiva de las diversas épocas, se ha advertido constantemente
la necesidad de una autoridad semejante para responder a los problemas de
dimensión mundial que presenta la búsqueda del bien común: es esencial que esta
autoridad sea el fruto de un acuerdo y no de una imposición, y no se entienda
como un «super-estado global ».
Una autoridad política ejercida en el marco de la Comunidad
Internacional debe estar regulada por el derecho, ordenada al bien común y
ser respetuosa del principio de subsidiaridad: «No corresponde a esta
autoridad mundial limitar la esfera de acción o invadir la competencia propia
de la autoridad pública de cada Estado. Por el contrario, la autoridad mundial
debe procurar que en todo el mundo se cree un ambiente dentro del cual no sólo
los poderes públicos de cada Nación, sino también los individuos y los grupos
intermedios, puedan con mayor seguridad realizar sus funciones, cumplir sus
deberes y defender sus derechos».(CDS 441)
Una política internacional que tienda al objetivo de la paz
y del desarrollo mediante la adopción de medidas coordinadas, es más que
nunca necesaria a causa de la globalización de los problemas. El
Magisterio subraya que la interdependencia entre los hombres y entre las
Naciones adquiere una dimensión moral y determina las relaciones del mundo
actual en el ámbito económico, cultural, político y religioso. En este
contexto es de desear una revisión de las Organizaciones internacionales; es
éste un proceso que «supone la superación de las rivalidades políticas y la
renuncia a la voluntad de instrumentalizar dichas organizaciones, cuya razón
única debe ser el bien común», con el objetivo de conseguir «un
grado superior de ordenamiento internacional ».
En particular, las estructuras intergubernamentales deben
ejercitar eficazmente sus funciones de control y guía en el campo de la
economía, ya que el logro del bien común es hoy en día una meta
inalcanzable para cada uno de los Estados, aun cuando posean un gran dominio en
términos de poder, riqueza, fuerza política. Los Organismos
internacionales deben, además, garantizar la igualdad, que es el fundamento del
derecho de todos a la participación en el proceso de pleno desarrollo,
respetando las legítimas diversidades. (CDS 442)
El Magisterio valora positivamente el papel de las
agrupaciones que se han ido creando en la sociedad civil para desarrollar una
importante función de formación y sensibilización de la opinión pública en los
diversos aspectos de la vida internacional, con una especial atención por el
respeto de los derechos del hombre, como lo demuestra « el número de
asociaciones privadas, algunas de alcance mundial, de reciente creación, y casi
todas comprometidas en seguir con extremo cuidado y loable objetividad los acontecimientos
internacionales en un campo tan delicado ».
Los Gobiernos deberían sentirse animados a la vista de este
esfuerzo, que busca poner en práctica los ideales que inspiran la comunidad
internacional, «especialmente a través de los gestos concretos de solidaridad y
de paz de tantas personas que trabajan en las organizaciones no gubernativas
(ONG) y en los Movimientos en favor de los derechos humanos ».
(CDS 443)
La solución al problema del desarrollo requiere la
cooperación entre las comunidades políticas particulares: «Las Naciones,
al hallarse necesitadas las unas de ayudas complementarias y las otras de
ulteriores perfeccionamientos, sólo podrán atender a su propia utilidad mirando
simultáneamente al provecho de los demás. Por lo cual es de todo punto preciso
que los Estados se entiendan bien y se presten ayuda mutua». El subdesarrollo
parece una situación imposible de eliminar, casi una condena fatal, si se considera
que éste no es sólo fruto de decisiones humanas equivocadas, sino también
resultado de «mecanismos económicos, financieros y sociales» y de
«estructuras de pecado» que impiden el pleno desarrollo de los hombres y
de los pueblos.
Estas dificultades, sin embargo, deben ser afrontadas con
determinación firme y perseverante, porque el desarrollo no es sólo una
aspiración, sino un derecho que, como todo derecho, implica una
obligación: «La cooperación al desarrollo de todo el hombre y de cada hombre es
un deber de todos para con todos y, al mismo tiempo, debe ser común a
las cuatro partes del mundo: Este y Oeste, Norte y Sur ». En la visión del
Magisterio, el derecho al desarrollo se funda en los siguientes
principios: unidad de origen y destino común de la familia humana; igualdad
entre todas las personas y entre todas las comunidades, basada en la dignidad
humana; destino universal de los bienes de la tierra; integridad de la noción
de desarrollo; centralidad de la persona humana; solidaridad. (CDS 446)
La doctrina social induce a formas de cooperación capaces de
incentivar el acceso al mercado internacional de los países marcados por la
pobreza y el subdesarrollo: «En años recientes se ha afirmado que el desarrollo
de los países más pobres dependía del aislamiento del mercado mundial, así como
de su confianza exclusiva en las propias fuerzas. La historia reciente ha
puesto de manifiesto que los países que se han marginado han experimentado un
estancamiento y retroceso; en cambio, han experimentado un desarrollo los
países que han logrado introducirse en la interrelación general de las
actividades económicas a nivel internacional.
Parece, pues, que el mayor problema está en conseguir un
acceso equitativo al mercado internacional, fundado no sobre el principio
unilateral de la explotación de los recursos naturales, sino sobre la
valoración de los recursos humanos». Entre las causas que en mayor medida
concurren a determinar el subdesarrollo y la pobreza, además de la
imposibilidad de acceder al mercado internacional, se
encuentran el analfabetismo, las dificultades alimenticias, la ausencia de
estructuras y servicios, la carencia de medidas que garanticen la asistencia
básica en el campo de la salud, la falta de agua potable, la corrupción, la
precariedad de las instituciones y de la misma vida política. Existe, en muchos
países, una conexión entre la pobreza y la falta de libertad, de posibilidades
de iniciativa económica, de administración estatal capaz de predisponer un
adecuado sistema de educación e información. (CDS 447)
El espíritu de cooperación internacional requiere que, por
encima de la estrecha lógica del mercado, se desarrolle la conciencia del deber
de solidaridad, de justicia social y de caridad universal, porque
existe «algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su
eminente dignidad».
La cooperación es la vía en la que la Comunidad
Internacional en su conjunto debe comprometerse y recorrer «según una
concepción adecuada del bien común con referencia a toda la familia
humana ». De ella derivarán efectos muy positivos, por
ejemplo, un aumento de confianza en las potencialidades de las personas pobres
y, por tanto, de los países pobres y una equitativa distribución de los bienes.
(CDS 448)
Al comienzo del nuevo milenio, la pobreza de miles de
millones de hombres y mujeres es «la cuestión que, más que cualquier otra,
interpela nuestra conciencia humana y cristiana». La pobreza manifiesta un
dramático problema de justicia: la pobreza, en sus diversas formas y
consecuencias, se caracteriza por un crecimiento desigual y no reconoce a cada
pueblo el «igual derecho a “sentarse a la mesa del banquete común”». Esta
pobreza hace imposible la realización de aquel humanismo pleno que la
Iglesia auspicia y propone, a fin de que las personas y los pueblos puedan «ser
más» y vivir en «condiciones más humanas».
La lucha contra la pobreza encuentra una fuerte motivación en la opción o amor preferencial de la Iglesia por los pobres. En toda su enseñanza social, la Iglesia no se cansa de confirmar también otros principios fundamentales: primero entre todos, el destino universal de los bienes. Con la constante reafirmación del principio de la solidaridad, la doctrina social insta a pasar a la acción para promover « el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos». El principio de solidaridad, también en la lucha contra la pobreza, debe ir siempre acompañado oportunamente por el de subsidiaridad, gracias al cual es posible estimular el espíritu de iniciativa, base fundamental de todo desarrollo socioeconómico, en los mismos países pobres: a los pobres se les debe mirar « no como un problema, sino como los que pueden llegar a ser sujetos y protagonistas de un futuro nuevo y más humano para todo el mundo ». (CDS 449)

- Juan Pablo II y los
primeros pasos del hombre en el tercer milenio
El histórico pasaje de la humanidad entre dos milenios se
condensa en una imagen impresa en la memoria colectiva: la apertura de la
Puerta Santa el 24 de diciembre de 1999. Es el día en el que el Papa Juan
Pablo II cruza simbólicamente el umbral del tercer milenio. En ese momento, el
tiempo resuena con un timbre singular: “no es solo el recuerdo del nacimiento
del Redentor, es el inicio solemne del Gran Jubileo”. La humanidad,
marcada por heridas profundas como guerras e injusticias, se aferra a una
esperanza, a una Persona. Nadie quede excluido del abrazo del Padre.
¡Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo! En el umbral del
tercer milenio, la Iglesia te saluda, Hijo de Dios, que viniste al mundo para
vencer a la muerte. Viniste para iluminar la vida humana mediante el Evangelio.
La Iglesia te saluda y junto contigo quiere entrar en el tercer milenio. Tú
eres nuestra esperanza. Sólo Tú tienes palabras de vida eterna. …Sé para
nosotros la Puerta que nos introduce en el misterio del Padre. ¡Haz que nadie
quede excluido de su abrazo de misericordia y de paz!
La encíclica Centesimus annus
Juan Pablo II, fuertemente marcado por su experiencia en
Polonia, publicó diversas encíclicas sobre temas sociales. La Laborens
exercens presenta una espiritualidad y una moral propias del trabajo
que realiza el cristiano. La Sollicitudo rei socialis retoma
el tema del progreso y el desarrollo íntegros de las personas (publicada con
motivo de los veinte años de la publicación de la Populorum progressio).
Finalmente la Centessimus annus, con motivo del centenario de
la publicación de la Rerum novarum, se detiene en la noción
de solidaridad, que permite encontrar un hilo conductor a
través de toda la enseñanza social de la Iglesia.
Juan Pablo II pidió en la ONU en un mensaje por la Jornada
Mundial de la Paz. Juan Pablo pidió una nueva organización de las
naciones y una carta de los deberes de los Estados respecto de los derechos
humanos universales: “Llegó el momento en el que todos deben colaborar
en una nueva organización de la familia humana, para asegurar la
paz entre los pueblos y promover su progreso integral”. “No es cuestión
de constituir un súper Estado global, lo que quiero subrayar es la urgencia
de acelerar los progresos en curso para responder a la demanda de métodos
democráticos en el ejercicio de la autoridad política, a nivel nacional e
internacional, y para responder a la exigencia de transparencia y credibilidad
a todos los niveles de la vida pública”.
Juan Pablo II sostuvo en su mensaje que la
posibilidad de una autoridad pública internacional al servicio de los derechos
humanos había sido planteada hace ya 40 años por Juan XXIII en su
encíclica “Pacem in terris”, y que aún no pudo concretarse. El
objetivo de fondo es la necesidad de afirmar “un nuevo orden moral
internacional”. Hemos asistido en los últimos años a un notable progreso”,
ejemplificado por el hecho de que “los Estados, en casi todas partes del mundo,
se sienten obligados a respetar la idea de los derechos humanos”. No se trata,
aclaró, de crear una nueva ONU, sino un modo diferente de ejercer la actividad
política internacional que, como toda actividad humana, nunca está desvinculada
de la necesaria moralidad.
La llamada a una nueva evangelización
La nueva evangelización encierra todo un cambio de
paradigma, un nuevo modo de ser, nuevos evangelizadores (que atañe a todo
bautizado), nueva no tanto en contenidos sino nueva en los métodos, ardor y
expresiones, lenguajes.
Discípulos misioneros para una nueva evangelización
La nueva evangelización no debe ser entendida como segunda o
posterior en orden cronológico sino una evangelización nueva, de otro estilo,
de otra calidad, de otro orden, en otra línea. No puede haber evangelizadores
nuevos sin estructuras nuevas, una Iglesia nueva. La nueva evangelización debe
constituir el primer proyecto a escala de Iglesia universal. La nueva
evangelización requiere la participación de todos. La nueva evangelización
requiere la participación de todos, o, la hace la Iglesia entera o no se hará.
La nueva evangelización hace una Iglesia nueva. De ahí que sea el proyecto
necesario y urgente para todas partes y para todos. La llamada evangelizadora
es despertadora del papel del laicado, nuevas vocaciones, nuevos carismas,
nuevos ministerios, nuevos movimientos. Una misión no entendida solo ad-gentes
sino inter-gentes en medio de este mundo secular.
Toda la Iglesia es secular, tiene una dimensión secular. No
es una Iglesia en sí y para sí sino al servicio del mundo y para el mundo.
Pertenece al mundo y hace presente en el mundo el reino de Dios. Esta dimensión
secular es vivida por los diferentes miembros de la Iglesia. Los laicos son
llamados tanto en su modo de vivir como en su actuación a visibilizar el reino
de Dios. El mundo es para ellos el lugar propio y su específico lugar eclesial.
Somos todos enviados a transformar el mundo en un hogar para todos. La vocación
misionera universal arranca del propio bautismo. Se trata de una
evangelización integral de múltiples dimensiones que conlleva la comunión
(dimensión real: koinonía-diakonía), el testimonio (dimensión profética:
martiría), la liturgia (dimensión sacerdotal: leiturgía)

- Benedicto XVI, la
cuestión de los migrantes y el espacio para Dios
Hay una humanidad que busca un futuro mejor, que huye de
miseria y persecuciones. Es el pueblo de los migrantes. Después de un largo y
cansado viaje de Nazaret a Belén, José y María ven nacer al Mesías en un
pesebre, porque no había sitio para ellos en otro lugar. ¿Si María y José
llamaran a nuestra puerta, habría lugar para ellos? Esta pregunta, planteada
por el Papa Benedicto XVI, durante la Santa Misa el 24 de diciembre de
2012, se convierte en una exhortación a la oración “para que se cree en nuestro
interior un espacio” para el Señor. “Y para que, de este modo, podamos
reconocerlo también en aquellos a través de los cuales se dirige a nosotros: en
los niños, en los que sufren, en los abandonados, los marginados y los pobres
de este mundo”
Así que la gran cuestión moral de lo que sucede entre
nosotros a propósito de los prófugos, los refugiados, los emigrantes, alcanza
un sentido más fundamental aún: ¿Tenemos un puesto para Dios cuando él trata de
entrar en nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para él? ¿No es precisamente a
Dios mismo al que rechazamos? Y así se comienza porque no tenemos tiempo para
Dios. Cuanto más rápidamente nos movemos, cuanto más eficaces son los medios
que nos permiten ahorrar tiempo, menos tiempo nos queda disponible. ¿Y Dios? Lo
que se refiere a él, nunca parece urgente. Nuestro tiempo ya está completamente
ocupado.
La encíclica Deus caritas est
El Papa Benedicto XVI pidió, en su primer mensaje navideño
"Urbi et Orbi", que la humanidad se una contra la pobreza, los
desastres medioambientales y el terrorismo, creando un nuevo "orden
mundial" basado en la paz y la justicia social. "Una humanidad
unida podrá afrontar los muchos problemas preocupantes de la actualidad: desde
la amenaza del terrorismo a la pobreza humillante en la que viven millones de
seres humanos, desde la proliferación de armas hasta las pandemias y la
destrucción medioambiental que amenaza el futuro del planeta", dijo el
Pontífice frente a varias decenas de miles de peregrinos reunidos en la Plaza
de San Pedro y a millones que siguieron, en más de 40 países, la tradicional
bendición en directo por televisión.
El Papa Benedicto XVI, instó a no permitir que los avances tecnológicos
ensombrezcan los verdaderos valores humanos. El Papa dijo que se debía tomar
como ejemplo al niño Jesús para superar las dificultades y los miedos. "No
tengáis miedo: ¡poned su fe en él! El poder que da vida de su luz es el
incentivo para construir un nuevo orden mundial basado en relaciones económicas
y éticas justas". El Pontífice destacó los peligros de la tecnología y el
progreso, señalando que no deben convertirse en un dios. "En el milenio que
acaba de terminar, y especialmente en los últimos siglos, se ha realizado un
inmenso progreso en materia de tecnología y ciencia. Hoy en día disponemos de
vastos recursos materiales. Pero los hombres y mujeres de nuestra era
tecnológica se arriesgan a convertirse en víctimas de sus propios logros
intelectuales y tecnológicos, acabando con aridez espiritual y el corazón
vacío, por eso es tan importante que abramos nuestras mentes y corazones al
nacimiento de Cristo, este acontecimiento de salvación que puede dar nuevas
esperanzas a la vida de cada ser humano”.
El Sumo Pontífice también hizo referencia a la situación
internacional y entregó un mensaje de esperanza a las zonas con conflictos.
"Que Dios le dé valor a la gente de buena voluntad en la Tierra Santa, en
Irak, en Líbano, donde las señales de esperanza, que no faltan, tienen que ser
confirmadas por acciones inspiradas por justicia y sabiduría", dijo.
También abogó para que se "favorezca los procesos de diálogo en la
Península Coreana y en otras partes de los países asiáticos, a fin de que se
superen las divergencias peligrosas y, con espíritu amistoso, se alcancen los
logros de paz que tanto esperan sus pobladores". El Papa dijo que
"Dios, que se hizo hombre por amor de la humanidad, apoya a los que en
África actúan a favor de la paz y el desarrollo integral", citando en
especial "a Darfur y otras regiones de África central".
Además, exhortó a los pueblos de América Latina a vivir en
paz y armonía. La prensa destacó que el estilo empleado por el nuevo Papa para
su discurso, en prosa, como una misa o discurso normal, fue distinto al
empleado por el fallecido Juan Pablo II, quien pronunciaba los mensajes
navideños en verso de estilo libre, más parecido a la poesía. En enero publicó
su primera encíclica, "Dios es Amor". En la encíclica trata de
poner en relación el amor a Dios con el amor a los hermanos. El amor es lo que
debe regir la relación entre los hombres a todos los niveles.
También el Papa Benedicto intervino en la ONU diciendo que
es particularmente importante el respeto de los compromisos y de los acuerdos
asumidos con los países pobres, con los cuales la distancia del respeto de los
derechos humanos “debe ser urgentemente reducida y por último superada. En
esta perspectiva, la falta de adecuación a los compromisos asumidos con las
naciones en vías de desarrollo constituye una cuestión moral y pone a la luz la
injusticia de las desigualdades existentes en el mundo”.
Aunque en estos 40 años hubo progresos, “se deben registrar
frecuentes dudas de parte de la comunidad internacional en el deber de
respetar y aplicar los derechos humanos, que se extiende a todos los derechos
fundamentales y no permite elecciones arbitrarias, que llevarían a realizar
formas de discriminación e injusticia”.
El tema de Medio Oriente ocupó un capítulo especial en el
documento del Papa, que sostuvo que “un progreso real para la paz en esa
región será posible sólo cuando los dirigentes sean capaces de rever su gestión
del poder”. La meta de la paz en Tierra Santa hasta ahora fue imposible de
cumplir por el “rechazo recíproco y por el choque de intereses de la
comunidad internacional, Medio Oriente es quizás el lugar del mundo donde más
se advierte la necesidad de un uso correcto de la autoridad política”.
“Día tras día y año tras año el efecto acumulativo de un
exasperado rechazo recíproco, con una cadena infinita de violencias y
venganzas, destrozó todo intento de iniciar un diálogo serio. La precariedad de
la situación se volvió más dramática por el choque de intereses existente entre
los miembros de la comunidad internacional.”

- Francisco, llevar la
esperanza donde se ha perdido
Jesús nace por nosotros, por cada hombre y mujer. Nace,
también y sobre todo, entre las miserias y las periferias existenciales.
La Navidad del 2024 está marcada por la apertura de la Puerta Santa y
el inicio del Año Santo de la Esperanza. En la Misa, en la solemnidad de
la Natividad del Señor, el Papa Francisco exhorta a los cristianos a
comprometerse para transformar el mundo.
Todos nosotros tenemos el don y la tarea de llevar
esperanza allí donde se ha perdido; allí donde la vida está herida, en las
expectativas traicionadas, en los sueños rotos, en los fracasos que destrozan
el corazón; en el cansancio de quien no puede más, en la soledad amarga de
quien se siente derrotado, en el sufrimiento que devasta el alma; en los días
largos y vacíos de los presos, en las habitaciones estrechas y frías de los
pobres, en los lugares profanados por la guerra y la violencia. Llevar esperanza
allí, sembrar esperanza allí.
El Papa invita a una nueva conciencia y un nuevo orden
mundial que garantice un verdadero desarrollo integral y solidario. “En
lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo
diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No
faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando
ayudas económicas a ciertas políticas de «salud reproductiva». Pero, «si bien
es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos
disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente,
debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un
desarrollo integral y solidario» (Laudato si 50)
Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola
familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos
permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización
de la indiferencia. (LS 52). El Papa hace una llamada de atención a la
debilidad de la reacción política internacional (LS 53) El problema ecológico
de deterioro del planeta nos afecta a todos y pide una respuesta global.
La Encíclica Fratelli Tutti
La encíclica pretende promover una aspiración
mundial a la fraternidad y la amistad social. A partir de una pertenencia
común a la familia humana, del hecho de reconocernos como
hermanos porque somos hijos de un solo Creador, todos en la misma barca y
por tanto necesitados de tomar conciencia de que en un mundo globalizado e
interconectado sólo podemos salvarnos juntos. Un motivo
inspirador citado varias veces es el Documento sobre la Fraternidad
humana firmado por Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar en febrero de
2019.
La fraternidad debe promoverse no sólo con palabras, sino
con hechos. Hechos que se concreten en la “mejor política”, aquella
que no está sujeta a los intereses de las finanzas, sino al servicio del bien
común, capaz de poner en el centro la dignidad de cada ser humano y asegurar el
trabajo a todos, para que cada uno pueda desarrollar sus propias capacidades.
Una política que, lejos de los populismos, sepa encontrar soluciones a lo que
atenta contra los derechos humanos fundamentales y que esté dirigida a eliminar
definitivamente el hambre y la trata. Al mismo tiempo, el Papa Francisco
subraya que un mundo más justo se logra promoviendo la paz, que no es sólo la
ausencia de guerra, sino una verdadera obra “artesanal” que implica a todos.
Ligadas a la verdad, la paz y la reconciliación deben ser “proactivas”,
apuntando a la justicia a través del diálogo, en nombre del desarrollo
recíproco. De ahí deriva la condena del Pontífice a la guerra, “negación de
todos los derechos” y que ya no es concebible, ni siquiera en una hipotética
forma “justa”, porque las armas nucleares, químicas y biológicas tienen enormes
repercusiones en los civiles inocentes.
Debemos de promover una cultura de la vida, de
respeto a la vida, de cuidado de la vida de todos y de toda la vida,
buscando la promoción de la vida de una forma integral. Hemos de rechazar la
pena de muerte, definida como “inadmisible” porque “siempre será un crimen
matar a un hombre”, y central es la llamada al perdón, conectada al concepto de
memoria y justicia: perdonar no significa olvidar, escribe el Pontífice, ni
renunciar a defender los propios derechos para salvaguardar la propia dignidad,
un don de Dios. En el trasfondo de la Encíclica está la pandemia de Covid-19.“Cuando
estaba redactando esta carta, irrumpió de manera inesperada”. Pero la
emergencia sanitaria mundial ha servido para demostrar que “nadie se salva
solo” y que ha llegado el momento de que “soñemos como una única humanidad” en
la que somos “todos hermanos” (FT 7-8).
Los problemas globales requieren una acción global, no a
la “cultura de los muros”
Abierta por una breve introducción y dividida en ocho
capítulos, la Encíclica recoge –muchas de sus reflexiones sobre la fraternidad
y la amistad social, pero colocadas “en un contexto más amplio” y
complementadas por “numerosos documentos y cartas” enviados a Francisco por
“tantas personas y grupos de todo el mundo” (FT 5). En el primer
capítulo, “Las sombras de un mundo cerrado”, el documento se centra
en las numerosas distorsiones de la época contemporánea: la manipulación y la
deformación de conceptos como democracia, libertad o justicia; la pérdida del
sentido de lo social y de la historia; el egoísmo y la falta de interés por el
bien común; la prevalencia de una lógica de mercado basada en el lucro y la
cultura del descarte; el desempleo, el racismo, la pobreza; la desigualdad de
derechos y sus aberraciones, como la esclavitud, la trata, las mujeres
sometidas y luego obligadas a abortar, y el tráfico de órganos (FT 10-24). Se
trata de problemas globales que requieren acciones globales, enfatiza el Papa,
dando la alarma también contra una “cultura de los muros” que favorece la
proliferación de mafias, alimentadas por el miedo y la soledad (FT 27-28).
Además, hoy en día, hay un deterioro de la ética (FT 29) a la que contribuyen,
en cierto modo, los medios de comunicación de masas que hacen pedazos el
respeto por el otro y eliminan todo pudor, creando círculos virtuales aislados
y autorreferenciales, en los que la libertad es una ilusión y el diálogo no es
constructivo (FT 42-50).
El amor construye puentes
A pesar de las muchas sombras, sin embargo, la Encíclica
responde con un ejemplo luminoso, un presagio de esperanza: el ejemplo del Buen
Samaritano. El segundo capítulo, “Un extraño en el camino”, está
dedicado a esta figura, y en él el Papa destaca que, en una sociedad enferma
que da la espalda al dolor y es “analfabeta” en el cuidado de los débiles y
frágiles (FT 64-65), todos estamos llamados – al igual que el buen samaritano –
a estar cerca del otro (FT 81), superando prejuicios, intereses personales, barreras
históricas o culturales. Todos, de hecho, somos corresponsables en la
construcción de una sociedad que sepa incluir, integrar y levantar a los que
han caído o están sufriendo (FT 77). El amor construye puentes y estamos
“hechos para el amor” (FT 88), añade el Papa, exhortando en particular a los
cristianos reconocer a Cristo en el rostro de todos los excluidos (FT 85). El
principio de la capacidad de amar según “una dimensión universal” (FT 83) se
retoma también en el tercer capítulo, “Pensar y gestar un mundo abierto”: en
él, Francisco nos exhorta a “salir de nosotros mismos” para encontrar en los
demás “un crecimiento de su ser” (FT 88), abriéndonos al prójimo según el dinamismo
de la caridad que nos hace tender a la “comunión universal” (FT 95). Después de
todo la estatura espiritual de la vida humana está definida por el amor que es
siempre “lo primero” y nos lleva a buscar lo mejor para la vida de los demás,
lejos de todo egoísmo (FT 92-93).
Los derechos no tienen fronteras, es necesaria la ética
en las relaciones internacionales
Una sociedad fraternal será aquella que promueva la
educación para el diálogo con el fin de derrotar al “virus del individualismo
radical” (FT 105) y permitir que todos den lo mejor de sí mismos. A partir de
la tutela de la familia y del respeto por su “misión educativa primaria e
imprescindible” (FT 114). Dos son, en particular, los “instrumentos” para
lograr este tipo de sociedad: la benevolencia, es decir, el deseo concreto del
bien del otro (FT 112), y la solidaridad que se ocupa de la fragilidad y se expresa
en el servicio a las personas y no a las ideologías, luchando contra la pobreza
y la desigualdad (FT 115). El derecho a vivir con dignidad no puede ser negado
a nadie, dice el Papa, y como los derechos no tienen fronteras, nadie puede
quedar excluido, independientemente de donde haya nacido (FT 121). Desde este
punto de vista, el Papa recuerda también que hay que pensar en “una ética de
las relaciones internacionales” (FT 126), porque todo país es también del
extranjero y los bienes del territorio no pueden ser negados a los necesitados
que vienen de otro lugar. Por lo tanto, el derecho natural a la propiedad
privada será secundario respecto al principio del destino universal de los
bienes creados (120).
La Encíclica también subraya de manera específica la
cuestión de la deuda externa: sin perjuicio del principio de que debe ser
pagada, se espera, sin embargo, que ello no comprometa el crecimiento y la
subsistencia de los países más pobres (126).
El arte de la paz y la importancia del perdón
Reflexiona sobre el valor y la promoción de la paz, en
cambio, el séptimo capítulo, “Caminos de reencuentro” en
el que el Papa subraya que la paz está ligada a la verdad, la justicia y la
misericordia. Lejos del deseo de venganza, es “proactiva” y tiene como objetivo
formar una sociedad basada en el servicio a los demás y en la búsqueda de la
reconciliación y el desarrollo mutuo (FT 227-229). En una sociedad, todos deben
sentirse “en casa”. Por esta razón, la paz es un “oficio” que involucra y
concierne a todos y en el que cada uno debe desempeñar su papel. La tarea de la
paz no da tregua y no termina nunca, y por lo tanto es necesario poner a la
persona humana, su dignidad y el bien común en el centro de toda acción (FT 230-232).
Ligado a la paz está el perdón: se debe amar a todos sin excepción, dice la
Encíclica, “pero amar a un opresor no es consentir que siga siendo así; tampoco
es hacerle pensar que lo que él hace es aceptable”. Es más: los que sufren la
injusticia deben defender con firmeza sus derechos para salvaguardar su
dignidad, un don de Dios (FT 241-242). El perdón no significa impunidad, sino
justicia y memoria, porque perdonar no significa olvidar, sino renunciar a la
fuerza destructiva del mal y al deseo de venganza. No hay que olvidar nunca
“horrores” como la Shoah, los bombardeos atómicos en Hiroshima y Nagasaki, las
persecuciones y las masacres étnicas – exhorta el Papa –. Deben ser recordados
siempre, una vez más, para no anestesiarnos y mantener viva la llama de la
conciencia colectiva. Es igualmente importante recordar a los buenos, aquellos
que han elegido el perdón y la fraternidad (FT 246-252).
¡Nunca más la guerra, fracaso de la humanidad!
Una parte del séptimo capítulo se detiene en la guerra: no
es “un fantasma del pasado” – subraya Francisco – sino “una amenaza constante”
y representa la “negación de todos los derechos”, “un fracaso de la política y
de la humanidad”, “una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las
fuerzas del mal”. Además, debido a las armas nucleares, químicas y biológicas
que golpean a muchos civiles inocentes, hoy en día ya no podemos pensar, como
en el pasado, en una posible “guerra justa”, sino que debemos reafirmar con
firmeza “¡Nunca más la guerra!” Y considerando que estamos viviendo “una
tercera guerra mundial en etapas”, porque todos los conflictos están
conectados, la eliminación total de las armas nucleares es “un imperativo moral
y humanitario”. Más bien – sugiere el Papa – con el dinero invertido en
armamento, debería crearse un Fondo Mundial para eliminar el hambre (255-262).

- León XIV, la Navidad,
una manifestación de luz. Llamada a la unidad y la paz
El Papa León XIV mandó un mensaje celebrando la Navidad. En
la solemnidad de la Natividad del Señor son muchas y aún lacerantes las heridas
que sacuden la humanidad. En el 2020, en un periodo marcado por la pandemia, el
entonces obispo de Chiclayo y administrador apostólico de la diócesis de Callao
en Perú, monseñor Robert Francis Prevost, enviaba un mensaje para la Navidad.
Cuando todavía no se ve una conclusión de este tiempo marcado por la enfermedad
y muchas muertes llega la fiesta de la esperanza. La Navidad es siempre “una
fiesta de luz en la tierra”, también en los momentos que parecen dominados por
la oscuridad.
En su mensaje Urbi et Orbi del 25 de diciembre, el
Papa León XIV nos invita a reflexionar sobre el verdadero significado de la
Navidad: la llegada de Jesús al mundo como luz, esperanza y paz para la
humanidad. La liturgia de la Misa de medianoche celebra este acontecimiento con
palabras que resuenan profundamente: “Alegrémonos todos en el Señor, porque
nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la
paz sobre nosotros”. Nos vamos a detener en los puntos que contiene su mensaje.
El Papa Leon XIV en su Mensaje Urbi et Orbi
Jesús, Nacimiento y Pobreza
El Papa recuerda que Jesús nació en un establo porque no
había lugar para Él en el albergue. María lo envolvió en pañales y lo acostó en
un pesebre, un humilde comedero para animales. Este gesto revela que el Hijo de
Dios, el Creador de todo, eligió la pobreza y la humildad por amor a la
humanidad. Con su nacimiento, Jesús se identifica con los marginados, los
excluidos y los que sufren, mostrando que la verdadera grandeza se encuentra en
la solidaridad y el amor hacia los demás.
La paz como camino de responsabilidad
Según León XIV, Jesús es nuestra paz porque nos libera del
pecado y nos enseña a vivir de manera responsable. La paz no es simplemente la
ausencia de conflicto, sino el fruto de reconocer nuestras propias faltas,
pedir perdón y comprometernos con los demás. Solo desde un corazón perdonado y
lleno de amor es posible construir relaciones pacíficas y justas. Como dice el
Papa, “Dios, que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros”.
Un llamado a la Paz Global
El mensaje del Papa no se limita a la espiritualidad
individual; también es un llamado a la paz mundial. El Pontífice recuerda
la situación de Medio Oriente (Gaza), Ucrania, América Latina, Myanmar, Sudán,
Haití y otras regiones afectadas por conflictos, violencia y catástrofes
naturales. Pide que los líderes políticos y la comunidad internacional trabajen
por la reconciliación, el diálogo y la justicia, siempre con la inspiración del
Niño Jesús.
Solidaridad con los más Necesitados
El Papa enfatiza la identificación de Cristo con quienes
sufren: los pobres, los migrantes, los refugiados, los jóvenes desempleados,
los explotados y los presos. Nos recuerda que abrir nuestro corazón a ellos es
abrirlo al mismo Jesús, quien nos invita a compartir su paz y amor. En sus
palabras: “El Nacimiento del Señor es el Nacimiento de la paz”.
Una Navidad de Esperanza
León XIV concluye su mensaje recordando que la Navidad nos
ofrece un regalo permanente: Cristo hecho hombre, que viene a salvar, no a
condenar. Su llegada no es efímera, sino para quedarse, sanar heridas y traer
descanso al corazón humano. La invitación del Papa es clara: vivir la Navidad
no solo como celebración, sino como compromiso concreto con la paz, la justicia
y la fraternidad.
En el primer día del Nuevo Año 2026, el jueves 1 de enero,
la Basílica de San Pedro volvió a ser el corazón palpitante de una súplica
universal por la paz. En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y en el
marco de la LIX Jornada Mundial de la Paz, el Santo Padre León XIV presidió la
Santa Misa e invitó a la Iglesia y al mundo a redescubrir el inicio del año
como un tiempo de renacimiento, libertad y esperanza, bajo la luz de una paz
“desarmada y desarmante”.
Partiendo de la antigua bendición del libro de los Números
"Que el Señor te bendiga y te proteja… y te conceda la paz", en su
homilía el Papa subrayó que la Liturgia presenta el nuevo año como un camino
abierto, en el que Dios vuelve hacia la humanidad “su mirada benévola”, tal
como en los orígenes de la creación.
Recogemos a continuación el texto del Mensaje del Santo
Padre León XIV para la LIX Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el 1 de
enero de 2026 con el tema: «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz
“desarmada y desarmante”».
Papa León XIV Mensaje para la LIX Jornada Mundial de
la Paz
La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y
desarmante”
“¡La paz esté contigo!”.
Este antiquísimo saludo, que sigue siendo habitual en muchas
culturas, en la tarde de Pascua se llenó de nuevo vigor en labios de Jesús
resucitado. «¡La paz esté con ustedes!» ( Jn 20,19.21) es su
palabra, que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la
recibe y, de ese modo, en toda la realidad. Por eso, los sucesores de los
Apóstoles dan voz cada día y en todo el mundo a la más silenciosa revolución:
“¡La paz esté con ustedes!”. Desde la tarde de mi elección como Obispo de Roma
he querido incorporar mi saludo en este anuncio coral. Y deseo reafirmarlo:
«Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante,
humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos
incondicionalmente».
La paz de Cristo resucitado
El que venció a la muerte y derribó el muro que separaba a
los seres humanos (cf. Ef 2,14) es el Buen Pastor, que da la
vida por el rebaño y que tiene muchas ovejas que no son del redil (cf. Jn 10,11.16):
Cristo, nuestra paz. Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la
perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios
continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la
oscuridad de los tiempos.
El contraste entre las tinieblas y la luz, en efecto, no es
sólo una imagen bíblica para describir el parto del que está naciendo un mundo
nuevo; es una experiencia que nos atraviesa y nos sorprende según las pruebas
que encontramos, en las circunstancias históricas en las que nos toca vivir.
Ahora bien, ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la
oscuridad. Se trata de una exigencia que los discípulos de Jesús están llamados
a vivir de modo único y privilegiado, pero que, por muchos caminos, sabe
abrirse paso en el corazón de cada ser humano. La paz existe, quiere habitar en
nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste
a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al
mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”. En este
horizonte nos ha introducido el Resucitado. Con este presentimiento viven los
que trabajan por la paz que, en el drama de lo que el Papa
Francisco ha definido como “tercera guerra mundial a pedazos”, siguen
resistiendo a la contaminación de las tinieblas, como centinelas de la noche.
Lamentablemente lo contrario —es decir, olvidar la luz— es
posible; entonces se pierde el realismo, cediendo a una representación parcial
y distorsionada del mundo, bajo el signo de las tinieblas y del miedo. Hoy no
son pocos los que llaman realistas a las narraciones carentes de esperanza,
ciegas ante la belleza de los demás, que olvidan la gracia de Dios que trabaja
siempre en los corazones humanos, aunque estén heridos por el pecado. San
Agustín exhortaba a los cristianos a entablar una amistad indisoluble con la
paz, para que, custodiándola en lo más íntimo de su espíritu, pudieran irradiar
en torno a sí su luminoso calor. Él, dirigiéndose a su comunidad, escribía así:
«Tened la paz, hermanos. Si queréis atraer a los demás hacia ella, sed los
primeros en poseerla y retenerla. Arda en vosotros lo que poseéis para encender
a los demás».
Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que
no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y
reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una
meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera
de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin
olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella.
Es un principio que guía y determina nuestras decisiones. Incluso en los
lugares donde sólo quedan escombros y donde la desesperación parece inevitable,
hoy encontramos a quienes no han olvidado la paz. Así como en la tarde de
Pascua Jesús entró en el lugar donde se encontraban los discípulos,
atemorizados y desanimados, de la misma manera la paz de Cristo resucitado
sigue atravesando puertas y barreras con las voces y los rostros de sus
testigos. Es el don que permite que no olvidemos el bien, reconocerlo vencedor,
elegirlo de nuevo juntos.
Una paz desarmada
Poco antes de ser arrestado, en un momento de gran
intimidad, Jesús dijo a los que estaban con Él: «Les dejo la paz, les doy mi
paz, pero no como la da el mundo». E inmediatamente agrega: «¡No se inquieten
ni teman!» (Jn 14,27). La turbación y el temor podían referirse,
ciertamente, a la violencia que pronto se abatiría sobre Él. Más profundamente,
los Evangelios no esconden que lo que desconcertó a los discípulos fue su
respuesta no violenta; un camino al que todos, empezando por Pedro, se
opusieron, pero en el cual el Maestro pidió que lo siguieran hasta el final. El
camino de Jesús sigue siendo motivo de turbación y de temor. Y Él repite con
firmeza a quien quisiera defenderlo: «Envaina tu espada» (Jn 18,11;
cf. Mt 26,52). La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque
desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y
sociales precisas. Los cristianos, juntos, deben hacerse proféticamente
testigos de esta novedad, recordando las tragedias de las que tantas veces se
han hecho cómplices. La gran parábola del juicio universal invita a todos los
cristianos a actuar con misericordia, siendo conscientes de ello (cf. Mt 25,31-46).
Y, al hacerlo, encontrarán a su lado hermanos y hermanas que, por distintos
caminos, han sabido escuchar el dolor ajeno y se han liberado interiormente del
engaño de la violencia.
Aunque hoy no son pocas las personas de corazón dispuesto a
la paz, un gran sentimiento de impotencia las invade ante el curso de los
acontecimientos, cada vez más incierto. Ya san Agustín, en efecto, señalaba una
paradoja particular: «Es más difícil alabar la paz que poseerla. En efecto, si
queremos alabarla, deseamos las fuerzas para ello, buscamos los pensamientos y
pesamos las palabras; por el contrario, si queremos poseerla, la tenemos y
poseemos sin trabajo alguno».
Cuando tratamos la paz como un ideal lejano, terminamos por
no considerar escandaloso que se le niegue, e incluso que se haga la guerra
para alcanzarla. Pareciera que faltan las ideas justas, las frases sopesadas,
la capacidad de decir que la paz está cerca. Si la paz no es una realidad
experimentada, para custodiar y cultivar, la agresividad se difunde en la vida
doméstica y en la vida pública. En la relación entre ciudadanos y gobernantes
se llega a considerar una culpa el hecho de que no se nos prepare lo suficiente
para la guerra, para reaccionar a los ataques, para responder a las agresiones.
Mucho más allá del principio de legítima defensa, en el plano político dicha
lógica de oposición es el dato más actual en una desestabilización planetaria
que va asumiendo cada día mayor dramatismo e imprevisibilidad. No es casual que
los repetidos llamamientos a incrementar el gasto militar y las decisiones que
esto conlleva sean presentados por muchos gobernantes con la justificación del
peligro respecto a los otros. En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en
particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación
entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el
miedo y en el dominio de la fuerza. «La consecuencia —como ya escribía san
Juan XXIII acerca de su tiempo— es clara: los pueblos viven bajo un
perpetuo temor, como si les estuviera amenazando una tempestad que en cualquier
momento puede desencadenarse con ímpetu horrible. No les falta razón, porque
las armas son un hecho. Y si bien parece difícilmente creíble que haya hombres
con suficiente osadía para tomar sobre sí la responsabilidad de las muertes y
de la asoladora destrucción que acarrearía una guerra, resulta innegable, en
cambio, que un hecho cualquiera imprevisible puede de improviso e
inesperadamente provocar el incendio bélico». [4]
Pues bien, en el curso del 2024 los gastos militares a nivel
mundial aumentaron un 9,4% respecto al año anterior, confirmando la tendencia
ininterrumpida desde hace diez años y alcanzando la cifra de 2.718 billones de
dólares, es decir, el 2,5% del PIB mundial. Por si
fuera poco, hoy parece que se quiera responder a los nuevos desafíos, no sólo
con el enorme esfuerzo económico para el rearme, sino también con un reajuste
de las políticas educativas; en vez de una cultura de la memoria, que preserve
la conciencia madurada en el siglo XX y no olvide a sus millones de víctimas,
se promueven campañas de comunicación y programas educativos, en escuelas y
universidades, así como en los medios de comunicación, que difunden la
percepción de amenazas y transmiten una noción meramente armada de defensa y de
seguridad.
Sin embargo, «el verdadero amante de la paz ama también a
los enemigos de ella». Así recomendaba san Agustín
que no se destruyeran los puentes ni se insistiera en el registro del reproche,
prefiriendo el camino de la escucha y, en cuanto sea posible, el encuentro con
las razones de los demás. Hace sesenta años, el Concilio Vaticano
II se concluía con la conciencia de un diálogo urgente entre la
Iglesia y el mundo contemporáneo. En particular, la Constitución Gaudium
et spes centraba la atención en la evolución de la práctica
bélica: «El riesgo característico de la guerra contemporánea está en que da
ocasión a los que poseen las recientes armas científicas para cometer tales
delitos y con cierta inexorable conexión puede empujar las voluntades humanas a
determinaciones verdaderamente horribles. Para que esto jamás suceda en el
futuro, los obispos de toda la tierra reunidos aquí piden con insistencia a
todos, principalmente a los jefes de Estado y a los altos jefes del ejército,
que consideren incesantemente tan gran responsabilidad ante Dios y ante toda la
humanidad».
Al reiterar el llamamiento de los Padres conciliares y
estimando la vía del diálogo como la más eficaz a todos los niveles,
constatamos cómo el ulterior avance tecnológico y la aplicación en ámbito
militar de las inteligencias artificiales hayan radicalizado la tragedia de los
conflictos armados. Incluso se va delineando un proceso de
desresponsabilización de los líderes políticos y militares, con motivo del
creciente “delegar” a las máquinas decisiones que afectan la vida y la muerte
de personas humanas. Es una espiral destructiva, sin precedentes, del humanismo
jurídico y filosófico sobre el cual se apoya y desde el que se protege
cualquier civilización. Es necesario denunciar las enormes concentraciones de
intereses económicos y financieros privados que van empujando a los estados en
esta dirección; pero esto no basta, si al mismo tiempo no se fomenta el
despertar de las conciencias y del pensamiento crítico. En la Encíclica Fratelli
tutti, el Papa Francisco presenta a san Francisco de Asís
como ejemplo de este despertar: «En aquel mundo plagado de torreones de
vigilancia y de murallas protectoras, las ciudades vivían guerras sangrientas
entre familias poderosas, al mismo tiempo que crecían las zonas miserables de
las periferias excluidas. Allí Francisco acogió la verdadera paz en su
interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de
los últimos y buscó vivir en armonía con todos». Es
una historia que quiere continuar en nosotros, y que requiere que unamos
esfuerzos para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace
de la apertura y de la humildad evangélica.
Una paz desarmante
La bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño.
El misterio de la Encarnación, que tiene su punto de mayor abajamiento en el
descenso a los infiernos, comienza en el vientre de una joven madre y se
manifiesta en el pesebre de Belén. «Paz en la tierra» cantan los ángeles,
anunciando la presencia de un Dios sin defensas, del que la humanidad puede
descubrirse amada solo cuidándolo (cf. Lc 2,13-14). Nada tiene
la capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Y quizá es precisamente el
pensar en nuestros hijos, en los niños y también en los que son frágiles como
ellos, lo que nos conmueve profundamente (cf. Hch 2,37). A
este respecto, mi venerado Predecesor escribía que «la fragilidad humana
tiene el poder de hacernos más lúcidos respecto a lo que permanece o a lo que
pasa, a lo que da vida y a lo que provoca muerte. Quizás por eso tendemos con
frecuencia a negar los límites y a evadir a las personas frágiles y heridas, que
tienen el poder de cuestionar la dirección que hemos tomado, como individuos y
como comunidad».
San Juan XXIII introdujo por primera vez la
perspectiva de un desarme integral, que sólo puede afirmarse mediante la
renovación del corazón y de la inteligencia. Así escribía en Pacem
in terris: «Todos deben, sin embargo, convencerse que ni el cese en la
carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental,
el desarme general son posibles si este desarme no es absolutamente completo y
llega hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por
colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la
angustiosa perspectiva de la guerra. Esto, a su vez, requiere que esa norma
suprema que hoy se sigue para mantener la paz se sustituya por otra
completamente distinta, en virtud de la cual se reconozca que una paz
internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio de las
fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca. Nos confiamos que
es éste un objetivo asequible. Se trata, en efecto, de una exigencia que no
sólo está dictada por las normas de la recta razón, sino que además es en sí
misma deseable en grado sumo y extraordinariamente fecunda en bienes».
Un servicio fundamental que las religiones deben prestar a
la humanidad que sufre es vigilar el creciente intento de transformar incluso
los pensamientos y las palabras en armas. Las grandes tradiciones espirituales,
así como el recto uso de la razón, nos llevan a ir más allá de los lazos de
sangre o étnicos, más allá de las fraternidades que sólo reconocen al que es
semejante y rechazan al que es diferente. Hoy vemos cómo esto no se da por
supuesto. Lamentablemente, forma cada vez más parte del panorama contemporáneo
arrastrar las palabras de la fe al combate político, bendecir el nacionalismo y
justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Los creyentes deben
desmentir activamente, sobre todo con la vida, esas formas de blasfemia que
opacan el Santo Nombre de Dios. Por eso, junto con la acción, es cada vez más
necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e
interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y
culturas. En todo el mundo es deseable «que cada comunidad se convierta en una
“casa de paz”, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo,
donde se practique la justicia y se preserve el perdón». Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar
que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y
generativa.
Por otra parte, esto no debe distraer la atención de todos
sobre la importancia que tiene la dimensión política. Quienes están llamados a
responsabilidades públicas en las sedes más altas y cualificadas, procuren que
«se examine a fondo la manera de lograr que las relaciones internacionales se
ajusten en todo el mundo a un equilibrio más humano, o sea a un equilibrio
fundado en la confianza recíproca, la sinceridad en los pactos y el
cumplimiento de las condiciones acordadas. Examínese el problema en toda su
amplitud, de forma que pueda lograrse un punto de arranque sólido para iniciar
una serie de tratados amistosos, firmes y fecundos». Es
el camino desarmante de la diplomacia, de la mediación, del derecho
internacional, tristemente desmentido por las cada vez más frecuentes
violaciones de acuerdos alcanzados con gran esfuerzo, en un contexto que
requeriría no la deslegitimación, sino más bien el reforzamiento de las
instituciones supranacionales.
Hoy, la justicia y la dignidad humana están más expuestas
que nunca a los desequilibrios de poder entre los más fuertes. ¿Cómo habitar un
tiempo de desestabilización y de conflictos liberándose del mal? Es necesario
motivar y sostener toda iniciativa espiritual, cultural y política que mantenga
viva la esperanza, contrarrestando la difusión de actitudes fatalistas «como si
las dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o
de estructuras independientes de la voluntad humana». Porque,
de hecho, «la mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la
desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la
defensa de algunos valores», a esta estrategia hay
que oponer el desarrollo de sociedades civiles conscientes, de formas de
asociacionismo responsable, de experiencias de participación no violenta, de
prácticas de justicia reparadora a pequeña y gran escala. Ya lo señalaba con
claridad León XIII en la Encíclica Rerum novarum:
«La reconocida cortedad de las fuerzas humanas aconseja e impele al hombre a
buscarse el apoyo de los demás. De las Sagradas Escrituras es esta sentencia:
“Es mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno
cae, será levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá
quien lo levante!” (Qo 4,9-10). Y también esta otra: “El hermano,
ayudado por su hermano, es como una ciudad fortificada” (Pr 18,19)».
Que este sea un fruto del Jubileo de la Esperanza, que
ha impulsado a millones de seres humanos a redescubrirse peregrinos y a
comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que
Dios no tardará en responder cumpliendo sus promesas: «Él será juez entre las
naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y
podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se
adiestrarán más para la guerra. ¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del
Señor!» (Is 2,4-5).
Clausura del Jubileo, 6 de Enero 2026
En el ángelus del 1 de Enero, festividad de María Madre de
Dios y Jornada por la Paz, el Papa exhortó a construir un año de paz desarmando
el corazón de toda forma de violencia. Esta paz es un don del amor
incondicional de Dios confiado a nuestra responsabilidad. En un mundo marcado
por las guerras e injusticias hemos de esforzarnos por amar la paz y buscarla.
Esto implica proteger el derecho de los más pobres, débiles y vulnerables.
En el ángelus del domingo 4 de Enero festividad de la
Sagrada Familia, tras el altercado producido por la agresión de EEUU con
Venezuela. El Papa hizo un llamamiento a superar la violencia y a emprender
caminos de justicia y paz. Ante la situación en Venezuela denunció la flagrante
violación de la Carta de la ONU y defendió la soberanía del pueblo para regir
el país asegurando el estado de derecho inscrito en la Constitución respetando
los derechos humanos.
En el rito de Clausura se procedió al cierre de la Puerta Santa. Durante el Año Santo han sido más de 33 millones de peregrinos d 185 países los que pasaron por las puertas en camino de conversión y reconciliación. Son muchos los peregrinos que acudieron a la Ciudad Santa, en el jubileo de los sacerdotes más de 7.000, en el jubileo de los jóvenes aproximadamente un millón de jóvenes peregrinaron todos ellos peregrinos de esperanza. La Puerta Santa del Vaticano ha sido la última en cerrarse. Pero las puertas de la Nueva Jerusalén, las puertas del corazón misericordioso permanecerán siempre abiertas. La gracia divina no se termina el corazón misericordioso de Dios permanece abierto para siempre.
Durante la Misa de Clausura del Jubileo exhortó a ponerse en
camino. Un mundo nuevo ha comenzado. Quizás sin estruendo ni hacer ruidos sin
embargo esta brotando. Como los Magos, somos hombres en camino (homo viator),
somos vidas guiadas y orientadas hacia Dios. Esto lo vivimos entre el asombro y
estupor. Estamos aún en los comienzos de algo nuevo.
El Papa formula varias preguntas: ¿qué les movía a todos
estos peregrinos?, ¿Qué han encontrado en la Iglesia? ¿hay vida en nuestra
Iglesia? ¿Hay espacio para aquello que nace? ¿Dios nonos pone en camino. Hacia
donde caminamos?
Al finalizar el Año jubilar diríamos que la búsqueda
espiritual de nuestros contemporáneos es mucho más rica de lo que quizás
podamos comprender. Sed de oración, sed de comunión, sed de conversión. El
Jubileo 2025 ha sido un tiempo de gracia. El orden mundial se está
transformando. Son muchos los retos y desafíos pendientes, la humanidad y la
fraternidad se encuentran amenazadas y heridas en tantos hombres que sufren
toda clase de injusticias. La falta de paz, el hambre, la miseria, el vacío
existencial. Es manifiesta la falta de solidaridad en la brecha de bloques de
países cada vez más ricos y otros mucho más pobres, la falta de atención no
solo a las dificultades económicas sino existenciales. Los vínculos se
debilitan, las generaciones se oponen, las dependencias se convierten en
cadenas. Quedan temas candentes como la cuestión de la inteligencia artificial,
el verdadero progreso integral y humano que está en juego con el progreso
tecnológico. El camino no ha terminado se está tenuemente iniciando. El reino
de los cielos sufre violencia. Es tiempo de recomenzar. No caigamos en la
tentación de búsqueda de interés propios sacando provecho de todo reduciendo
cualquier cosa a producto y al ser humano en consumidor. Preguntemonos:
¿seremos capaces de reconocer en el visitante un peregrino en el desconocido a
un buscador, en el lejano a un vecino, en el diferente un compañero de viaje?
Finalmente en el ángelus del 6 de Enero, festividad de la
Epifanía, después de clausurar el Año Santo del Jubileo de la Esperanza el Papa
declaró que en lugar de las desigualdades haya equidad, que en vez de la
industria de la guerra se afirme la artesanía de la paz. A pesar de las muchas
tribulaciones, podemos tener esperanza, Dios viene a salvarnos. Solo lo que
libera y salva viene de Dios y es epifanía de Dios. En Jesús ha manifestado la
verdadera vida, aquel que no existe para sí mismo, sino abierto y en comunión.
La invitación a la comunión no puede ser impuesta. No hay paz sin justicia. El
Jubileo nos ha recordado esta justicia basada en la gratuidad. Es una llamada a
redistribuir la tierra y los recursos, a devolver de lo que se tiene para
responder a los deseos de Dios. La esperanza que anunciamos debe tener los pies
en la tierra, que nos mueva a generar aquí una historia nueva. Este es el sueño
de Dios que los extraños y los adversarios se conviertan en hermanos, que en
lugar de las desigualdades haya equidad, que en vez de la industria de la
guerra se afirme la artesanía de la paz. La iglesia está llamada a convertirse
en un lugar de fraternidad, un laboratorio, un taller artesano de sinodalidad.
Es curioso que el Papa, justo después de la clausura, haya
llamado en Consistorio extraordinario a los cardenales el 7 y 8 de enero para
discernir lo que el Señor pide para el bien de su pueblo. El colegio
cardenalicio después de una jornada de conversación en el espíritu marca las
prioridades que constituirán las grandes líneas de su pontificado (el Papa
prepara una nueva encíclica programática): avanzar en el camino de sinodalidad
y la necesidad de la nueva evangelización.

14. LOS RETOS Y DESAFIOS DE LA NUEVA ERA
Esperanza de un mundo nuevo
El Papa León XIV en la celebración de la Misa de Navidad y contemplando el nacimiento de Jesús en un pesebre, ha expresado como este tiempo de crisis que vivimos es la oportunidad de nacer a una vida nueva inaugurando una época de paz. El mundo no se salva ni se levanta forjando espadas sino esforzándonos por acoger, perdonar y liberar a todos. El Jubileo que está por concluir es una invitación a mantener viva la esperanza. Cristo es el sol de justicia que no declina. Este tiempo de gracia nos ha abierto y enseñado un camino concreto para cultivar la esperanza de un mundo nuevo.
En la celebración de la jornada por la paz del 1 de enero,
insistió que el primer paso es desde el encuentro con el que nos trae la paz
convertir el convertir nuestros corazones a Dios para poder transformar los
agravios en perdón, el dolor en consolación y los propósitos de virtud en
buenas obras. La paz nace de un corazón desarmado que se deja perdonar,
consolar y bendecir por Dios.
Construyamos un mundo de paz que ponga fin a la violencia.
La paz la debemos irradiar empezando por nuestras casas, en las familias más
vulnerables, entre los pueblos divididos por el odio y la guerra.
Un pueblo liberado, una humanidad en camino
El inicio del año es propuesto por León XIV como un tiempo
de renacimiento, libertad y esperanza, bajo la luz de una paz “desarmada y
desarmante”. La paz tan deseada es ofrecida por Cristo vencedor de la muerte.
Esta paz debe ser mantenida y sostenida con una actitud responsable, la paz es
fruto de la justicia y la caridad.
Toda transformación epocal empieza con una renovación a
nivel personal. El tiempo de renacimiento surge a partir del encuentro con el
Resucitado. Como propone en su mensaje en la jornada por la Paz, la comunidad
cristiana se abre a una era nueva a partir del encuentro con Jesús resucitado. El
encuentro con el que nos trae la paz realiza un cambio definitivo en quien la
recibe y, de ese modo, en toda la realidad. ¡Abrámonos a la paz! Acojámosla y
reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible.
Cristo es la piedra angular y el fundamento de la nueva
humanidad redimida y liberada por su sangre. Cristo, nuestra paz. ¡Envainen las
espadas! La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha.
Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos
testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo,
volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos.
El Papa León XIV retomando su mensaje de la Jornada Mundial
de la Paz, insistió en que Dios se presenta “desarmado y desarmante, desnudo,
indefenso como un recién nacido en la cuna". "Y esto para enseñarnos
que el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o
eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por
comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo".
Fortaleciendo los vínculos
comunitarios
El individuo pasa de ser un ser aislado a un yo construido a
través de las relaciones intra trinitarias. Recibimos una vida que es amor y
nos lleva a amar. La experiencia de fe comporta la vida. Somos comunión y
existimos para la comunión. Uno se descubre entretejido en un organismo que es
el Cuerpo de Cristo. El Cuerpo de Cristo, la Iglesia es un organismo vivo donde
se vive una nueva existencia en Cristo.
Hemos de volver a fortalecer los vínculos empezando por la
propia familia y de recuperar el sentido comunitario y el valor de la
comunidad. La humanidad ha de concebirse como una gran familia donde se dé un
verdadero reparto y distribución de bienes. Los primeros cristianos eran como
el alma del mundo y todo lo ponían en común rompiendo las barreras de la
marginación y la exclusión. Hemos de promover la integración de los sectores de
marginación y exclusión social.
Creciendo en comunión en medio de fuerte oposición
El despertar del cristianismo se dio en un contexto de
fuerte persecución. El contexto de ataque o persecución que hoy podemos
experimentar los cristianos no debe de atemorizarnos, amedrentarnos. Las
dificultades que hemos podido experimentar en este tiempo de pandemia y este
tiempo de recuperación en este momento de crisis no debe de aislarnos. Este
tiempo de dificultad lo debemos vivir como una oportunidad de una iglesia que
no se refugia en sí misma. Todo lo contrario, una iglesia en salida que sale al
encuentro de la necesidad de los hermanos.
Hemos de volver a recuperar la experiencia de vida y la
unidad entre fe y vida. El tiempo que vivimos es de una gran desintegración.
Hemos de volver a recuperar el diálogo entre la fe y el mudo, entre la fe y la
cultura, pero de forma que no quedemos sumergidos por los valores del mundo.
La causa del ateísmo moderno no hay que ponerla solo en los
factores externos sino en los factores internos (Cf GS 19). El atractivo del
cristianismo primitivo era el valor testimonial y de atracción: mirar cómo se
aman. Las divisiones entre los propios cristianos es un factor que acrecienta
la incredulidad.
Creciendo en camino sinodal
Se ha de promover el camino sinodal en el ser iglesia y dar
protagonismo a los laicos como los agentes transformadores de la sociedad
comprometiéndose por el compromiso de la justicia, la igualdad, la unidad y la
paz. El primer Concilio de Jerusalén es el primero entre “los antiguos
consejos pre ecuménicos”, por lo cual es considerado por los católicos y
ortodoxos como un prototipo y precursor de los Concilios Ecuménicos posteriores
y una parte clave de la ética cristiana.
Desde los primeros momentos de la historia de la Iglesia,
con la palabra sínodo son designadas las asambleas eclesiales convocadas en las
diócesis para discernir, a la luz de la Palabra de Dios y bajo la iluminación
del Espíritu Santo, aquellas cuestiones de tipo doctrinal, litúrgico o pastoral
sobre las que era preciso tomar decisiones. El primer sínodo de Jerusalén abrió
un camino para toda la Iglesia al haber defendido desde el primer momento la
unidad, apoyándose en la fe y en la caridad. Hoy la Iglesia debe seguir siendo
vínculo de unidad entre las distintas culturas y nacionalidades.
La celebración de los sínodos en la Iglesia nos permite
elevar la mirada y volver el corazón a nuestros orígenes pues, como nos
recuerda la Palabra de Dios, los cristianos, los seguidores de Jesús, eran
reconocidos y designados desde los primeros momentos como “los discípulos del
camino” (Hch 9, 2). Ellos eran los que, después de escuchar la llamada de
Jesús, le seguían porque habían descubierto en Él el verdadero “Camino” y, en
el seguimiento, acogían también sus enseñanzas.
En los tiempos del Concilio Vaticano II (1960) se vio la
necesidad de una reforma en la iglesia y de una recepción de la
modernidad con su perspectiva de libertad, derechos humanos, democracia,
libertad religiosa, diálogo con otras Iglesias cristianas y con otras
religiones, y así fue posible superar una eclesiología católica conservadora y
exclusivista. Hoy, el camino sinodal en la Iglesia promovido por el papa
Francisco va a ser una señal de esperanza para otras Iglesias locales, con el
fin de que ellas mismas tengan el coraje de seguir adelante en la
perspectiva de una Iglesia en salida, en servicio del Evangelio de Jesucristo y
de una Iglesia en diálogo con el mundo para promover una convivencia en
libertad, paz y justicia.

- REFLEXION SOBRE LA
SITUACION PRESENTE DE LA IGLESIA
La vida cristiana ha recorrido toda una serie de etapas en
la historia de la Iglesia. Sobre cada etapa de la vida cristiana hay una epíclesis en
su obra y en su realización. Lo que sucede sobre el altar en la eucaristía se
debe contemplar en la comunión y la unidad de los que la celebran. Al principio
se vivía esta unidad. ¿Que es lo que pasa hoy?
El cristianismo no es una ideología o religión de prácticas
virtuosa nace de una experiencia viva de fe de encuentro con el Resucitado. El
comienzo del cristianismo corresponde a una cosmovisión nueva, no es forma de
una idea sino que se da de forma orgánica, de participación de comunión. La
vida nueva nace del Espíritu que es comunión y produce una inteligencia nueva,
una cultura nueva.
- El reto del tercer
milenio de hoy. Otro cambio de paradigma
Hoy asistimos de nuevo a la realidad trágica que
ocurrió en otro tiempo en la Iglesia, la descristianización, la secularización.
A lo largo de los siglos se ha producido una verdadera sustitución del
cristianismo como una experiencia viva de fe a convertirse en una religión. En
el pedestal de nuestra Iglesia hemos levantado el pedestal de un dios
pagano. Hemos convertido el cristianismo en una religión y hemos tratado
de explicarlo con el pensamiento humano.
La Vida del cristiano, la vida consagrada, la vida
sacerdotal necesita un verdadero cambio de paradigma. El Vaticano II supuso un
acontecimiento de verdadera renovación. Los modelos cristianos y de vida
consagrada y de formación sacerdotal eran caducos y trasnochados.
Como resumen nuestra era precisa de una cosmovisión
orgánica, el primado de la vida nueva de la comunión. Es el Espíritu que nos
abre a la comunión como participación de la vida divina. El individuo no tiene
acceso a la vida divina sino en participación, en relación. Se trata del paso
del individuo a la comunión.
- Una Iglesia en camino
de conversión
Este nuevo despertar solo será posible con hombres nuevos
que se dejan renovar por el Espíritu. No nos abriremos a un mundo nuevo sin
esta renovación interior. La vida se vive en permanente proceso de
conversión.
Toda crisis es oportunidad de un cambio. Toda crisis es considerada
como una visitación del Señor. La situación de desierto conlleva una
bendición, la entrada en un nuevo horizonte donde reconstruir la vocación. La
promesa de bendición se expresa por boca del profeta. Te llevaré al desierto y
hablaré a tu corazón (Os 2, 16). Con amor eterno te he amado y he reservado
gracia para ti. De nuevo te deificaré y serás edificada (Jer 31, 1-4)
No se llega a una obra totalmente acabada. En la vida
interior avanzamos como por estadios de modo que a un abandono sigue otro y así
sucesivamente. Avanzamos hasta llegar al momento definitivo del abandono final
en las manos de Dios. Todas las etapas forman parte de un proceso de conversión
(intelectual, moral, religiosa) que nos lleva a desechar los falsos ídolos y
elegir y optar por el bien real. Hemos de saber relativizar valores que serían
legítimos para optar por valores trascendentes de un orden mayor.
Se trata de una vida en conversión permanente, en permanente
lucha o dialéctica entre el bien y el mal. Estas muertes, crisis son
parte del proceso de crecimiento. Es necesario una clase de muerte para
abrirnos a un nuevo nacimiento. La crisis o la prueba no busca tanto
verificar si amamos a Dios cuanto si es Dios el amor de mi vida. A través de
la prueba somos purificados. La prueba consigue crear espacios para que
sean ocupados por Dios. Es necesario derribar los falsos apoyos para construir
un estilo de vida más coherente y consistente con nuestra opción fundamental. A
través de la crisis nos abrimos a una reestructuración de la propia
personalidad.
- Sacerdotes nuevos para
un mundo nuevo
El cambio de paradigma afecta a la comprensión y vivencia
del sacerdocio. La crisis epocal ha generado una crisis de sentido, fruto del
clericalismo, de la crisis de vocaciones que parecen abocarnos a un futuro sin
salida. Los nuevos tiempos piden una transformación en la comprensión y
vivencia del sacerdocio. El sacerdocio se ha comprendido encerrado en sí mismo
bajo una élite de segregación y empoderamiento bajo un excesivo clericalismo.
La crisis actual lo ha despojado del poder, títulos, honores, privilegios para
vivir el seguimiento de Cristo siervo, para servir a todo el pueblo de Dios.
Sacerdotes ministros de comunión que viven en comunión y para la comunión. El
ministerio ordenado está al servicio del sacerdocio común de todo el pueblo de
Dios. Discípulos misioneros que despiertan y animan la vocación misionera de
todos los bautizados. El sacerdote debe ser hombre de la comunión que promueva
una iglesia dialogal y tolerante, una iglesia diaconal, ministerial, sierva
servidora, una iglesia martirial, testimonial y profética, una Iglesia
apostólica y misionera de forma que todos los fieles vivan su dimensión
misionera. Es la era de la participación del laicado como protagonistas de la
nueva evangelización.
Ante la pérdida y superación de los modelos viejos imbuidos
de poder, prestigio, triunfo, de las regalías del pasado (imperium
christianum), un sacerdocio veterotestamentario asociado al culto, hemos de
recuperar la dimensión ontológico-existencial del sacerdocio de Cristo, siervo
y pastor. Participamos del único sacerdocio, el de Cristo. No podemos suplantar
ni arrogarnos tal dignidad. Actuamos en nombre de Cristo, como ministros,
administradores y dispensadores del misterio de Dios. A nosotros nos coloca no
en primer lugar sino en el último lugar (2 Co 4,9). Supone un pasar de
dominadores a siervos; de maestros dirigentes a hombres de Espíritu que escucha
la voz de Espíritu que actúa en todos; de propietarios residentes a misioneros
itinerantes. De una forma aislada de vivir el ministerio a una forma
comunitaria. Hoy más que nunca se ha de recuperar la comunitariedad,
colegialidad y fraternidad como una dimensión vital del ministerio ordenado. El
ministerio es encomendado colegialmente y ha de vivirse en comunión fraterna
con sus hermanos sacerdotes (presbiterio) y con todos
- Iglesia nueva para un
mundo nuevo
La Iglesia como germen de un reino nuevo para un mundo
nuevo. La identidad de la Iglesia como misterio de comunión y misión conlleva
recuperar la única y común misión de la Iglesia. Pasar de estructuras de
mantenimiento en guetos aislados y cerrados, segregados del mundo, a nuevas
formas de estar presentes en el mundo. La Iglesia no puede ser comprendida como
centro del mundo (autorreferencial) sino abierta y para el mundo (llevar
el mensaje de salvación al mundo). Supone una Iglesia en salida hacia afuera y
no hacia dentro. La autorreferencialidad acentúa la práctica sacramental
la búsqueda de la salvación y santificación como méritos y prácticas externas.
La Iglesia no está al servicio de ella misma sino de servir al mundo, para el
que ha sido enviada. Iglesia debe estrechar puentes de diálogo como fermento de
unidad, signo de fraternidad, cultura de solidaridad promoviendo la paz.
Lo que la Iglesia debe expresar como signo y sacramento es
la comunión, fraternidad universal. La forma que mejor define y expresa la
condición más profunda de la Iglesia es el ser y formar un solo corazón y un
solo espíritu, vivir y luchar por la paz y la justicia, por la reconciliación
entre los que se viven separados y divididos. La comunión es el signo y
sacramento más fuerte del reino de Dios, es el nombre de la salvación. La
Iglesia ha de ser la casa de puertas abiertas a todos (pasar de la exclusión
a la inclusión). La Iglesia debe ser la casa común, el hogar, la familia
donde todos se sientan hijos y hermanos. Que nadie se sienta extraño o
rechazado sea cual sea su rango, raza o condición social. Que no haya acepción
de personas ni favoritismos.
El drama de nuestro mundo y nuestra historia es un mundo
roto. Esta ruptura tiene su raíz en el pecado, un hombre roto por el
aislamiento (egocentrismo). La condición fundamental del hombre es la
comunión. La persona no se realiza ni se santifica ni se salva aisladamente
sino en comunión. Debe abrirse al Tu primordial, al otro tú y al nosotros. Se
precisa salir de la egomanía para vivir en la koinonía.

- REFLEXION SOBRE
NUESTRO MUNDO
La situación geopolítica que atravesamos nos hace ver un
cambio y transformación del orden mundial. A la crisis de Oriente Medio con
toda la situación del conflicto de Israel en Gaza y sus derivaciones en el
Líbano, Irán, Siria se le suma la situación aún no resuelta de la guerra en
Ucrania y últimamente la agresión de EEUU del ataque a Venezuela con la
extracción del presidente Nicolás Maduro y su esposa. El Presidente Trump
anuncia posibles agresiones en otros países de América como Colombia, México y
Cuba así como su deseo de anexionarse Groenlandia a cualquier precio. Se pone
en entredicho el papel de la ONU o de la NATO ante injerencia y la violación del derecho internacional y de la soberanía de los pueblos. El orden mundial no se pude mantener sin el
respeto al marco jurídico internacional y no pueden ser los interese
macroeconómicos de las grandes potencias EEUU, Rusia y China lo que rija el
destino de las naciones.
Pareciera que retrocediéramos en el tiempo y volviéramos al
imperialismo y a la lucha hegemónica de los grandes imperios que parecen
repartirse sus áreas de influencia. El imperio de EEUU con la pretensión de
adueñarse desde Groenlandia hasta Latinoamérica, China al frente del continente
asiático y Rusia queriendo recuperar el imperialismo de la URSS.
No puede haber progreso si no se respetan los derechos de las personas, y
el derecho internacional, si se vulnera la libertad y el derecho de soberanía
de los pueblos. Loa pueblos no pueden ser sometidos bajo el yugo de la tiranía
del que tiene más poder y más fuerza. El desarrollo de la tecnología y la
economía debe ponerse al servicio del bien integral de la persona.
Un antropólogo dijo que el signo de la primera civilización fue el
hallazgo de un fémur herido que volvió a recuperarse signo que fue capaz de
superarse y ponerse de pie con la ayuda de los suyos. Un signo de la verdadera
civilización es el avance en solidaridad y fraternidad entre los pueblos.
Asistimos al desencanto del mundo que la postmodernidad prometía, vivimos
la paradoja de un progreso que ha dejado atrás a gran parte de sectores
excluidos y marginados, crece la distancia entre los países pobres y ricos, las
grandes potencias parecen regir el destino del planeta.
Mas que nunca salen a la luz las cuestiones que el Papa Francisco se hacía
en la encíclica Fratelli Tutti: ¿Cuáles son los grandes ideales y los caminos a
recorrer para quienes quieren construir un mundo más justo y fraterno? No
podemos vivir enfrentados como extraños o enemigos, somos hermanos. No podemos
renunciar a al diálogo, el respeto, el entendimiento mutuo, la amistad social, la
solidaridad buscando el bien común de todos si no queremos dejar de ser
humanos. Este es camino para promover la justicia social, la paz, la unidad, la
verdadera comunión.

17. UNA REFLEXION PARA NOSOTROS HOY
Ante todo lo expuesto queda claro que estamos viviendo toda
una crisis epocal, pero no podemos quedarnos en una visión negativa
o la impotencia de cruzarnos de brazos. Lo que vemos como negatividad puede
transformarse como oportunidad, como un tiempo de gracia, de Kairos.
Se trata de una verdadera metamorfosis, transformación. El hombre debe de
elevar su conciencia de su propia limitación y elevarse a la totalidad del Ser
(cambio cualitativo). Dejarse elevar hacia lo Trascendente y aspirar a una
existencia más plena. Este tiempo denominado como un nuevo tiempo axial
(segunda etapa axial) es a la vez un momento crucial donde somos impelidos a
alcanzar una nueva comprensión más unificada del hombre y de la historia.
Conviene estar muy atentos a cómo nos condiciona toda esta
situación y abrirnos a un cambio de orientación que empiece por el corazón.
Detrás de los acontecimientos de nuestra historia a nivel colectivo y personal,
a la par de los penosos síntomas hay Alguien que la guía y la encamina hacia un
final y destino feliz. Hemos de saber contemplar, interpretar y discernir los
signos de los tiempos. No se trata de ser un ingenuo optimista sino un creyente
que confía en Dios y que espera que los pequeños intentos y realizaciones por
construir un mundo mas justo, humano y fraterno un día germinen en la
realización de un mundo nuevo.
a. Un mundo en cambio
Estamos atravesando un cambio de época axial. La primera
mitad del S. XX supuso uno de los más crueles momentos de la historia humana.
El mundo conoció el conflicto más mortífero de la historia de la humanidad (se
estima que hubo 60 millones de muertos). A partir de las dos guerras mundiales
la fraternidad quedó quebrada y se formaron bloques antagónicos. Se tardó
tiempo en recobra la paz y la concordia en pueblos que quedaron devastados.
Después de tanto dolor acumulado la humanidad se encamino hacia una nueva
alborada. Asistimos a un cambio profundo que nos ha introducido en una nueva
época cualitativamente distinta marcada por la revolución tecnológica con
avances nunca vistos la revolución digital, la inteligencia artificial
(multiplicidad de herramientas digitales como el ChatGPT y el DeepSeek). Los
avances tecnológicos parecen querer controlarlo todo sin límites (todo está
permitido). Las falsas ideologías están apoderándose del mundo. Se quiere
dominar el mundo bajo intereses partidistas, egoístas e inmorales poniendo la
técnica por encima de las personas y de sus intereses más legítimos (la
dignidad de la persona y el bien común).
b. Un mundo herido
Hoy nos encontramos ante un mundo fragmentado. Vivimos en un
tiempo revuelto, agresivo, en plena convulsión. Vivimos en un mundo
atropelladamente donde a menudo pisoteamos al otro pasando por encima de su
situación de indigencia. Hemos levantado demasiados muros y marginado sectores
de la sociedad donde cada vez son más los que quedan descartados bajo regímenes
de pobreza y desigualdad. Asistimos a toda clase de violencia, agresión
violación de los derechos humanos. Los avances tecnológicos y científicos no
han ido de la par de un desarrollo integral de los pueblos. Se producen graves
escisiones por la fragmentación económica y social. Los cambios cada vez más
acelerados que conlleva la globalización y la revolución digital han roto con
la historia y la tradición de los pueblos, han transformado nuestro modo de
vivir y relacionarnos. Se busca un nuevo orden social. Vivimos una generación
huérfana y desarraigada donde se han roto los vínculos vitales de los padres,
la familia, la comunidad. Nuestro mundo está carente de humanidad. Nuestra
humanidad está perdiendo el corazón.
c. Un hombre herido
Somos hijos de nuestro tiempo, agentes y víctimas de la
situación que vivimos. Como consecuencia de ser parte de nuestro mundo herido
asistimos a un hombre herido. Un hombre sin raíces, desarraigado, desconectado
en crisis. Crisis de identidad, de sentido que se siente incomprendido que se
experimenta el vacío, la soledad. Un hombre desmotivado en medio de un
cansancio vital que le llena de confusión, insatisfacción, frustración,
tristeza, apatía. Un hombre desesperanzado que fácilmente cae en el fatalismo,
la depresión. Se percata que las cosas no pueden seguir siendo como son, pero
no ve solución ni alternativa. Se experimenta falto de valores y motivaciones,
de fe y de esperanza. En definitiva falto y herido de amor.
d. La transformación y la sanación interior
No es fácil convivir con esas rupturas que desgarran el
corazón y destrozan y desfiguran el rostro del hombre. Todos nos sentimos
heridos, estigmatizados, condenados. Todos nos sentimos rotos, heridos,
divididos. Vivimos enajenados con una profunda escisión en nuestra existencia y
precisamos de una unificación interior desde el centro vital del corazón.
Necesitamos de la sanación interior del corazón. La situación de vulnerabilidad
nos hace seres indigentes, necesitados de sanación, de salvación. El camino de
sanación y liberación debe iniciarse desde el interior. Se necesita salir de la
tierra de esclavitud y la confusión a la tierra de la libertad, la luz y la
esperanza. La verdadera crisis tiene su raíz en una crisis de fe, crisis de
sentido, crisis de Dios. Hemos de atrevernos a abrir nuestras heridas al único
que es capaz de curarlas. Tener el coraje de presentarnos desnudos, sin corazas
ni ropajes, presentarle nuestros temores, heridas inquietudes y temores con
total confianza.
e. Jesús viene para curar las heridas
¿Quién podrá sanarnos de nuestra alienación, esclavitud,
ansiedad, soledad? Necesitamos el encuentro personal con el Dios vivo. Ninguna
institución o ideología es capaz de sanar el corazón. Ningún programa o
conducta o norma exterior nos dicta cómo debemos pensar y qué debemos hacer. No
basta una imagen de Dios autoritario por fuera que nos dicta normas desde
arriba necesitamos dar con el Dios vivo que viene a nuestra indigencia y actúa
desde dentro, que nos conoce, acoge y ama como un padre compasivo y misericordioso.

17. UNA NUEVA VIDA SEGÚN EL NUEVO ORDEN DEL HOMBRE NUEVO
a. Un cambio de época como una oportunidad de un nuevo
cambio
El Concilio Vaticano II supuso el acontecimiento más
importante de los últimos siglos. La Iglesia se hizo consciente de los nuevos
cambios de esta nueva época y trató de responder a los nuevos desafíos. No
podemos perder la lucidez de situarnos en el momento actual. El mundo está
necesitado de una auténtica paz producto de la justicia que alcance a todos los
pueblos para el desarrollo de un bienestar universal. Ante lo que ha venido a
denominarse una tercera guerra mundial solapada (los conflictos en Oriente
Medio, Gaza, Ucrania, Irán, Pakistán, Venezuela, Nicaragua y tantos países
olvidados de África) somos llamados frente al racismo, la violencia, la guerra,
a restablecer la paz creando puentes de diálogo y venciendo la confrontación y
crispación que estamos viviendo.
El Papa Francisco siguiendo el legado del Vaticano II y
atendiendo a los signos de los tiempos, despierta la conciencia de este cambio
de época eclesial. Alienta a la Iglesia a responder con una mirada esperanzada
a los nuevos desafíos llamando a toda la Iglesia a una conversión interior
que conlleve una conversión pastoral y una nueva evangelización. Ofrecer
puentes de diálogo interreligioso promoviendo la paz y el bien común.
Ofrecer una renovación eclesial mediante la sinodalidad (bajo
tres ejes: comunión, participación, misión). Responde a una espiritualidad
de comunión, en nuestra forma de entendernos, comprendernos de vivir, de
actuar, de misionar debemos de caminar juntos.
b. Un nuevo tiempo de Kairós, un nuevo amanecer,
un nuevo Pentecostés
En este año Jubilar se nos invita a mantener una mirada de
esperanza y a caminar juntos abriendo caminos nuevos que favorezcan la paz y la
unidad. Ponemos nuestra esperanza en Cristo Resucitado que confía a sus
discípulos su misma misión. Jesús está vivo y presente entre nosotros guiando
la historia y encaminándola al Reino definitivo. Las primeras palabras son la
paz esté con vosotros (Jn 20, 21) El centro de nuestra fe y el corazón de
nuestra esperanza se encuentran profundamente enraizados en la resurrección de
Cristo.
c. Cuando están heridos, paralizados, dispersos y desesperanzados
Cuando nos recuperamos de un trauma causado por los demás, a
menudo la primera reacción es la rabia, el deseo de hacer pagar a alguien lo
que hemos sufrido. El Resucitado no actúa de este modo. Cuando emerge de los
abismos de la muerte, Jesús no se toma ninguna venganza. No regresa con gestos
de potencia, sino que manifiesta con mansedumbre la alegría de un amor más
grande que cualquier herida y más fuerte que cualquier traición.
El Resucitado no siente la necesidad de reiterar o afirmar
su propia superioridad. Él se aparece a sus discípulos y lo hace con extrema
discreción, sin forzar los tiempos de su capacidad de acoger. Su único deseo es
volver a estar en comunión con ellos, ayudándolos a superar el sentimiento de
culpa. Lo vemos muy bien en el cenáculo, donde el Señor se aparece a sus amigos
aprisionados por el miedo. Es un momento que expresa una fuerza extraordinaria:
Jesús, después de haber descendido a los abismos de la muerte para liberar a
quienes allí estaban prisioneros, entra en la habitación cerrada de quienes
están paralizados por el miedo, llevándoles un don que ninguno hubiera osado
esperar: la paz.
c. El sanador herido curando sus heridas mostrando las
suyas
Sus primeras palabras les levanta el ánimo: «¡Paz a
vosotros!» (Jn 20, 19). Su saludo va acompañado de un gesto tan bello que
resulta casi inapropiado: Jesús muestra a los discípulos las manos y el costado
con los signos de la pasión. ¿Por qué exhibir sus heridas precisamente ante
quienes, en aquellas horas dramáticas, lo renegaron y lo abandonaron? ¿Por qué
no esconder aquellos signos de dolor y evitar que se reabra la herida de la
vergüenza? Al ver al Señor, los discípulos se llenaron de alegría (cf. Jn 20,
20). El motivo es profundo: Jesús está ya plenamente reconciliado con todo lo
que ha sufrido. No guarda ningún rencor. Las heridas no sirven para reprender,
sino para confirmar un amor más fuerte que cualquier infidelidad. Son la prueba
de que, precisamente en el momento en que hemos fallado, Dios no se ha echado
atrás. No ha renunciado a nosotros.
d. El sanador desarmado
Así, el Señor se muestra desnudo y desarmado. No exige, no
chantajea. Su amor no humilla; es la paz de quien ha sufrido por amor y ahora
finalmente puede afirmar que ha valido la pena. Nosotros, en cambio, a menudo
ocultamos nuestras heridas por orgullo o por el temor de parecer débiles.
Decimos “no importa”, “ya ha pasado todo”, pero no estamos realmente en paz con
las traiciones que nos han herido. A veces preferimos esconder nuestro esfuerzo
por perdonar para no parecer vulnerables y no correr el riesgo de sufrir de
nuevo. Jesús no. Él ofrece sus llagas como garantía de perdón. Y muestra que la
resurrección no es la cancelación del pasado, sino su transfiguración en una
esperanza de misericordia.
Luego, el Señor repite: «¡Paz a vosotros!». Y añade: «Como
el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (v. 21). Con estas palabras,
confía a los apóstoles una tarea que no es tanto un poder como una
responsabilidad: ser instrumentos de reconciliación en el mundo. Es como si
dijese: «¿Quién podrá anunciar el Rostro misericordioso del Padre sino
vosotros, que habéis experimentado el fracaso y el perdón?».
e. Recibid el Espíritu
Jesús sopla sobre ellos y les dona el Espíritu Santo (v.
22). Es el mismo Espíritu que lo ha sostenido en la obediencia al Padre y en el
amor hasta la cruz. Desde ese momento, los apóstoles ya no podrán callar lo que
han visto y oído: que Dios perdona, levanta, restaura la confianza. El centro
de la misión de la Iglesia no consiste en administrar un poder sobre los demás,
sino en comunicar la alegría de quien ha sido amado precisamente cuando no se
lo merecía. Es la fuerza que ha hecho nacer y crecer la comunidad cristiana:
hombres y mujeres que han descubierto la belleza de volver a la vida para poder
donarla a los demás.
También nosotros somos enviados después de haber sido
perdonados y confortados. El Señor también nos enseña sus heridas y dice: Paz
a vosotros. No tengáis miedo de mostrar vuestras heridas sanadas por la
misericordia. No temáis aproximaros a quien está encerrado en el miedo o en el
sentimiento de culpa. Él derrama su Espíritu para hacernos a nosotros testigos
de esta paz y de este amor más fuertes que toda derrota.

CONCLUSION
Hay cuestiones que no se pueden explicar de una manera
razonada. He expuesto que solo la experiencia del Resucitado, el sanador herido
de muerte que volvió a la vida y se convirtió en fuente de vida para los que acudan
a él, podrá sanar al hombre sociedad y civilización herida que atravesamos y dirigirla hasta un final feliz. Quisiera
por ello acabar con el mito de Quirón hijo de Cronos y la ninfa Filira. Fue un
centauro, mitad animal-mitad hombre dotado de inmortalidad y gran sabiduría.
Durante una pelea, fue herido por una flecha de Hércules que estaba envenenada
con sangre de la Hidra, causándole un
sufrimiento insoportable a pesar de su inmortalidad. La herida no podía curarse
y al ser inmortal se convirtió en una maldición. Sufrió tanto que rogó a los
dioses ofrecerse en sacrificio para poder morir en paz. El sacrificio era
inmenso, renunciar a la vida eterna para poder morir en paz. Su inmortalidad
fue transferida a Prometeo (quien estaba encadenado) y en reconocimiento a su
sabiduría, bondad, longanimidad y sacrificio Zeus lo colocó en el cielo dando
origen a la constelación de Sagitario. Este mito encierra así una reflexión del
valor del sufrimiento, la mortalidad, la nobleza y incluso en la adversidad,
para dar luz a una nueva realidad.
La reflexión que hemos hecho quiere arrojar luz frente a la
situación presente y el nuevo futuro que tendremos que afrontar. Por difícil
que parezca estamos ante una nueva primavera para la Iglesia, el alborear de un
tiempo nuevo.
Las épocas culturales se suceden las unas a las otras tras
una cosmovisión orgánica se pasa a una cosmovisión crítica y después de la
crítica debe de dar paso a la orgánica. La cosmovisión orgánica envía su
mensaje a lo orgánico. Lo orgánico se inspira en lo orgánico. No pueden
odres nuevos contenerse en odres viejos. Cuando se pasa a una nueva cultura
no se acepta la anterior y se afirma otra nueva, no valen los moldes antiguos.
En medio de esta crisis somos invitados a una gran renovación,
transformación. Los moldes y las respuestas que teníamos dejan de ser
relevantes. No podemos vivir apegados a nuestros ídolos, sentados sobre
nuestros comodines y respondiendo a las expectativas de los otros, no
llegaremos a encontrarnos con nosotros mismos. El encuentro con nuestro
verdadero ser solo se da desde un camino interior de autenticidad desde el
encuentro con el verdadero Dios.
Hablamos pues de la necesidad de una verdadera Primavera,
como ya decía Juan XIII, de un Nuevo Pentecostés de una vuelta a los
orígenes. Necesitamos abrirnos al Espíritu de Cristo Resucitado, el que
hace todo nuevo, al que hace nuevas todas las cosas. Se precisa un nuevo
Pentecostés para pasar a vivir la vida nueva como resucitados en Cristo y
guiados por su Espíritu de Amor.
El Espíritu es el agente de comunión. La vida nueva de
comunión la recibimos del Padre y del Hijo en el Espíritu. La comunión que
recibimos de Dios y no es obra ni elaboración nuestra debe extenderse a todas
las dimensiones de la vida de la humanidad y del cosmos como un fuego vital a
través del Espíritu que nos ha sido dado. Es la hora del Espíritu.
Nos abrimos al Espíritu de Dios y nos acogemos a su
misericordia y su fidelidad. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rm
5, 20). Aunque haya mucho que cambiar no podemos quedarnos en lamentos que nos
lleven al desánimo o desesperación. Es una llamada a mirar el futuro con
esperanza. Hemos de buscar y percibir la novedad que se oculta bajo los signos
de los tiempos que nos toca vivir. El nuevo milenio o nos trae un tiempo nuevo,
una nueva era, una nueva evangelización o será viejo, sin luz, sin sabor
cristiano y sin horizonte salvífico.
Frente a una descristianización de la civilización moderna o
postmoderna donde reina el agnosticismo, la increencia, donde muchos se
declaran ateos o no practicantes, no basta una pastoral de mantenimiento de una
fe tradicional, sociológica, una evangelización o catequesis superficial
sacramental que no llega a personalizarse se hace urgente una nueva
evangelización.
Los cristianos estamos llamados a ser epifanía de una vida
nueva a través de un testimonio de comunión. Se ha perdido algo esencial la
comunión y se ha adoptado un modelo pagano que nos ha dejado la secularización.
Se necesita volver a la vida en el Espíritu a la cultura nueva civilización
nueva del amor con el primado de la vida y del amor.
Abrimos el tercer milenio con el Gran Jubileo del año 2000 con la invitación de abrid las puertas a Cristo. A los 25 años hemos celebrado el Jubileo de la esperanza. A los 2025 años de la Encarnación del Hijo de Dios, en el cierre del Año Jubilar se nos exhorta a volver nuestra mirada a Cristo. Somos hijos de nuestro tiempo y es fácil caer en la mudaneidad, la desilusión, derrotismo, fatalismo. Frente a la crisis epocal que atravesamos no podemos dejarnos llevar por una visión apocalíptica y catastrofista frente al futuro sino abrirnos a un nuevo paradigma. No tenemos otra fuente de esperanza sino Cristo, el fundamento de nuestra fe, el Alfa y la Omega de la historia de la humanidad y del cosmos. En medio de nuestro mundo herido, roto, dividido se nos invita a la conversión, a ponernos en camino como peregrinos y testigos de esperanza. Nuestra esperanza nace del amor y se funda en el amor que brota del corazón traspasado y resucitado del Señor. El es nuestra esperanza y nuestra fortaleza. Nada ni nadie podrá separarnos de su amor (Rm 8, 35).




