sábado, 10 de enero de 2026

REFLEXIONES DESPUES DEL JUBILEO 2025

 

REFFLEXIONES

DESPUES DEL JUBILEO 2025

(ABRIRNOS CON ESPERANZA A UN TIEMPO NUEVO, UN ORDEN NUEVO)


                                 

  1. INTRODUCCION

Hemos estado celebrando este año el Jubileo de 2025. Este jubileo fue ya anunciado por Juan Pablo II al finalizar el Jubileo de 2000 y fue precedido por “el jubileo extraordinario de la Misericordia” de 2015. El lema del Jubileo de 2025 ha sido “Peregrinos de la Esperanza” y se ha celebrado como colofón de los tres años sobre la Sinodalidad, una Iglesia en camino, caminando juntos en comunión, participación y misión. El Jubileo que comenzó el 24 de diciembre de 2024 con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro, y finalizado el 6 de Enero de 2026 con el cierre de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro.

Los grandes eventos oficiales del Jubileo 2025 concluyen con el cierre de las cuatro Puertas Santas, con los ritos de clausura del Año Santo. Estos se iniciaron con el cierre de la Puerta Santa en la Basílica Liberiana de Santa María la Mayor el 25 de diciembre, día de Navidad. Siguió el 27 en la Basílica de Letrán y el domingo 28 en san Pablo extramuros. La última puerta en cerrarse es la de la Basílica de San Pedro, el 6 de enero con el rito de la misa de clausura (fiesta de la Epifanía) con la que concluye oficialmente el Año Santo.

El Jubileo como su etimología en hebreo indica Yobel (el sonido del cuerno de la cabra) era para los judíos un año de gracia declarado santo que se establecía cada 50 años como renovación de la Alianza. En la era cristiana, tras el primer Jubileo de 1300, fueron fijados por Bonifacio VIII cada 100 años. Más tarde se redujo el periodo cada 50 años a raíz de la petición de los fieles de Roma al Papa Clemente VI. El último en celebrar un Jubileo de 50 años fue Nicolás V. A partir de entonces los jubileos ordinarios se celebraron cada 25 años. Fue el Papa Juan Pablo II quien en 1998 proclamó el Gran Jubileo del Año 2000 con la bula Incarnationis Mysterium como inicio del Tercer milenio. El Papa promulgo la Carta Apostólica Tertio Milllenio Adveniente en 1994 preparando la Iglesia para el Gran Jubileo. En el 2001 proclamó Novo Millenio Ineunte que marcó el camino enfatizando la espiritualidad de comunión y la Nueva Evangelización.

El Jubileo del Año Santo 20025 convocado por el Papa Francisco con la Bula Spes non confundit será clausurado por León XIV. El fallecimiento del Papa Francisco el 21 de abril y la elección del nuevo papa el 8 de mayo fue algo inesperado. El hecho extraordinario de que el rito de apertura y cierre del Año Santo ocurriera bajo dos pontificados distintos solo tiene un precedente: el Jubileo de 1700, abierto por Inocencio XII y cerrado por Clemente XI. El Jubileo 2025, en la línea de la orientación de sus predecesores, ha representado un evento providencial para toda la Iglesia. Se nos invita a todos los creyentes a una renovada conversión del corazón bajo el signo de la virtud de la esperanza que nunca defrauda. Este Jubileo ha estado pues marcado por el signo de la esperanza. El Jubileo llama a que la Iglesia en nuestro tiempo convulso marcado por el desencanto, sea testigo de esperanza.

Estamos ante un nuevo cambio de época que nos pide un cambio de paradigma. Cada cambio epocal ha sido un tiempo de profunda renovación. La siguiente reflexión trata de arrojar luz sobre este tiempo de profunda renovación, sobre el cambio de paradigma y de las bases sobre las que llevar a cabo esta nueva transformación.

Este tiempo de crisis profundo es a la vez la oportunidad de un tiempo de gran transformación. Esta gran transformación que pide nuestra humanidad empieza desde dentro de la misma Iglesia y de nosotros mismos. En medio de esta situación de crisis nos anima una esperanza cierta. Dios presente en el mundo y la historia sigue conduciéndola a un final feliz. Es tiempo de una renovación espiritual dejándonos guiar por el Espíritu. La vida nueva que nace del Espíritu que es comunión y produce una cosmovisión nueva, una conciencia nueva, una inteligencia nueva, una cultura nueva.

Este tiempo pide una fuerte renovación espiritual. En cada época con su correspondiente crisis el hombre adquirió una nueva conciencia de su identidad y el cambio religioso que se produjo constituyó la base de un orden nuevo. Las personas fueron capaces de descubrir una nueva espiritualidad basada en principios sólidos. No estaban interesados en seguir prácticas vacías. No pusieron el acento en ideologías o doctrinas por fuera, sino que su nueva forma de ser que brotaba desde lo profundo del corazón. La vivencia espiritual se tradujo en practicar la misericordia y compasión frente a todos los seres humanos. Esta fue la manera de transformar y salvar al mundo. La presente reflexión quiere profundizar cuáles serían las bases de esta nueva transformación.

Los últimos papas: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto, Francisco y ahora León XIV han sido verdaderos profetas para abrirnos a un mundo nuevo. El Papa Francisco ya venía hablando que estamos viviendo una era globalizada, problemas y cuestiones globales que están pidiendo un cambio global, un orden nuevo. El nuevo Papa León XIII, elegido en medio del Jubileo, ha continuado las directrices de sus predecesores enfatizando la necesidad de promover la paz y la unidad en un mundo dividido por fuertes polarizaciones. El Jubileo es un llamamiento a levantar puentes donde hay muros. Esperar es conectar. En una época dividida por ideologías, discrepancias y guerras, es Cristo quien realiza la comunión y nos trae la paz (Ef 2, 14). Permaneciendo en Cristo se abre uno a la esperanza y se nos propone avanzar hacia la comunión.

Este artículo quiere hacer balance no solo de este Año Santo jubilar sino de estos 25 años del comienzo del tercer milenio para tratar de ver los desafíos con los que nos encontramos y de responder a la llamada que el Señor nos está haciendo para promover un orden nuevo.

FUENTES:

Karem Armstrong, The Great Transformation
Henry Kissinger, El Orden Mundial
Tomás Halik, El cristianismo en un tiempo de enfermedad

 

OTRAS PUBLICACIONES

En este blog, darmarperegrino.com encontramos otras publicaciones correlacionadas:

Un nuevo orden mundial, 1 Mayo 2020;
Reflexiones ante un nuevo cambio de época, 7 Jun 2020;
Una nueva época, un nuevo orden, 9 En 2022.

 

 

  1. CADA TIEMPO NUEVO PIDE UN ORDEN NUEVO

La humanidad ha pasado por distintos momentos de tormenta, de turbulencia, de crisis. En la actualidad estamos asistiendo a lo que Francisco ha venido a denominar “un verdadero cambio de época”. La humanidad ha vivido algunos de estos cambios significativos que supusieron la superación de una época y la entrada en otra nueva.

Quiero detenerme un poco a reflexionar como se han producido estos cambios epocales a lo largo de ñla historia. La ruptura no ha sido un total descuelgue con lo vivido. Se trata de reflexionar, evaluar ponderar lo vivido, la situación del pasado para construir un nuevo futuro. Debemos descubrir los valores perennes que tienen valor, no podemos prescindir de nuestras raíces, pero a la vez se nos pide abrirnos a una renovación, orientación y cambio de vida. 

Vamos pues, en primer lugar, tratar de recoger los cambios epocales que han producido las principales transformaciones a lo largo de la historia:

 


 

1.Las grandes religiones del pasado: Hinduismo, budismo, confucionismo y judaismo

1.1 El Hinduismo y budismo en la India. La figura de Buda

La India podría considerarse como una de las tradiciones más antiguas con la civilización que surgió en el valle del Indo, donde los arios llegaron en el año 2000 a.C. Durante el período védico se establecieron en Dorah entre los ríos Yamuna y Ganges. Esta región se llamaba rya varta, la tierra de los Arya. Esta antigua civilización india sería una de las más grandes con Egipto. Desarrollaron la idea de Brahman, la realidad Suprema. Brahaman era uno de los principios más fundamentales.

Algunos hombres dieron el paso extraordinario de renunciar a todo comenzando una vida de moderación. La figura de los renunciantes, los samnyasins, cambian el enfoque en el Brahamn y se ponen más allá de lo pálido como agentes de un cambio religioso. Se convirtieron en los pioneros de los principios de la Era Axial.

Los renunciantes fueron capaces de una gran transición de una religión concebida externamente a una que se erigió dentro del yo. El mayor logro fue la internalización de la religión. El ritualista había afirmado durante mucho tiempo que los ritos de sacrificio creaban lo divino. Los rituales contenían el poder del brahman. Los renunciantes dieron un paso más. Estaban volviendo al viejo estilo de vida móvil de los campesinos y ganaderos. El brahmcarín, la Vida Santa, fue una iniciación en la vida védica. El brahmcarín era parte de la iniciación a la vida adulta. Se comprometen a ser castos y con el espíritu de ahimsa no cometen ningún acto de violencia.

La gran idea en este tiempo de transformación fue que los seres humanos tienen que encontrar el Camino para volver al cielo, volver a su propia verdad, a su verdadero yo. Debemos separar el verdadero yo del lío de las ilusiones para encontrar el verdadero centro de nuestro ser, nuestro verdadero yo, nuestro parusha mortal. Debemos lograr moksha -liberación- del falso ego.

Hacia finales del siglo V un renunciante, Kshatryya, llamado Siddhata Gotama y más tarde Buda, el iluminado, tendrá un tremendo impacto en el futuro. Adaptó el Camino para la gente común. El Camino de la iluminación no es a través de la ascesis, sino de la empatía y la compasión desinteresadas. Hace equilibrio trabajando con su naturaleza humana y no luchando contra ella. Se trata de abrir todo nuestro ser a los demás trascendiendo el ego con una actitud de compasión y bondad amorosa. La enseñanza y las prácticas budistas, dharma, se basaban en la experiencia de vida del fundador.

1.2 El confucionismo en China, la figura de Confucio.

Los arios llegaron a China y se establecieron en el valle del río Amarillo en el siglo XVI 1600 aC. Uno de las primeros dinastías fue la Shang. La sociedad Shang era una extraña mezcla de refinamiento, sofisticación y barbarie. Los Reyes creían que eran los hijos de Dios. El Rey era un intermediario con el mundo divino.

Desarrollaron el concepto de Yin y Yang. La alternancia del aspecto femenino y masculino de la realidad. El yin era el aspecto femenino, como las campesinas, su estación era de invierno; su actividad era interior y se realizaba en la oscuridad. Yang, el aspecto masculino estaba activo en verano y a la luz del día; era un poder externo y su producción era abundante.

Confucio apareció en S. V aC. Él trajo la religión de China a la tierra. Trató de poner orden promoviendo las reglas de comportamiento correcto fieles a las antiguas tradiciones. En el pasado, los ritos han ayudado a frenar el peligro de la violencia y han mitigado el horror de la batalla. Institucionalizó a los nuevos eruditos los junzi, todos tenían el potencial de convertirse en junzi. Los junzi se convirtieron en el ideal arquetípico que deben estudiar las reglas de comportamiento correcto y ponerlas en práctica. Deben estudiar la ceremonia de los ritos prescritos por el Li tradicional.

La Regla de Oro se convirtió en el núcleo de nuestro comportamiento. La Regla de Oro: Nunca hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Este bien era considerado el poder del Camino. Daode. Al igual que los sabios indios, Confucio vio el principio del ego como la fuente de la mezquindad y la crueldad humanas. Si las personas pierden fríamente su tendencia hacia el ego (egocentrismo, shelfishness) y se someten a las demandas altruistas del Li, serían transformadas por la belleza de la santidad.

1.3 El Judaísmo en Israel. La figura de Jeremías. El paradigma del Siervo sufriente

El judaísmo se elevó alrededor del s. XVIII aC. Al principio había una confederación de tribus llamadas Israel que aparecen en las tierras altas de Canaán procedentes de Mesopotamia, la región de Ur. No hay un relato contemporáneo del desarrollo del Israel primitivo. 

Los padres fundadores, llamados patriarcas, eran los líderes de la nación: Abraham, Isaac, Jacob. Los patriarcas habían vivido en diferentes partes de la región montañosa. Abraham en Hebrón, Isaac en Berseba, Jacob primero en Siquem y más tarde en Egipto. Jacob y sus doce hijos fueron los fundadores de las doce tribus israelitas. Después del exilio en Egipto regresaron a la tierra de Caná alrededor de 1200. Su Dios Yahvé les prometió que haría de Israel una gran nación. Moisés y Josué eran los líderes espirituales. Yahvé hizo un pacto con Israel en el Monte Sinaí. Como el sustrato del pacto era el término hesed que denotaba la lealtad que exigía un comportamiento generoso hacia el grupo familiar.

El culto central era el Tratado de la Alianza. Símbolo del tratado que unía al pueblo con Yahaweh.  El festival de Pésaj (la Pascua) era un elemento central para recordar la historia del Éxodo. Finalmente establecieron un Reino. El rey David y más tarde su hijo Salomón erigieron el nuevo Templo en Jerusalén. Después de la muerte de Salomón, el Reino fue dividido entre sus dos hijos, Roboam y Jeroboam. El reino del norte era Israel. El reino del sur de Judá. Los babilonios conquistaron primero Israel y más tarde Judá y ambos fueron exiliados a Babilonia. Cuando fueron exiliados a Babilonia en el siglo VI experimentaron un intenso período de extraordinaria creatividad. El tiempo del exilio fue un tiempo de catarsis y cambio.

El profeta Jeremías aparece cuando descubren la tradición de Deuteronomio en la reforma de Josías. Jeremías no fue deportado porque había apoyado a los babilonios. Se le profetizó la violencia y la ruina y movió a sus compatriotas a rendirse sin usar la violencia como la voluntad de Dios. Estaba convencido de que los exiliados salvarían a Israel. Casi fue ejecutado. Su postura inquebrantable y valiente representaba uno de los principios axiales. Se presentó como un hombre de dolores (anticipo del Mesías Siervo sufriente que describió Isaías en sus cánticos del Siervo). Con Jeremías desarrollaron una espiritualidad más interior. Era esencial que los israelitas se comportaran con justicia, equidad, bondad y compasión unos con otros imitando la generosidad de Yahvé.

Lo relevante del segundo Isaías sobre todo en el Cántico del Siervo Sufriente fue el clímax de la espiritualidad axial. El triunfo del Siervo Sufriente sería a través de la no violencia y la entrega y el auto abandono. A través de este sacrificio kenótico traería paz, misericordia y compasión al mundo.

 

 

2. La primera gran transformación. La época Axial (S. V aC) Las figuras de Sócrates, Platón y Aristótoles.

Después de un tiempo oscuro de sufrimiento, la humanidad sufre una gran transformación. Esta gran transformación nos lleva a la primera estrella de la espiritualidad axial. Es un tiempo de catarsis. Sufren una dislocación espiritual. El catalizador del cambio fue la erupción de una nueva espiritualidad con las nuevas religiones, el judaísmo, el hinduismo, el budismo, pero todas ellas caracterizadas con principios comunes. Los principios de la Edad axial.

La nueva filosofía en Grecia.

Una nueva civilización griega surgió del rublo de Micenas, una confederación de tribus alrededor del siglo IX aC. El reino de miceas y la civilización minoica después de una edad oscura colapsaron alrededor de 1375. Los griegos eran un pueblo indoeuropeo que había comenzado a establecerse en la región del Peloponeso alrededor del año 2000 a.C. Hablaban un dialecto indoeuropeo. No creían en un dios creador benevolente, eran politeístas y no tenían orden divino al principio. El panteón griego: Zeus, Atenea, Poseidón, Dioniso se convirtieron en el centro de su religión. Trataron de explicar la realidad a través de mitos. Homero fue uno de los principales autores de estos mitos griegos. Ya en el siglo V la civilización griega estaba en su apogeo.

Después de un tiempo de crisis, Hesíodo promueve una nueva ética que busca el bien común, y no la autorrealización buscando nuestra propia gloria. Promovió una especie de kenosis y entrega a sí mismo, una ética de desinterés y devoción a los demás. Era un nuevo modelo de excelencia, arete, lejos de los héroes guerreros. En lugar de buscar agresivamente su propia fama y gloria, el hoplita sumergió sus propias necesidades para el bien de los demás.

Sócrates implantó el arte de la dialéctica y fundó la Academia. Un diálogo riguroso para exponer las creencias y obtener la verdad.  Entendió que su misión era llevar a sus compañeros atenienses a la verdad y a una mejor comprensión de sí mismos. Él creía en Dios. El conocimiento era inseparable de la virtud. El coraje, la justicia, la piedad y la amistad no son ficciones vacías. La verdadera filosofía es aprender a vivir. El deseo, de liberación, sólo será posible a través de una gran transformación interior. El cultivo del alma era la tarea humana más importante, mucho más crucial que el logro del éxito mundano. El alma está dañada por acciones equivocadas. No debemos tomar represalias o hacer mal por mal a nadie, cualquiera que sea el mal que hayamos sufrido de él. Platón y más tarde Aristóteles reclamarían más tarde la capacidad de razonar bien.

Los principios comunes de la Era Axial:

Llamamos a la Era Axial el momento crucial alrededor de S V aC de intensa creatividad, espiritual y filosófica muy significativa para el desarrollo espiritual de la humanidad. La Era Axial empujó hacia adelante las fronteras de la conciencia humana y descubrió una dimensión trascendente en el núcleo de sus seres. Este período fue uno de los períodos más seminales y el cambio religioso en la historia registrada y fue la base de nuestro mundo moderno.

La Era Axial fue el período de grandes figuras como Buda, Sócrates, Confucio y Jeremías, los místicos de los Upanishad. Marquemos los principios más importantes y comunes: Este período de renovación fue en tiempos de crisis espiritual y social. La lección de este tiempo es que en tiempos de crisis las personas fueron capaces de elaborar una nueva espiritualidad basada en principios sólidos.

No les interesaban las prácticas vacías de rituales. Por lo general, experimentaban lo sagrado como una presencia inmanente en el mundo que los rodeaba. Todos ellos podían promover la unidad y la paz siendo sometidos a un orden cósmico que mantenía todo en existencia. Ponen el acento en la práctica, no en las doctrinas. Lo que importa no era lo que creías, sino cómo te comportabas. Primero debes comprometerte con la vida ética, luego la benevolencia disciplinada y habitual, no discutir sobre la convicción metafísica o la creencia ortodoxa. La Era Axial tenía un nuevo significado ético y puso la moralidad en el corazón de la vida espiritual. 

Enfatizaron la Regla de Oro, el Camino para encontrar a Dios y el Camino al cielo comienza aquí en la tierra teniendo una vida compasiva. La religión estaba a punto de practicar la misericordia, la compasión y la importancia suprema de la benevolencia, la caridad arraigada en nuestra propia naturaleza. Todo se centra en torno a un nuevo ethos, la preocupación, el respeto por los derechos sagrados de todos los seres, la bondad y la generosidad hacia los semejantes. Esta es la manera de transformar y salvar el mundo.

 


3. la segunda gran transformación. El advenimiento de Cristo. (S. I)

La venida de Cristo marcó un antes y un después para la humanidad. Prueba de ello el nuevo calendario que rige nuestro tiempo. El cristianismo no es una ideología o religión de prácticas virtuosas, nace de una experiencia viva de fe de encuentro con el Resucitado. El comienzo del cristianismo corresponde a una cosmovisión nueva, no es una forma de vida nueva que responde a un ideal sino una experiencia viva de fe que se traduce en una vida de participación de comunión con los hermanos.

Es el momento de la segunda gran transformación. El surgimiento del Imperio Romano va a cambiar todo el escenario de la humanidad con el fin de una era y el comienzo de una nueva era. La Era Axial Judía fue cortada prematuramente tal vez por las dificultades de dispersión y reasentamiento. Durante el siglo I a.C. Israel fue ocupado por el Imperio Romano. El país estaba en una agitación con los grupos de rebeldes, zelotes y macabeos opuestos al dominio romano.

La figura paradaxial de Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret, al principio cercano de las tradiciones del judaísmo, se convirtió en un innovador. Se convirtió en el nuevo intérprete de la Ley. Afirma que la esencia de la Ley no era la letra de la Ley, sino su espíritu. Jesús, siendo judío, propuso un Nuevo Camino. Al principio, parece que no tenía intención de fundar una nueva religión, pero poco a poco fue marcando un nuevo orden y un nuevo Camino. Jesús se propuso a sí mismo como el Camino. Era el modelo paradigmático de sus seguidores. Al imitarlo, disfrutarían de una vida mejorada. Se declaró no sólo como el Nuevo Mesíasel Ungido, el Christos, que fue anunciado, sino también como el Hijo de Dios. Su Padre lo ha enviado para llevar a cabo su misión para la salvación del mundo.

Su enseñanza estaba totalmente enfocada en el nuevo mandamiento del amor. Era su propia versión de la Regla de Oro arraigada en el espíritu del Nuevo Orden de la Nueva Era. Sus seguidores lo miraron como el Siervo Sufriente anunciado en el Segundo Isaías. Interpretaron la misión de Jesús como una Kenosis. Jesús también fue un hombre de ahimsa. Su enseñanza sobre el Sermón de la Montaña fue: "Habéis oído cómo se dijo: ojo por ojo y diente por diente, pero yo os digo: ofrécele al hombre malvado ninguna resistencia. Por el contrario, si alguien te golpea en la mano derecha, ofrécele la otra también. Has oído decir: Debes amar a tu prójimo y odiar a tu enemigo. Pero yo os digo: ama a tu enemigo" (Mt 5, 22-39)

La cosmovisión de la primera iglesia era una cosmovisión no crítica del mundo filosófico de las ideas o ideologías del pasado, sino orgánica, respondía a una experiencia viva con el primado de la vida. Había una simbiosis entre la fe el culto, la liturgia y la vida. La atracción de los primeros cristianos respondía a esta una unidad.

El resurgimiento del cristianismo supuso un tiempo de gran transformación, de una nueva cosmovisión del hombre, del mundo y de la sociedad. Diríamos que la humanidad vivió un tiempo semejante al Axial de gran renovación.

Los cristianos de los primeros siglos entraron en el mundo cultural no adoptando los modelos clásicos de belleza sino teniendo una visión nueva y original de la belleza. La belleza es la unidad orgánica de los diferentes. Bello es lo que es multiestrato, la unidad en los diferentes estratos de la realidad.

Para los cristianos de los primeros siglos la base de la transformación era el mismo Cristo, su proclamación que nos transmite el Evangelio El pueblo sumido en tinieblas vio una Luz resplandeciente, a los que vivían en las sombras de muerte una luz los alumbró. (Mt 4,16)

Esta unidad que une diversas realidades en un organismo vivo, no es la fuerza de una energía, ni una ley, ni un sistema. Esa unidad es una persona viva con su amor. Una unidad que se contempla en el rostro de una persona: Cristo.

Los cristianos contemplando el rostro de Cristo expresan esa unidad orgánica en la comunión, comunión de mundos distintos, de tiempos y modos diferentes de lo humano y lo divino, de lo histórico y lo escatológico. Todo en la realidad de la persona de Cristo (Ef 2, 14-18).

Los padres de la Iglesia, a partir del misterio Trinitario, profundizan en esta unidad orgánica con la liturgia y la vida nueva, unidad entre lo humano y lo divino, unidad de la humanidad injertada en el Cuerpo de Cristo.

San Basilio Magno, San Gregorio de Niza, San Gregorio Nacianceno y los padres del desierto profundizan en el significado de la vida cristiana como comunión, como cuerpo eucarístico. La iniciación cristiana suponía un verdadero nacimiento, un despertar a la vida tras la muerte en las aguas bautismales. En el bautismo muere el individuo y nace la persona, muere el hombre viejo y nace el nuevo, muere una vida unida a la sangre de los progenitores y nace una vida nueva unida a la sangre de Cristo. En el bautismo muere el yo con su ansia de autoafirmarse y resucita el hermano entre los hermanos, miembro del Cuerpo de Cristo. Muere el yo como una expresión de la naturaleza humana herida por el pecado y resucita la persona que con el amor recibido de Dios ama a través de su naturaleza humana, transfigurando así lo humano en lo divino.

El individuo pasa de ser un ser aislado a un yo construido a través de las relaciones intra trinitarias. Recibimos una vida que es amor y nos lleva a amar. La experiencia de fe comporta la vida. Tu eres comunión luego existes para la comunión. Uno se descubre entretejido en un organismo que es el Cuerpo de Cristo. El Cuerpo de Cristo, la Iglesia es un organismo de múltiples moradas donde se vive una nueva existencia en Cristo. Como yo estoy en el Padre, vosotros en mí y Yo en vosotros (Cf. Jn 17).

Los neófitos que tras el bautismo entraban a formar parte de la iglesia pasaban a entenderse y vivirse en este misterio de comunión, comunión con el Cuerpo eucarístico.

Esta cosmovisión era orgánica, respondía a una cultura simbólica con el primado de la vida. El lenguaje del arte correspondía con el culto, la liturgia y la vida. La vida nueva respondía a una unidad orgánica tejiendo juntas todas las dimensiones de la vida en un organismo divino-humano.

 


4. la tercera gran transformación. La gran crisis de la Constantino. El Cristianismo como religión del Imperio (S. III)

El establecimiento del cristianismo como religión del imperio. Como respuesta la Iglesia llama al gran concilio de Nicea (este año 2025 hemos celebrado el 1700 aniversario de este concilio). Nicea fue un evento crucial para el cristianismo, no solo como defensa de la divinidad de Jesucristo, frente a la herejía de Arrio, sino momento decisivo para defender la unidad y misión de la Iglesia.

En el S. IV con la conversión del Imperio Romano a través de su emperador Constantino se opera otra gran transformación. La entrada del cristianismo en el imperio romano supuso una encrucijada peligrosa que tendría graves consecuencias. Al principio parecía un acontecimiento que daría la posibilidad de lograr una expansión universal del cristianismo, y en verdad así fue pero con un grave costo.

Fue demasiada gente la que entro a tomar parte de la Iglesia y no era posible transmitir la experiencia de la vida nueva, de la vida en comunión como cuerpo eucarístico. El cristianismo paso a convertirse en una religión y esto traería graves consecuencias.

Eran tantas las personas que de repente pasaron a tomar parte de la Iglesia que se perdió esta iniciación cristiana, esta iniciación mistagógica. La iglesia se institucionaliza y el cristianismo se convierte en religión. ¿Cómo ocurre esto? Se busca un pensamiento una ideología correspondiente al mundo clásico que fuera conciso, preciso, claro resumir la vida cristiana. Se busca una doctrina universal para tener un ideal. La doctrina se convertía en normativa y se pasó a un enfoque jurídico, ético, moral. El cristianismo se institucionaliza como una religión. Se pasó de la experiencia vital a la doctrina y de la fe a la religión. Fue el comienzo de la descristianización y de la secularización.

Ante el cisma de la Iglesia de Oriente y Occidente y las herejías de la Iglesia, llevaron al gran concilio de Nicea que señala la importancia de una verdadera adhesión a la fe y la formación a través de un proceso catecumenal.

Con la conversión del emperador Constantino (S. IV) la Iglesia se institucionaliza y el cristianismo pasa a ser una religión, la del Estado Imperial. La organización de la Iglesia comenzó a imitar la del Imperio; los obispos en ciudades políticamente importantes ejercían una mayor autoridad sobre los obispos de ciudades cercanas.  Las iglesias de Antioquía, Alejandría y Roma ocuparon los puestos más altos. A partir del siglo II, los obispos a menudo se reunían en sínodos regionales para resolver cuestiones doctrinales y políticas. En el siglo III, el obispo de Roma comenzó a actuar como un tribunal de apelaciones por problemas que otros obispos no pudieron resolver.

Esta crisis institucional viendo la forma de conjugar el poder civil y el religioso, la figura del emperador y del papa, prepara otra gran crisis con la caída del Imperio Romano. La iglesia se institucionaliza y el cristianismo se convierte en la religión del Imperio. Esta fue la gran tragedia y la trampa mortal en la que cae el cristianismo, el Imperio asume el cristianismo y promueve una institucionalización para convertirla en la religión del Imperio. Diríamos que fue la tentación del poder.

¿Cómo ocurre esto? Se busca un pensamiento una ideología correspondiente al mundo clásico que fuera conciso, preciso, claro para resumir la vida cristiana. Se busca una doctrina universal para tener un ideal. La doctrina se convertía en normativa y se pasó a un enfoque jurídico, ético, moral. El cristianismo se institucionaliza como una religión. Se pasó de la experiencia vital a la doctrina y de la fe a la religión. Fue el comienzo de la descristianización y de la secularización.

 

 

5.La cuarta gran transformación. La gran crisis de la caída del Imperio romano y la aparición del Islam (S. VI- VII)

Esta crisis prepara otra gran crisis que acontecería con la caída del Imperio Romano. El nuevo paganismo de los bárbaros y el pueblo de la salvia. La gran Crisis en el cristianismo primitivo ocurrió con la caída del Imperio Romano y el surgimiento del Islam. Dos crisis prácticamente al mismo tiempo. La conversión de Constantino, emperador de Roma y el establecimiento del cristianismo como religión del imperio dos realidades con grandes consecuencias. Un aspecto positivo es la expansión del cristianismo. La otra es la decadencia de la fuerte fe del principio. La respuesta fue la necesidad de renovación. Dos nuevas reacciones surgen en este tiempo la expansión del Islam y el comienzo del monacato y la reevangelización de Europa. En esta época dos figuras cobraron mucha relevancia: San Agustín y San Benito. El colapso del Imperio Romano con la mitigación del cristianismo está muy bien analizado por San Agustín es su obra, “Las dos Ciudades”.

Este tiempo de crisis y la decadencia de la fe en el cristianismo tiene una respuesta contraria el florecimiento de una nueva religión, el Islam. La crisis que origina el resurgir del Islam y el nuevo paganismo.

La organización temprana de Oriente Medio y África del Norte se desarrolló a partir de una sucesión de imperios. Cada uno se considera el centro de la vida civilizada; cada uno surgió alrededor de la unificación geográfica características y luego se expandió a las zonas no incorporadas entre ellos. En el tercer milenio antes de Cristo, Egipto expandió su influencia a lo largo del Nilo y en el actual Sudán. A partir del mismo período, los imperios de Mesopotamia, Sumeria y Babilonia consolidaron su dominio entre los pueblos a lo largo de los ríos Tigris y Éufrates.

En el siglo VI aC, el imperio persa se levantó sobre la meseta iraní y desarrolló un sistema de reglas que ha sido descrito como "el primer intento deliberado de historia para unir comunidades africanas, asiáticas y europeas heterogéneas en una sola, organizada la sociedad internacional" con un gobernante con el estilo de Shahanshah, " Rey de Reyes ".

A fines del siglo VI dC, dos grandes imperios dominaban gran parte del Medio Oriente: el Imperio bizantino (o romano del este) con su capital en Constantinopla y profesando el cristianismo religión (ortodoxa griega), y el imperio persa de Sassanid con su capital en Ctesiphon, cerca la Bagdad moderna, que practicaba el zoroastrismo. Se habían producido conflictos entre ellos esporádicamente por siglos.

En 602, no mucho tiempo después de que una plaga había arruinado a ambos. La invasión persa de los territorios bizantinos condujo a una guerra de veinticinco años en la que los dos imperios pusieron a prueba el poder de su fuerza. Después de una eventual victoria bizantina, el agotamiento produjo la paz que la habilidad política no había logrado. También abrió el camino para la victoria final del Islam. En Arabia occidental, en un imponente desierto fuera del control de cualquier imperio, el Profeta Mahoma y sus seguidores estaban ganando fuerza, impulsados por una nueva visión del orden mundial. Pocos eventos en la historia del mundo igualan el drama de la temprana difusión del Islam.

En el siglo VII, la figura del profeta Mahoma es el comienzo de otra gran transformación. Mahoma insistió en que no había venido a reemplazar a los profetas del pasado, sino a regresar a la fe primordial de Abraham. Mahoma vivía en una sociedad violenta cuando los viejos valores se estaban desmoronando. Arabia estaba atrapada en un círculo vicioso de guerra tribal.

Mahoma pensó que Allah, el Dios Supremo, era el mismo Dios de los judíos y los cristianos. Todos ellos han recibido revelaciones válidas. En el Corán está escrito que deben tratar a los ahl al-kitah, personas de una revelación anterior con respeto. Los árabes eran considerados los descendientes del hijo de Abraham, Ismael, ya que el judaísmo era la religión de los hijos de Isaac y Jacob, y el cristianismo era para los seguidores del Evangelio. La religión de Mahoma se llamaría islam, rendición.

El islam se levanta como una nueva religión trata de recuperar el espíritu de la Era Axial, aunque Mahoma, por supuesto, nunca había oído hablar de la Era Axial. Incluso el Islam no era una religión de ahimsa, el Corán exigía mucha práctica de compasión y respeto. Los musulmanes estaban obligados a dar una proporción regular de sus ingresos a los pobres. El propósito del zakat, purificación, era purgar sus corazones del egoísmo habitual. Los musulmanes podrían practicar las virtudes de la compasión y la generosidad. Los musulmanes, al meditar en los misterios de la creación, deben aprender a comportarse con una generosidad similar. La agresión estaba estrictamente prohibida. Allah había enviado el don de la paz interior, sakinah, sobre los musulmanes. Podrían distinguirse por la entrega total a Dios. En el Corán se dice que el espíritu de paz es el vínculo con la Torá y el evangelio.

La cosmogonía y el concepto universal diferente del mundo del Islam ejerció un gran dominio, con un nuevo orden, con su propia visión de un solo gobierno divinamente sancionado que unifica y pacifica el mundo. En el siglo VII, el Islam se lanzó a través de tres continentes en un oleada sin precedentes de exaltación religiosa y expansión imperial. Después de unificar el mundo árabe, tomando el remanente del Imperio Romano, y absorbiendo el Imperio Persael Islam vino a gobernar Medio Oriente, África del Norte, grandes franjas de Asia y porciones de Europa.

Su versión de orden universal consideraba el Islam destinado a expandirse sobre el "reino de la guerra", como se llama a todas las regiones pobladas por los incrédulos, hasta que todo el mundo fuera un sistema unitario según el mensaje del Profeta Mahoma.

Mahoma y su comunidad de creyentes organizaron una política, unificaron la Península Arábiga y se propusieron reemplazar las religiones de la región, principalmente el judaísmo, el cristianismo y el zoroastrismo, con la religión de su visión recibida. Una ola de expansión sin precedentes convirtió el ascenso del Islam en uno de los más importantes eventos en la historia. En el siglo siguiente a la muerte de Mahoma en 632, los ejércitos árabes trajeron la nueva religión a la costa atlántica de África, en la mayor parte de España, en el centro de Francia y en la medida de lo posible al este como el norte de la India. Su influencia llegó a Asia Central y Rusia, partes de China y la mayor parte del este Indias siguió en los siglos posteriores, donde el Islam, llevado alternativamente por los comerciantes y conquistadores, se estableció como la presencia religiosa dominante. Que un pequeño grupo de confederados árabes podría inspirar un movimiento que dejaría de lado el poder de los grandes imperios que habían dominado la región durante siglos, hubiera parecido inconcebible unas pocas décadas antes.

  


6.La quinta transformación. La crisis medieval

Al final del primer milenio se vive una época oscura. La Iglesia se enfrasca en promover las Cruzadas, campañas militares con el objetivo de recuperar para la Cristiandad los lugares santos ocupados por los musulmanes. A los participantes, los cruzados, se les concedía indulgencia por sus pecados y para tratar de evitar excesos tomaban votos religiosos (los templarios). Eran promovidas por los Papas, reyes y señores feudales (los soberanos que ostentaban el poder). Se apuntaba a la recuperación del imperio Romano.

Después de la época oscura de las Cruzadas y la Gran Crisis de la época medieval es la era de preparación de una gran transformación que vendría con el nuevo humanismo. La Iglesia que estuvo tantas veces unida al Estado, experimenta la separación de poderes. Este período tiene su propias luces y sombras. La iglesia responde con el monasticismo y la reevangelización de Europa con las nuevas órdenes mendicantes. La Edad Media acaba con el sistema feudal y se abre a las bases de nuestra civilización occidental.

Durante quinientos añosel gobierno imperial de Roma había asegurado un solo conjunto de leyes, una defensa común, y un nivel extraordinario de civilización. Con la caída de Roma, fechada convencionalmente en 476, el imperio se desintegró. Es lo que los historiadores han llamado la Edad Oscura, nostalgia de la universalidad perdida floreció. La visión de la armonía y la unidad se centró cada vez más en la Iglesia.

En esa cosmovisión, la cristiandad era una sola sociedad administrada por dos autoridades complementarias: el gobierno civil, los "sucesores del César" manteniendo el orden en la esfera temporal; y la Iglesia, los “sucesores de Pedro” tendiendo a los principios universales y absolutos de la salvación.

La cosmovisión, el concepto de orden internacional de Europa medieval refleja un alineamiento entre el Papa y el Emperador y una serie de otros gobernantes feudales. Un orden universal basado en la posibilidad de un solo reinado y un solo conjunto de principios de legitimación, una era cada vez más llena de ideología y drenada de cualquier practicidad.

Hasta la Edad Media se vivió una preponderancia del sentido religioso y del orden del mundo desde las bases del cristianismo y desde la esfera divina. Esta teocracia va a dar paso a una democracia reclamando la autonomía temporal y la separación del poder religioso y el poder civil.

A finales de la Edad Media se dio otro hecho que iba a cambiar el rumbo de occidente. Cuando los mongoles asedian Cafa y intentan acabar con el poderío de Bizancio en Constantinopla ocurrió algo inesperado la propagación de la peste negra. Se trataba de una peste bubónica contraída por pulgas infectadas que portaban las ratas. La peste se propagó y se extendió rápidamente. Entre 1347 y 1356 la peste negra acabó con un tercio de la población de Europa muriendo 25 millones de personas. Europa asolada se enfrentaba a una nueva reconstrucción.

Después de la Edad Media con el renacimiento se dio un cambio de paradigma que tendría como resultado la descristianización de occidente, la mundanización y paganización del mundo cristiano. El papel de la Iglesia dejó de ser preponderante y hubo de adaptarse al mundo secular. El cambio de paradigma lo podríamos expresar como el liberalismo y el principio laical que originaría una nueva conciencia y sistema de pensamiento. El principio laical declara la autonomía de la razón frente a la fe. Esta autonomía da paso a una progresiva incredulidad y pérdida de la fe. Poco a poco la sociedad se vuelve crítica ante el poder papal se pierde credibilidad en la Iglesia y se pierde el valor normativo de la Iglesia, la conciencia del bien y del mal y se cae en un relativismo moral.

Durante el segundo milenio la Iglesia se enfrascó en numerosas disputas filosóficas y teológicas. Se debatían las luchas clásicas entre Platón y Aristóteles. Como acceder a través de las ideas al mundo o a través del mundo a las ideas. Se entran en verdaderas disputas teológicas un tanto estériles.

El misterio de la Iglesia como comunión eucarística se convierte en una disputa teológica. La Eucaristía se convierte en un objeto de culto separado de la experiencia viva de fe, separado de la vida. El misterio de nuestra fe se pasa a explicarlo a través de categorías humanas.



7.La sexta transformación. La gran crisis del nuevo humanismo.

Tras la peste que asola Europa, el descubrimiento del nuevo mundo y la contrarreforma protestante, se produce una auténtico cambio de época. La iglesia responde con el gran concilio de Trento.

La era del un nuevo humanismo fue al mismo tiempo un momento de gran transformación y nuevos desafíos. La Iglesia sufre la oposición de la contrarreforma protestante. La Iglesia vuelve a sentir la necesidad de una gran reforma. La respuesta es el gran concilio de Trento. Otro desafío después de descubrir el Nuevo Continente de América es precisamente la evangelización del Nuevo Continente. Esta vez es la nueva era de la Nueva Misión y a su vez la sed de poder y ambición del colonialismo. Se da el surgimiento de nuevas órdenes religiosas, especialmente los jesuitas con la nueva imputación de la obra misionera.

Durante los S. XV, XVI y XVII la reforma protestante por un lado y el renacimiento por otro inicia todo un cambio que después a partir del s. XVIII con la revolución francesa y la ilustración y el despotismo ilustrado acabarían por consolidar este nuevo paradigma. Bajo un gran clamor crítico de necesidad de renovación y de hegemonía de la libertad y la razón, se alza así un nuevo orden laical separado del orden divino, se pierde una concepción religiosa y trascendente de la vida y se proponen nuevos principios éticos para la educación y el progreso.

Un pleno florecimiento del concepto medieval de orden mundial se concibió solo brevemente con el aumento del príncipe de los Habsburgo en el S. XVI, Carlos V (1500-1558); su gobierno también marcó el comienzo de su decaimiento irrevocable.

Carlos V se dedicó a la defensa de la cristiandad contra una nueva ola de invasiones, por los turcos otomanos y sus sustitutos en el sudeste de Europa y el norte de África. Carlos V fue aclamado por sus contemporáneos como el "mayor emperador desde la división del imperio" destinado a devolver el mundo a "un solo pastor". En la tradición de Carlomagno, en su coronación, Carlos V juró ser "el protector y defensor". de la “Santa Iglesia Romana" (Sacro Imperio romano), y la multitud le rindió homenaje como "César del nuevo Imperio". El Papa Clemente confirmó a Carlos como la fuerza temporal para "ver restablecer la paz y el orden" en la Cristiandad. Europa habría sido formada por una central dominante autoridad como el Imperio chino o el califato islámico.

La universalidad de la Iglesia que Carlos V trató de reivindicar no se mantendría. Él demostró ser incapaz de evitar que la nueva doctrina del protestantismo se extienda a través de las tierras que fueron el principal base de su poder. Tanto la unidad religiosa como la política se estaban fracturando.

Carlos V resolvió abdicar de sus títulos dinásticos y dividir su vasto imperio, y lo hizo en una manera que refleja el pluralismo que había derrotado su búsqueda de la unidad. A su hijo Felipe, le legó el Reino de Nápoles y Sicilia, entonces la corona de España y su imperio global. En una emocionante ceremonia en el año 1555 en Bruselas, Carlos V tuvo tiempo para revisar el registro de su reinado, atestiguado por la diligencia con que él había cumplido con sus deberes, y en el proceso entregó los Estados Generales de los Países Bajos a Felipe. El mismo año, Carlos V concluyó un tratado histórico, la Paz de Augsburgo, que fue reconocida por el protestantismo dentro del Sacro Imperio Romano.

Abandonando la base espiritual de su imperio, Carlos otorgó a los príncipes el derecho de elegir la orientación confesional de su territorio. Poco después, renunció a su título de Sacro Emperador Romano, pasando la responsabilidad por el imperio, sus trastornos y sus desafíos externos a su hermano Fernando. Carlos se retiró a un monasterio en una región rural de España (Yuste), a una vida de reclusión.

Dos hechos iban a ser significativos para una nueva gran transformación. La exploración de nuevos mundos inspirados, así como una búsqueda para redescubrir el mundo antiguo y sus verdades, con especial énfasis en la centralidad del individuo.

Nunca hasta entonces se hizo un esfuerzo naval comparable, hasta quizás nuestro propio tiempo. Las potencias europeas navegaron desde un continente de autoridades soberanas en competencia; cada monarca patrocinó la exploración naval en gran parte con la esperanza de lograr un objetivo comercial o estratégico ventaja sobre sus rivales.

Los barcos portugueses, holandeses e ingleses se aventuraron a la India; españoles e inglés los barcos viajaron al hemisferio occidental. Ambos comenzaron a desplazar a los monopolios comerciales existentes y estructuras políticas. La edad de tres siglos de influencia europea preponderante en los asuntos mundiales se había lanzado. Las relaciones internacionales, una vez que una empresa regional, serían de ahora en adelante geográficamente global, con el centro de gravedad en Europa, en el que el concepto de orden mundial era definido y su implementación determinada.

Un concilio de teólogos convocado por Carlos V en 1550-51 en la ciudad española de Valladolid había llegado a la conclusión de que las personas que vivían en el hemisferio occidental eran seres humanos con almas, por lo tanto, elegibles para la salvación. Esta conclusión teológica fue, por supuesto, también una máxima que justifica la conquista y la conversión.

Bartolomé de las Casas y los teólogos de la Escuela de Salamanca encabezados por Fray Vitoria (precisamente este año 2026 se celebra el V centenario del nacimiento de esta Escuela). Estos teólogos defendieron los derechos de los indígenas y se fortaleció el concepto de fraternidad universal y cambió la naturaleza del orden internacional. Los europeos pudieron aumentar su riqueza y salvar sus conciencias simultáneamente. Su competencia global por el control territorial cambió la naturaleza del orden internacional.

La perspectiva de Europa se expandió, hasta los sucesivos esfuerzos coloniales por varios estados europeos cubrieron la mayor parte del mundo y los conceptos de orden mundial se fusionaron con la concepción del equilibrio de poder en Europa.

La Reforma Protestante destruyó el concepto de un orden mundial sostenido por las "dos espadas" del papado y el imperio. El cristianismo estaba dividido y en guerra consigo mismo. La Reforma Protestante destruyó el concepto de un orden mundial sostenido por las "dos espadas" del papado y el imperio. El cristianismo estaba dividido y en guerra consigo mismo.

Un siglo de guerras intermitentes asistió al surgimiento y propagación de la crítica protestante de la supremacía de la Iglesia: el Imperio de los Habsburgo y el papado ambos trataron de erradicar el desafío a su autoridad, y los protestantes resistieron en defensa de su nueva forma de ver la fe.

El período etiquetado por la posteridad como Guerra de los Treinta Años (1618-48) trajo esta confusión a un clímax. Con una sucesión imperial que se avecinaba el Rey Católico de Bohemia, el Habsburgo Fernando, emergiendo como el candidato más plausible, la nobleza protestante bohemia intentó un acto de "cambio de régimen", ofreciendo su corona y su decisivo voto electoral a un protestante el Príncipe alemán. Un resultado en el que el Sacro Imperio Romano habría dejado de ser católico institución. Las fuerzas imperiales se movieron para aplastar la rebelión de Bohemia y luego presionaron su ventaja contra el protestantismo en general, desencadenando una guerra que devastó Europa Central. (los príncipes protestantes generalmente se encontraban en el norte de Alemania, incluido el entonces relativamente insignificante Prusia; el corazón católico era el sur de Alemania y Austria). En teoría, los soberanos católicos compañeros del Emperador estaban obligados a unirse en oposición a la nueva herejía Sin embargo, frente a una elección entre unidad espiritual y ventaja estratégica, más de unos pocos eligió el último.

En los sistemas feudales, la autoridad era personal; la gobernancia reflejaba la voluntad del gobernante, pero también estaba circunscrito por la tradición, limitando los recursos disponibles para las acciones nacionales o internacionales de un país. El primer ministro de Francia de 1624 en 1642, Armand-Jean du Plessis, cardenal de Richelieu, fue el primer estadista en superar estas limitaciones.

La crisis de la época medieval supuso un verdadero cambio en la concepción del mundo, en la comprensión del saber, en la defensa de los derechos humanos.

El renacimiento supone la vuelta al mundo clásico la exaltación del hombre en un humanismo que exalta la razón. Es la puerta de entrada a la modernidad, de nuevo el triunfo de la razón y de la creatividad humana. El renacimiento produjo un cambio de cosmovisión respondiendo a una época crítica, primado de la idea, el individuo, la inteligencia, la doctrina.

La cosmovisión es crítica. A través de las ideas al mundo. Pienso luego existo (Descartes). La vida cristiana se amolda a criterios ideales y pragmáticos de prácticas vacías. La religión cae en un perfeccionismo cuyo objetivo es salvarse así mismo.

La exaltación del individuo lleva a un ocultamiento, eclipse de la persona y de la comunión como elemento esencial y constitutivo. Desaparece la vida de comunión y aparece el individuo que se corrige y se perfecciona según el ideal propuesto y enseñado. Debería ser al revés, la vida nueva del Resucitado debería producir una nueva cultura y cosmovisión, una nueva cultura, una inteligencia nueva. Sin embargo, se produjo lo contrario. Los cristianos tomaron como criterio el ideal universal y el individuo es revestido de perfección.

Como resumen el modelo de cosmovisión heredado del pasado esta trasnochado. la edad crítica de la razón nos ha llevado a una cultura muerta de la muerte no del primado de la vida. El individuo se puso de nuevo en el pedestal, en el epicentro de la modernidad. La cosmovisión de la edad crítica de la razón con el primado de la idea, de la razón, de la estructura intelectual pide ser cambiado.

La necesidad de un nuevo humanismo: La Escuela de Salamanca con teólogos como Francisco Vitoria, Soto, Melchor Cano tuvieron enorme influencia en abrirse una nueva época de la modernidad y la ilustración. Se defendió un humanismo integral que integrara la fe con la razón. Fueron verdaderos profetas y articularon con el Concilio de Trento una verdadera renovación en la Iglesia.



 

8.La septima transformación. El iluminismo. La ilustración. El liberalismo

Como haría en principio la reforma, la ilustración lleva a cabo un gran asalto contra la cristiandad. Se radicaliza la autonomía del pensamiento desmarcándose de los principios que había mantenido el cristianismo. La razón se impone con audacia crítica relegando la esfera de lo divino y poniendo al hombre como medida de todas las cosas. El nuevo paradigma reclama una política sin derecho divino y una moral sin normas. Se establece una civilización fundada en la idea del derecho y no del deber.

El cardenal Richelieu

Richelieu desarrolló un enfoque radical para un orden internacional. Inventó la idea de que el estado era una entidad abstracta y permanente que existía en por derecho propio. Tres conclusiones surgen en la idea de Richelieu. Primero, el elemento indispensable de un éxito. La política exterior es un concepto estratégico a largo plazo basado en un análisis cuidadoso de todos los factores relevantes. En segundo lugar, el estadista debe destilar esa visión mediante el análisis y la configuración de un conjunto de ambiguos, a menudo presiones conflictivas en una dirección coherente y decidida. El gobernante debe saber dónde está esto la estrategia es líder y por qué. Y, en tercer lugar, debe actuar en el borde exterior de lo posible, acortando la brecha entre las experiencias de su sociedad y sus aspiraciones.

Europa nunca estuvo más unida que durante lo que vino a ser percibido como la era de la iluminación. Nuevos triunfos en la ciencia y la filosofía comenzaron a desplazar el fracturando las certezas europeas de la tradición y la fe. El rápido avance de la mente en múltiples frentes: física, química, astronomía, historia, arqueología, cartografía, etc reforzó un nuevo espíritu de iluminación secular augurando que la revelación de todos los mecanismos ocultos de la naturaleza era solo una cuestión de tiempo. "El verdadero sistema del mundo ha sido reconocido, desarrollado y perfeccionado "

Los ideólogos de la Revolución francesa: Rosseau, Voltaire y Diderot

El S. XVIII es comúnmente conocido como el siglo de las luces (el iluminismo). Los filósofos de la Ilustración en el continente generalmente optaron por el modelo racionalista más que por la visión orgánica de la evolución política. La exploración y la sistematización de todo el conocimiento, un esfuerzo simbolizado por los veintiocho volúmenes de la Enciclopedia que d'Alembert coeditó entre 1751 y 1772. D´Alembert proclamó un cognoscible, universo desmitificado con el hombre como actor central y explicador. El aprendizaje aparecía como un poder prodigioso. El colega de D'Alembert, Denis Diderot, escribió; " con celo por los mejores intereses de la raza humana, la razón enfrentaría falsedades con principios sólidos para servir como la base para verdades diametralmente opuestas, por medio de las cuales podremos derribar todo el edificio de barrer y dispersar el montón de polvo ocioso y en su lugar poner a los hombres en el camino correcto".

En su esencia se realizó un reordenamiento en una escala que no se había visto en Europa desde el final de las guerras religiosas. Para los revolucionariosel orden humano no era el reflejo del plan divino del mundo medieval, ni el entrelazamiento de los grandes intereses dinásticos del siglo XVIII. Los filósofos franceses de la Revolución equipararon el mecanismo de la historia con la operación no adulterada de la voluntad popular, que por definición no podían aceptar ninguna limitación inherente o constitucional, y que reservaban para ellos mismos el monopolio para llevar acabo la Revolución.

 


 

9.La octava transformación. La crisis de la revolución industrial y el cambio social.

Las revoluciones de Lenin y Marx ponen en crisis el modelo social.

El tratado de la Paz de Westfalia se convirtió en un punto de inflexión en la historia de las naciones porque los elementos que establece en su lugar fueron tan sencillos como congruentes. La primacía del estado, no del imperio, ni la dinastía o confesión religiosa, fue afirmado como el componente básico del orden europeo. El concepto de estado y su soberanía fue establecida. Los conceptos de orden mundial se fusionaron con la concepción del equilibrio de poder en Europa.

Era el fin de la Iglesia universal como la fuente última de legitimidad y el debilitamiento del Sacro Emperador Romanoel concepto de orden para Europa se volvió en el equilibrio de poder que, por definición, implica neutralidad ideológica y ajuste a las circunstancias cambiantes.
Las figuras de los tres grandes ideólogos revolucionarios. Freud, Nietche, Marx

El cambio de paradigma que trae el liberalismo y la secularización conlleva la paulatina descristianización de occidente y la nueva paganización de los pueblos cristianos. El punto de partida es la concepción del principio de realidad. Se parte del mundo visible y la medida de las cosas del mundo se arreglan mirando al mundo y no mirando al cielo. El hombre debe liberarse y no dejarse alienar por la religión a partir de las ideas promovidas por los nuevos revolucionarios del pensamiento moderno:

Freud, Nietche y Marx.

El mundo secular ha de construirse prescindiendo de Dios. La hipótesis de un Dios Señor del cielo y tierra es innecesaria, perversa y dañina. Se cae en un agnosticismo y se establece un orden temporal prescindiendo de Dios exaltando el poderío del hombre. La insensatez del hombre es tal que llega a creerse valer por sí mismo prescindiendo de Dios. Entre el Reino de Dios y los reinos temporales se establece una franja infranqueable. La hegemonía del orden y poder temporal se alza frente a toda injerencia de la religión.

Esta cosmovisión, este concepto omnicomprensivo de orden mundial tuvo que enfrentarse a una anomalía desde el principio: en la Europa post-romana, docenas de gobernantes políticos ejercieron soberanía sin una jerarquía clara entre ellos; todos invocaron la lealtad a Cristo, pero su vínculo con la Iglesia y su autoridad fue ambiguo. Fueron feroces los debates a los que asistieron debido a la alineación o no con la autoridad de la Iglesia. Los reinos militares separados y las políticas independientes maniobraron para obtener ventaja de una manera que no tenía relación aparente con “Las dos ciudades” de Agustín.

Cualquier sistema de orden mundial, para ser sostenible, debe ser aceptado simplemente no solo por los líderes, sino también por los ciudadanos. Debe reflejar dos verdades: orden y libertad. Orden sin libertad, incluso si es sostenido por la exaltación momentánea, eventualmente crea su propio contrapeso; sin embargo, la libertad no puede ser asegurada o sostenida sin un marco de orden para mantener la paz. Orden y libertad, a veces descritos como polos opuestos en el espectro de la experiencia, deberían entenderse como interdependiente.

Eran los comienzos de un nuevo orden internacional más pacífico. La humanidad se caracterizó por una " sociabilidad no social " no distinta de la "tendencia" para unirse en la sociedad, sin embargo, con una resistencia continua que amenaza constantemente para romper esta sociedad. "El problema del orden, particularmente el orden internacional, era el más difícil y el último en ser resuelto por la raza humana.

La cuestión social. Leon XIII: La encíclica “Rerum Novarum

El año 1891 el papa León XIII publicó la encíclica "Rerun Novarum". Este documento es la toma de postura de la Iglesia ante la grave y acuciante "cuestión social", provocada por la revolución industrial y la introducción del sistema capitalista liberal, que había dejado en una situación de desamparo a amplios sectores de la sociedad, tanto obreros en las ciudades, como proletarios o pequeños propietarios. Desde otras opciones políticas, como el socialismo, la reacción fue relativamente rápida, tratando de mejorar y de dar respuestas, profundamente revolucionarias, a esos amplios sectores de la sociedad marginados y explotados, por una clase social burguesa, en cuyos planteamientos no había otro interés que el enriquecimiento.

La “Rerum Novarum” supuso un punto de inflexión, un antes y un después. La “Rerum Novarum” trata de despertar a una nueva conciencia. Puede decirse que antes de la aparición de la "Rerum Novarum" no encontramos en España un verdadero movimiento católico-social. Debemos precisar el término "catolicismo-social", como algo diferente a la postura caritativa (limosna y beneficencia) ante la problemática social.

Por primera vez se plantea el problema obrero, de carácter económico y la conciencia del progreso a nivel intelectual. Se quiere ligar el progreso social a la mejora de la suerte de los obreros. La actitud católico-social implica una nueva conciencia del problema social como algo más que un problema de beneficencia y caridad. Es el lento proceso que lleva a descubrir las exigencias de la justicia, además del deber moral de la caridad.

En cuanto a los contenidos de la “Rerum Novarum”, en la introducción señala los factores que a su juicio han provocado el problema social: los adelantos de la industria; el cambio de relaciones entre patronos y obreros; la acumulación de riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría. En la primera parte critica al socialismo como alternativa al problema social, justificando la propiedad individual. Su alternativa es la necesaria contribución de la Iglesia, el Estado y los propios interesados (obreros y patronos), para el encauzamiento y superación del problema social.

La encíclica “Rerum Novarum” reclama y reivindica la legitimidad de la intervención de la Iglesia. Frente a las utopías socialistas, León XIII plantea el fin último de armonizar las clases sociales. La Iglesia convoca a las dos partes, patronos y obreros, al cumplimiento de sus respectivos deberes: En cuanto a los obreros: cumplir el contrato de trabajo; no ser violentos ni revolucionarios en la defensa de sus derechos (condena implícita de huelgas y de agitaciones políticas); respetar a los patronos, y no dañar al capital. Por su parte los ricos y patronos deben no considerar a los obreros como esclavos; reconocer la dignidad del trabajo; cuidar de las necesidades espirituales y morales de sus obreros; limitar la jornada y demás condiciones de trabajo según el sexo, edad y fuerzas de los trabajadores; dar un salario justo. Del mismo modo defiende la intervención del Estado para llevar a cabo una acción que alivie grandemente la situación de los trabajadores.

Finalmente el Papa aborda la contribución de las partes directamente interesadas. Se refiere elogiosamente a las distintas instituciones existentes: sociedades de socorro mutuo, instituciones de previsión y seguros, patronatos. Ante el constante crecimiento de las asociaciones obreras de resistencia y de la influencia socialista, plantea como alternativa la necesidad de crear asociaciones de obreros cristianos. Va a tomar fuerza la denominada “acción católica”.

 

 

10.La novena transformación. La crisis de la modernidad. Las dos guerras mundiales. La Paz de Westfalia

La necesidad de un orden nuevo

La Primera Guerra Mundial fue recibida por entusiastas públicos y líderes eufóricos que imaginaron un corto plazo, una guerra gloriosa para conseguir objetivos rápidos. Pero el macabro evento, mató a más de veinticinco millones y naufragó el orden internacional prevaleciente. El cálculo sutil del equilibrio europeo de intereses cambiantes había sido abandonado por la diplomacia de confrontación de dos alianzas rígidas y luego fue consumido por guerra de trincheras, produciendo bajas hasta ahora inconcebibles. En la dura prueba, el imperio ruso, austríaco, y los imperios otomanos perecieron por completo. En Rusia, un levantamiento popular en nombre de la modernización y la reforma liberal fue tomada por una elite armada que proclamaba una doctrina revolucionaria universal. Después del descenso de la hambruna y la guerra civil, Rusia y sus posesiones surgieron como la Unión Soviética, y El anhelo de Dostoievski por "una gran iglesia universal en la tierra" se transformó en un movimiento dirigido por Moscú, el movimiento comunista mundial, que rechazaba todos los conceptos de orden existentes.

Ninguno de los líderes que se lanzaron a la guerra en agosto de 1914 lo habría hecho si hubieran previsto el mundo de 1918. Aturdidos por la carnicería, los estadistas europeos intentaron forjar un período de posguerra que hiciera lo más posible salir de la crisis que pensaban que se había producido por la Gran Guerra. Se borraron de las mentes casi todas las lecciones de intentos previos de forjar un orden internacional.

El Tratado de Versalles en 1919 se negó a aceptar que Alemania volviera a imponer el orden europeo, como el Congreso de Viena había incluido con la aceptación de una Francia derrotada. El nuevo gobierno revolucionario marxista-leninista de la Unión Soviética se declaró no obligado por los conceptos o las restricciones de un orden internacional cuyo derrocamiento profetizó; participando al margen de la diplomacia europea, se reconoció no solo lenta sino reincidente por la primacía de las potencias occidentales.

De los cinco estados que constituyeron el equilibrio europeo, el imperio austríaco había desaparecido; Rusia y Alemania fueron excluidos, o se excluyeron ellos mismos; y Gran Bretaña estaba comenzando a regresar a su actitud histórica de involucrarse en asuntos europeos principalmente para resistir una amenaza real al equilibrio de poder en lugar de adelantarse a un amenaza potencial.

La diplomacia tradicional había traído un siglo de paz en Europa a través de un orden internacional equilibrar sutilmente elementos de poder y de legitimidad. En el último cuarto de ese siglo, el equilibrio había cambiado al confiar en el elemento de poder. Los redactores del acuerdo de Versalles se remontaron al componente de legitimidad mediante la creación de un orden internacional que podría mantenerse, solo mediante apelar a principios compartidos, porque los elementos de poder fueron ignorados o quedaron desorganizados. El cinturón de Estados que surge del principio de autodeterminación ubicado entre Alemania y el La Unión Soviética resultó demasiado débil para resistir, invitando la colisión entre ellos. Gran Bretaña que en otro tiempo quiso ser guardián del orden estaba cada vez más retirada.

Los Estados Unidos, habiendo entrado en la guerra tan decisivamente en 1917, a pesar de la inicial renuencia pública, se había desilusionado por el resultado y se había aislado relativamente. Por lo tanto, la responsabilidad de suministrar los elementos de poder recaía principalmente en Francia, que estaba agotada por la guerra, agotada por los recursos humanos y la resistencia psicológica, y cada vez más consciente de que la disparidad de fuerzas entre ella y Alemania amenazaba con volverse congénita.

Como resultado de las dos guerras mundiales, el concepto de soberanía de Westfalia y los principios de equilibrio de poder redujo en gran medida el orden contemporáneo del continente que engendraron ellos. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el orden mundial y la capacidad psicológica de Europa que tenían todos desapareció. Todos los países de Europa continental, con la excepción de Suiza y Suecia habían sido ocupados por tropas extranjeras. La economía de cada país estaba en ruinas. Eso se hizo evidente porque ningún país europeo (incluyendo Suiza y Suecia) tenían fuerzas para formar su propio futuro por sí mismo.

En un momento de mayor debilidad, preservaron algunos de los conceptos de orden internacional. Su más importante convicción era que si iban a llevar en socorro a su gente y evitar una recurrencia de más tragedias en Europa, tenían que superar las divisiones históricas y, sobre esa base, crear un nuevo Orden europeo. Para esto tuvieron que hacer frente primero a otra división de Europa. En 1949, los aliados occidentales combinaron sus tres zonas de ocupación para crear la República Federal de Alemania. Rusia convirtió su zona de ocupación en un estado socialista ligado a él por el Pacto de Varsovia. Alemania volvió a su posición de trescientos años antes después de la Paz de Westfalia: su división se había convertido en el elemento clave de la emergente estructura internacional. Francia y Alemania, los dos países cuya rivalidad había estado en el corazón de todas las guerras europeas durante tres siglos, comenzó el proceso de trascender la historia europea fusionando los elementos clave de su poder económico restante.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, las potencias europeas eran lo suficientemente fuertes como para mantener el orden regional que habían diseñado para Oriente Medio después de la Primera Guerra Mundial.

Ante los nuevos cambios la iglesia responde con el Concilio Vaticano II.

Como bien sabemos lo inicia el papa bueno y tras la muerte de Juan XXIII y un corto periodo de impas el Concilio Vaticano II fue proseguido y concluido por Pablo VI. El Concilio supuso un evento significativo para abrir una página nueva en la historia de la Iglesia. El Concilio Vaticano II fue otro punto de inflexión para la Iglesia. La Iglesia en diálogo con el mundo se abrió a considerar los problemas del mundo contemporáneo y a darles respuesta a la luz de la fe.

Uno de los últimos y más laboriosos documentos del Concilio fue la constitución “Gadium et Spes”, la constitución Pastoral sobre la iglesia en el mundo moderno. Esta constitución comienza con una declaración de solidaridad de la Iglesia con la familia humana entera. El Concilio trató en la constitución “Gaudium et spes” temas de actualidad social y económica, así como los nuevos problemas la Iglesia en el mundo contemporáneo para promover la unidad la paz y concordia entre los pueblos.

El concilio no se detuvo en consideraciones dogmáticas sino que con sentido pastoral quiso promover el diálogo y la unidad de todo el género humano. Promulgó la necesidad del diálogo interreligioso. “Gaudium et spes” por primera vez es un documento conciliar que se dirige no solo a los cristianos, sino que pretende orientar a todas las personas, creyentes o no creyentes, con la intención de esclarecer el misterio del hombre y cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época. 

A modo de introducción, la constitución hace una profunda y bellísima exposición preliminar en la que estudia los rasgos fundamentales del mundo moderno y plantea los interrogantes y las aspiraciones más profundos del hombre, concluyendo que la clave y el fin de toda la historia humana se hallan en su Señor y Maestro. Todo el documento refleja el cuidado de la Iglesia por promover la mutua estima y respeto, y el reconocimiento a todas las legítimas diversidades. 

Así se deja ver en el proemio: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón… La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia. Por ello, el Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo entiende la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual. Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación”.

Nuevos retos. La reevangelización. La nueva evangelización frente la descristianización

Frente al ateísmo y la descristianización de Europa, la Iglesia intenta responder con la llamada a una Nueva Evangelización que responda a los signos de los tiempos. Cada cambio de época supuso un cambio de paradigma. La iglesia ha estado atenta para saber vivir esos momentos de cambio y de transición.

La Nueva Evangelización fue acuñada por el papa Juan Pablo II en el V Centenerario de la llegada del Evangelio al continente americano (Haití 1983) es el horizonte que había abierto el papa Pablo VI después del Sínodo la evangelización en el mundo, con la exhortación Evangelii nuntiandi (Puebla 1974). La nueva evangelización atañe a toda la Iglesia puesta en modo sinodal, de salida y en modo de comunión, participación y misión.

 

 


11.La décima transformación. La crisis presente. La tercera guerra mundial solapada. La crisis de las instituciones y el ocaso y colapso moral

Posteriormente, el orden europeo, la capacidad de las potencias para controlar poblaciones cada vez más inquietas desapareció. En los años 1950 y 1960, los gobiernos en Egipto, Irak, Siria, Yemen y Libia fueron derrocados por sus líderes militares. Desde finales de la década de 1950 hasta principios de la de 1970, la Unión Soviética fue su vehículo para presionar a los Estados Unidos. Se convirtió en el principal proveedor de armas y defensor diplomático de los nacionalistas estados árabes, que a su vez generalmente apoyaban los objetivos internacionales soviéticos. Los autócratas militares profesaron una lealtad general al "socialismo árabe" y la admiración del modelo económico soviético, aún en la mayoría de los casos, las economías se mantuvieron tradicionalmente patriarcales y se centraron en las industrias individuales dirigidas por tecnócratas. El impulso primordial fue el interés nacional, tal como lo concibieron los regímenes, no político o ideología religiosa Las relaciones de la era de la Guerra Fría entre los mundos islámico y no islámico, en general, siguieron este enfoque esencialmente westfaliano basado en el equilibrio de poder. Egipto, Siria, Argelia e Iraq en general, apoyó las políticas soviéticas soviético.

En 1974, Siria e Israel concluyeron una desconexión acuerdo para definir y proteger las líneas fronterizas militares entre los dos países. Esta disposición se ha mantenido durante cuatro décadas, a través de las guerras y el terrorismo e incluso durante el caos de la Guerra civil siria. Jordania e Israel practicaron una moderación mutua que finalmente culminó en una paz acuerdo. Internacionalmente, los regímenes autoritarios de Siria e Iraq continuaron inclinándose hacia el Unión Soviética, pero se mantuvo abierta, caso por caso, para apoyar otras políticas.

Por el final de la Década de 1970, las crisis del Medio Oriente comenzaron a parecerse cada vez más a las crisis de los Balcanes del siglo XIX. Se observa un esfuerzo de los estados secundarios para manipular las rivalidades de las potencias dominantes en nombre de sus propios objetivos nacionales. Sin embargo, la asociación diplomática con los Estados Unidos no fue capaz de resolver el problema enigma enfrentado por las autocracias militares nacionalistas. La asociación con la Unión Soviética no tenía objetivos políticos avanzados; la asociación con los Estados Unidos no había desactivado los desafíos sociales. Los regímenes autoritarios lograron sustancialmente la independencia del régimen colonial y proporcionaron una capacidad de maniobra entre los principales centros de poder de la Guerra Fría.

Como resultado, estas élites se vieron obligadas a lidiar con una creciente marea del descontento general con desafíos a su legitimidad. Los grupos radicales prometieron reemplazar los sistemas existentes en el Oriente Medio con un orden basado en la religión de Oriente Medio que refleja dos acercamientos universalistas al orden mundial.

Si el orden no puede ser alcanzado por consenso o impuesto por la fuerza, será forjado, a través de un desastroso y deshumanizante costo, de la experiencia del caos.

Nuevos retos y desafíos: El intento de una reunificación europea que fuera salvaguarda de los principios fundamentales.

En cada siglo ha cambiado su estructura interna e inventado nuevas formas de pensar sobre la naturaleza del orden internacional. Ahora en la culminación de una era, Europa, para participar en ella, se sintió obligada a dejar de lado la política mecanismos a través de los cuales ha conducido sus asuntos durante tres siglos y medio. Impulsada también por el deseo de amortiguar la unificación emergente de Alemania, la nueva Unión Europea (EU) estableció una moneda común en 2002 y una estructura política formal en 2004. Proclamó una Europa unida (la Unión Europea, EU), ajustando sus diferencias por mecanismos pacíficos. La unificación alemana alteró el equilibrio de Europa porque ningún acuerdo constitucional podría cambiar la realidad de que solo Alemania era nuevamente el estado europeo más fuerte. La moneda única produjo un grado de unidad que no se había visto en Europa desde el Sacro Imperio Romano.

El resultado que trajo la Unión Europea (EU) es un híbrido, constitucionalmente algo entre un estado y una confederación, operando a través de reuniones ministeriales y una burocracia común, más como el Sacro Imperio Romano que la Europa del siglo XIX. Pero a diferencia del Sacro Imperio Romano, la EU se esforzó por resolver sus tensiones internas en la búsqueda del principios y metas generales y comunes por las cuales se guiara.

Un futuro incierto:

Vivimos bajo un pensamiento débil marcado por lo actual e instantáneo desconectado del pasado y sin esperanzas de futuro, un desencantamiento del mundo de la postmodernidad, globalización de la indiferencia y el individualismo, crisis de la idea de progreso, pluralismo y relativismo ético, debilitamiento de la credibilidad institucional, de los gobiernos incluso de la canonicidad, descomposición del orden social, agudizamientos de las injusticias, desigualdades, guerras sumergidas, cambios climáticos y epidemias que nos ponen en alerta.

El progreso tecnológico nos abre a nuevos interrogantes, entre tantos la evolución imparable de la inteligencia artificial que esta repercutiendo en una nueva estructura social. La IA en esta era ha emergido como una de las fuerzas más disruptivas y transformadoras de nuestras vidas. La IA tiene y tendrá un impacto que no sabemos predecir en la manera y forma en que trabajamos, vivimos y nos comunicamos. Si la IA es una herramienta poderosa sin embargo su uso incontrolado puede convertirla en rival o enemigo del propio progreso humano. El uso apropiado de la IA plantea preguntas éticas sobre la responsabilidad y toma de decisiones para garantizar que la IA se desarrolle y aplique de manera justa, segura y responsable y no perjudique a los sectores más vulnerables.




12. Una sociedad enferma

Nuestra sociedad postmoderna está enferma y la raíz afecta a toda la humanidad. La globalización, la cultura del relativismo, individualismo, consumismo, llevan a las personas de nuestra sociedad a numerosos conflictos que afectan a todas las áreas y dimensiones de la vida. Estamos asistiendo a una proliferación de nuevas esclavitudes con un incremento de agresión, violencia y violación de los derechos fundamentales de gran número de personas. El modelo del sistema muestra enormes grietas, en medio de la proliferación de medios vivimos una sensación de desorientación, de falta de comunicación, de diálogo, de valores, de respeto, de honestidad, de moralidad.

Las viejas instituciones que aseguraban la estabilidad están totalmente en crisis, iglesia, gobiernos, la familia, el matrimonio, provocando quebrantamiento y distorsión de las relaciones personales y vínculos familiares. Muchos son los efectos, falta de trasparencia, corrupción, violencia abuso y explotación, sectores de exclusión.

Tras la crisis mundial de la pandemia se hizo evidente un tiempo de transición. La pandemia ha puesto en evidencia nuestra vulnerabilidad y caducidad. El momento presente es un tiempo de replantearnos seriamente, los principio, los valores, nuestro modelo y orientación de vida. La pandemia ha sacado a la luz otra pandemia subyacente, la pandemia y globalización de la indiferencia, el individualismo, el materialismo, la injusticia, la desigualdad de los pueblos. Tiempos nuevos que piden una conciencia nueva mundial, un orden nuevo mundial, unos valores nuevos y perennes que hagan la vida más justa solidaria y fraterna. Es tiempo de nuevos pactos y alianzas que nos ayuden a construir un mundo nuevo.

Nos hemos de abrir a un nuevo humanismo no en clave de ruptura sino en clave de renovación. Estamos bajo la influencia de un antropocentrismo egocentrico falto de trascendencia. No se puede mantener tampoco una sociedad teocéntrica ajena a la realidad del mundo. Hay una verdadera crisis de la religión porque la religión se ha vivido como prácticas desconectadas del mundo, de la política, de la cultura, de la sociedad. Se trata de articular la fe con el mundo cultural nuevo que estamos viviendo.

Vivimos en un desacerbado consumismo y materialismo. El desorden natural y climático está produciendo un riesgo de destrucción del planeta. La dignidad humana se ha convertido en cajón de sastre donde entra todo, cabe de todo. La política ha caído en populismos y nacionalismos faltos de transparencia, ética y moralidad. Cada vez más se pone en evidencia la desigualdad, el reparto de bienes entre los países del mundo, crece la distancia entre los países desarrollados y los empobrecidos. Se precisa articular de nuevo lo espiritual con lo humano, lo cultural, lo social, lo moral. 



 

13. LA FIGURA DE LOS PAPAS. La voz consoladora frente una humanidad dolorida y atormentada

Vamos a hacer un breve recorrido pasando por Pio XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y El Papa Francisco.

  1. Pío XII y los destinos de muerte por razones de nacionalidad

Un momento oscuro y trágico fue el que se vivió, en particular por los judíos en Europa, durante la segunda guerra mundial. El 20 de enero de 1942 algunos de entre los mayores funcionarios del partido nazi y del gobierno alemán, se reunieron en una villa en el suburbio de Berlín de Wannsee para discutir un tema que en el verbal de esta conferencia es indicado con las palabras “solución final a la cuestión judía”.

Casi un año después, el 24 de diciembre de 1942, se eleva desde los micrófonos de la Radio Vaticana “una voz solitaria – se lee en un editorial de la época del periódico estadounidense The New York Times – que grita desde el silencio de un continente”. Es la voz del Papa Pío XII que pronuncia su radiomensaje en la vigilia de Navidad. El Pontífice desea que para “la humanidad atormentada” pueda resplandecer “consoladora e incitante la estrella que brilla sobre la cueva de Belén” en un mundo marcado por los horrores de la guerra. El Papa Pacelli indica entre las atrocidades del segundo conflicto mundial también la tragedia que en el vocabulario de los nazis corresponde a la expresión “solución final”. 


 

  1. Juan XXIII el llamamiento a la paz. Pacem in terris

Juan XXIII que fue elegido como un Papa de transición sorprendió con la apertura del Vaticano II y a un tiempo de verdadera renovación. Ante un momento de crisis mundial después de la dos guerras mundiales el Concilio iba a abrir una nueva era para la Iglesia y a suponer un tiempo de profunda renovación para la Iglesia. La Iglesia como decía Juan XXIII estaba necesitada de un nuevo Pentecostés. Como decía el Papa en la convocación del Concilio: Abramos las puertas y ventanas de la Iglesia y dejemos que entre el Espíritu como una fuente de aire fresco. La mirada de fe del Papa fue capaz de sobrepasar los densos nubarrones que se cernían sobre la humanidad, de leer e interpretar los signos de los tiempos y de abrirse a los designios y acción de Dios en el mundo. Su mirada de fe profunda le hizo capaz de mantener una mirada positiva y esperanzadora sobre los nuevos tiempos tachados de modernidad y de pesimismo. Nada más lejos de Juan XXIIII que mantener una actitud fundamentalista y conservadora opuesta a todo cambio y progreso. Se distanció sobremanera de todos los profetas de desgracias para convertirse en un verdadero profeta y precursor de una nueva era para la Iglesia y la humanidad.

En Juan XXIII latía la necesidad de un agiornamento sobre varios temas candentes, la cuestión social, la opción por los pobres, el diálogo inerreligioso, el ecumenismo, en definitiva la necesidad de un orden nuevo. En su mensaje de radio de septiembre de 1962 dijo: “Frente a los países subdesarrollados, la iglesia debe presentarse como es y quiere ser, como la iglesia de todos y particularmente de los pobres” estas palabras se convirtieron en la inspiración de un grupo que llegó a ser conocido como el grupo de “la iglesia de los pobres”. Este grupo empezó también a denominarse como el grupo de la universidad de Tubinga, por ser su lugar de reunión. En este grupo estaban los cardenales Lercaro y Gerlier, y otros como Helder Cámara o el patriarca Máximos IV.

El grupo solicitó al cardenal Ciognani, Secretario de Estado y Presidente del Secretariado de asuntos extraordinarios, para el establecimiento de una Comisión especial para tratar cuestiones relacionadas con la opción por los pobres. El cardenal Lercaro, actuando como portavoz de este grupo propuso a los padres que la eclesiología del Concilio debía ser la iglesia de los pobres. Fue sin duda un momento histórico que se llegó a denominar “la hora de los pobres”. El grupo desempeño un papel significativo en las dos primeras sesiones del Concilio y creó en muchos padres una nueva conciencia y sensibilidad a los problemas de la pobreza y el gran número de personas que viven en un estado infrahumano. Se instó al Concilio a emitir una llamada para la acción y el establecimiento de una nueva estructura que propondría nuevas instituciones, nuevas relaciones, nuevas formas de cooperación y de actuar para obtener la plena participación de todos en la lucha mundial contra la pobreza y el hambre. Su intervención fue seguida por otra apelación elocuente en nombre de los pobres.

En la fase inicial del Concilio en el denominado “mensaje a la humanidad” Juan XXIII decía “que se reúnen en la unidad de cada nación bajo el sol, llevamos en nuestros corazones, las dificultades, el sufrimiento corporal y mental, dolores, anhelos y esperanzas de todos los pueblos que nos encomiendan. Urgente dirigimos nuestros pensamientos a las ansiedades por las que el hombre moderno está afligido. Por lo tanto, que nuestra preocupación pueda centrarse en primer lugar en aquellos que son especialmente más pobres y humildes de la tierra”

Otro paso decisivo de Juan XXIII fue su encíclica “Pacem in terris”. Ante la escalada de violencia y el conflicto desencadenado en Cuba entre las dos grandes potencias mundiales la URSSS y EEUU, el Papa plantea de nuevo la necesidad de un orden  a nivel mundial para dar fin a la escalada armamentista.

La encíclicaPacem in terris” es la última de las ocho encíclicas del papa Juan XXIII, publicada el 11 de abril de 1963, 53 días antes del fallecimiento del pontífice, coincidiendo con la celebración del Jueves Santo. El 9 de abril de 1963, el papa firmó la encíclica durante una rueda de prensa y anunció que se publicaría dos días más tarde, también afirmó que iba dirigida «a todos los hombres de buena voluntad» y no únicamente a la feligresía católica y al episcopado. Aparece con un subtítulo: «Sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad». Se trataba de una especie de llamamiento del sumo pontífice a todos los seres humanos y todas las naciones para luchar juntos en la consecución de la paz en medio del clima hostil generado por la Guerra Fría.

Durante el pontificado de Juan XXIII, la tranquilidad mundial fue alterada por diferentes sucesos como la creación del programa Sputnik, el apogeo de la Guerra Fría y la subsecuente construcción del Muro de Berlín, la crisis de los misiles de Cuba, la Guerra de Vietnam y la posibilidad de que todo esto desembocara en una guerra nuclear; es en ese contexto que surge Pacem in terris. El Papa convocaba a todos los humanos y a todas las naciones a colaborar para conseguir la paz por medio de la comprensión, la ayuda mutua y el respeto de los derechos de los demás.

Pacem in terris describe los cuatro principios considerados fundamentales para alcanzar la paz: la verdad como fundamento, la justicia como regla, el amor como motor y la libertad como clima. Su estructura está compuesta por una «Introducción» y cinco secciones llamadas: «Ordenación de las relaciones civiles y matrimoniales», «Ordenación de las relaciones políticas», «Ordenación de las relaciones internacionales», «Ordenación de las relaciones mundiales» y «Normas para la acción temporal del cristiano». En general hace énfasis en los derechos y deberes que deben observar los seres humanos y los estados, en las relaciones entre sí y en las relaciones con otros seres humanos y otros estados, con la finalidad de conseguir la paz y el bien común; señala además que el ser humano debe tener paz interior para poder conseguir la paz social.

«En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes, que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto.»

La Pacem in terris, entre otras cosas demanda la reivindicación del papel de la mujer al interior del hogar y en la sociedad y a respetar los derechos de los exiliados y las minorías étnicas. En el plano internacional, invita a las naciones a frenar la carrera armamementista y a prohibir las armas nucleares y puntualiza la responsabilidad de la ONU en la promoción de la buena relación entre los pueblos y la consecución de la paz, así como también la importancia de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

El rechazo incondicional de la carrera de armamentos y de la guerra en sí misma constituye una de las innovaciones más importantes de esta encíclica. Sostiene que en la era atómica resulta impensable que la guerra se pueda utilizar como instrumento de justicia. Esto, a su vez, implicó un fuerte cuestionamiento al concepto de guerra justa que resultó virtualmente abolido por la encíclica. «[...] la justicia, la recta razón y el sentido de la dignidad humana exigen urgentemente que cese ya la carrera de armamentos; que, de un lado y de otro, las naciones que los poseen los reduzcan simultáneamente; que se prohíban las armas atómicas; que, por último, todos los pueblos, en virtud de un acuerdo, lleguen a un desarme simultáneo, controlado por mutuas y eficaces garantías.» «[...] en nuestra época, que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado.»

La humanidad atormentada está marcada por la guerra, pero también por el sufrimiento, la enfermedad. En el día de Navidad de 1958 el Hospital Bambino Gesù acoge al Papa Juan XXIII. Es el primer Pontífice que sube al Gianicolo para visitar “su hospital”. Durante esa visita, el Papa Roncalli saluda y bendice a los pequeños pacientes. En una de las últimas habitaciones un niño le cuenta al Papa que se llama Emanuele. “Así es – afirma Juan XXIII – un nombre que resume la solemnidad actual. Esto significa: Dios con nosotros”.

 



  1. Pablo VI y la Populorum Progressio

El 1968, en Italia, es un año marcado, en el mundo del trabajo, por fuertes tensiones sociales. En ese año el Papa Pablo VI celebra la Misa de Navidad entre los trabajadores. El Pontífice visita la acería de Taranto para sanar una separación: la que existe entre la clase obrera y la Iglesia. El telón de fondo, casi navideño, es la acería, que el periódico de la Santa Sede, "L'Osservatore Romano", define como "la nueva cabaña de la era tecnológica". En su homilía, el Papa Montini se dirige a los trabajadores, instándolos a mirar hacia "el Cristo del Evangelio": "Trabajadores, que nos escucháis: Jesús, el Cristo, está con vosotros".

Os hablamos con el corazón. Os diremos una cosa muy sencilla, pero llena de significado. Y es esta: Nosotros tenemos dificultad en hablaros. Sentimos la dificultad en hacernos entender por vosotros. ¿O nosotros quizá no os comprendemos lo suficiente? Es un hecho que el discurso es para nosotros bastante difícil. Nos parece que entre vosotros y nosotros no hay un lenguaje común. Estáis inmersos en un mundo ajeno al que vivimos nosotros, hombres de Iglesia. ¡Vosotros pensáis y trabajáis de una manera muy diferente a la de la Iglesia! Os decíamos, saludándoos, que somos hermanos y amigos: ¿pero es eso realmente cierto? Porque todos nosotros percibimos esta evidencia: el trabajo y la religión, en nuestro mundo moderno, son dos cosas separadas, distantes, a menudo incluso opuestas. Hubo un tiempo en que no era así.

La encíclica Populorum progresio

Con Pablo VI hace su entrada en los documentos del Magisterio el tema del desarrollo en la encíclica “Populorum progessio” haciendo hincapié en la necesidad de que ese desarrollo sea de toda la persona y de todos los hombres. El pontificado de Pablo VI consolidando las directrices del Vaticano III, acabó con el conservadurismo bimilenario de la Iglesia romana y movilizó una gran apertura y cambio.

Es en el periodo de Pablo VI, que también se establece y desarrolla lo que sería el Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz. A este respecto es muy iluminador el documento titulado: “Compendio de la doctrina social de la Iglesia” (CDS) promulgado por el Consejo Pontificio justicia y Paz. En él se resumen los temas más esenciales al alba del tercer milenio, la necesidad de un humanismo integral al servicio de la verdad bajo el signo de la solidaridad, el respeto de la dignidad de la persona humana y de los derechos humanos, el principio del bien común y el destino universal de los bienes. Destacan los valores fundamentales de la vida social: la verdad, la libertad, la justicia. El valor del trabajo humano y principios que regulen la vida económica. Termina hablando de la comunidad política al servicio de la sociedad civil. Por último se habla de la comunidad internacional y la cooperación internacional para el desarrollo y del cuidado del medio ambiente.

La Iglesia favorece el camino hacia una auténtica comunidad internacional, que ha asumido una dirección precisa mediante la institución de la Organización de las Naciones Unidas en 1945. Esta organización «ha contribuido a promover notablemente el respeto de la dignidad humana, la libertad de los pueblos y la exigencia del desarrollo, preparando el terreno cultural e institucional sobre el cual construir la paz». 

La doctrina social, en general, considera positivo el papel de las Organizaciones intergubernamentales, en particular de las que actúan en sectores específicos, si bien ha expresado reservas cuando afrontan los problemas de forma incorrecta. El Magisterio recomienda que la acción de los Organismos internacionales responda a las necesidades humanas en la vida social y en los ambientes relevantes para la convivencia pacífica y ordenada de las Naciones y de los pueblos. (CDS 440)

La solicitud por lograr una ordenada y pacífica convivencia de la familia humana impulsa al Magisterio a destacar la exigencia de instituir «una autoridad pública universal reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos». En el curso de la historia, no obstante los cambios de perspectiva de las diversas épocas, se ha advertido constantemente la necesidad de una autoridad semejante para responder a los problemas de dimensión mundial que presenta la búsqueda del bien común: es esencial que esta autoridad sea el fruto de un acuerdo y no de una imposición, y no se entienda como un «super-estado global ».

Una autoridad política ejercida en el marco de la Comunidad Internacional debe estar regulada por el derecho, ordenada al bien común y ser respetuosa del principio de subsidiaridad: «No corresponde a esta autoridad mundial limitar la esfera de acción o invadir la competencia propia de la autoridad pública de cada Estado. Por el contrario, la autoridad mundial debe procurar que en todo el mundo se cree un ambiente dentro del cual no sólo los poderes públicos de cada Nación, sino también los individuos y los grupos intermedios, puedan con mayor seguridad realizar sus funciones, cumplir sus deberes y defender sus derechos».(CDS 441)

Una política internacional que tienda al objetivo de la paz y del desarrollo mediante la adopción de medidas coordinadas, es más que nunca necesaria a causa de la globalización de los problemas. El Magisterio subraya que la interdependencia entre los hombres y entre las Naciones adquiere una dimensión moral y determina las relaciones del mundo actual en el ámbito económico, cultural, político y religioso. En este contexto es de desear una revisión de las Organizaciones internacionales; es éste un proceso que «supone la superación de las rivalidades políticas y la renuncia a la voluntad de instrumentalizar dichas organizaciones, cuya razón única debe ser el bien común», con el objetivo de conseguir «un grado superior de ordenamiento internacional ».

En particular, las estructuras intergubernamentales deben ejercitar eficazmente sus funciones de control y guía en el campo de la economía, ya que el logro del bien común es hoy en día una meta inalcanzable para cada uno de los Estados, aun cuando posean un gran dominio en términos de poder, riqueza, fuerza política. Los Organismos internacionales deben, además, garantizar la igualdad, que es el fundamento del derecho de todos a la participación en el proceso de pleno desarrollo, respetando las legítimas diversidades. (CDS 442)

El Magisterio valora positivamente el papel de las agrupaciones que se han ido creando en la sociedad civil para desarrollar una importante función de formación y sensibilización de la opinión pública en los diversos aspectos de la vida internacional, con una especial atención por el respeto de los derechos del hombre, como lo demuestra « el número de asociaciones privadas, algunas de alcance mundial, de reciente creación, y casi todas comprometidas en seguir con extremo cuidado y loable objetividad los acontecimientos internacionales en un campo tan delicado ».

Los Gobiernos deberían sentirse animados a la vista de este esfuerzo, que busca poner en práctica los ideales que inspiran la comunidad internacional, «especialmente a través de los gestos concretos de solidaridad y de paz de tantas personas que trabajan en las organizaciones no gubernativas (ONG) y en los Movimientos en favor de los derechos humanos ». (CDS 443)

La solución al problema del desarrollo requiere la cooperación entre las comunidades políticas particulares: «Las Naciones, al hallarse necesitadas las unas de ayudas complementarias y las otras de ulteriores perfeccionamientos, sólo podrán atender a su propia utilidad mirando simultáneamente al provecho de los demás. Por lo cual es de todo punto preciso que los Estados se entiendan bien y se presten ayuda mutua». El subdesarrollo parece una situación imposible de eliminar, casi una condena fatal, si se considera que éste no es sólo fruto de decisiones humanas equivocadas, sino también resultado de «mecanismos económicos, financieros y sociales» y de «estructuras de pecado» que impiden el pleno desarrollo de los hombres y de los pueblos.

Estas dificultades, sin embargo, deben ser afrontadas con determinación firme y perseverante, porque el desarrollo no es sólo una aspiración, sino un derecho que, como todo derecho, implica una obligación: «La cooperación al desarrollo de todo el hombre y de cada hombre es un deber de todos para con todos y, al mismo tiempo, debe ser común a las cuatro partes del mundo: Este y Oeste, Norte y Sur ». En la visión del Magisterio, el derecho al desarrollo se funda en los siguientes principios: unidad de origen y destino común de la familia humana; igualdad entre todas las personas y entre todas las comunidades, basada en la dignidad humana; destino universal de los bienes de la tierra; integridad de la noción de desarrollo; centralidad de la persona humana; solidaridad. (CDS 446)

La doctrina social induce a formas de cooperación capaces de incentivar el acceso al mercado internacional de los países marcados por la pobreza y el subdesarrollo: «En años recientes se ha afirmado que el desarrollo de los países más pobres dependía del aislamiento del mercado mundial, así como de su confianza exclusiva en las propias fuerzas. La historia reciente ha puesto de manifiesto que los países que se han marginado han experimentado un estancamiento y retroceso; en cambio, han experimentado un desarrollo los países que han logrado introducirse en la interrelación general de las actividades económicas a nivel internacional.

Parece, pues, que el mayor problema está en conseguir un acceso equitativo al mercado internacional, fundado no sobre el principio unilateral de la explotación de los recursos naturales, sino sobre la valoración de los recursos humanos». Entre las causas que en mayor medida concurren a determinar el subdesarrollo y la pobreza, además de la imposibilidad de acceder al mercado internacional, se encuentran el analfabetismo, las dificultades alimenticias, la ausencia de estructuras y servicios, la carencia de medidas que garanticen la asistencia básica en el campo de la salud, la falta de agua potable, la corrupción, la precariedad de las instituciones y de la misma vida política. Existe, en muchos países, una conexión entre la pobreza y la falta de libertad, de posibilidades de iniciativa económica, de administración estatal capaz de predisponer un adecuado sistema de educación e información. (CDS 447)

El espíritu de cooperación internacional requiere que, por encima de la estrecha lógica del mercado, se desarrolle la conciencia del deber de solidaridad, de justicia social y de caridad universal, porque existe «algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad».

La cooperación es la vía en la que la Comunidad Internacional en su conjunto debe comprometerse y recorrer «según una concepción adecuada del bien común con referencia a toda la familia humana ». De ella derivarán efectos muy positivos, por ejemplo, un aumento de confianza en las potencialidades de las personas pobres y, por tanto, de los países pobres y una equitativa distribución de los bienes. (CDS 448)

Al comienzo del nuevo milenio, la pobreza de miles de millones de hombres y mujeres es «la cuestión que, más que cualquier otra, interpela nuestra conciencia humana y cristiana». La pobreza manifiesta un dramático problema de justicia: la pobreza, en sus diversas formas y consecuencias, se caracteriza por un crecimiento desigual y no reconoce a cada pueblo el «igual derecho a “sentarse a la mesa del banquete común”». Esta pobreza hace imposible la realización de aquel humanismo pleno que la Iglesia auspicia y propone, a fin de que las personas y los pueblos puedan «ser más» y vivir en «condiciones más humanas».

La lucha contra la pobreza encuentra una fuerte motivación en la opción o amor preferencial de la Iglesia por los pobres. En toda su enseñanza social, la Iglesia no se cansa de confirmar también otros principios fundamentales: primero entre todos, el destino universal de los bienes. Con la constante reafirmación del principio de la solidaridad, la doctrina social insta a pasar a la acción para promover « el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos». El principio de solidaridad, también en la lucha contra la pobreza, debe ir siempre acompañado oportunamente por el de subsidiaridad, gracias al cual es posible estimular el espíritu de iniciativa, base fundamental de todo desarrollo socioeconómico, en los mismos países pobres: a los pobres se les debe mirar « no como un problema, sino como los que pueden llegar a ser sujetos y protagonistas de un futuro nuevo y más humano para todo el mundo ». (CDS 449) 



 

  1. Juan Pablo II y los primeros pasos del hombre en el tercer milenio

El histórico pasaje de la humanidad entre dos milenios se condensa en una imagen impresa en la memoria colectiva: la apertura de la Puerta Santa el 24 de diciembre de 1999. Es el día en el que el Papa Juan Pablo II cruza simbólicamente el umbral del tercer milenio. En ese momento, el tiempo resuena con un timbre singular: “no es solo el recuerdo del nacimiento del Redentor, es el inicio solemne del Gran Jubileo”. La humanidad, marcada por heridas profundas como guerras e injusticias, se aferra a una esperanza, a una Persona. Nadie quede excluido del abrazo del Padre.

¡Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo! En el umbral del tercer milenio, la Iglesia te saluda, Hijo de Dios, que viniste al mundo para vencer a la muerte. Viniste para iluminar la vida humana mediante el Evangelio. La Iglesia te saluda y junto contigo quiere entrar en el tercer milenio. Tú eres nuestra esperanza. Sólo Tú tienes palabras de vida eterna. …Sé para nosotros la Puerta que nos introduce en el misterio del Padre. ¡Haz que nadie quede excluido de su abrazo de misericordia y de paz!

La encíclica Centesimus annus

Juan Pablo II, fuertemente marcado por su experiencia en Polonia, publicó diversas encíclicas sobre temas sociales. La Laborens exercens presenta una espiritualidad y una moral propias del trabajo que realiza el cristiano. La Sollicitudo rei socialis retoma el tema del progreso y el desarrollo íntegros de las personas (publicada con motivo de los veinte años de la publicación de la Populorum progressio). Finalmente la Centessimus annus, con motivo del centenario de la publicación de la Rerum novarum, se detiene en la noción de solidaridad, que permite encontrar un hilo conductor a través de toda la enseñanza social de la Iglesia.

Juan Pablo II pidió en la ONU en un mensaje por la Jornada Mundial de la Paz. Juan Pablo pidió una nueva organización de las naciones y una carta de los deberes de los Estados respecto de los derechos humanos universales: “Llegó el momento en el que todos deben colaborar en una nueva organización de la familia humana, para asegurar la paz entre los pueblos y promover su progreso integral”. “No es cuestión de constituir un súper Estado global, lo que quiero subrayar es la urgencia de acelerar los progresos en curso para responder a la demanda de métodos democráticos en el ejercicio de la autoridad política, a nivel nacional e internacional, y para responder a la exigencia de transparencia y credibilidad a todos los niveles de la vida pública”.

Juan Pablo II sostuvo en su mensaje que la posibilidad de una autoridad pública internacional al servicio de los derechos humanos había sido planteada hace ya 40 años por Juan XXIII en su encíclica “Pacem in terris”, y que aún no pudo concretarse. El objetivo de fondo es la necesidad de afirmar “un nuevo orden moral internacional”. Hemos asistido en los últimos años a un notable progreso”, ejemplificado por el hecho de que “los Estados, en casi todas partes del mundo, se sienten obligados a respetar la idea de los derechos humanos”. No se trata, aclaró, de crear una nueva ONU, sino un modo diferente de ejercer la actividad política internacional que, como toda actividad humana, nunca está desvinculada de la necesaria moralidad.

La llamada a una nueva evangelización

La nueva evangelización encierra todo un cambio de paradigma, un nuevo modo de ser, nuevos evangelizadores (que atañe a todo bautizado), nueva no tanto en contenidos sino nueva en los métodos, ardor y expresiones, lenguajes.

Discípulos misioneros para una nueva evangelización

La nueva evangelización no debe ser entendida como segunda o posterior en orden cronológico sino una evangelización nueva, de otro estilo, de otra calidad, de otro orden, en otra línea. No puede haber evangelizadores nuevos sin estructuras nuevas, una Iglesia nueva. La nueva evangelización debe constituir el primer proyecto a escala de Iglesia universal. La nueva evangelización requiere la participación de todos. La nueva evangelización requiere la participación de todos, o, la hace la Iglesia entera o no se hará. La nueva evangelización hace una Iglesia nueva. De ahí que sea el proyecto necesario y urgente para todas partes y para todos. La llamada evangelizadora es despertadora del papel del laicado, nuevas vocaciones, nuevos carismas, nuevos ministerios, nuevos movimientos. Una misión no entendida solo ad-gentes sino inter-gentes en medio de este mundo secular.

Toda la Iglesia es secular, tiene una dimensión secular. No es una Iglesia en sí y para sí sino al servicio del mundo y para el mundo. Pertenece al mundo y hace presente en el mundo el reino de Dios. Esta dimensión secular es vivida por los diferentes miembros de la Iglesia. Los laicos son llamados tanto en su modo de vivir como en su actuación a visibilizar el reino de Dios. El mundo es para ellos el lugar propio y su específico lugar eclesial. Somos todos enviados a transformar el mundo en un hogar para todos. La vocación misionera universal arranca del propio bautismo. Se trata de una evangelización integral de múltiples dimensiones que conlleva la comunión (dimensión real: koinonía-diakonía), el testimonio (dimensión profética: martiría), la liturgia (dimensión sacerdotal: leiturgía)

 

 



 

  1. Benedicto XVI, la cuestión de los migrantes y el espacio para Dios

Hay una humanidad que busca un futuro mejor, que huye de miseria y persecuciones. Es el pueblo de los migrantes. Después de un largo y cansado viaje de Nazaret a Belén, José y María ven nacer al Mesías en un pesebre, porque no había sitio para ellos en otro lugar. ¿Si María y José llamaran a nuestra puerta, habría lugar para ellos? Esta pregunta, planteada por el Papa Benedicto XVI, durante la Santa Misa el 24 de diciembre de 2012, se convierte en una exhortación a la oración “para que se cree en nuestro interior un espacio” para el Señor. “Y para que, de este modo, podamos reconocerlo también en aquellos a través de los cuales se dirige a nosotros: en los niños, en los que sufren, en los abandonados, los marginados y los pobres de este mundo”

Así que la gran cuestión moral de lo que sucede entre nosotros a propósito de los prófugos, los refugiados, los emigrantes, alcanza un sentido más fundamental aún: ¿Tenemos un puesto para Dios cuando él trata de entrar en nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para él? ¿No es precisamente a Dios mismo al que rechazamos? Y así se comienza porque no tenemos tiempo para Dios. Cuanto más rápidamente nos movemos, cuanto más eficaces son los medios que nos permiten ahorrar tiempo, menos tiempo nos queda disponible. ¿Y Dios? Lo que se refiere a él, nunca parece urgente. Nuestro tiempo ya está completamente ocupado.

La encíclica Deus caritas est

El Papa Benedicto XVI pidió, en su primer mensaje navideño "Urbi et Orbi", que la humanidad se una contra la pobreza, los desastres medioambientales y el terrorismo, creando un nuevo "orden mundial" basado en la paz y la justicia social. "Una humanidad unida podrá afrontar los muchos problemas preocupantes de la actualidad: desde la amenaza del terrorismo a la pobreza humillante en la que viven millones de seres humanos, desde la proliferación de armas hasta las pandemias y la destrucción medioambiental que amenaza el futuro del planeta", dijo el Pontífice frente a varias decenas de miles de peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro y a millones que siguieron, en más de 40 países, la tradicional bendición en directo por televisión.

El Papa Benedicto XVI, instó a no permitir que los avances tecnológicos ensombrezcan los verdaderos valores humanos. El Papa dijo que se debía tomar como ejemplo al niño Jesús para superar las dificultades y los miedos. "No tengáis miedo: ¡poned su fe en él! El poder que da vida de su luz es el incentivo para construir un nuevo orden mundial basado en relaciones económicas y éticas justas". El Pontífice destacó los peligros de la tecnología y el progreso, señalando que no deben convertirse en un dios. "En el milenio que acaba de terminar, y especialmente en los últimos siglos, se ha realizado un inmenso progreso en materia de tecnología y ciencia. Hoy en día disponemos de vastos recursos materiales. Pero los hombres y mujeres de nuestra era tecnológica se arriesgan a convertirse en víctimas de sus propios logros intelectuales y tecnológicos, acabando con aridez espiritual y el corazón vacío, por eso es tan importante que abramos nuestras mentes y corazones al nacimiento de Cristo, este acontecimiento de salvación que puede dar nuevas esperanzas a la vida de cada ser humano”.

El Sumo Pontífice también hizo referencia a la situación internacional y entregó un mensaje de esperanza a las zonas con conflictos. "Que Dios le dé valor a la gente de buena voluntad en la Tierra Santa, en Irak, en Líbano, donde las señales de esperanza, que no faltan, tienen que ser confirmadas por acciones inspiradas por justicia y sabiduría", dijo. También abogó para que se "favorezca los procesos de diálogo en la Península Coreana y en otras partes de los países asiáticos, a fin de que se superen las divergencias peligrosas y, con espíritu amistoso, se alcancen los logros de paz que tanto esperan sus pobladores". El Papa dijo que "Dios, que se hizo hombre por amor de la humanidad, apoya a los que en África actúan a favor de la paz y el desarrollo integral", citando en especial "a Darfur y otras regiones de África central".

Además, exhortó a los pueblos de América Latina a vivir en paz y armonía. La prensa destacó que el estilo empleado por el nuevo Papa para su discurso, en prosa, como una misa o discurso normal, fue distinto al empleado por el fallecido Juan Pablo II, quien pronunciaba los mensajes navideños en verso de estilo libre, más parecido a la poesía. En enero publicó su primera encíclica, "Dios es Amor". En la encíclica trata de poner en relación el amor a Dios con el amor a los hermanos. El amor es lo que debe regir la relación entre los hombres a todos los niveles.

También el Papa Benedicto intervino en la ONU diciendo que es particularmente importante el respeto de los compromisos y de los acuerdos asumidos con los países pobres, con los cuales la distancia del respeto de los derechos humanos “debe ser urgentemente reducida y por último superada. En esta perspectiva, la falta de adecuación a los compromisos asumidos con las naciones en vías de desarrollo constituye una cuestión moral y pone a la luz la injusticia de las desigualdades existentes en el mundo”.

Aunque en estos 40 años hubo progresos, “se deben registrar frecuentes dudas de parte de la comunidad internacional en el deber de respetar y aplicar los derechos humanos, que se extiende a todos los derechos fundamentales y no permite elecciones arbitrarias, que llevarían a realizar formas de discriminación e injusticia”.

El tema de Medio Oriente ocupó un capítulo especial en el documento del Papa, que sostuvo que “un progreso real para la paz en esa región será posible sólo cuando los dirigentes sean capaces de rever su gestión del poder”. La meta de la paz en Tierra Santa hasta ahora fue imposible de cumplir por el “rechazo recíproco y por el choque de intereses de la comunidad internacional, Medio Oriente es quizás el lugar del mundo donde más se advierte la necesidad de un uso correcto de la autoridad política”.

“Día tras día y año tras año el efecto acumulativo de un exasperado rechazo recíproco, con una cadena infinita de violencias y venganzas, destrozó todo intento de iniciar un diálogo serio. La precariedad de la situación se volvió más dramática por el choque de intereses existente entre los miembros de la comunidad internacional.”

 



 

  1. Francisco, llevar la esperanza donde se ha perdido

Jesús nace por nosotros, por cada hombre y mujer. Nace, también y sobre todo, entre las miserias y las periferias existenciales. La Navidad del 2024 está marcada por la apertura de la Puerta Santa y el inicio del Año Santo de la Esperanza. En la Misa, en la solemnidad de la Natividad del Señor, el Papa Francisco exhorta a los cristianos a comprometerse para transformar el mundo.

Todos nosotros tenemos el don y la tarea de llevar esperanza allí donde se ha perdido; allí donde la vida está herida, en las expectativas traicionadas, en los sueños rotos, en los fracasos que destrozan el corazón; en el cansancio de quien no puede más, en la soledad amarga de quien se siente derrotado, en el sufrimiento que devasta el alma; en los días largos y vacíos de los presos, en las habitaciones estrechas y frías de los pobres, en los lugares profanados por la guerra y la violencia. Llevar esperanza allí, sembrar esperanza allí.

El Papa invita a una nueva conciencia y un nuevo orden mundial que garantice un verdadero desarrollo integral y solidario. “En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de «salud reproductiva». Pero, «si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario» (Laudato si 50)

Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia. (LS 52). El Papa hace una llamada de atención a la debilidad de la reacción política internacional (LS 53) El problema ecológico de deterioro del planeta nos afecta a todos y pide una respuesta global.

La Encíclica Fratelli Tutti

La encíclica pretende promover una aspiración mundial a la fraternidad y la amistad social. A partir de una pertenencia común a la familia humana, del hecho de reconocernos como hermanos porque somos hijos de un solo Creador, todos en la misma barca y por tanto necesitados de tomar conciencia de que en un mundo globalizado e interconectado sólo podemos salvarnos juntos. Un motivo inspirador citado varias veces es el Documento sobre la Fraternidad humana firmado por Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar en febrero de 2019.

La fraternidad debe promoverse no sólo con palabras, sino con hechos. Hechos que se concreten en la “mejor política”, aquella que no está sujeta a los intereses de las finanzas, sino al servicio del bien común, capaz de poner en el centro la dignidad de cada ser humano y asegurar el trabajo a todos, para que cada uno pueda desarrollar sus propias capacidades. Una política que, lejos de los populismos, sepa encontrar soluciones a lo que atenta contra los derechos humanos fundamentales y que esté dirigida a eliminar definitivamente el hambre y la trata. Al mismo tiempo, el Papa Francisco subraya que un mundo más justo se logra promoviendo la paz, que no es sólo la ausencia de guerra, sino una verdadera obra “artesanal” que implica a todos. Ligadas a la verdad, la paz y la reconciliación deben ser “proactivas”, apuntando a la justicia a través del diálogo, en nombre del desarrollo recíproco. De ahí deriva la condena del Pontífice a la guerra, “negación de todos los derechos” y que ya no es concebible, ni siquiera en una hipotética forma “justa”, porque las armas nucleares, químicas y biológicas tienen enormes repercusiones en los civiles inocentes.

Debemos de promover una cultura de la vida, de respeto a la vida, de cuidado de la vida de todos y de toda la vida, buscando la promoción de la vida de una forma integral. Hemos de rechazar la pena de muerte, definida como “inadmisible” porque “siempre será un crimen matar a un hombre”, y central es la llamada al perdón, conectada al concepto de memoria y justicia: perdonar no significa olvidar, escribe el Pontífice, ni renunciar a defender los propios derechos para salvaguardar la propia dignidad, un don de Dios. En el trasfondo de la Encíclica está la pandemia de Covid-19.“Cuando estaba redactando esta carta, irrumpió de manera inesperada”. Pero la emergencia sanitaria mundial ha servido para demostrar que “nadie se salva solo” y que ha llegado el momento de que “soñemos como una única humanidad” en la que somos “todos hermanos” (FT 7-8).

Los problemas globales requieren una acción global, no a la “cultura de los muros”

Abierta por una breve introducción y dividida en ocho capítulos, la Encíclica recoge –muchas de sus reflexiones sobre la fraternidad y la amistad social, pero colocadas “en un contexto más amplio” y complementadas por “numerosos documentos y cartas” enviados a Francisco por “tantas personas y grupos de todo el mundo” (FT 5). En el primer capítulo, “Las sombras de un mundo cerrado”, el documento se centra en las numerosas distorsiones de la época contemporánea: la manipulación y la deformación de conceptos como democracia, libertad o justicia; la pérdida del sentido de lo social y de la historia; el egoísmo y la falta de interés por el bien común; la prevalencia de una lógica de mercado basada en el lucro y la cultura del descarte; el desempleo, el racismo, la pobreza; la desigualdad de derechos y sus aberraciones, como la esclavitud, la trata, las mujeres sometidas y luego obligadas a abortar, y el tráfico de órganos (FT 10-24). Se trata de problemas globales que requieren acciones globales, enfatiza el Papa, dando la alarma también contra una “cultura de los muros” que favorece la proliferación de mafias, alimentadas por el miedo y la soledad (FT 27-28). Además, hoy en día, hay un deterioro de la ética (FT 29) a la que contribuyen, en cierto modo, los medios de comunicación de masas que hacen pedazos el respeto por el otro y eliminan todo pudor, creando círculos virtuales aislados y autorreferenciales, en los que la libertad es una ilusión y el diálogo no es constructivo (FT 42-50).

El amor construye puentes

A pesar de las muchas sombras, sin embargo, la Encíclica responde con un ejemplo luminoso, un presagio de esperanza: el ejemplo del Buen Samaritano. El segundo capítulo, “Un extraño en el camino”, está dedicado a esta figura, y en él el Papa destaca que, en una sociedad enferma que da la espalda al dolor y es “analfabeta” en el cuidado de los débiles y frágiles (FT 64-65), todos estamos llamados – al igual que el buen samaritano – a estar cerca del otro (FT 81), superando prejuicios, intereses personales, barreras históricas o culturales. Todos, de hecho, somos corresponsables en la construcción de una sociedad que sepa incluir, integrar y levantar a los que han caído o están sufriendo (FT 77). El amor construye puentes y estamos “hechos para el amor” (FT 88), añade el Papa, exhortando en particular a los cristianos reconocer a Cristo en el rostro de todos los excluidos (FT 85). El principio de la capacidad de amar según “una dimensión universal” (FT 83) se retoma también en el tercer capítulo, “Pensar y gestar un mundo abierto”: en él, Francisco nos exhorta a “salir de nosotros mismos” para encontrar en los demás “un crecimiento de su ser” (FT 88), abriéndonos al prójimo según el dinamismo de la caridad que nos hace tender a la “comunión universal” (FT 95). Después de todo la estatura espiritual de la vida humana está definida por el amor que es siempre “lo primero” y nos lleva a buscar lo mejor para la vida de los demás, lejos de todo egoísmo (FT 92-93).

Los derechos no tienen fronteras, es necesaria la ética en las relaciones internacionales

Una sociedad fraternal será aquella que promueva la educación para el diálogo con el fin de derrotar al “virus del individualismo radical” (FT 105) y permitir que todos den lo mejor de sí mismos. A partir de la tutela de la familia y del respeto por su “misión educativa primaria e imprescindible” (FT 114). Dos son, en particular, los “instrumentos” para lograr este tipo de sociedad: la benevolencia, es decir, el deseo concreto del bien del otro (FT 112), y la solidaridad que se ocupa de la fragilidad y se expresa en el servicio a las personas y no a las ideologías, luchando contra la pobreza y la desigualdad (FT 115). El derecho a vivir con dignidad no puede ser negado a nadie, dice el Papa, y como los derechos no tienen fronteras, nadie puede quedar excluido, independientemente de donde haya nacido (FT 121). Desde este punto de vista, el Papa recuerda también que hay que pensar en “una ética de las relaciones internacionales” (FT 126), porque todo país es también del extranjero y los bienes del territorio no pueden ser negados a los necesitados que vienen de otro lugar. Por lo tanto, el derecho natural a la propiedad privada será secundario respecto al principio del destino universal de los bienes creados (120).

La Encíclica también subraya de manera específica la cuestión de la deuda externa: sin perjuicio del principio de que debe ser pagada, se espera, sin embargo, que ello no comprometa el crecimiento y la subsistencia de los países más pobres (126).

El arte de la paz y la importancia del perdón

Reflexiona sobre el valor y la promoción de la paz, en cambio, el séptimo capítulo, “Caminos de reencuentro” en el que el Papa subraya que la paz está ligada a la verdad, la justicia y la misericordia. Lejos del deseo de venganza, es “proactiva” y tiene como objetivo formar una sociedad basada en el servicio a los demás y en la búsqueda de la reconciliación y el desarrollo mutuo (FT 227-229). En una sociedad, todos deben sentirse “en casa”. Por esta razón, la paz es un “oficio” que involucra y concierne a todos y en el que cada uno debe desempeñar su papel. La tarea de la paz no da tregua y no termina nunca, y por lo tanto es necesario poner a la persona humana, su dignidad y el bien común en el centro de toda acción (FT 230-232). Ligado a la paz está el perdón: se debe amar a todos sin excepción, dice la Encíclica, “pero amar a un opresor no es consentir que siga siendo así; tampoco es hacerle pensar que lo que él hace es aceptable”. Es más: los que sufren la injusticia deben defender con firmeza sus derechos para salvaguardar su dignidad, un don de Dios (FT 241-242). El perdón no significa impunidad, sino justicia y memoria, porque perdonar no significa olvidar, sino renunciar a la fuerza destructiva del mal y al deseo de venganza. No hay que olvidar nunca “horrores” como la Shoah, los bombardeos atómicos en Hiroshima y Nagasaki, las persecuciones y las masacres étnicas – exhorta el Papa –. Deben ser recordados siempre, una vez más, para no anestesiarnos y mantener viva la llama de la conciencia colectiva. Es igualmente importante recordar a los buenos, aquellos que han elegido el perdón y la fraternidad (FT 246-252).

¡Nunca más la guerra, fracaso de la humanidad!

Una parte del séptimo capítulo se detiene en la guerra: no es “un fantasma del pasado” – subraya Francisco – sino “una amenaza constante” y representa la “negación de todos los derechos”, “un fracaso de la política y de la humanidad”, “una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal”. Además, debido a las armas nucleares, químicas y biológicas que golpean a muchos civiles inocentes, hoy en día ya no podemos pensar, como en el pasado, en una posible “guerra justa”, sino que debemos reafirmar con firmeza “¡Nunca más la guerra!” Y considerando que estamos viviendo “una tercera guerra mundial en etapas”, porque todos los conflictos están conectados, la eliminación total de las armas nucleares es “un imperativo moral y humanitario”. Más bien – sugiere el Papa – con el dinero invertido en armamento, debería crearse un Fondo Mundial para eliminar el hambre (255-262).

 


 

  1. León XIV, la Navidad, una manifestación de luz. Llamada a la unidad y la paz

El Papa León XIV mandó un mensaje celebrando la Navidad. En la solemnidad de la Natividad del Señor son muchas y aún lacerantes las heridas que sacuden la humanidad. En el 2020, en un periodo marcado por la pandemia, el entonces obispo de Chiclayo y administrador apostólico de la diócesis de Callao en Perú, monseñor Robert Francis Prevost, enviaba un mensaje para la Navidad. Cuando todavía no se ve una conclusión de este tiempo marcado por la enfermedad y muchas muertes llega la fiesta de la esperanza. La Navidad es siempre “una fiesta de luz en la tierra”, también en los momentos que parecen dominados por la oscuridad.

En su mensaje Urbi et Orbi del 25 de diciembre, el Papa León XIV nos invita a reflexionar sobre el verdadero significado de la Navidad: la llegada de Jesús al mundo como luz, esperanza y paz para la humanidad. La liturgia de la Misa de medianoche celebra este acontecimiento con palabras que resuenan profundamente: “Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros”. Nos vamos a detener en los puntos que contiene su mensaje.

El Papa Leon XIV en su Mensaje Urbi et Orbi

Jesús, Nacimiento y Pobreza

El Papa recuerda que Jesús nació en un establo porque no había lugar para Él en el albergue. María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, un humilde comedero para animales. Este gesto revela que el Hijo de Dios, el Creador de todo, eligió la pobreza y la humildad por amor a la humanidad. Con su nacimiento, Jesús se identifica con los marginados, los excluidos y los que sufren, mostrando que la verdadera grandeza se encuentra en la solidaridad y el amor hacia los demás.

La paz como camino de responsabilidad

Según León XIV, Jesús es nuestra paz porque nos libera del pecado y nos enseña a vivir de manera responsable. La paz no es simplemente la ausencia de conflicto, sino el fruto de reconocer nuestras propias faltas, pedir perdón y comprometernos con los demás. Solo desde un corazón perdonado y lleno de amor es posible construir relaciones pacíficas y justas. Como dice el Papa, “Dios, que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros”.

Un llamado a la Paz Global

El mensaje del Papa no se limita a la espiritualidad individual; también es un llamado a la paz mundial. El Pontífice recuerda la situación de Medio Oriente (Gaza), Ucrania, América Latina, Myanmar, Sudán, Haití y otras regiones afectadas por conflictos, violencia y catástrofes naturales. Pide que los líderes políticos y la comunidad internacional trabajen por la reconciliación, el diálogo y la justicia, siempre con la inspiración del Niño Jesús.

Solidaridad con los más Necesitados

El Papa enfatiza la identificación de Cristo con quienes sufren: los pobres, los migrantes, los refugiados, los jóvenes desempleados, los explotados y los presos. Nos recuerda que abrir nuestro corazón a ellos es abrirlo al mismo Jesús, quien nos invita a compartir su paz y amor. En sus palabras: “El Nacimiento del Señor es el Nacimiento de la paz”.

Una Navidad de Esperanza

León XIV concluye su mensaje recordando que la Navidad nos ofrece un regalo permanente: Cristo hecho hombre, que viene a salvar, no a condenar. Su llegada no es efímera, sino para quedarse, sanar heridas y traer descanso al corazón humano. La invitación del Papa es clara: vivir la Navidad no solo como celebración, sino como compromiso concreto con la paz, la justicia y la fraternidad.

En el primer día del Nuevo Año 2026, el jueves 1 de enero, la Basílica de San Pedro volvió a ser el corazón palpitante de una súplica universal por la paz. En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y en el marco de la LIX Jornada Mundial de la Paz, el Santo Padre León XIV presidió la Santa Misa e invitó a la Iglesia y al mundo a redescubrir el inicio del año como un tiempo de renacimiento, libertad y esperanza, bajo la luz de una paz “desarmada y desarmante”.

Partiendo de la antigua bendición del libro de los Números "Que el Señor te bendiga y te proteja… y te conceda la paz", en su homilía el Papa subrayó que la Liturgia presenta el nuevo año como un camino abierto, en el que Dios vuelve hacia la humanidad “su mirada benévola”, tal como en los orígenes de la creación.

Recogemos a continuación el texto del Mensaje del Santo Padre León XIV para la LIX Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el 1 de enero de 2026 con el tema: «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y desarmante”».

Papa León XIV Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz

La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y desarmante” 

“¡La paz esté contigo!”.

Este antiquísimo saludo, que sigue siendo habitual en muchas culturas, en la tarde de Pascua se llenó de nuevo vigor en labios de Jesús resucitado. «¡La paz esté con ustedes!» ( Jn 20,19.21) es su palabra, que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad. Por eso, los sucesores de los Apóstoles dan voz cada día y en todo el mundo a la más silenciosa revolución: “¡La paz esté con ustedes!”. Desde la tarde de mi elección como Obispo de Roma he querido incorporar mi saludo en este anuncio coral. Y deseo reafirmarlo: «Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente». 

La paz de Cristo resucitado

El que venció a la muerte y derribó el muro que separaba a los seres humanos (cf. Ef 2,14) es el Buen Pastor, que da la vida por el rebaño y que tiene muchas ovejas que no son del redil (cf. Jn 10,11.16): Cristo, nuestra paz. Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos.

El contraste entre las tinieblas y la luz, en efecto, no es sólo una imagen bíblica para describir el parto del que está naciendo un mundo nuevo; es una experiencia que nos atraviesa y nos sorprende según las pruebas que encontramos, en las circunstancias históricas en las que nos toca vivir. Ahora bien, ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad. Se trata de una exigencia que los discípulos de Jesús están llamados a vivir de modo único y privilegiado, pero que, por muchos caminos, sabe abrirse paso en el corazón de cada ser humano. La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”. En este horizonte nos ha introducido el Resucitado. Con este presentimiento viven los que trabajan por la paz que, en el drama de lo que el Papa Francisco ha definido como “tercera guerra mundial a pedazos”, siguen resistiendo a la contaminación de las tinieblas, como centinelas de la noche.

Lamentablemente lo contrario —es decir, olvidar la luz— es posible; entonces se pierde el realismo, cediendo a una representación parcial y distorsionada del mundo, bajo el signo de las tinieblas y del miedo. Hoy no son pocos los que llaman realistas a las narraciones carentes de esperanza, ciegas ante la belleza de los demás, que olvidan la gracia de Dios que trabaja siempre en los corazones humanos, aunque estén heridos por el pecado. San Agustín exhortaba a los cristianos a entablar una amistad indisoluble con la paz, para que, custodiándola en lo más íntimo de su espíritu, pudieran irradiar en torno a sí su luminoso calor. Él, dirigiéndose a su comunidad, escribía así: «Tened la paz, hermanos. Si queréis atraer a los demás hacia ella, sed los primeros en poseerla y retenerla. Arda en vosotros lo que poseéis para encender a los demás». 

Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella. Es un principio que guía y determina nuestras decisiones. Incluso en los lugares donde sólo quedan escombros y donde la desesperación parece inevitable, hoy encontramos a quienes no han olvidado la paz. Así como en la tarde de Pascua Jesús entró en el lugar donde se encontraban los discípulos, atemorizados y desanimados, de la misma manera la paz de Cristo resucitado sigue atravesando puertas y barreras con las voces y los rostros de sus testigos. Es el don que permite que no olvidemos el bien, reconocerlo vencedor, elegirlo de nuevo juntos.

Una paz desarmada

Poco antes de ser arrestado, en un momento de gran intimidad, Jesús dijo a los que estaban con Él: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo». E inmediatamente agrega: «¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). La turbación y el temor podían referirse, ciertamente, a la violencia que pronto se abatiría sobre Él. Más profundamente, los Evangelios no esconden que lo que desconcertó a los discípulos fue su respuesta no violenta; un camino al que todos, empezando por Pedro, se opusieron, pero en el cual el Maestro pidió que lo siguieran hasta el final. El camino de Jesús sigue siendo motivo de turbación y de temor. Y Él repite con firmeza a quien quisiera defenderlo: «Envaina tu espada» (Jn 18,11; cf. Mt 26,52). La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas. Los cristianos, juntos, deben hacerse proféticamente testigos de esta novedad, recordando las tragedias de las que tantas veces se han hecho cómplices. La gran parábola del juicio universal invita a todos los cristianos a actuar con misericordia, siendo conscientes de ello (cf. Mt 25,31-46). Y, al hacerlo, encontrarán a su lado hermanos y hermanas que, por distintos caminos, han sabido escuchar el dolor ajeno y se han liberado interiormente del engaño de la violencia.

Aunque hoy no son pocas las personas de corazón dispuesto a la paz, un gran sentimiento de impotencia las invade ante el curso de los acontecimientos, cada vez más incierto. Ya san Agustín, en efecto, señalaba una paradoja particular: «Es más difícil alabar la paz que poseerla. En efecto, si queremos alabarla, deseamos las fuerzas para ello, buscamos los pensamientos y pesamos las palabras; por el contrario, si queremos poseerla, la tenemos y poseemos sin trabajo alguno». 

Cuando tratamos la paz como un ideal lejano, terminamos por no considerar escandaloso que se le niegue, e incluso que se haga la guerra para alcanzarla. Pareciera que faltan las ideas justas, las frases sopesadas, la capacidad de decir que la paz está cerca. Si la paz no es una realidad experimentada, para custodiar y cultivar, la agresividad se difunde en la vida doméstica y en la vida pública. En la relación entre ciudadanos y gobernantes se llega a considerar una culpa el hecho de que no se nos prepare lo suficiente para la guerra, para reaccionar a los ataques, para responder a las agresiones. Mucho más allá del principio de legítima defensa, en el plano político dicha lógica de oposición es el dato más actual en una desestabilización planetaria que va asumiendo cada día mayor dramatismo e imprevisibilidad. No es casual que los repetidos llamamientos a incrementar el gasto militar y las decisiones que esto conlleva sean presentados por muchos gobernantes con la justificación del peligro respecto a los otros. En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza. «La consecuencia —como ya escribía san Juan XXIII acerca de su tiempo— es clara: los pueblos viven bajo un perpetuo temor, como si les estuviera amenazando una tempestad que en cualquier momento puede desencadenarse con ímpetu horrible. No les falta razón, porque las armas son un hecho. Y si bien parece difícilmente creíble que haya hombres con suficiente osadía para tomar sobre sí la responsabilidad de las muertes y de la asoladora destrucción que acarrearía una guerra, resulta innegable, en cambio, que un hecho cualquiera imprevisible puede de improviso e inesperadamente provocar el incendio bélico». [4]

Pues bien, en el curso del 2024 los gastos militares a nivel mundial aumentaron un 9,4% respecto al año anterior, confirmando la tendencia ininterrumpida desde hace diez años y alcanzando la cifra de 2.718 billones de dólares, es decir, el 2,5% del PIB mundial. Por si fuera poco, hoy parece que se quiera responder a los nuevos desafíos, no sólo con el enorme esfuerzo económico para el rearme, sino también con un reajuste de las políticas educativas; en vez de una cultura de la memoria, que preserve la conciencia madurada en el siglo XX y no olvide a sus millones de víctimas, se promueven campañas de comunicación y programas educativos, en escuelas y universidades, así como en los medios de comunicación, que difunden la percepción de amenazas y transmiten una noción meramente armada de defensa y de seguridad.

Sin embargo, «el verdadero amante de la paz ama también a los enemigos de ella». Así recomendaba san Agustín que no se destruyeran los puentes ni se insistiera en el registro del reproche, prefiriendo el camino de la escucha y, en cuanto sea posible, el encuentro con las razones de los demás. Hace sesenta años, el Concilio Vaticano II se concluía con la conciencia de un diálogo urgente entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. En particular, la Constitución Gaudium et spes centraba la atención en la evolución de la práctica bélica: «El riesgo característico de la guerra contemporánea está en que da ocasión a los que poseen las recientes armas científicas para cometer tales delitos y con cierta inexorable conexión puede empujar las voluntades humanas a determinaciones verdaderamente horribles. Para que esto jamás suceda en el futuro, los obispos de toda la tierra reunidos aquí piden con insistencia a todos, principalmente a los jefes de Estado y a los altos jefes del ejército, que consideren incesantemente tan gran responsabilidad ante Dios y ante toda la humanidad». 

Al reiterar el llamamiento de los Padres conciliares y estimando la vía del diálogo como la más eficaz a todos los niveles, constatamos cómo el ulterior avance tecnológico y la aplicación en ámbito militar de las inteligencias artificiales hayan radicalizado la tragedia de los conflictos armados. Incluso se va delineando un proceso de desresponsabilización de los líderes políticos y militares, con motivo del creciente “delegar” a las máquinas decisiones que afectan la vida y la muerte de personas humanas. Es una espiral destructiva, sin precedentes, del humanismo jurídico y filosófico sobre el cual se apoya y desde el que se protege cualquier civilización. Es necesario denunciar las enormes concentraciones de intereses económicos y financieros privados que van empujando a los estados en esta dirección; pero esto no basta, si al mismo tiempo no se fomenta el despertar de las conciencias y del pensamiento crítico. En la Encíclica Fratelli tutti, el Papa Francisco presenta a san Francisco de Asís como ejemplo de este despertar: «En aquel mundo plagado de torreones de vigilancia y de murallas protectoras, las ciudades vivían guerras sangrientas entre familias poderosas, al mismo tiempo que crecían las zonas miserables de las periferias excluidas. Allí Francisco acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir en armonía con todos». Es una historia que quiere continuar en nosotros, y que requiere que unamos esfuerzos para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica.

Una paz desarmante

La bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño. El misterio de la Encarnación, que tiene su punto de mayor abajamiento en el descenso a los infiernos, comienza en el vientre de una joven madre y se manifiesta en el pesebre de Belén. «Paz en la tierra» cantan los ángeles, anunciando la presencia de un Dios sin defensas, del que la humanidad puede descubrirse amada solo cuidándolo (cf. Lc 2,13-14). Nada tiene la capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Y quizá es precisamente el pensar en nuestros hijos, en los niños y también en los que son frágiles como ellos, lo que nos conmueve profundamente (cf. Hch 2,37). A este respecto, mi venerado Predecesor escribía que «la fragilidad humana tiene el poder de hacernos más lúcidos respecto a lo que permanece o a lo que pasa, a lo que da vida y a lo que provoca muerte. Quizás por eso tendemos con frecuencia a negar los límites y a evadir a las personas frágiles y heridas, que tienen el poder de cuestionar la dirección que hemos tomado, como individuos y como comunidad».

San Juan XXIII introdujo por primera vez la perspectiva de un desarme integral, que sólo puede afirmarse mediante la renovación del corazón y de la inteligencia. Así escribía en Pacem in terris: «Todos deben, sin embargo, convencerse que ni el cese en la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental, el desarme general son posibles si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra. Esto, a su vez, requiere que esa norma suprema que hoy se sigue para mantener la paz se sustituya por otra completamente distinta, en virtud de la cual se reconozca que una paz internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio de las fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca. Nos confiamos que es éste un objetivo asequible. Se trata, en efecto, de una exigencia que no sólo está dictada por las normas de la recta razón, sino que además es en sí misma deseable en grado sumo y extraordinariamente fecunda en bienes». 

Un servicio fundamental que las religiones deben prestar a la humanidad que sufre es vigilar el creciente intento de transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas. Las grandes tradiciones espirituales, así como el recto uso de la razón, nos llevan a ir más allá de los lazos de sangre o étnicos, más allá de las fraternidades que sólo reconocen al que es semejante y rechazan al que es diferente. Hoy vemos cómo esto no se da por supuesto. Lamentablemente, forma cada vez más parte del panorama contemporáneo arrastrar las palabras de la fe al combate político, bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Los creyentes deben desmentir activamente, sobre todo con la vida, esas formas de blasfemia que opacan el Santo Nombre de Dios. Por eso, junto con la acción, es cada vez más necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas. En todo el mundo es deseable «que cada comunidad se convierta en una “casa de paz”, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón».  Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa.

Por otra parte, esto no debe distraer la atención de todos sobre la importancia que tiene la dimensión política. Quienes están llamados a responsabilidades públicas en las sedes más altas y cualificadas, procuren que «se examine a fondo la manera de lograr que las relaciones internacionales se ajusten en todo el mundo a un equilibrio más humano, o sea a un equilibrio fundado en la confianza recíproca, la sinceridad en los pactos y el cumplimiento de las condiciones acordadas. Examínese el problema en toda su amplitud, de forma que pueda lograrse un punto de arranque sólido para iniciar una serie de tratados amistosos, firmes y fecundos».  Es el camino desarmante de la diplomacia, de la mediación, del derecho internacional, tristemente desmentido por las cada vez más frecuentes violaciones de acuerdos alcanzados con gran esfuerzo, en un contexto que requeriría no la deslegitimación, sino más bien el reforzamiento de las instituciones supranacionales.

Hoy, la justicia y la dignidad humana están más expuestas que nunca a los desequilibrios de poder entre los más fuertes. ¿Cómo habitar un tiempo de desestabilización y de conflictos liberándose del mal? Es necesario motivar y sostener toda iniciativa espiritual, cultural y política que mantenga viva la esperanza, contrarrestando la difusión de actitudes fatalistas «como si las dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de estructuras independientes de la voluntad humana».  Porque, de hecho, «la mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores», a esta estrategia hay que oponer el desarrollo de sociedades civiles conscientes, de formas de asociacionismo responsable, de experiencias de participación no violenta, de prácticas de justicia reparadora a pequeña y gran escala. Ya lo señalaba con claridad León XIII en la Encíclica Rerum novarum: «La reconocida cortedad de las fuerzas humanas aconseja e impele al hombre a buscarse el apoyo de los demás. De las Sagradas Escrituras es esta sentencia: “Es mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno cae, será levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá quien lo levante!” (Qo 4,9-10). Y también esta otra: “El hermano, ayudado por su hermano, es como una ciudad fortificada” (Pr 18,19)». 

Que este sea un fruto del Jubileo de la Esperanza, que ha impulsado a millones de seres humanos a redescubrirse peregrinos y a comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder cumpliendo sus promesas: «Él será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. ¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor!» (Is 2,4-5).

Clausura del Jubileo, 6 de Enero 2026

En el ángelus del 1 de Enero, festividad de María Madre de Dios y Jornada por la Paz, el Papa exhortó a construir un año de paz desarmando el corazón de toda forma de violencia. Esta paz es un don del amor incondicional de Dios confiado a nuestra responsabilidad. En un mundo marcado por las guerras e injusticias hemos de esforzarnos por amar la paz y buscarla. Esto implica proteger el derecho de los más pobres, débiles y vulnerables.

En el ángelus del domingo 4 de Enero festividad de la Sagrada Familia, tras el altercado producido por la agresión de EEUU con Venezuela. El Papa hizo un llamamiento a superar la violencia y a emprender caminos de justicia y paz. Ante la situación en Venezuela denunció la flagrante violación de la Carta de la ONU y defendió la soberanía del pueblo para regir el país asegurando el estado de derecho inscrito en la Constitución respetando los derechos humanos.

En el rito de Clausura se procedió al cierre de la Puerta Santa. Durante el Año Santo han sido más de 33 millones de peregrinos d 185 países los que pasaron por las puertas en camino de conversión y reconciliación. Son muchos los peregrinos que acudieron a la Ciudad Santa, en el jubileo de los sacerdotes más de 7.000, en el jubileo de los jóvenes aproximadamente un millón de jóvenes peregrinaron todos ellos peregrinos de esperanza. La Puerta Santa del Vaticano ha sido la última en cerrarse. Pero las puertas de la Nueva Jerusalén, las puertas del corazón misericordioso permanecerán siempre abiertas. La gracia divina no se termina el corazón misericordioso de Dios permanece abierto para siempre. 

Durante la Misa de Clausura del Jubileo exhortó a ponerse en camino. Un mundo nuevo ha comenzado. Quizás sin estruendo ni hacer ruidos sin embargo esta brotando. Como los Magos, somos hombres en camino (homo viator), somos vidas guiadas y orientadas hacia Dios. Esto lo vivimos entre el asombro y estupor. Estamos aún en los comienzos de algo nuevo.

El Papa formula varias preguntas: ¿qué les movía a todos estos peregrinos?, ¿Qué han encontrado en la Iglesia? ¿hay vida en nuestra Iglesia? ¿Hay espacio para aquello que nace? ¿Dios nonos pone en camino. Hacia donde caminamos?

Al finalizar el Año jubilar diríamos que la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos es mucho más rica de lo que quizás podamos comprender. Sed de oración, sed de comunión, sed de conversión. El Jubileo 2025 ha sido un tiempo de gracia. El orden mundial se está transformando. Son muchos los retos y desafíos pendientes, la humanidad y la fraternidad se encuentran amenazadas y heridas en tantos hombres que sufren toda clase de injusticias. La falta de paz, el hambre, la miseria, el vacío existencial. Es manifiesta la falta de solidaridad en la brecha de bloques de países cada vez más ricos y otros mucho más pobres, la falta de atención no solo a las dificultades económicas sino existenciales. Los vínculos se debilitan, las generaciones se oponen, las dependencias se convierten en cadenas. Quedan temas candentes como la cuestión de la inteligencia artificial, el verdadero progreso integral y humano que está en juego con el progreso tecnológico. El camino no ha terminado se está tenuemente iniciando. El reino de los cielos sufre violencia. Es tiempo de recomenzar. No caigamos en la tentación de búsqueda de interés propios sacando provecho de todo reduciendo cualquier cosa a producto y al ser humano en consumidor. Preguntemonos: ¿seremos capaces de reconocer en el visitante un peregrino en el desconocido a un buscador, en el lejano a un vecino, en el diferente un compañero de viaje?

Finalmente en el ángelus del 6 de Enero, festividad de la Epifanía, después de clausurar el Año Santo del Jubileo de la Esperanza el Papa declaró que en lugar de las desigualdades haya equidad, que en vez de la industria de la guerra se afirme la artesanía de la paz. A pesar de las muchas tribulaciones, podemos tener esperanza, Dios viene a salvarnos. Solo lo que libera y salva viene de Dios y es epifanía de Dios. En Jesús ha manifestado la verdadera vida, aquel que no existe para sí mismo, sino abierto y en comunión. La invitación a la comunión no puede ser impuesta. No hay paz sin justicia. El Jubileo nos ha recordado esta justicia basada en la gratuidad. Es una llamada a redistribuir la tierra y los recursos, a devolver de lo que se tiene para responder a los deseos de Dios. La esperanza que anunciamos debe tener los pies en la tierra, que nos mueva a generar aquí una historia nueva. Este es el sueño de Dios que los extraños y los adversarios se conviertan en hermanos, que en lugar de las desigualdades haya equidad, que en vez de la industria de la guerra se afirme la artesanía de la paz. La iglesia está llamada a convertirse en un lugar de fraternidad, un laboratorio, un taller artesano de sinodalidad.

Es curioso que el Papa, justo después de la clausura, haya llamado en Consistorio extraordinario a los cardenales el 7 y 8 de enero para discernir lo que el Señor pide para el bien de su pueblo. El colegio cardenalicio después de una jornada de conversación en el espíritu marca las prioridades que constituirán las grandes líneas de su pontificado (el Papa prepara una nueva encíclica programática): avanzar en el camino de sinodalidad y la necesidad de la nueva evangelización.

 



 

14. LOS RETOS Y DESAFIOS DE LA NUEVA ERA

Esperanza de un mundo nuevo

El Papa León XIV en la celebración de la Misa de Navidad y contemplando el nacimiento de Jesús en un pesebre, ha expresado como este tiempo de crisis que vivimos es la oportunidad de nacer a una vida nueva inaugurando una época de paz. El mundo no se salva ni se levanta forjando espadas sino esforzándonos por acoger, perdonar y liberar a todos. El Jubileo que está por concluir es una invitación a mantener viva la esperanza. Cristo es el sol de justicia que no declina. Este tiempo de gracia nos ha abierto y enseñado un camino concreto para cultivar la esperanza de un mundo nuevo.

En la celebración de la jornada por la paz del 1 de enero, insistió que el primer paso es desde el encuentro con el que nos trae la paz convertir el convertir nuestros corazones a Dios para poder transformar los agravios en perdón, el dolor en consolación y los propósitos de virtud en buenas obras. La paz nace de un corazón desarmado que se deja perdonar, consolar y bendecir por Dios.

Construyamos un mundo de paz que ponga fin a la violencia. La paz la debemos irradiar empezando por nuestras casas, en las familias más vulnerables, entre los pueblos divididos por el odio y la guerra.

Un pueblo liberado, una humanidad en camino

El inicio del año es propuesto por León XIV como un tiempo de renacimiento, libertad y esperanza, bajo la luz de una paz “desarmada y desarmante”. La paz tan deseada es ofrecida por Cristo vencedor de la muerte. Esta paz debe ser mantenida y sostenida con una actitud responsable, la paz es fruto de la justicia y la caridad.

Toda transformación epocal empieza con una renovación a nivel personal. El tiempo de renacimiento surge a partir del encuentro con el Resucitado. Como propone en su mensaje en la jornada por la Paz, la comunidad cristiana se abre a una era nueva a partir del encuentro con Jesús resucitado. El encuentro con el que nos trae la paz realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad.  ¡Abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible.

Cristo es la piedra angular y el fundamento de la nueva humanidad redimida y liberada por su sangre. Cristo, nuestra paz. ¡Envainen las espadas! La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha. Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos.

El Papa León XIV retomando su mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, insistió en que Dios se presenta “desarmado y desarmante, desnudo, indefenso como un recién nacido en la cuna". "Y esto para enseñarnos que el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo".

Fortaleciendo los vínculos comunitarios              

El individuo pasa de ser un ser aislado a un yo construido a través de las relaciones intra trinitarias. Recibimos una vida que es amor y nos lleva a amar. La experiencia de fe comporta la vida. Somos comunión y existimos para la comunión. Uno se descubre entretejido en un organismo que es el Cuerpo de Cristo. El Cuerpo de Cristo, la Iglesia es un organismo vivo donde se vive una nueva existencia en Cristo.

Hemos de volver a fortalecer los vínculos empezando por la propia familia y de recuperar el sentido comunitario y el valor de la comunidad. La humanidad ha de concebirse como una gran familia donde se dé un verdadero reparto y distribución de bienes. Los primeros cristianos eran como el alma del mundo y todo lo ponían en común rompiendo las barreras de la marginación y la exclusión. Hemos de promover la integración de los sectores de marginación y exclusión social.

Creciendo en comunión en medio de fuerte oposición

El despertar del cristianismo se dio en un contexto de fuerte persecución. El contexto de ataque o persecución que hoy podemos experimentar los cristianos no debe de atemorizarnos, amedrentarnos. Las dificultades que hemos podido experimentar en este tiempo de pandemia y este tiempo de recuperación en este momento de crisis no debe de aislarnos. Este tiempo de dificultad lo debemos vivir como una oportunidad de una iglesia que no se refugia en sí misma. Todo lo contrario, una iglesia en salida que sale al encuentro de la necesidad de los hermanos.

Hemos de volver a recuperar la experiencia de vida y la unidad entre fe y vida. El tiempo que vivimos es de una gran desintegración. Hemos de volver a recuperar el diálogo entre la fe y el mudo, entre la fe y la cultura, pero de forma que no quedemos sumergidos por los valores del mundo.

La causa del ateísmo moderno no hay que ponerla solo en los factores externos sino en los factores internos (Cf GS 19). El atractivo del cristianismo primitivo era el valor testimonial y de atracción: mirar cómo se aman. Las divisiones entre los propios cristianos es un factor que acrecienta la incredulidad.

Creciendo en camino sinodal

Se ha de promover el camino sinodal en el ser iglesia y dar protagonismo a los laicos como los agentes transformadores de la sociedad comprometiéndose por el compromiso de la justicia, la igualdad, la unidad y la paz. El primer Concilio de Jerusalén es el primero entre “los antiguos consejos pre ecuménicos”, por lo cual es considerado por los católicos y ortodoxos como un prototipo y precursor de los Concilios Ecuménicos posteriores y una parte clave de la ética cristiana.

Desde los primeros momentos de la historia de la Iglesia, con la palabra sínodo son designadas las asambleas eclesiales convocadas en las diócesis para discernir, a la luz de la Palabra de Dios y bajo la iluminación del Espíritu Santo, aquellas cuestiones de tipo doctrinal, litúrgico o pastoral sobre las que era preciso tomar decisiones. El primer sínodo de Jerusalén abrió un camino para toda la Iglesia al haber defendido desde el primer momento la unidad, apoyándose en la fe y en la caridad. Hoy la Iglesia debe seguir siendo vínculo de unidad entre las distintas culturas y nacionalidades.

La celebración de los sínodos en la Iglesia nos permite elevar la mirada y volver el corazón a nuestros orígenes pues, como nos recuerda la Palabra de Dios, los cristianos, los seguidores de Jesús, eran reconocidos y designados desde los primeros momentos como “los discípulos del camino” (Hch 9, 2). Ellos eran los que, después de escuchar la llamada de Jesús, le seguían porque habían descubierto en Él el verdadero “Camino” y, en el seguimiento, acogían también sus enseñanzas.

En los tiempos del Concilio Vaticano II (1960) se vio la necesidad de una reforma en la iglesia y de una recepción de la modernidad con su perspectiva de libertad, derechos humanos, democracia, libertad religiosa, diálogo con otras Iglesias cristianas y con otras religiones, y así fue posible superar una eclesiología católica conservadora y exclusivista. Hoy, el camino sinodal en la Iglesia promovido por el papa Francisco va a ser una señal de esperanza para otras Iglesias locales, con el fin de que ellas mismas tengan el coraje de seguir adelante en la perspectiva de una Iglesia en salida, en servicio del Evangelio de Jesucristo y de una Iglesia en diálogo con el mundo para promover una convivencia en libertad, paz y justicia.

 


 

  1. REFLEXION SOBRE LA SITUACION PRESENTE DE LA IGLESIA 

La vida cristiana ha recorrido toda una serie de etapas en la historia de la Iglesia. Sobre cada etapa de la vida cristiana hay una epíclesis en su obra y en su realización. Lo que sucede sobre el altar en la eucaristía se debe contemplar en la comunión y la unidad de los que la celebran. Al principio se vivía esta unidad. ¿Que es lo que pasa hoy?

El cristianismo no es una ideología o religión de prácticas virtuosa nace de una experiencia viva de fe de encuentro con el Resucitado. El comienzo del cristianismo corresponde a una cosmovisión nueva, no es forma de una idea sino que se da de forma orgánica, de participación de comunión. La vida nueva nace del Espíritu que es comunión y produce una inteligencia nueva, una cultura nueva.

  1. El reto del tercer milenio de hoy. Otro cambio de paradigma

Hoy asistimos  de nuevo a la realidad trágica que ocurrió en otro tiempo en la Iglesia, la descristianización, la secularización. A lo largo de los siglos se ha producido una verdadera sustitución del cristianismo como una experiencia viva de fe a convertirse en una religión. En el pedestal de nuestra Iglesia hemos levantado el pedestal de un dios pagano. Hemos convertido el cristianismo en una religión y hemos tratado de explicarlo con el pensamiento humano.

La Vida del cristiano, la vida consagrada, la vida sacerdotal necesita un verdadero cambio de paradigma. El Vaticano II supuso un acontecimiento de verdadera renovación. Los modelos cristianos y de vida consagrada y de formación sacerdotal eran caducos y trasnochados.

Como resumen nuestra era precisa de una cosmovisión orgánica, el primado de la vida nueva de la comunión. Es el Espíritu que nos abre a la comunión como participación de la vida divina. El individuo no tiene acceso a la vida divina sino en participación, en relación. Se trata del paso del individuo a la comunión.

  1. Una Iglesia en camino de conversión

Este nuevo despertar solo será posible con hombres nuevos que se dejan renovar por el Espíritu. No nos abriremos a un mundo nuevo sin esta renovación interior. La vida se vive en permanente proceso de conversión.

Toda crisis es oportunidad de un cambio. Toda crisis es considerada como una visitación del Señor. La situación de desierto conlleva una bendición, la entrada en un nuevo horizonte donde reconstruir la vocación. La promesa de bendición se expresa por boca del profeta. Te llevaré al desierto y hablaré a tu corazón (Os 2, 16). Con amor eterno te he amado y he reservado gracia para ti. De nuevo te deificaré y serás edificada (Jer 31, 1-4)

No se llega a una obra totalmente acabada. En la vida interior avanzamos como por estadios de modo que a un abandono sigue otro y así sucesivamente. Avanzamos hasta llegar al momento definitivo del abandono final en las manos de Dios. Todas las etapas forman parte de un proceso de conversión (intelectual, moral, religiosa) que nos lleva a desechar los falsos ídolos y elegir y optar por el bien real. Hemos de saber relativizar valores que serían legítimos para optar por valores trascendentes de un orden mayor.

Se trata de una vida en conversión permanente, en permanente lucha o dialéctica entre el bien y el mal. Estas muertes, crisis son parte del proceso de crecimiento. Es necesario una clase de muerte para abrirnos a un nuevo nacimiento. La crisis o la prueba no busca tanto verificar si amamos a Dios cuanto si es Dios el amor de mi vida. A través de la prueba somos purificados. La prueba consigue crear espacios para que sean ocupados por Dios. Es necesario derribar los falsos apoyos para construir un estilo de vida más coherente y consistente con nuestra opción fundamental. A través de la crisis nos abrimos a una reestructuración de la propia personalidad.

  1. Sacerdotes nuevos para un mundo nuevo

El cambio de paradigma afecta a la comprensión y vivencia del sacerdocio. La crisis epocal ha generado una crisis de sentido, fruto del clericalismo, de la crisis de vocaciones que parecen abocarnos a un futuro sin salida. Los nuevos tiempos piden una transformación en la comprensión y vivencia del sacerdocio. El sacerdocio se ha comprendido encerrado en sí mismo bajo una élite de segregación y empoderamiento bajo un excesivo clericalismo. La crisis actual lo ha despojado del poder, títulos, honores, privilegios para vivir el seguimiento de Cristo siervo, para servir a todo el pueblo de Dios. Sacerdotes ministros de comunión que viven en comunión y para la comunión. El ministerio ordenado está al servicio del sacerdocio común de todo el pueblo de Dios. Discípulos misioneros que despiertan y animan la vocación misionera de todos los bautizados. El sacerdote debe ser hombre de la comunión que promueva una iglesia dialogal y tolerante, una iglesia diaconal, ministerial, sierva servidora, una iglesia martirial, testimonial y profética, una Iglesia apostólica y misionera de forma que todos los fieles vivan su dimensión misionera. Es la era de la participación del laicado como protagonistas de la nueva evangelización.

Ante la pérdida y superación de los modelos viejos imbuidos de poder, prestigio, triunfo, de las regalías del pasado (imperium christianum), un sacerdocio veterotestamentario asociado al culto, hemos de recuperar la dimensión ontológico-existencial del sacerdocio de Cristo, siervo y pastor. Participamos del único sacerdocio, el de Cristo. No podemos suplantar ni arrogarnos tal dignidad. Actuamos en nombre de Cristo, como ministros, administradores y dispensadores del misterio de Dios. A nosotros nos coloca no en primer lugar sino en el último lugar (2 Co 4,9). Supone un pasar de dominadores a siervos; de maestros dirigentes a hombres de Espíritu que escucha la voz de Espíritu que actúa en todos; de propietarios residentes a misioneros itinerantes. De una forma aislada de vivir el ministerio a una forma comunitaria. Hoy más que nunca se ha de recuperar la comunitariedad, colegialidad y fraternidad como una dimensión vital del ministerio ordenado. El ministerio es encomendado colegialmente y ha de vivirse en comunión fraterna con sus hermanos sacerdotes (presbiterio) y con todos

  1. Iglesia nueva para un mundo nuevo

La Iglesia como germen de un reino nuevo para un mundo nuevo. La identidad de la Iglesia como misterio de comunión y misión conlleva recuperar la única y común misión de la Iglesia. Pasar de estructuras de mantenimiento en guetos aislados y cerrados, segregados del mundo, a nuevas formas de estar presentes en el mundo. La Iglesia no puede ser comprendida como centro del mundo (autorreferencial) sino abierta y para el mundo (llevar el mensaje de salvación al mundo). Supone una Iglesia en salida hacia afuera y no hacia dentro. La autorreferencialidad acentúa la práctica sacramental la búsqueda de la salvación y santificación como méritos y prácticas externas. La Iglesia no está al servicio de ella misma sino de servir al mundo, para el que ha sido enviada. Iglesia debe estrechar puentes de diálogo como fermento de unidad, signo de fraternidad, cultura de solidaridad promoviendo la paz.

Lo que la Iglesia debe expresar como signo y sacramento es la comunión, fraternidad universal. La forma que mejor define y expresa la condición más profunda de la Iglesia es el ser y formar un solo corazón y un solo espíritu, vivir y luchar por la paz y la justicia, por la reconciliación entre los que se viven separados y divididos. La comunión es el signo y sacramento más fuerte del reino de Dios, es el nombre de la salvación. La Iglesia ha de ser la casa de puertas abiertas a todos (pasar de la exclusión a la inclusión). La Iglesia debe ser la casa común, el hogar, la familia donde todos se sientan hijos y hermanos. Que nadie se sienta extraño o rechazado sea cual sea su rango, raza o condición social. Que no haya acepción de personas ni favoritismos.

El drama de nuestro mundo y nuestra historia es un mundo roto. Esta ruptura tiene su raíz en el pecado, un hombre roto por el aislamiento (egocentrismo). La condición fundamental del hombre es la comunión. La persona no se realiza ni se santifica ni se salva aisladamente sino en comunión. Debe abrirse al Tu primordial, al otro tú y al nosotros. Se precisa salir de la egomanía para vivir en la koinonía. 

 
  1. REFLEXION SOBRE NUESTRO MUNDO

La situación geopolítica que atravesamos nos hace ver un cambio y transformación del orden mundial. A la crisis de Oriente Medio con toda la situación del conflicto de Israel en Gaza y sus derivaciones en el Líbano, Irán, Siria se le suma la situación aún no resuelta de la guerra en Ucrania y últimamente la agresión de EEUU del ataque a Venezuela con la extracción del presidente Nicolás Maduro y su esposa. El Presidente Trump anuncia posibles agresiones en otros países de América como Colombia, México y Cuba así como su deseo de anexionarse Groenlandia a cualquier precio. Se pone en entredicho el papel de la ONU o de la NATO ante injerencia y la violación del derecho internacional y de la soberanía de los pueblos. El orden mundial no se pude mantener sin el respeto al marco jurídico internacional y no pueden ser los interese macroeconómicos de las grandes potencias EEUU, Rusia y China lo que rija el destino de las naciones.

Pareciera que retrocediéramos en el tiempo y volviéramos al imperialismo y a la lucha hegemónica de los grandes imperios que parecen repartirse sus áreas de influencia. El imperio de EEUU con la pretensión de adueñarse desde Groenlandia hasta Latinoamérica, China al frente del continente asiático y Rusia queriendo recuperar el imperialismo de la URSS.

 El conflicto que va tomando una escalada mundial es asimétrico y de desgaste. El poder militar de EEUU, Rusia y China, como potencias nucleares se mantiene como la alternativa a occidente. El caos amenaza de lado a lado del planeta con una interdependencia sin precedentes, con la difusión de armas de destrucción masiva, con la proliferación de prácticas genocidas, con el consecuente impacto de las depredaciones ambientales. La desintegración de los estados y los regímenes democráticos amenazan con generar conflictos de difícil control y comprensión.

No puede haber progreso si no se respetan los derechos de las personas, y el derecho internacional, si se vulnera la libertad y el derecho de soberanía de los pueblos. Loa pueblos no pueden ser sometidos bajo el yugo de la tiranía del que tiene más poder y más fuerza. El desarrollo de la tecnología y la economía debe ponerse al servicio del bien integral de la persona.

Un antropólogo dijo que el signo de la primera civilización fue el hallazgo de un fémur herido que volvió a recuperarse signo que fue capaz de superarse y ponerse de pie con la ayuda de los suyos. Un signo de la verdadera civilización es el avance en solidaridad y fraternidad entre los pueblos.

Asistimos al desencanto del mundo que la postmodernidad prometía, vivimos la paradoja de un progreso que ha dejado atrás a gran parte de sectores excluidos y marginados, crece la distancia entre los países pobres y ricos, las grandes potencias parecen regir el destino del planeta.

Mas que nunca salen a la luz las cuestiones que el Papa Francisco se hacía en la encíclica Fratelli Tutti: ¿Cuáles son los grandes ideales y los caminos a recorrer para quienes quieren construir un mundo más justo y fraterno? No podemos vivir enfrentados como extraños o enemigos, somos hermanos. No podemos renunciar a al diálogo, el respeto, el entendimiento mutuo, la amistad social, la solidaridad buscando el bien común de todos si no queremos dejar de ser humanos. Este es camino para promover la justicia social, la paz, la unidad, la verdadera comunión.



17. UNA REFLEXION PARA NOSOTROS HOY

Ante todo lo expuesto queda claro que estamos viviendo toda una crisis epocal, pero no podemos quedarnos en una visión negativa o la impotencia de cruzarnos de brazos. Lo que vemos como negatividad puede transformarse como oportunidad, como un tiempo de gracia, de Kairos. Se trata de una verdadera metamorfosis, transformación. El hombre debe de elevar su conciencia de su propia limitación y elevarse a la totalidad del Ser (cambio cualitativo). Dejarse elevar hacia lo Trascendente y aspirar a una existencia más plena. Este tiempo denominado como un nuevo tiempo axial (segunda etapa axial) es a la vez un momento crucial donde somos impelidos a alcanzar una nueva comprensión más unificada del hombre y de la historia.

Conviene estar muy atentos a cómo nos condiciona toda esta situación y abrirnos a un cambio de orientación que empiece por el corazón. Detrás de los acontecimientos de nuestra historia a nivel colectivo y personal, a la par de los penosos síntomas hay Alguien que la guía y la encamina hacia un final y destino feliz. Hemos de saber contemplar, interpretar y discernir los signos de los tiempos. No se trata de ser un ingenuo optimista sino un creyente que confía en Dios y que espera que los pequeños intentos y realizaciones por construir un mundo mas justo, humano y fraterno un día germinen en la realización de un mundo nuevo.

a. Un mundo en cambio

Estamos atravesando un cambio de época axial. La primera mitad del S. XX supuso uno de los más crueles momentos de la historia humana. El mundo conoció el conflicto más mortífero de la historia de la humanidad (se estima que hubo 60 millones de muertos). A partir de las dos guerras mundiales la fraternidad quedó quebrada y se formaron bloques antagónicos. Se tardó tiempo en recobra la paz y la concordia en pueblos que quedaron devastados. Después de tanto dolor acumulado la humanidad se encamino hacia una nueva alborada. Asistimos a un cambio profundo que nos ha introducido en una nueva época cualitativamente distinta marcada por la revolución tecnológica con avances nunca vistos la revolución digital, la inteligencia artificial (multiplicidad de herramientas digitales como el ChatGPT y el DeepSeek). Los avances tecnológicos parecen querer controlarlo todo sin límites (todo está permitido). Las falsas ideologías están apoderándose del mundo. Se quiere dominar el mundo bajo intereses partidistas, egoístas e inmorales poniendo la técnica por encima de las personas y de sus intereses más legítimos (la dignidad de la persona y el bien común).

b. Un mundo herido

Hoy nos encontramos ante un mundo fragmentado. Vivimos en un tiempo revuelto, agresivo, en plena convulsión. Vivimos en un mundo atropelladamente donde a menudo pisoteamos al otro pasando por encima de su situación de indigencia. Hemos levantado demasiados muros y marginado sectores de la sociedad donde cada vez son más los que quedan descartados bajo regímenes de pobreza y desigualdad. Asistimos a toda clase de violencia, agresión violación de los derechos humanos. Los avances tecnológicos y científicos no han ido de la par de un desarrollo integral de los pueblos. Se producen graves escisiones por la fragmentación económica y social. Los cambios cada vez más acelerados que conlleva la globalización y la revolución digital han roto con la historia y la tradición de los pueblos, han transformado nuestro modo de vivir y relacionarnos. Se busca un nuevo orden social. Vivimos una generación huérfana y desarraigada donde se han roto los vínculos vitales de los padres, la familia, la comunidad. Nuestro mundo está carente de humanidad. Nuestra humanidad está perdiendo el corazón.

c. Un hombre herido

Somos hijos de nuestro tiempo, agentes y víctimas de la situación que vivimos. Como consecuencia de ser parte de nuestro mundo herido asistimos a un hombre herido. Un hombre sin raíces, desarraigado, desconectado en crisis. Crisis de identidad, de sentido que se siente incomprendido que se experimenta el vacío, la soledad. Un hombre desmotivado en medio de un cansancio vital que le llena de confusión, insatisfacción, frustración, tristeza, apatía. Un hombre desesperanzado que fácilmente cae en el fatalismo, la depresión. Se percata que las cosas no pueden seguir siendo como son, pero no ve solución ni alternativa. Se experimenta falto de valores y motivaciones, de fe y de esperanza. En definitiva falto y herido de amor.

d. La transformación y la sanación interior

No es fácil convivir con esas rupturas que desgarran el corazón y destrozan y desfiguran el rostro del hombre. Todos nos sentimos heridos, estigmatizados, condenados. Todos nos sentimos rotos, heridos, divididos. Vivimos enajenados con una profunda escisión en nuestra existencia y precisamos de una unificación interior desde el centro vital del corazón. Necesitamos de la sanación interior del corazón. La situación de vulnerabilidad nos hace seres indigentes, necesitados de sanación, de salvación. El camino de sanación y liberación debe iniciarse desde el interior. Se necesita salir de la tierra de esclavitud y la confusión a la tierra de la libertad, la luz y la esperanza. La verdadera crisis tiene su raíz en una crisis de fe, crisis de sentido, crisis de Dios. Hemos de atrevernos a abrir nuestras heridas al único que es capaz de curarlas. Tener el coraje de presentarnos desnudos, sin corazas ni ropajes, presentarle nuestros temores, heridas inquietudes y temores con total confianza.

e. Jesús viene para curar las heridas

¿Quién podrá sanarnos de nuestra alienación, esclavitud, ansiedad, soledad? Necesitamos el encuentro personal con el Dios vivo. Ninguna institución o ideología es capaz de sanar el corazón. Ningún programa o conducta o norma exterior nos dicta cómo debemos pensar y qué debemos hacer. No basta una imagen de Dios autoritario por fuera que nos dicta normas desde arriba necesitamos dar con el Dios vivo que viene a nuestra indigencia y actúa desde dentro, que nos conoce, acoge y ama como un padre compasivo y misericordioso. 


 

17. UNA NUEVA VIDA SEGÚN EL NUEVO ORDEN DEL HOMBRE NUEVO

a. Un cambio de época como una oportunidad de un nuevo cambio

El Concilio Vaticano II supuso el acontecimiento más importante de los últimos siglos. La Iglesia se hizo consciente de los nuevos cambios de esta nueva época y trató de responder a los nuevos desafíos. No podemos perder la lucidez de situarnos en el momento actual. El mundo está necesitado de una auténtica paz producto de la justicia que alcance a todos los pueblos para el desarrollo de un bienestar universal. Ante lo que ha venido a denominarse una tercera guerra mundial solapada (los conflictos en Oriente Medio, Gaza, Ucrania, Irán, Pakistán, Venezuela, Nicaragua y tantos países olvidados de África) somos llamados frente al racismo, la violencia, la guerra, a restablecer la paz creando puentes de diálogo y venciendo la confrontación y crispación que estamos viviendo.

El Papa Francisco siguiendo el legado del Vaticano II y atendiendo a los signos de los tiempos, despierta la conciencia de este cambio de época eclesial. Alienta a la Iglesia a responder con una mirada esperanzada a los nuevos desafíos llamando a toda la Iglesia a una conversión interior que conlleve una conversión pastoral y una nueva evangelización. Ofrecer puentes de diálogo interreligioso promoviendo la paz y el bien común. Ofrecer una renovación eclesial mediante la sinodalidad (bajo tres ejes: comunión, participación, misión). Responde a una espiritualidad de comunión, en nuestra forma de entendernos, comprendernos de vivir, de actuar, de misionar debemos de caminar juntos.

b. Un nuevo tiempo de Kairós, un nuevo amanecer, un nuevo Pentecostés

En este año Jubilar se nos invita a mantener una mirada de esperanza y a caminar juntos abriendo caminos nuevos que favorezcan la paz y la unidad. Ponemos nuestra esperanza en Cristo Resucitado que confía a sus discípulos su misma misión. Jesús está vivo y presente entre nosotros guiando la historia y encaminándola al Reino definitivo. Las primeras palabras son la paz esté con vosotros (Jn 20, 21) El centro de nuestra fe y el corazón de nuestra esperanza se encuentran profundamente enraizados en la resurrección de Cristo.

c. Cuando están heridos, paralizados, dispersos y desesperanzados

Cuando nos recuperamos de un trauma causado por los demás, a menudo la primera reacción es la rabia, el deseo de hacer pagar a alguien lo que hemos sufrido. El Resucitado no actúa de este modo. Cuando emerge de los abismos de la muerte, Jesús no se toma ninguna venganza. No regresa con gestos de potencia, sino que manifiesta con mansedumbre la alegría de un amor más grande que cualquier herida y más fuerte que cualquier traición.

El Resucitado no siente la necesidad de reiterar o afirmar su propia superioridad. Él se aparece a sus discípulos y lo hace con extrema discreción, sin forzar los tiempos de su capacidad de acoger. Su único deseo es volver a estar en comunión con ellos, ayudándolos a superar el sentimiento de culpa. Lo vemos muy bien en el cenáculo, donde el Señor se aparece a sus amigos aprisionados por el miedo. Es un momento que expresa una fuerza extraordinaria: Jesús, después de haber descendido a los abismos de la muerte para liberar a quienes allí estaban prisioneros, entra en la habitación cerrada de quienes están paralizados por el miedo, llevándoles un don que ninguno hubiera osado esperar: la paz.

c. El sanador herido curando sus heridas mostrando las suyas

Sus primeras palabras les levanta el ánimo: «¡Paz a vosotros!» (Jn 20, 19). Su saludo va acompañado de un gesto tan bello que resulta casi inapropiado: Jesús muestra a los discípulos las manos y el costado con los signos de la pasión. ¿Por qué exhibir sus heridas precisamente ante quienes, en aquellas horas dramáticas, lo renegaron y lo abandonaron? ¿Por qué no esconder aquellos signos de dolor y evitar que se reabra la herida de la vergüenza? Al ver al Señor, los discípulos se llenaron de alegría (cf. Jn 20, 20). El motivo es profundo: Jesús está ya plenamente reconciliado con todo lo que ha sufrido. No guarda ningún rencor. Las heridas no sirven para reprender, sino para confirmar un amor más fuerte que cualquier infidelidad. Son la prueba de que, precisamente en el momento en que hemos fallado, Dios no se ha echado atrás. No ha renunciado a nosotros.

d. El sanador desarmado

Así, el Señor se muestra desnudo y desarmado. No exige, no chantajea. Su amor no humilla; es la paz de quien ha sufrido por amor y ahora finalmente puede afirmar que ha valido la pena. Nosotros, en cambio, a menudo ocultamos nuestras heridas por orgullo o por el temor de parecer débiles. Decimos “no importa”, “ya ha pasado todo”, pero no estamos realmente en paz con las traiciones que nos han herido. A veces preferimos esconder nuestro esfuerzo por perdonar para no parecer vulnerables y no correr el riesgo de sufrir de nuevo. Jesús no. Él ofrece sus llagas como garantía de perdón. Y muestra que la resurrección no es la cancelación del pasado, sino su transfiguración en una esperanza de misericordia.

Luego, el Señor repite: «¡Paz a vosotros!». Y añade: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (v. 21). Con estas palabras, confía a los apóstoles una tarea que no es tanto un poder como una responsabilidad: ser instrumentos de reconciliación en el mundo. Es como si dijese: «¿Quién podrá anunciar el Rostro misericordioso del Padre sino vosotros, que habéis experimentado el fracaso y el perdón?».

e. Recibid el Espíritu

Jesús sopla sobre ellos y les dona el Espíritu Santo (v. 22). Es el mismo Espíritu que lo ha sostenido en la obediencia al Padre y en el amor hasta la cruz. Desde ese momento, los apóstoles ya no podrán callar lo que han visto y oído: que Dios perdona, levanta, restaura la confianza. El centro de la misión de la Iglesia no consiste en administrar un poder sobre los demás, sino en comunicar la alegría de quien ha sido amado precisamente cuando no se lo merecía. Es la fuerza que ha hecho nacer y crecer la comunidad cristiana: hombres y mujeres que han descubierto la belleza de volver a la vida para poder donarla a los demás.

También nosotros somos enviados después de haber sido perdonados y confortados. El Señor también nos enseña sus heridas y dice: Paz a vosotros. No tengáis miedo de mostrar vuestras heridas sanadas por la misericordia. No temáis aproximaros a quien está encerrado en el miedo o en el sentimiento de culpa. Él derrama su Espíritu para hacernos a nosotros testigos de esta paz y de este amor más fuertes que toda derrota.

 




 CONCLUSION

Hay cuestiones que no se pueden explicar de una manera razonada. He expuesto que solo la experiencia del Resucitado, el sanador herido de muerte que volvió a la vida y se convirtió en fuente de vida para los que acudan a él, podrá sanar al hombre sociedad y civilización herida que atravesamos y dirigirla hasta un final feliz. Quisiera por ello acabar con el mito de Quirón hijo de Cronos y la ninfa Filira. Fue un centauro, mitad animal-mitad hombre dotado de inmortalidad y gran sabiduría. Durante una pelea, fue herido por una flecha de Hércules que estaba envenenada con sangre de la Hidra, causándole un sufrimiento insoportable a pesar de su inmortalidad. La herida no podía curarse y al ser inmortal se convirtió en una maldición. Sufrió tanto que rogó a los dioses ofrecerse en sacrificio para poder morir en paz. El sacrificio era inmenso, renunciar a la vida eterna para poder morir en paz. Su inmortalidad fue transferida a Prometeo (quien estaba encadenado) y en reconocimiento a su sabiduría, bondad, longanimidad y sacrificio Zeus lo colocó en el cielo dando origen a la constelación de Sagitario. Este mito encierra así una reflexión del valor del sufrimiento, la mortalidad, la nobleza y incluso en la adversidad, para dar luz a una nueva realidad.

La reflexión que hemos hecho quiere arrojar luz frente a la situación presente y el nuevo futuro que tendremos que afrontar. Por difícil que parezca estamos ante una nueva primavera para la Iglesia, el alborear de un tiempo nuevo. El día al día le pasa el mensaje; la noche a la noche se lo susurra (Sal 18)

Las épocas culturales se suceden las unas a las otras tras una cosmovisión orgánica se pasa a una cosmovisión crítica y después de la crítica debe de dar paso a la orgánica. La cosmovisión orgánica envía su mensaje a lo orgánico. Lo orgánico se inspira en lo orgánico. No pueden odres nuevos contenerse en odres viejos. Cuando se pasa a una nueva cultura no se acepta la anterior y se afirma otra nueva, no valen los moldes antiguos.

En medio de esta crisis somos invitados a una gran renovación, transformación. Los moldes y las respuestas que teníamos dejan de ser relevantes. No podemos vivir apegados a nuestros ídolos, sentados sobre nuestros comodines y respondiendo a las expectativas de los otros, no llegaremos a encontrarnos con nosotros mismos. El encuentro con nuestro verdadero ser solo se da desde un camino interior de autenticidad desde el encuentro con el verdadero Dios.

Hablamos pues de la necesidad de una verdadera Primavera, como ya decía Juan XIII, de un Nuevo Pentecostés de una vuelta a los orígenes. Necesitamos abrirnos al Espíritu de Cristo Resucitado, el que hace todo nuevo, al que hace nuevas todas las cosas. Se precisa un nuevo Pentecostés para pasar a vivir la vida nueva como resucitados en Cristo y guiados por su Espíritu de Amor.

El Espíritu es el agente de comunión. La vida nueva de comunión la recibimos del Padre y del Hijo en el Espíritu. La comunión que recibimos de Dios y no es obra ni elaboración nuestra debe extenderse a todas las dimensiones de la vida de la humanidad y del cosmos como un fuego vital a través del Espíritu que nos ha sido dado. Es la hora del Espíritu.

Nos abrimos al Espíritu de Dios y nos acogemos a su misericordia y su fidelidad. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rm 5, 20). Aunque haya mucho que cambiar no podemos quedarnos en lamentos que nos lleven al desánimo o desesperación. Es una llamada a mirar el futuro con esperanza. Hemos de buscar y percibir la novedad que se oculta bajo los signos de los tiempos que nos toca vivir. El nuevo milenio o nos trae un tiempo nuevo, una nueva era, una nueva evangelización o será viejo, sin luz, sin sabor cristiano y sin horizonte salvífico.

Frente a una descristianización de la civilización moderna o postmoderna donde reina el agnosticismo, la increencia, donde muchos se declaran ateos o no practicantes, no basta una pastoral de mantenimiento de una fe tradicional, sociológica, una evangelización o catequesis superficial sacramental que no llega a personalizarse se hace urgente una nueva evangelización.

Los cristianos estamos llamados a ser epifanía de una vida nueva a través de un testimonio de comunión. Se ha perdido algo esencial la comunión y se ha adoptado un modelo pagano que nos ha dejado la secularización. Se necesita volver a la vida en el Espíritu a la cultura nueva civilización nueva del amor con el primado de la vida y del amor.

Abrimos el tercer milenio con el Gran Jubileo del año 2000 con la invitación de abrid las puertas a Cristo. A los 25 años hemos celebrado el Jubileo de la esperanza. A los 2025 años de la Encarnación del Hijo de Dios, en el cierre del Año Jubilar se nos exhorta a volver nuestra mirada a Cristo. Somos hijos de nuestro tiempo y es fácil caer en la mudaneidad, la desilusión, derrotismo, fatalismo. Frente a la crisis epocal que atravesamos no podemos dejarnos llevar por una visión apocalíptica y catastrofista frente al futuro sino abrirnos a un nuevo paradigma. No tenemos otra fuente de esperanza sino Cristo, el fundamento de nuestra fe, el Alfa y la Omega de la historia de la humanidad y del cosmos. En medio de nuestro mundo herido, roto, dividido se nos invita a la conversión, a ponernos en camino como peregrinos y testigos de esperanza. Nuestra esperanza nace del amor y se funda en el amor que brota del corazón traspasado y resucitado del Señor. El es nuestra esperanza y nuestra fortaleza. Nada ni nadie podrá separarnos de su amor (Rm 8, 35).