lunes, 22 de junio de 2026

EL COLEGIO REAL DEL ESPIRITU SANTO, SALAMANCA

 

EL COLEGIO REAL DEL ESPIRITU SANTO

(EL BASTION DE LOS JESUITAS EN SALAMANCA)




 

Introducción

La Clerecía es, en la actualidad, el nombre que recibe el edificio del antiguo Real Colegio del Espíritu Santo de la Compañía de Jesús, construido en Salamanca entre los siglos XVII y XVIII. Es una de las mejoras muestras del estilo barroco. Nació como Colegio real bajo el patronazgo de la reina Margarita de Austria en 1611. Tardó en construirse 150 años. Cuenta el Colegio con una iglesia, con un interesante Claustro, Aula Magna, Biblioteca. El nombre de Clerecía se debe a una denominación abreviada de su pertenencia a la Real Clerecía de San Marcos tras la expulsión de los jesuitas de España. Desde 1940 las instalaciones del Colegio pasaron a ser ocupadas por la Universidad Pontificia.

Los jesuitas estaban en Salamanca desde 1548, en el antiguo Colegio del Santísimo Nombre de Jesús. El Colegio, en su sede definitiva, llamado Colegio Real del Espíritu Santo, fue fundado 1614, mediante célula real de doña Margarita de Austria y apoyado por su marido, Felipe III.

Este monumental edificio ocupa una vasta extensión de terreno, ya que para su construcción varias manzanas de casas, algún palacio y alguna iglesia debieron ser destruidas. Se colocó la primera piedra el 12 de noviembre de 1617, encargando el rey los planos al gran arquitecto Juan Gómez de Mora (arquitecto real).

La traza responde a una línea herreriana manierista en la línea del Escorial. Con razón se ha llamado al Colegio “el Escorial de los jesuitas”. Todo el conjunto presenta una planta en forma de U, en la que los lados largos son los pabellones, coronados por sus características galerías. Destaca el magnífico Claustro de Estudios, realizado en el siglo XVIII por Andrés García de Quiñones, que empleó para su diseño el orden gigante de columnas y la alternancia entre vanos geométricos y otros ovalados orlados por coronas de carnosa vegetación.

La iglesia popularmente conocida como la Clerecía es uno de los monumentos emblemáticos de la ciudad. Según Camón Aznar “uno de los más bellos y grandiosos monumentos de la arquitectura barroca”. Por desgracia los jesuitas no pudieron disfrutarlo sino durante medio siglo después de ser expulsados de España.

Queremos que este trabajo haga memoria a la rica herencia de la presencia de los jesuitas en España y sobre todo en Salamanca. El Colegio se convirtió en centro neurálgico del Estudio salmantino. “Los ejercicios espirituales” y la sólida “formación jesuítica” que implantaron los jesuitas tuvieron una irradiación más allá de la ciudad, España, repercutió en toda la Iglesia y el mundo entero. Como fueron importantes los Colegios de Roma y Gandía y Goa así el Colegio Real de los jesuitas en Salamanca se convirtió en un “verdadero bastión” para la difusión de un nuevo humanismo. Entre los catedráticos y doctores jesuitas (Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Francisco Suarez, Luis de Molina, Gabriel Vázquez, Gregorio de Valencia) influyeron en el Concilio de Trento y la renovación conciliar que este trajo ante la reforma protestante.



 

  1. Historia de los jesuitas en Salamanca

San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, decidió venir a estudiar a la Universidad de Salamanca en el verano de 1527, una vez que vio cerradas para él las puertas de la Universidad de Alcalá. El arzobispo Fonseca le ofreció un puesto en el Colegio Mayor de Santiago el Cebedeo por él fundado. No aceptó el santo el ofrecimiento, por lo que, llegado a la ciudad del Tormes vestido como un pobre estudiante, se aposentó en una posada.

Lo más probable es que ni siquiera llegase a matricularse en la academia salmantina, por más que el tardío claustro pleno de la Universidad llame a Ignacio “hijo de esta Universidad”. Una iniciativa de los dominicos de San Esteban hizo que San Ignacio, aquel candidato a estudiante de Salamanca, diera pronto con sus huesos en la cárcel episcopal. Salido de ella, abandonó para siempre la ciudad camino de la Sorbona parisiense “llevando algunos libros en un asnillo”.

La historia de los jesuitas en Salamanca comienza en 1548, cuando tras el fallido intento de Ignacio de Loyola, veinte años antes, de establecer una comunidad en la ciudad, incluso sufriendo prisión, la Compañía encontró acomodo, a pesar de la oposición de otras Órdenes y asediados y alejados de los Estudios, en unas casas cedidas por el obispo de Coria, don Francisco de Mendoza.

Es entonces cuando los jesuitas estaban en el antiguo Colegio del Santísimo Nombre de Jesús. Era este un austero edificio situado frente al Colegio del Arzobispo Fonseca. Poco después sus enseñanzas también serían incorporadas a la Universidad, incluso concediéndoles cátedras, empezando una progresión que contó con el decidido apoyo de la reina doña Margarita de Austria, esposa de Felipe III, con testamento y codicilo, otorgados en 1601 y 1611 respectivamente, en los que dejó expreso deseo de que se construyera un nuevo Colegio, no ya como simple casa profesa sino como Seminario central para la educación de jóvenes jesuitas que difundieran sus enseñanzas por el mundo, una formación convertida en uno de los instrumentos más eficaces para propagar las ideas contra reformistas surgidas en el Concilio de Trento.

Así, por orden de Felipe III y siguiendo dichas disposiciones testamentarias, en 1614, ya fallecida la reina, comenzaron los trámites mediante la fundación de un Colegio de patronato real con iglesia dedicada al Espíritu Santo, estableciéndose que debía erigirse intramuros, frente a la parroquia de San Benito, en el lugar ocupado por las casas del conde de Fuentes.



 

1.1 Los difíciles comienzos

Algunos antiguos cronistas jesuitas afirman que San Ignacio quiso establecer a sus hijos en Salamanca, recién confirmada la Compañía por la Santa Sede, por razón de la célebre Universidad; pero fue sobre todo debido a la petición de los PP Dominicos (sobre todo de Francisco Vitoria) que ese sueño se hiciera realidad.

Cuando en marzo de 1545 los Padres Araoz y Fabro pasaron por Salamanca, hallaron en la ciudad y en concreto en la Universidad «mucha gente muy dispuesta y deseosa de la Compañía». Fueron sobre todo los PP Dominicos fray Alonso de Castro y fray Francisco de Vitoria quienes con más instancia pidieron a los dos jesuitas una casa de la Compañía en Salamanca.

El entonces estudiante de teología y rector de la Universidad en 1549, don Antonio Fernández de Córdoba, hijo de los condes de Feria y marqueses de Priego, hizo los Ejercicios y «se determinó para entrar en la Compañía», ingresando efectivamente en ella algunos años más tarde. Es él sin duda el mismo que desde 1545 se preocupó para que «algunos estudiantes jesuitas tuvieran cómo estudiar en Salamanca».

Probablemente por la importancia de la Universidad salmantina y por estas buenas disposiciones encontradas en Salamanca, Araoz, superior entonces de los pocos jesuitas de la península, presionó sobre San Ignacio durante todo el primer semestre de 1547 para que una pensión concedida por doña Juana de Meneses, hermana de la duquesa de Gandía, para que dos escolares jesuitas estudiasen en la Universidad de Alcalá, se transfiriese a la de Salamanca. A mediados de año San Ignacio, en efecto, había cedido, determinando que los dos estudiantes dichos se encaminasen a Salamanca; pero, por diversas causas, para entonces ya se había puesto en ejecución el primitivo plan de Alcalá.

Sin embargo, aquel mismo año iba a ofrecerse una segunda oportunidad: el cardenal don Francisco de Mendoza y Bobadilla, obispo a la sazón de Coria, que siendo estudiante en Salamanca en 1527 había visitado a San Ignacio en la cárcel episcopal, le insta ahora en Roma a abrir un colegio de la Compañía en la ciudad del Tormes, comprometiéndose a correr él con los gastos de la fundación.

Aunque no de muy buen grado, accedió el santo, sobre todo por la importancia de la Universidad, y envió a Salamanca al Padre doctor Miguel de Torres, antiguo catedrático de Alcalá, con otros dos o tres compañeros.




1.2 Los comienzos en el antiguo Colegio

Algunos estudiantes jesuitas se instalaron en Salamanca. «Llegamos aquí, escribe Torres a Araoz desde Salamanca en 1548. Quisimos estar algunos días en un mesón, hasta en tanto que hallamos una casa donde nos metimos como pudimos, y esta casa está a cinco casas de la portería de Sant Agustín, en la mesma acera, más hacia Sant Joan del Alcazar».

De los diez escolares jesuitas que en 1550 cursaban sus estudios en Salamanca, cuatro eran sacerdotes y cinco teólogos (Ignoramos cuántos eran los lógicos y los artistas).

Otro dato importante sobre la actividad intelectual en el colegito de la Compañía: por primera vez se nos informa también de que a partir de 1551 los escolares tenían en casa semanalmente disputas escolásticas en que uno sustentaba las tesis y los demás argüían.

Los jesuitas salmantinos asisten regularmente como oyentes ordinarios a las clases públicas, pero sin matricularse ni individualmente ni como colegio; además no ganan cursos, no adquieren grados ni opositan a cátedras. Se trataba, pues, de una especie de alumnos libres, sin ningún lazo oficial constatable con la Universidad.

"Esta casucha pobre y un tanto a trasmano" del concurso de la ciudad se llamaba "La Rasga". Después de cinco meses de estancia en ella, los jesuitas se cambiaron a otra casita tan pobre e incómoda como la anterior junto a la iglesia de San Blas. Allí empezaron por construir el antiguo Colegio. Hasta 1665 no volverán a moverse de este emplazamiento, Finalmente se construirá el Colegio Real. Buscaban un lugar más céntrico y cercano a la Universidad

Un caballero muy amigo de la Compañía, don Luis de Mendoza, decía a mediados de ese mismo año que si la casa ocupada por los jesuitas fuese más capaz, habría ya "un centenar de hombres en aquella casa". En efecto, durante decenios la escasa capacidad y pobreza del colegito obligan a rechazar no pocas solicitudes de ingreso o a enviar a los candidatos a otras partes.

Pronto empezaron las tribulaciones. Melchor Cano, dominico catedrático de prima de la Universidad, se dedicó a atacar duramente a la Compañía (controversias en torno a la Inmaculada), tanto desde el púlpito y desde la cátedra como en conversaciones privadas. Así lo hizo durante aquel año 1548, en especial durante la cuaresma, malquistando a los salmantinos contra los recién llegados. Torres procuró atajar el mal, explicando el Instituto de la Compañía al Rector de la Universidad, don Diego Ramírez de Fuenleal, y a otras personas de crédito. Incluso se entrevistó con Melchor Cano, para satisfacer sus dificultades; pero en vano. Cano siguió con sus furibundos ataques. La gente se recelaba de los jesuitas, a quienes se cerraba de este modo la puerta para el ejercicio de los ministerios propios de la Compañía.

En vista de ello, se avisó a San Ignacio, quien, comprendiendo inmediatamente la gravedad de la situación, decidió jugar fuerte: preparó la documentación para incoar a Cano un proceso canónico en toda regla, por si fuera menester llegar a ese extremo, cosa que afortunadamente no fue necesaria.

Además, consiguió dos importantes documentos: primeramente un Breve pontificio (19-X-1548); en segundo lugar una carta circular del Maestro General de la Orden de Predicadores (10-XII-1548). En esta última, el Maestro General, Francisco Romeo, prohibía a todos sus religiosos, bajo severas penas, atacar a la Compañía. El Breve, ganado con los buenos oficios del cardenal Mendoza y Bobadilla, nombraba jueces conservadores del colegio de la Compañía de Salamanca a los obispos de Cuenca y Salamanca, a los que otorgaba facultad de proceder contra los malintencionados (mali animi hominibus), que, en sermones, lecciones públicas y conversaciones particulares, infamaban a los jesuitas, estorbando los ministerios de su Instituto y la consolidación del colegio.

Todavía el 25-XI-1548 predicó Melchor Cano contra la Compañía "delante de toda esta Universidad", y así siguió aún varios meses. No poco contrarrestó el daño causado por Cano la Apología de la Compañía compuesta por un hermano suyo de hábito, fray Juan de la Peña, y la predicación de un gran orador jesuita llegado a Salamanca por noviembre de 1548, el Padre Francisco Estrada.

Durante la cuaresma de 1549 Estrada fue ganando desde el púlpito de la importante parroquia de San Martín a muchos "caballeros, y doctores, catedráticos, y estudiantes"; Luis de Valdivia dice que en la cuaresma de 1549 Estrada "llevó tras sí toda la Universidad". Desde entonces empezaron a acudir a la capilla de los jesuitas muchos estudiantes y otras personas a confesar y comulgar y a practicar los Ejercicios espirituales de San Ignacio.

Por entonces llegó a manos del Padre doctor Torres el Breve conservatorio arriba mencionado, que le enviaba San Ignacio; se lo envió en enero de 1549 por medio de Gaspar de la Hoz. Su conocimiento en Salamanca debió de ser decisivo para que Cano cesase en sus ataques.

De ahí que la primavera de 1549 fue ya una época de completa bonanza y de intensa actividad apostólica del pequeño grupo de jesuitas: tan halagüeño se presentaba el panorama, que Estrada se atrevió a pedir a San Ignacio para Salamanca nada menos que a Araoz y a los que serían bien pronto grandes lumbreras del concilio de Trento, el Padre Laínez y Salmerón, porque «le parece que no sabe si en alguna ciudad ellos pudiesen hacer tanto fruto como aquí». Disuelta ya la borrasca, en setiembre de aquel mismo año los superiores enviaron a Estrada a Alcalá, no sin antes haber sido invitado por el Estudio salmantino a predicar en la capilla de San Jerónimo en las honras fúnebres del maestro Vega. El concurso de maestros y estudiantes fue impresionante.


 

1.3 La propuesta del Nuevo Colegio Real

El Colegio Real de la Compañía en Salamanca estaba pensado como centro de formación de los propios escolares jesuitas, aunque después se abriría a otros estudiantes externos. Ya en julio de 1548 uno de los escolares de la Compañía, el flamenco Maximiliano Capella, escribía que había oído a Melchor Cano "in scholis, dum publice doceret". Esto indica que ya por entonces los jesuitas de Salamanca (o al menos alguno de ellos) empezaban a frecuentar las aulas universitarias.

En 1549 surgieron en Salamanca las dos primeras vocaciones para la Compañía entre los estudiantes: los licenciados Gonzalo González y Bartolomé Hernández. Fue entonces cuando, habiendo crecido la comunidad jesuítica hasta el número de diez, se pensó en organizar convenientemente los estudios de los escolares. "Se determinó, dice el Padre Valdivia, que los nuestros fuesen a cursar a Escuela". Esto ocurrió por primera vez en el curso 1550-5120.

Pero además de las clases públicas en Escuelas, se pensó en algún complemento casero. De este modo, el Padre doctor Torres, no olvidemos que había sido catedrático en la Universidad de Alcalá, empezó a tener dos lecciones en casa (una para los lógicos y otra para los confesores). Esta última a base de la Summa de casibus de Cayetano.

Los superiores de la Compañía decidieron, después de algunas vacilaciones iniciales, que sus escolares se abstuviesen de votar en las oposiciones a cátedras; medida prudente, sin duda, que libró a los jesuítas de Salamanca de múltiples enfrentamientos, frecuentes entre otras órdenes religiosas cuyos graduados opositaban a cátedras y cuyos religiosos votaban en las oposiciones. Con todo, a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, las ordenaciones del Padre General insisten una y otra vez para que los del colegio no se mezclen en los negocios de las oposiciones, favoreciendo a unos u otros opositores. No siempre supieron mantenerse al margen de semejantes intrigas.

El número de miembros de la comunidad jesuítica fue creciendo paulatinamente, ya que, pasada la tormenta de Melchor Cano, empezaron a solicitar la entrada en la Compañía bastantes estudiantes de la Universidad. En 1551 ya eran 22 en el colegio.

Prácticamente todos los que ingresan en Salamanca por este tiempo son estudiantes. Nada de extrañar, pues, que a ellos se orientase, si no exclusivamente, sí preferencialmente, la actividad pastoral de los hijos de San Ignacio. Hasta tal punto sucedía esto, que el resto de los salmantinos (caballeros, señoras, etc.) se quejaron repetidas veces de que a ellos no se les atendía convenientemente por dedicarse todos a los estudiantes.

En realidad, se trataba de algo no casual, sino perfectamente planeado y pretendido. Tal orientación apostólica perdurará en Salamanca hasta la misma extinción del colegio debida a la expulsión de los jesuitas por Carlos III en 1767.

De todos modos, en estos años cincuenta del siglo XVI el inmueble de los jesuitas en Salamanca no permitía excesivos alardes pastorales, suplidos solamente con la ejemplaridad y el celo apostólico de los hijos de San Ignacio. La capillita que tenía el colegio era tan sólo una especie de zaguán o vestíbulo de 40 pies de largo por 20 de ancho, incapaz de acoger a muchas personas.

 


1.3 La construcción del nuevo Colegio Real

Las obras del Colegio real comenzaron en 1617 bajo la protección de Margarita de Austria, esposa de Felipe III, al parecer como acto de desagravio a la orden por la prisión sufrida por su fundador, Ignacio de Loyola, por la Inquisición en la torre mocha de la catedral de Salamanca. La obra que se inició en 1617 se dilato durante un siglo y medio finalizándose en 1754.

Las primeras trazas del Colegio Real son del arquitecto carmelita fray Alberto de la Madre de Dios, con iglesia central flanqueada por patios simétricos, uno para la comunidad que atendería la iglesia y otro para las aulas, biblioteca y otros servicios del colegio, denotan influencias de la arquitectura hospitalaria y el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, pero también de los propios colegios de la Compañía, con un claro ejemplo en Monforte de Lemos, fundado por el cardenal Rodrigo de Castro en 1592. Pero ese primer proyecto, de colosales dimensiones, no pudo realizarse porque el propio rey no lo aprobó, influenciado por la oposición en bloque del Ayuntamiento de Salamanca, la Universidad, el Cabildo, la nobleza y el propio conde de Fuentes, que no estaba dispuesto a vender los terrenos.

El proyecto tardó en elaborarse un año y medio. La primera traza es de fray Alberto de la Madre de Dios y la traza definitiva de Juan Gómez de Mora. Las nuevas trazas, del maestro mayor de obras Juan Gómez de Mora, fueron aprobadas en 1617, al tiempo que se daban las órdenes para la expropiación y derribo de las casas en el nuevo terreno elegido, anexo al anterior, un proyecto que reducía considerablemente las dimensiones del conjunto, aunque conservando el tamaño de uno de los dos patios, el que sería Claustro de los Estudios, y la planta y sección del templo. Aun así, eran casi 8.000 metros cuadrados en un solar de más de 13.000.

El complejo conjunto arquitectónico levantado en el alto de torres abarcaba toda una gran manzana limitada por las calles de la Compañía, Cañizal, Cervantes y Serranos. El ambicioso proyecto inicial perseguía una disposición espectacular con el eje de simetría en la iglesia a semejanza de un águila en vuelo.

Gómez de Mora dirigió las obras durante 27 años, periodo en el que se levantó el cuerpo bajo de la iglesia y el pabellón de la comunidad. Aunque los arquitectos posteriores respetaron la estructura, fueron añadiendo progresivamente un ornato propio de la época, terminando por convertir el conjunto, concebido desde un punto de vista post-herreriano, en un espectacular ejemplo de barroco español.

Después de Gómez de Mora se distinguen tres etapas constructivas. Entre 1642 y 1673, el hermano Pedro Mato erigió el cuerpo alto y la cúpula de la iglesia, las bóvedas y capillas de la sacristía y el cuerpo central de la fachada.

Entre 1687 y 1729, Juan de Setién Güelmes y Pantaleón Setién erigieron el tránsito de la iglesia, el Patio de la Comunidad y el inicio del Patio de los Estudios. Además, Joaquín de Churriguera, que en ese momento estaba levantando la cúpula de la Catedral Nueva, recibió el encargo de reparar la de la iglesia, que ya presentaba problemas estructurales.

Finalmente, entre 1730 y 1766, Andrés García de Quiñones completó el Patio de los Estudios, realizó la escalera principal, el Aula Magna, el pabellón septentrional y la balaustrada del segundo cuerpo, la espadaña y las torres de la fachada de la iglesia.

En este periodo, Jerónimo García de Quiñones, que estaba trabajando como aparejador en la obra de su padre, también firmó la portada del Colegio.


 

  1. El contexto histórico del nuevo Colegio

San Ignacio va a proponer los Ejercicios Espirituales como el arma señera de la evangelización. Después de esa conversión inicial va a poner mucha atención a la formación. El Colegio Real tenía como objetivo la formación de los futuros jesuitas.

Es precisamente este contexto de cambio el que pedía un planteamiento nuevo y a este fin iban a responder los Colegios de los jesuitas (métodos nuevos para tiempos nuevos)

 


2.1 El florecimiento de los Ejercicios Espirituales

Merece resaltar la práctica de los Ejercicios espirituales ignacianos por parte de bastantes estudiantes y de algún que otro maestro universitario. Y aunque este aspecto apostólico ninguna relación institucional o académica tiene con la Universidad, no puede silenciarse, so pena de no comprender una buena parte de las relaciones reales más importantes de los jesuitas con la Universidad. Es más: en muchas etapas de la historia mutua de ambas instituciones coexisten unas tensas relaciones institucionales con un trabajo apostólico estimado y fructífero.

Una de las polémicas que se debatían en el S. XV-XVI era sobre la representación de lo real. El Renacimiento supuso una nueva forma de mirar al mundo. Mediante la regeneración y purificación de los sentidos (etapa purgativa) se debía acceder a la unión afectiva con el Creador (etapa contemplativa-unitiva). Aunque se ponía atención al peligro de la libertad de interpretación, había que promover una religión basada en la contemplación de la humanidad de Jesucristo.

El método que proponía San Ignacio en sus ejercicios espirituales era la meditación de las principales escenas de la vida de Jesús: nacimiento, pasión, muerte y resurrección para promover en el alma sentimientos de contrición y alabaza a Dios. Para facilitar “la composición de lugar” San Ignacio adopta uno de los criterios formulados en Trento: “la naturaleza humana está hecha de tal modo que difícilmente llega a la contemplación de las cosas divinas sin ayuda exterior” (el buen uso de los sentidos). Si bien se necesitaba una purificación de reducir la devoción al sentimiento y de responder a la crítica de la razón era toda una época de crisis, una llamada por un lado a despertar los sentidos y mover al sentimiento religioso. Para ello se necesitaba del “discernimiento de espíritus

 



2.2 El antecedente del Collegio Romano

El Concilio de Trento (1545-1563) fue uno de los momentos culminantes de la historia del catolicismo. Fue convocado en respuesta a la Reforma Protestante. Al concilio fueron invitados algunos teólogos jesuitas (Pedro Laínez). Uno de sus propósitos era reformar la disciplina eclesiástica y establecer los criterios de una sólida formación.

A este objetivo de la formación del clero se invirtió Carlos Borromeo (arzobispo de Milán a los 22 años de edad). Sobrino del papa Pío IV tras la muerte de su hermano Federico experimentó la llamada a un cambio radical de vida. Hizo los ejercicios espirituales según las reglas de San Ignacio y se transformó en pieza muy relevante de la reforma preocupándose sobre todo de la formación del clero. Dedicó su atención preferente a los Seminarios (Colegios).

De todas los colegios que se sucedieron, el más importante era el Collegio Romano fundado por San Ignacio de Loyola en 1551 gracias a la voluntad del papa Gregorio XIII. Era el favorito de Ignacio, y que se convertiría en el prototipo, desarrollando un currículum, métodos pedagógicos y una filosofía de la educación que serviría como norma para los colegios jesuitas en todo el mundo.

La formación jesuítica del Collegio Romano, era el núcleo intelectual de la Compañía de Jesús. Su modelo pedagógico sentó las bases de la educación occidental y se estructuró a través del célebre plan de estudios conocido como Ratio Studiorum, oficializado en 1599.

El Collegio Romano construido entre 1582 y 1584 fue un colegio creado por San Ignacio de Loyola en 1551, luego de la fundación de la Compañía de Jesús (1534), tenía el objetivo de cubrir todo el periodo formativo, desde la educación primaria hasta la universitaria.



 

2.2.1 La esmerada formación jesuita del Collegio Romano

Los jesuitas implantaron un nuevo modo (ratio) de estudiar la teología. El Collegio Romano servía de patrón en la formación de los estudiantes. La preparación de la filosofía y la teología iba precedida por las artes y humanidades. La ratio combinaba la oración, el estudio, la oratoria y la predicación. Las más relevantes eran las cátedras de Prima y Visperas (primeras horas de la mañana y tarde).

La lectio. Las positiones: El repetere conferre, relegere, etc., o sea la repetición en pequeños grupos de lo que se había oído al maestro. Estas «conferencias» diarias, tanto en artes como en filosofía y teología.

Los estudiantes, según ellos dicen, se edifican y aprovechan, porque a algunos han oído decir los estudiantes que se huelgan más de venir al Colegio que a las Escuelas; porque, tratándose las cosas con mayor quietud, se llevan más adelante y se aclaran y resuelven más las verdades de la fe.

 


2.2.2 Un cambio en la concepción del saber

En la transición entre el mundo romano y la ruptura de la “ekuméme” mediterránea para dar nacimiento a la Europa carolingia se configuraron en el centro de Europa tres formas “romanes” (románicas) con las que los europeos aprendimos a convivir y a comportarnos unos con otros: parroquia, casa y cofradía. Estas formas fueron naciendo a partir del siglo V y se formaron hasta la ruptura de la unidad carolingia en el siglo IX, con el desplazamiento hacia el centro y oriente europeo de la gravedad europea. En aquellos tres siglos y medio se fraguaron las tres formas básicas en que los europeos nos hemos venido relacionando y configurando: la parroquia, la iglesia propia y la confraternidad.

La parroquia es el espacio de lo próximo, lo territorial entendido como configurador de la relación. La parroquia se ocupa de registrar el nacimiento y la defunción, de inscribir en la línea de duración la propia biografía. La parroquia agrupa a los que viven cerca de una casa (del griego “pará” y “oikía”). El diezmo acercaba a la casa (“oikía”) como expresión del pacto parroquial, y a partir de él, en Europa se generó una cultura del pacto que creaba obligación, solidaridad, vinculación social.

La diferencia entre los saberes de ambos tiempos, medieval y renacentista moderno, estribaba en el paso de la cultura como comentario y contemplación, en la que la dimensión transcendente de lo real era un dato incuestionado, que integraba la visión humanista con la propia autoritas de quien se refería el texto, al saber como una aproximación empírica a partir de la observación que ha de ser verificada en lo real.

El texto en sí desplazaba al comentador del mismo, y éste a su vez era superado y quizá suplantado por la observación exterior; la relación entre lo real y el que aprende era ya directa, positiva, y no estaba limitada por la escuela, no era una mera repetición, es este caso propiamente llamada escolástica.

Hasta entonces la enseñanza se basaba en la lectio y privilegiaba la transmisión oral. Ahora en lugar del texto era toda la realidad la que se podía leer, observar y descifrar. Al aprendizaje memorístico sucedía la lectura, la exégesis de los textos, así como la praelectio (método combinado de presentación, análisis y síntesis).

Los primeros jesuitas querían que sus colegios fuesen espacios escolares autónomos, independientes de otras instituciones tutelares. Esta importancia atribuida a los colegios hizo que muy pronto se desarrollase una importante red de enseñanza secundaria y universitaria en gran parte de Europa central y occidental, así como en la América castellana y portuguesa y en las Indias orientales.

Estos colegios pasaron de ser lugares de residencia, como hasta entonces eran concebidos, a ser lugares de cultura. En los primeros años (1540-1548) los jesuitas fundaron colegios como residencias para los jóvenes estudiantes de la orden en universidades como París, pronto trasladado a Lovaina, Padua, Coímbra, Alcalá de Henares (Castilla), Colonia y Valencia. Más tarde, con los colegios de Gandía (Valencia) y de Goa, los jesuitas comenzaron a enseñar en sus colegios a estudiantes seglares, junto a los jóvenes estudiantes jesuitas: en Goa, a cristianos, portugueses o no, de aquella ciudad india y en Gandía a población morisca. Poco después en Mesina (Sicilia) se fundó el primer colegio que perfeccionó el modelo de Goa y Gandía.

En España, Francisco de Borja, siendo aún Duque, fundó un colegio en Gandía (1545) para la educación de jóvenes jesuitas y al mismo tiempo de los hijos de moriscos, que eran la mayoría de sus súbditos. En 1546, el rector presentó unos debates en público, e impresionaron tanto a los asistentes que suplicaron que sus hijos fuesen admitidos a las clases del colegio. A petición de Diego Laínez (futuro general), e influenciado por este éxito, Ignacio dio su aprobación; por ello, fue el primer colegio jesuita con alumnos externos, es decir, estudiantes locales que no vivían dentro del mismo colegio. Jerónimo Nadal, consciente del significado histórico del hecho, escribió en su diario, "el recién fundado colegio de Gandía fue el primero en el que los nuestros dieron clases abiertas al público". Pero fue el colegio de Sicilia (1548) el primero, en el sentido de institución primariamente designada para seglares.

 


2.2.3 La ratio studiorum, una formación integral

Los jesuitas implantaron una nueva forma de estudiar con una nueva ratio. La Universidad primaba la ortodoxia. La forma era la disertación, la lectio y la disputatio. Basaban su argumentación acudiendo a los clásicos permitidos por el Santo Oficio. La filosofía racionalista como ancilla theologica adolecía de las cuestiones modernas. Había un Índice de libros prohibidos. Había cierta aprehensión a un pensamiento crítico y reparo del conocimiento científico. Era el tiempo de grandes avances técnicos (descubrimiento del Nuevo mundo, imprenta, anatomía, mecánica, física). 

Erasmo de Roterdam se levanta en pos de una reforma que permitiera una mayor libertad de pensamiento. Creía en la recuperación del saber más abierto a los nuevos tiempos (tender puentes en una época de conflictos). Sobre todo la Iglesia tuvo que hacer frente a la reforma protestante. La Iglesia hubo de prepararse para afrontar semejante reto. A partir del Concilio de Trento la Iglesia se empleó a fondo para corregir los errores de la Reforma protestante (La Santa Inquisición y el tribunal del Santo Oficio).

La regeneración de la iglesia católica dependió en gran medida de los jesuitas. La Compañía constituía “una orden sin claustro abierta al mundo” con una elevada movilidad de sus miembros. Los Colegios eran auténticos bastiones, plazas fuertes para hacer frente a los grandes detractores. No solo triunfaron en las ciudades claves sino en la difusión de la fe a lo largo y ancho del mundo. La Compañía aportó con los Colegios auténticos campos de entrenamiento para los nuevos misioneros.

Uno de los retos para la formación era como integrar más la oración, el estudio y la misión. Las claves principales de esta formación incluyen:

Educación integral: Formaba tanto la dimensión intelectual como la humana y espiritual.

Modelo experiencial: Se basaba en el análisis, la reflexión, la discusión y la acción.

Grados universitarios: Otorgaba títulos oficiales de doctorado en filosofía y teología desde 1556.

Enfoque humanista: Daba gran importancia a las letras, la retórica, el latín y el griego.

Revolución científica: Destacó por la enseñanza puntera de matemáticas, astronomía y física.

 


2.2.4 Un cambio de paradigma en la concepción humanista, renacentista

Entre los primeros documentos de las universidades jesuitas de mediados del siglo XVI (entre 1551 y 1586), y la versión más consolidada y difundida de la Ratio de Acquaviva de 1599, se observan importantes diferencias, señaladas ya en su día por Gabriel Codina y por Miquel Batllori. La metodología propuesta por Luce Giard que considera la complejidad reticular de un colegio y universidad jesuita como lugares de producción y de difusión el saber, y no solo ni principalmente como centros de transmisión (educativa), permite una aproximación ante los logros culturales de una modernidad iniciada en el siglo XVI, inspirada en un permanente diálogo entre los saberes y las creencias.

En primer lugar, observamos en la primera Compañía una aproximación integral a la realidad, no escindida ni reducida. La matriz ignaciana espiritual, los Ejercicios Espirituales, hacen posible, suponen y aún exigen, un modo de proceder generador de relaciones de integración social, pues se trata de una espiritualidad radical, que va a la raíz (la relación de Dios con su criatura) y que por tanto puede ser matriz de un disenso en la fidelidad, o de una fidelidad creativa que sólo crece por medio de una ortodoxia heterodoxa.

En segundo lugar, la propuesta de dos tipos ideales, de dos modelos que nos sirven para comprender la reforma católica: el modelo ignaciano y el modelo tridentino. El segundo se configuró a partir de la parroquia como lugar que organiza un territorio; incluso las tierras que no están divididas en diócesis y en parroquias son tierras que van a depender de una congregación que tenía sus vicariatos apostólicos para “ordenar” los territorios “extraterritoriales”, si podemos hablar así. Si la tradición tridentina obró de afuera hacia dentro, la ignaciana lo hizo “de dentro afuera”.

El modelo tridentino, regulaba legalmente el ministerio eclesial y la vida de los fieles con el objetivo de la disciplina externa; la segunda tradición se basaba en la experiencia religiosa misma y consideraba su profundización y su autenticidad como “la piedra de toque” de todo lo demás. Pedro y Pablo, como es tantas veces señalado.

Los colegios y universidades jesuitas siguieron este segundo modelo de acomodación discernida en un sistema permanente de fronteras móviles (hacia fuera y, lo que es mucho más importante, hacia dentro y hacia abajo). Disenso y movilidad discernida son, pues, las claves de esta acomodación ignaciana.

 


2.2.5 La nueva Ratio Studiorum

La calidad de la educación en los colegios estaba asegurada con el desarrollo de la Ratio, que promulgó normas para los directores, maestros y alumnos; dio instrucciones relativas al currículum y a todos los aspectos de la vida del colegio.

La promulgación de la Ratio definitiva en 1599 creó un lazo común entre la red de más de 245 colegios situados a lo largo de Europa, las Américas y las Indias. La Ratio, por tanto, creó el primer verdadero "sistema escolar de extensión intercontinental”.

Para San Ignacio la educación era un instrumento eficaz "para la defensa y propagación de la vida y doctrina cristianas". Para los misioneros, la educación era un medio muy importante para ganar aceptación en países extranjeros, y conseguir una reputación que redundaría en una atención más cuidadosa al mensaje de Cristo. Para muchos, los colegios jesuitas se hicieron muy deseables gracias a su excelencia, su énfasis en el humanismo, su ordenada estructura y disciplina, y a la inspiración de sus maestros.

 


2.2.6 La jornada en el Colegio

La gran novedad que presentaban los Colegios era que no estaban cerrados a los estudiantes sino que proporcionaba "un espacio de cultura abierta a todos" (con estudiantes universitarios externos y con maestros que acudían a las Conferencias). El día en el colegio era largo. Las clases comenzaban hacia las 7 de la mañana, después que los alumnos ya habían tenido la oración matinal, Misa y un desayuno ligero. Toda la mañana estaba ocupada con las clases, que se interrumpían con debates entre los alumnos y las llamadas repeticiones. La tarde se dedicaba a estudio en privado o en grupo; después, nuevas clases preparaban a los alumnos para la materia del día siguiente (la llamada praelectio); luego todavía más tiempo para el estudio privado hasta la hora de retirarse hacia las 9 ó 10 de la noche. Las tardes de los jueves y los sábados eran libres; los domingos no había clases, pero el día estaba muy ocupado con la Misa, sermón y vísperas, con lo que quedaba muy poco tiempo para recreación.

Aparte de estos ejercicios diarios, se tenían además semanalmente las disputas públicas (llamadas conclusiones o positiones). Éstas solían tenerse los domingos por la tarde, un domingo de artes y otro de teología, con asistencia de "personas principales de la Universidad, maestros, catedráticos y colegiales de los colegios mayores, y algunos Padres Dominicos". 

En muchas fiestas había conclusiones particulares, o sea disputas para los escolares del colegio, pero sin asistencia de escolares y maestros externos. En cuanto a las disputas semanales hay que añadir que se continuaban incluso durante el verano. Sabemos que la tradición de la Universidad de Salamanca era la de mantener alguna actividad docente también en la época de vacaciones estivales, tradición que fue recogida por el Colegio de los jesuitas.

 


2.2.7 Nuevos retos y desafíos

San Ignacio fue el primero en hacer frente a grandes opositores (fue acusado de herético ante el tribunal del Santo Oficio). Fundada la Compañía sus seguidores tuvieron que hacer frente a muchas dificultades tanto dentro (disputas con Melchor Cano), como fuera de la iglesia (Galileo Galilei) que tuvieron que enfrentar y tratar de resolver.

El Collegio Romano fue, entre otras cosas, lugar de grandes debates entre Galileo Galilei y Paolo Segneri. Por él pasaron también, Giuseppe Calandrelli (fundador del observatorio astronómico del Collegio, en 1787) y Angelo Secchi, célebre astrónomo y director del observatorio desde 1850.

La formación de maestros en el Colegio Romano de los jesuitas Clavio y Kircher en los siglos XVI y XVII. El padre Clavio formó a muchos misioneros jesuitas, incluido Matteo Ricci, en matemáticas y ciencias. Athanasius Kircher enseñó matemáticas en el colegio y estudió volcanes, imanes, óptica y otros temas científicos. Si bien los jesuitas tuvieron éxito educativo durante 200 años, su negativa a adoptar plenamente.

 



  1. Hacia la conquista del prestigio en la Universidad de Salamanca

El crédito de la Compañía en la Universidad crece en Salamanca con la visita del Padre Araoz a finales de 1551. A su predicación en San Martín acude un gran número de universitarios. Su fama hizo que fuese invitado por los doctores salmantinos a hablar en la Universidad, a lo que no pudo acceder Araoz, porque le urgía viajar a Alcalá.

Otro tanto hay que decir de dos acontecimientos del año siguiente: por una parte la visita a Salamanca de San Francisco de Borja, a cuyo sermón en San Agustín ante la cofradía de los estudiantes andaluces acude lo más granado de los maestros y escolares de la Universidad, y la entrada en la Compañía de don Antonio Fernández de Córdoba, de nobilísima familia, que había sido rector de la Universidad salmantina en 1549.

Se deja suponer el impacto de tales acontecimientos. Hechos como éstos, o como la práctica de los Ejercicios espirituales de San Ignacio en 1554 por el maestrescuela, don Bernardino de Sandoval, nos demuestran que la Compañía iba poco a poco llegando a los centros neurálgicos del Estudio salmantino.

 


3.1 Los primeros jesuitas en el Estudio de la universidad

Aparte de la asistencia a la Universidad de los escolares, sabemos que un hermano de la comunidad leía en casa una lección de la primera parte de la Suma de Santo Tomás para los escolares del colegio.

Poco a poco la vida intelectual que se vivía en el Colegio antiguo dentro de las paredes de aquella casa de las peñuelas de San Blas empezó a interesar a los estudiantes universitarios externos.

En 1554 se habla ya de «scholastici, qui ad collegium studiorum causa accedere consueverunt». Esto indica que el pequeño colegio de la Compañía ejercía ya por entonces un cierto atractivo intelectual sobre algunos ambientes universitarios.

En efecto, ya en agosto del año 1554 vemos a escolares externos asistir a las disputas que solían celebrarse semanalmente en el colegio. Más aún: estos escolares externos participaban en tales actos con gran contento. Oigamos lo que escribía el Padre Martín Gutiérrez en1555: “Al presente somos en casa 22; estamos buenos de salud, bendito el nombre de Dios, y en el espíritu se aprovechan todos, porque les favorece nuestro Señor para poner buena diligencia en la vida espiritual y ejercicios de letras; que, cada quince días hasta aquí, se han tenido conclusiones, como solemos; y de aquí en adelante, se ternan cada ocho. Maestros de la Universidad, ansí de los que nos leen como de los demás, nunca faltan en ellas; y otros colegiales de estos colegios principales (mayores), y otros estudiantes nobles, a quien da nuestro Señor deseo juntamente con nosotros de aprovecharse”.

 


3.2 Los primeros maestros teólogos, catedráticos en la Universidad

Parece que los maestros empezaron a asistir por primera vez a las disputas del colegio durante el año 1553. El célebre catequista Padre Gaspar Astete, refiriéndose al Padre Martín Gutiérrez: "Conocí, dice al Padre Martín Gutiérrez, en el año de 1553 oir Teología en Salamanca, y juntamente presidía los domingos a las conclusiones de los nuestros con tanta satisfacción y magisterio, que ponía en admiración a toda la Universidad, y más a los maestros Francisco Sancho y fray Pedro de Sotomayor, que entonces era catedrático de vísperas y después fue de prima de Teología".

A este respecto resaltan especialmente varios testimonios la positiva impresión recibida por el catedrático dominico fray Pedro de Sotomayor de estas disputas domésticas, hasta el punto de haberle hecho cambiar la pobre impresión que hasta entonces tenía de los estudios de los jesuitas. Dice, por ejemplo, el Padre Antonio Fernández de Córdoba: "El maestro fray Pedro de Sotomayor, que lee la cátedra de vísperas, haciendo estado en unas conclusiones, fue a sant Steuan diciendo que venía espantado de nuestro Colegio; que pensó eran ceremonia nuestros estudios, y que había visto que entendían la doctrina de Santo Thomas los hermanos mejor que sus frailes y que la trataban con más modestia. Y así lo han dicho otros".

En1555 defendió las conclusiones el Hermano Fernando Tello. Fray Domingo de Soto había prometido su asistencia; aunque a última hora no pudo presentarse, parece que asistió a sucesivas disputas. Es posible que el famoso maestro salmantino tratase de cerciorarse personalmente de lo que había oído a su compañero de hábito Sotomayor y a otros sobre aquellos actos, ya que él también tenía inicialmente una impresión negativa de los estudios de los jesuitas, «diciendo que son idiotas y que no estudian». Para satisfacer a sus deseos de enterarse más al pormenor sobre tales asuntos, los jesuitas del colegio de Salamanca le informaron "de la forma que se tenía en los colegios de la Compañía", que fue enviada por San Ignacio a España a finales de 1551. Al parecer Soto quedó satisfecho de las explicaciones.

Satisfecho también escribe a San Ignacio en 1555 el Padre Antonio Fernández de Córdoba: "A Dios gracias se van desengañando en esta parte; porque vienen los maestros de la Universidad a nuestras disputas y se persuaden que estudiamos".

No debió de resultar fácil a la nueva orden religiosa, aún débil en personal y en estructuras, ganarse un cierto prestigio de seriedad intelectual ante centros de tanta tradición cultural como la Universidad de Salamanca o el convento de San Esteban; pero parece que hacia 1555 lo había conseguido.

 


3.3 Las cátedras de las escuelas de teología

A mitad de la década de los cincuenta se observa ya claramente en el colegio una estructura docente y pedagógica bastante asentada. Podríamos resumirla del modo siguiente: los escolares jesuitas asisten diariamente (aunque sin matricularse) a las clases de la Universidad. La mayoría siguen los cursos de teología, aunque algunos estudian artes. Como complemento a las cátedras de las Escuelas, uno de casa (que no sabemos quién es, ya que el doctor Torres ha marchado ya de Salamanca) lee además una lección ex divo Thomas en el colegio para solos los escolares jesuitas. Pero todavía hay dos ejercicios de letras diarios sumamente útiles: lo que llaman los documentos praevidere, es decir, la preparación individual de lo que se va a oír en la cátedra, y el repetere (también conferre, relegere, etc.), o sea la repetición en pequeños grupos de lo que se había oído al maestro. Estas «conferencias» (del verbo conferre) diarias, tanto en artes como en teología, duraban por lo común una hora.

La discusión que se abre entre los jesuitas de Salamanca por estos años sobre si era conveniente buscar otro emplazamiento para el colegio que estuviera más cercano al centro de la ciudad y a la misma Universidad, nos ofrece interesantes perspectivas sobre el fruto que producía el contacto de los religiosos jóvenes con los estudiantes externos.

A los que defendían que era preferible mantener el colegio en el sitio donde se hallaba, muy a trasmano del concurso de la gente, lejano de la Universidad y con muy mal camino, sobre todo en invierno, a fin de evitar los peligros derivados del trato con las damas y la disipación, se respondió que era preferible el contacto personal con la gente y con los escolares externos. Los jóvenes escolares jesuitas, dice una carta de entonces, mantienen contactos muy frecuentes y muy familiares con los estudiantes externos; y de ello resulta gran bien. Por ese conducto, en efecto, los atraían a los ejercicios escolares del colegio, los encaminaban a los confesores y de allí a la Eucaristía, a la que se acercaban con frecuencia varios cientos.

Una práctica que se introdujo pronto en el Colegio de Salamanca, de donde se extendió después a todas las casas de la Compañía de la península, fueron las reuniones cuaresmales de los estudiantes para oír el llamado "ejemplo" o relato edificante. En Salamanca (como en Alcalá), a continuación del ejemplo los estudiantes congregados concluían el piadoso acto con una disciplina pública.

Algunos años se habla de 500 disciplinantes, anotándose expresamente que los más asiduos a esta práctica eran los mejores y más distinguidos de la Universidad. Estas prácticas cuaresmales en el colegio llegaron a veces a provocar un cierto despoblamiento de las aulas universitarias, hasta el punto de que, como se nos cuenta de 1582, un doctor, admirado del absentismo escolar en su cátedra, se acercó al colegio de la Compañía para observar si los ausentes se hallaban allí, regresando satisfecho al ver el colegio repleto de jóvenes escolares.

Estos datos nos vuelven a demostrar que no se entendería en toda su amplitud y profundidad la relación del colegio de la Compañía con la Universidad de Salamanca, sin una referencia a los ministerios apostólicos de los jesuitas, orientados de una manera muy preferencial a la atención espiritual y moral de los estudiantes.

Pero volvamos a los aspectos más directamente escolares. A partir de San Lucas de 1564 se dio un paso más en la configuración de los estudios del colegio con la implantación de un curso de artes, leído por el Padre doctor Andrés Martínez. Tal curso deberá entenderse como un complemento a las clases universitarias a que seguían asistiendo los jesuitas artistas. En realidad los superiores de la Orden destinaron pronto este Colegio a los estudios teológicos, mientras que la filosofía se cursaba en otros colegios de la provincia de Castilla. Pero a lo largo de su historia aparecen una y otra vez en Salamanca cursos de artes, que, al contrario de lo que sucede ahora en 1564, estaban más bien destinados a los escolares externos que a los propios jesuitas.

 


3.4 La contribución de los jesuitas en la Universidad

En 1556 San Francisco de Borja envió a Salamanca un Padre al que Polanco califica de "egregium theologum" para presidir las disputas escolares, que hasta entonces presidía el Padre Martín Gutiérrez, y ser prefecto de estudios del colegio. No sabemos quién era esa persona.

Quizá más importantes en el desarrollo de los estudios del colegio resulten los años finales de la década de los cincuenta. Por estos años las "conferencias2 o repeticiones de las lecciones oídas, diarias hasta entonces, se habían aumentado a dos por día. A principios de 1558 se nos da la noticia de que la asistencia de los estudiantes, colegiales y maestros a las disputas del colegio no era meramente pasiva, sino que argüían en ellas. Otro tanto ocurría con los escolares jesuitas en las disputas de la Universidad. Más aún: a principios de enero de 1558 escribían a Roma desde Salamanca: «Un hermano tuyo conclusiones de filosofía en las Escuelas y lo hizo también, que mostró ser uno de los mejores estudiantes de su curso». Y a principios de 1560 esto otro: "Hace pocos días que un Padre teólogo de casa, ya passante, tuvo un acto mayor en las Escuelas de la Universidad con harta aceptación de todos, y fue el primero acto que se tuvo en este año en las mismas Escuelas". El sustentante parece que fue en esta ocasión Diego Páez. En agosto de 1561 se daba cuenta igualmente de otros dos actos públicos en las Escuelas tenidos por los jesuitas.

Se había convertido, pues, en un hecho frecuente que los escolares de la Compañía participasen en las disputas escolásticas de la Universidad, no sólo como arguyentes, sino también como sustentantes. Este hecho plantea importantes interrogantes: si ya nos causaba extrañeza comprobar la asistencia ordinaria a clase de alumnos no matriculados, pues tal era y seguía siendo el caso de los jesuitas salmantinos, esa extrañeza sube de tono al verlos elegidos por sus maestros para hacer de sustentantes en acontecimientos de tanta importancia entonces como eran los actos universitarios, sobre todo los llamados actos mayores. La relativa frecuencia de su elección para cometidos tan honrosos, patentizada por los datos anteriores referidos a una comunidad no muy numerosa (no llegaban a 20 teólogos, más una media docena de artistas), nos habla del crédito que había adquirido ya en la Universidad este grupo de escolares. Éste es un hecho que resaltan una y otra vez con satisfacción las cartas escritas a Roma por estos años desde el colegio.

Pero esta situación de favor iba a cambiar bruscamente, como demuestra este importante texto de una carta del último día de 1561: Los hermanos «hacen mucho fruto en sus estudios, del cual dan muestra en las conclusiones... mas no menos indicios y muestras que hasta aquí se hubieran dado, porque un hermano muy hábil y de buenas letras tenía ya proveído para un acto mayor, que avía de tener en las Escuelas, en la materia de leyes “legibus”, que hasta ahora no se había leído en Escuelas, si no se quiera promulgado un nuevo estatuto en la Universidad por el cual se mandaba que ninguno que no estuviese matriculado, tuviese acto alguno, ni argumentase públicamente en las Escuelas; lo que pensamos haberse mandado por ver si por este medio nos podrían hacer votar, porque es grande la opinión que de los nuestros se tiene de que votaran por la justicia. Nosotros, dada la utilidad que podía tener el seguir de esos actos, quisimos más guardar el orden de Vuestra Paternidad y obedecer, y huir la distracción y otros inconvenientes que de semejantes negocios se suelen seguir. Arto nos basta para el fin que se pretende, ejercitar, como se hace, los ingenios en las conferencias cotidianas y conclusiones públicas, que cada ocho días de ordinario se tienen, y quieto y suficiente estudio que se da".

Dada la fecha de esta carta, lógico era pensar que el mencionado "nuevo estatuto" formase parte de los promulgados en el mes de octubre de ese año por el visitador de la Universidad, don Diego de Cobarrubias y Leyva; pero no ha sido posible encontrar tal determinación en dichos Estatutos de 1561. Habría que pensar probablemente en una orden de rango inferior a los mencionados Estatutos; incluso podría pensarse en una orden singular dirigida a los jesuitas. Infructuosa ha resultado igualmente la búsqueda de tal orden en la documentación del Archivo universitario.

Añadamos que, aunque desde ese momento se priva a los jesuitas de argüir o sustentar en los actos públicos de las Escuelas, se les permite continuar asistiendo a las lecciones en su condición de no matriculados; pero también con dificultades. "Aun el oír nos ponían en contingencia", escribirá más tarde el rector del colegio refiriéndose a esta etapa.

 


3.5 Un curso providencial

El curso 1559-60 supone para el colegio una especie de puesta de largo en varios aspectos:

El rector del colegio, Padre Bartolomé Hernández, hace la profesión solemne ante el Padre Araoz, Provincial de Castilla, con asistencia del señor obispo, de muchos maestros y alumnos de la Universidad, religiosos de otras órdenes y otra gente de la ciudad.

El señor obispo, don Francisco Manrique de Lara, bendice la capillita, a la que se dota de campanario, iniciándose desde entonces la celebración de la fiesta del Corpus con procesión, música, danzas, etc.

Y lo que hace más a nuestro propósito, fue destinado al colegio un excelente lector de teología, el Padre Fernando de Alcaraz, que anteriormente había renunciado a una cátedra de artes ganada en la Universidad de Alcalá para ingresar en la Compañía. Este excelente ingenio se malograría prematuramente para las letras humanas, pues, después de pedir con gran instancia marchar a misiones, su nave zozobró camino del Japón en 1564.

Alcaraz empezó sus cursos de teología en Salamanca por San Lucas de 1559. Si hemos de creer a Ribadeneira, esta lección de Alcaraz se abrió a los estudiantes externos a partir de 1560. En un pleito que sostendrá la Compañía con la Universidad, se nos dirá en febrero de 1603 que los jesuitas de Salamanca venían leyendo públicamente en su colegio desde hacía 42 años, lo que significa efectivamente que empezaron a hacerlo en 1560 ó 1561.

Alcaraz realzó notablemente en los pocos años de su magisterio los estudios teológicos de los escolares de la Compañía. La mayor progresión de la actividad docente en el colegio queda confirmada a partir de la llegada de Alcaraz con la presencia en casa de una nueva categoría de escolares, cual son los pasantes o repetidores. Son éstos, escolares especialmente sobresalientes a los que los superiores conceden, una vez concluidos sus cursos ordinarios, varios años de especialización, en previsión la mayoría de las veces de un futuro destino a la docencia. A la vez que repasaban sus estudios, solían presidir las disputas domésticas de los otros escolares. De ordinario eran también los designados por los superiores para sustentar los actos públicos, tanto en el colegio como en la Universidad (cuando esto último vuelva a ocurrir después de la interrupción iniciada en 1561). Era lógico que así fuera, pues estos alumnos especialmente dotados eran los más a propósito para dejar bien alto el pabellón de la Orden ante el resto de la Universidad.

La presencia de pasantes en el colegio queda ya constatada en el primer curso de la docencia de Alcaraz (1559-60). Cuando años más adelante (en 1611) el Provincial de Castilla, Gaspar de Vegas, pretenda quitar los pasantes del colegio de Salamanca para enjugar momentáneamente la penuria de personal para otras tareas urgentes, el Padre General de la Orden, Claudio Aquaviva, le irá enseguida a la mano, para que no sacrifique un futuro más fecundo para los estudios a la urgencia del momento.

 

 


  1. Dificultades en la incorporación de los jesuitas en la Universidad

La situación de los jesuitas salmantinos en la Universidad se había hecho muy difícil desde el duro golpe recibido en 1561, cuando se les prohibió actuar en las disputas públicas de las Escuelas. Con ello se les arrebataba el medio más eficaz de que se disponía entonces para darse a conocer y hacer valer los propios talentos ante el foro universitario.

Sin duda por esta causa se pensó entonces en implantar en el colegio, además de las conclusiones públicas semanales, otros ejercicios escolares de más repercusión, cuales eran los actos mayores y menores, equivalentes a los del Estudio. Por la llamada carta cuadrimestre de 1567 sabemos que estos actos se tenían entonces en casa mensualmente, con una asistencia tan numerosa de colegiales y maestros, que no cabían en el general de teología del colegio. Se afirma que aquel era «harto grande», lo cual no deja de ser una exageración, ya que el inmueble del colegio seguía siendo claramente insuficiente, a pesar de las sucesivas ampliaciones efectuadas a lo largo de los últimos años.

Pero estos actos caseros, por muy solemnes y concurridos que fuesen, difícilmente podían suplir a los de las Escuelas. Por eso los jesuitas estaban descontentos con la situación. Y parece que fue la recuperación de tales actos en las aulas universitarias lo que más valoraron los superiores de la Compañía a la hora de decidirse a intentar la incorporación del colegio a la Universidad.

A juzgar por lo que escribe el Padre Martín Gutiérrez a San Francisco de Borja a raíz de la incorporación, justificando el haber dado ese paso, no sólo habían sido privados los jesuitas de tener actos públicos en la Universidad, sino que habían visto peligrar incluso la posibilidad de ser admitidos como oyentes de las lecciones universitarias. Ya le oíamos decir antes que «aun el oír nos ponían en contingencia». Aunque Gutiérrez no proporciona más detalles de esta dificultad, no sería aventurado fundar esa «contingencia» en el hecho de que los jesuitas, como sabemos, oían sin estar matriculados. Es, pues, probable que surgiera un movimiento dentro del estamento universitario exigiendo la matriculación como requisito indispensable para tener acceso a los generales a oír a los maestros. De cualquier modo, resulta claro que a partir de 1561 se va echando poco a poco el cerrojo a la presencia de los jesuitas en la Universidad: primero quitándoles los actos públicos y después dificultándoles la asistencia a las lecciones.




4.1 La incorporación definitiva del colegio a la Universidad (1570).

Ya algunos años antes de esa fecha se había deseado y pretendido muy de veras la incorporación: el Padre Diego Laínez, siendo General de la Compañía (1558-65), había dado orden de conseguirla; orden que había reiterado el Padre Jerónimo Nadal visitando el colegio (1562).

La dificultad que se interpuso entonces en el camino fue la exigencia por parte de la Universidad de que los jesuitas votasen en las oposiciones a cátedras. Los jesuitas no podían pasar por tal condición, porque chocaba frontalmente contra las ordenaciones internas de la Orden. Fue, en efecto, el mismo San Ignacio el que, ya en 1548, prohibió que los jesuitas que estudiaban en las Universidades votasen en semejantes circunstancias.

En enero de 1570 el Padre Martín Gutiérrez, rector a la sazón del colegio salmantino, intentó con mejor fortuna la incorporación. El día cinco de dicho mes presentaba ante el claustro pleno de la Universidad la solicitud oficial de incorporación, con la consabida condición de que los jesuitas no fuesen obligados a votar en las oposiciones a cátedras. Evidentemente se trata del provecho espiritual y moral derivado de la actividad pastoral de los jesuitas. No son los méritos académicos los que se invocan, sino méritos apostólicos.

La decisión definitiva se tomaría en el claustro pleno del 1-II-1570. Ese día es llamado a claustro el Padre Martín Gutiérrez, quien una vez más reitera la solicitud de incorporación del colegio, esta vez sí, añadiendo a la condición de no votar en cátedras la de no pretenderlas, porque así lo disponen los estatutos y ordenanzas de las ordenes mayores.

El Colegio quedaba pues incorporado a la Universidad para que pueda gozar y goce de los privilegios de este dicho Estudio. Esta vez se habían salvado los obstáculos que impidieron la incorporación años antes. El ver recuperados para los escolares del colegio los actos públicos en las Escuelas fue sin duda el efecto inmediato más valorado por los jesuitas. Pero se produjo además otro beneficio complementario para los actos escolares desarrollados en el colegio, que menciona Martín Gutiérrez. La incorporación dice también ayuda para que este Colegio sea de la Universidad como tal, donde pueden tener actos en él los de fuera que en ella se hubieren de graduar; y así se ha ya empezado: donde acuden doctores y gente principal como actos de la Universidad.

No tardó el Colegio de la Compañía de usar del derecho que se le había concedido de celebrar su acto mayor anual en la Universidad. El que era entonces estudiante de teología, Francisco Suárez, animado por el rector Martín Gutiérrez, defendió con gran brillantez la tesis de la sobre eminencia de gracia de la Santísima Virgen sobre todos los santos y ángeles juntos; contra el parecer de su mismo padrino, el dominico Mancio de Corpore Christi, catedrático de prima de teología, Suárez se atrevió a defender en Salamanca una doctrina que nunca se había defendido en sus aulas.

 


  1. El seminario de los jesuitas

En el año 1555, cuando parecía superada la primera prueba originada por las diatribas del maestro dominico Melchor Cano, surgió otro problema. En1554 se había hecho público en la facultad de Teología de la Sorbona un duro decreto, de fuertes resabios galicanos, contra el Instituto de la Compañía. De hecho suscitaba en toda su virulencia muchas de las objeciones de Cano, aunque no consta en absoluto la influencia del maestro salmantino en la génesis del decreto de París. La autoridad moral de sus autores no podía menos de suponer un fuerte respaldo a los críticos de la nueva orden religiosa.

Sorprendentemente, este decreto no tuvo, que sepamos, especiales resonancias en la Universidad de Salamanca. Más sorprendente aún es la noticia de que hasta agosto de 1556 no se difundió en Salamanca, cosa que el Padre Juan López atribuye a los dominicos de San Esteban. De lo que sí estamos informados es de que durante el año 1555 varios catedráticos dominicos de Salamanca se expresaron críticamente contra algunos puntos de los Ejercicios espirituales de San Ignacio y del método de oración de los jesuitas. Igualmente sabemos que en un acto público que se sustentó en las Escuelas se combatió un punto del libro de San Ignacio, saliendo en su defensa con calor el presidente del acto, que era el catedrático de Santo Tomás, el doctor Martín Vicente.

San Ignacio encarga a todos los superiores de la Compañía soliciten a los príncipes eclesiásticos y seculares, a las facultades y Universidades y a otras personas de crédito un testimonio sobre el Instituto de la Compañía y sobre la vida y doctrina de los jesuitas. En cumplimiento de esta orden el rector del colegio salmantino, Padre Bartolomé Hernández, se dirigió al maestrescuela de la Universidad, solicitándole este favor. El maestrescuela tomó información sobre lo que se le solicitaba y el resultado fue un testimonio muy favorable a los jesuitas.

Parece probable que esos beneficios a que se alude eran más de orden religioso y moral que de orden académico. De hecho las informaciones remitidas periódicamente a la curia generalicia de Roma desde el Colegio de Salamanca resaltan mucho el fruto espiritual cosechado en los trabajos apostólicos con los miembros de la institución universitaria, estudiantes y maestros.

Un buen resumen de ese fruto podría ser la expresión del Padre Antonio Fernández de Córdoba, quien decía por estos años que nunca había conocido a la Universidad tan reformada como desde que los jesuítas habían empezado a trabajar con los estudiantes. Razón tenía para conocer la realidad, quien había sido rector de la Universidad, amén de estudiante en ella.

 


  1. La actividad pastoral del Colegio

De nuevo es preciso aludir a la actividad pastoral de algunos Padres del Colegio en relación con la comunidad universitaria (por apuntar a algunos hitos importantes en este campo, ya que no conviene olvidar que son todos los Padres del Colegio los que de una manera continua se ocupan preferentemente del apostolado universitario).

En mayo de 1557 llegaba al colegio un antiguo colegial de San Bartolomé, el Padre maestro Antonio de Madrid, quien, con su excelente oratoria revolucionó las conciencias de muchos estudiantes. A sus sermones se atribuye la entrada en la Compañía de ingenios tan relevantes como el asceta Alonso Rodríguez, el humanista y pedagogo Juan Bonifacio o los famosos teólogos y escrituristas Francisco de Toledo, futuro cardenal, y Juan Maldonado.

Más revuelo aún causó en Salamanca la encendida palabra de otro gran orador, el Padre doctor Juan Ramírez, llegado desde Zaragoza a principios de 1564. No poco le costó dejar la ciudad aragonesa, porque, como escribía al Padre Laínez, mientras Salamanca tenía "la flor de los predicadores de estas partes", como el maestro fray Juan Gallo, fray Juan Gutiérrez, fray Bernardino de Castro y otros, Zaragoza quedaba desprovista de un predicador de renombre. El primer maravillado del concurso de gente que en Salamanca acudía a sus sermones fue el propio Ramírez: “La aceptación de los sermones de los Padres jesuitas ha sido y es de las más grandes que yo he tenido conocimiento no sólo en la Universidad, la ciudad y toda España”. Decía el Padre Ramirez: “pensé que mi estilo, por ser moral, que era bajo para letrados. Yo predico casi cada día, y en iglesias muy capaces, y es verdad que se llenan de gente incluidos la gente más lucida de letrados y estudiantes de Salamanca”.

Estas frases del protagonista no son exageración ninguna atribuible a un cierto narcisismo; la misma visión ofrecen el Padre rector del colegio y el Padre provincial. Dice el primero: Ramírez «ha hecho y hace su oficio admirablemente y con gran fruto de toda esta Universidad». Y el provincial: «El doctor Ramírez es aquí tenido por muy buen predicador; y dicen que él solo ha hecho más fruto que cuantos hay en Salamanca, que son de los mejores de España.

Su predicación contribuyó a que algunas cátedras vacantes entonces fueran provistas con los maestros más capaces, cosa que no siempre ocurría por los intereses creados.

Durante los primeros meses de 1564 oyeron los jesuitas de Salamanca 6.300 confesiones, de las cuales 4.500 fueron de estudiantes. Más asombrosa aún fue la floración de vocaciones provocada por la predicación de Ramírez: se cuenta que más de quinientos escolares ingresaron durante 1564 en diversas órdenes religiosas, de los que cincuenta lo hicieron en la Compañía. De ellos es preciso resaltar a un joven granadino, que llegaría a asombrar al mundo con su ciencia filosófica y teológica: Francisco Suárez. Un año después que Suárez ingresaría también el gran polemista Gregorio de Valencia.

Igualmente el Padre Martín Gutiérrez, gozaba de una capacidad de persuasión extraordinaria. Si a la predicación de Ramírez se debe el ingreso en la Compañía de Suárez, a Gutiérrez se debe su perseverancia en ella. Según el Padre Luis de la Puente, el atractivo ejercido por su persona hacía que acudiesen a sus sermones «muchos doctores y colegiales de todos los colegios, y algunos iban a oírle en forma de colegio». Gutiérrez fue igualmente un gran catequista y a sus «doctrinas» acudían no solamente las clases populares más sencillas, sino muchos estudiantes de la Universidad.

En 1565 era nombrado rector del colegio el Padre doctor Pero Sánchez, que lo había sido de la Universidad de Alcalá antes de ser jesuita. Esta circunstancia le hacía especialmente recomendable para el crédito del colegio ante la Universidad salmantina.

Él nos ofrece otra faceta de la labor de los jesuitas con los estudiantes, que es digna de notarse. En noviembre de 1566 escribía el Padre Sánchez a San Francisco de Borja que en la cuaresma de ese año habían estado los Padres más absorbidos que nunca por el ministerio de las confesiones, sobre todo de los estudiantes. Es cierto que se acercan también al colegio las otras gentes de la ciudad, pero se quejan de encontrar siempre a los Padres ocupados con los estudiantes. De todas las partes del reino llega un gran número de jóvenes a Salamanca con recomendaciones de sus padres, rogando a los jesuitas que sean sus confesores, que velen por su conducta y les procuren buenos compañeros. Los jesuitas, valiéndose de personas de su confianza, sobre todo sacerdotes, procuraban acoger a estos «recomendados» en colegios y casas de pupilaje para ayudarlos a ser estudiosos y buenos cristianos.

 



  1. La relevancia del Real Colegio

No sólo se valoraba la labor realizada por los sacerdotes del colegio, sino también la de los escolares. La presencia jesuítica en España se hizo notar durante el siglo XVI, a través de grandes predicadores, catequistas, ascetas y grandes teólogos, siendo Ignacio de Loyola junto con otros compañeros, que vieron en la ciudad de Salamanca gente dispuesta e interesada en fundar un Colegio para escolares de la Compañía de Jesús, adquiriendo su primera ubicación en las Peñuelas de San Blas, colegio pequeño y humilde cerca de la iglesia de ese nombre que fue inaugurado en 1594 en su parte fundamental.

En el siglo XVII, la Compañía de España, contó con el apoyo y beneplácito de la monarquía de los Austrias, aceptando en 1614 la fundación promovida por la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III la construcción de un nuevo Colegio para los jesuitas salmantinos, iniciándose la misma tres años más tarde (1617), cuando ya habían pasado seis años de su muerte. En 1665 la comunidad del Colegio de las Peñuelas de San Blas se trasladó al flamante nuevo edificio del “Real Colegio del Espíritu Santo” ahora llamado la Clerecía.

 


  1. La expulsión de los jesuitas

El edificio del nuevo Real Colegio tardó un siglo y medio en terminarse, una vez terminado, duró muy poco en manos de los jesuitas, pues tras la Pragmática Sanción de Carlos III en 1767, que decretó la expulsión de la Compañía de los territorios de la Corona Española, fue repartido entre tres instituciones: a la Real Clerecía de San Marcos se le adjudicó el templo y su sacristía, en el lienzo oeste se estableció el Colegio de Nobles Irlandeses y el lienzo norte pasó a alojar el Seminario Conciliar.

Con Carlos III se dio el fin de toda una dinastía (un cambio de los Austrias a los borbones) se pensaba que sólo con el apoyo de Francia se podía garantizar la conservación de la integridad territorial de la monarquía. El reinado de los Borbones significó el inicio de una nueva era política en el siglo de las Luces. El decreto real de Carlos III dispuso la expulsión de los jesuitas de España según la postura de otras realezas europeas.

El reformismo ilustrado de Carlos III fue la apertura a la España ilustrada y reformista. La España del S. XVII se debatía entre la fe y la razón, lo divino y lo humano, el espíritu y la carne. El espíritu de la Contrarreforma tomó al asalto el arte y frente a la sobriedad del luteranismo invadió los sentidos y movió a la fe desde una perspectiva más humana. Los españoles del S. XVIII preconizaban la revisión del pasado a la luz de la razón y el método científico.

Tras la expulsión de los Jesuitas de España, decretada por Carlos III mediante la Pragmática Sanción de 1767, se entregó el edificio a la Real Clerecía de San Marcos, con sede en la iglesia de San Marcos. Ésta, posteriormente cedió el edificio (salvo el templo) a la Diócesis de Salamanca, la cual instaló en él el Seminario de San Carlos.

Además, durante la invasión francesa pasó sucesivamente a albergar tropas francesas, españolas y de nuevo francesas y el edificio sufrió tal deterioro que, terminada la guerra, los Irlandeses no quisieron hacerse cargo de las obras de reparación de su pabellón, optando por instalarse en el Colegio Fonseca.

 


  1. Los jesuitas en la actualidad

Tras idas y venidas, primera expulsión en 1767, restauración de la Compañía en  1855. La revolución de 1868 los dispersa de nuevo, regresando en 1870. En 1873 se les expulsa de nuevo y regresan en 1874. La Segunda República y la consiguiente disolución de la Compañía en España en1932, les llevaron de nuevo al exilio. Tras la guerra civil regresan pero no ocuparán más la Clerecía que pasa a ser sede de la Universidad Pontificia. A principios del S. XX comienza un nuevo seminario. En la segunda mitad del S. XX recupera definitivamente su presencia con su fuerte legado espiritual (Casa de Ejercicios) y un compromiso social (en el barrio obrero de Prosperidad).

 



9.1 La recuperación del Colegio como seminario

Aunque en 1816 volvió a funcionar el Seminario, que en 1845 pasó a ser de nuevo dirigido por la Compañía, restablecida por Fernando VII en 1818, el estado del edificio era tan deplorable que en 1852 incluso se demolió parte de la galería sur para utilizar su piedra en la construcción del remate de la fachada del Ayuntamiento y la espadaña del reloj, salvándose de la demolición total gracias a la intervención del prelado don Fernando de la Puente, que ordenó la reparación de los lienzos norte y oeste para que el edificio continuara con sus funciones de seminario.

No estaba construido en su totalidad, pero una de las alas era ya habitable, utilizándose como colegio y residencia de jesuitas durante un siglo, hasta que estos fueron expulsados de España en 1767, estando el edificio sin completar. 

La Compañía fue restaurada el 7 de agosto de 1814 por el Papa Pio VII en todo el mundo. Los jesuitas no volvieron a Salamanca hasta 1855 reclamados por el obispo que les ofreció la dirección del seminario instalado en el viejo colegio de la Compañía (Clerecía). La revolución de 1868 los dispersa, regresando en 1870. En 1873 se les expulsa de nuevo y regresan aún más rápidamente, en 1874, para hacerse de nuevo cargo del seminario y continuar su reconstrucción ya que había quedado muy dañado durante la francesada aunque ya no fueran los propietarios. Dejarían el Seminario en 1911, pero abrieron Residencia en el propio edifico de la Clerecía y se encargaron de su iglesia, que no abandonaron hasta 1985. Tras la guerra civil, la Clerecía sería sede de la Universidad Pontificia desde el año 1940.


 

9.2 La nueva sede de la Compañía. Pequeño colegio de Peñuelas

El edificio del Noviciado de la Compañía de Jesús se construyó en el año 1923 y fue inaugurado el 10 de octubre de 1926. Los Jesuitas fueron perseguidos y expulsados de la ciudad en el 1932, en plena Guerra Civil, y muchos de ellos se refugiaron en Bélgica. El Noviciado se convirtió entonces en un Hospital de sangre hasta 1939, año en el que los jesuitas regresaron tras la anulación del decreto de expulsión de la República.

El edificio del colegio de las Peñuelas (actualmente pertenece a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos), fue utilizado durante la Guerra de la Independencia, y hasta mediados del siglo XIX, como Hospital Militar; después se convirtió en Hospicio y posteriormente en el Seminario “Aspirantado Maestro Ávila”, de donde tomó su nombre actual.

 


9.3 El Centro de espiritualidad de San Ignacio (CES)

El CES fue fundado en 1990 para desarrollar y divulgar la espiritualidad ignaciana. En él se desarrollan tandas de Ejercicios Espirituales durante todo el año. La Compañía de Jesús experimenta un gran crecimiento, sobre todo en la provincia jesuítica de León (1918) a la que pertenecía Salamanca, pensándose entonces en una casa de formación destinada a Noviciado, Juniorado y Tercera Probación. Así surgió el gran edificio del Paseo de San Antonio, inaugurado en 1926.

La Segunda República y la consiguiente disolución de la Compañía en España (1932), llevaron al exilio a sus moradores, novicios y juniores hubieron de emigrar a Bélgica, y los tercerones a Portugal. 

Fue entre septiembre y octubre de 1939, cuando los jesuitas regresaron a la ciudad, a las dos sedes que poseían antes de la disolución. Una de las sedes estaba alojada en la residencia de la Clerecía, cuya entrada era por la calle Serranos, justo en el centro de la antigua zona universitaria, y otra de las sedes estuvo en el colegio-noviciado de San Estanislao que compartió durante cinco años más con el instituto de segunda enseñanza.

El edificio del Paseo San Antonio tras su arreglo por el mal uso, (debido al destierro, por autoridades civiles y militares durante la guerra civil), volvió a ser casa de formación, con especial auge del juniorado con una especialización en lenguas y cultura clásicas, de donde surgiría la “revista Perficit”, fundada por el Padre Basabe. 

En la actualidad el CES acoge la comunidad jesuita de la ciudad, a los jesuitas que se encuentran en su última etapa de formación, la tercera probación y la enfermería.

En 1950 se inauguró un nuevo pabellón destinado a Casa de Ejercicios donde se imparten tandas de ejercicios a lo largo de dos décadas, surgiendo varias obras sociales dirigidas por los jesuitas en el barrio de la Prosperidad. Se centra en cursos de formación para jóvenes y adultos, grupos Bíblicos, Ejercicios en la Vida Ordinaria etc.

 


9.4 La Iglesia parroquial El Milagro de San José

El jesuita cántabro Enrique Basabe Terreros (1893-1977), impulsó la obra del Milagro de San José, con su iglesia aneja, construida a base de pequeñas aportaciones económicas y sociales (ladrillo a ladrillo). El “milagro” del siglo en el barrio salmantino de la Prosperidad surgió en 1916, llegó en la década de los 40 un padre jesuita que lideró la construcción de un colegio y una parroquia “ladrillo a ladrillo” sin una peseta inicial.

El Padre Basabe impulsó a lo largo de los años 1950-1960 toda una obra socio-educativa. A partir de 1972-1973 comenzó su labor educativa en el colegio Maestro Ávila. En 1974 se implantó la EGB y en 1986 es declarado Centro de Integración y actualmente se considera como un centro encaminado hacia la Escuela Inclusiva.

El primer proceso de “alfabetización” del barrio se llevó a cabo en el año 1944. Se realizó en una casa de la calle Príncipe de Vergara denominada “Nacarina”. Era propiedad del canónigo Nácar que residía en el Obispado. Aquellos jesuitas que estaban destinados en Salamanca, enseñaron a leer y a escribir a los obreros del barrio en este edificio. Aún así, la Prosperidad seguía careciendo de servicios tan imprescindibles como un colegio para la infancia.

La actividad pastoral de la Compañía de Jesús en Salamanca se aglutina en la Iglesia parroquial de “El Milagro de San José”, construida en 1957 y erigida como parroquia en 1968. Situada en el barrio de la Prosperidad atiende a 10000 habitantes. Anuncia la Buena Noticia de Jesús de Nazaret mediante la Catequesis de Niños, jóvenes, con la celebración de los sacramentos, las fiestas del calendario litúrgico y mediante el ejercicio de la Caridad colaborando en los proyectos de Caritas Diocesana, Entre culturas, Manos Unidas, Misiones. Atendiendo a las personas más necesitadas por su soledad como pretende en grupo de “Ayuda a la familia”, con el “apoyo escolar” a los niños más necesitados en su aprendizaje académico. También cuidan de los jóvenes con los grupos juveniles y el movimiento scout.

El Colegio San Estanislao de Kostka imparte enseñanza de Educación Infantil, Primaria y Secundaria Obligatoria. Dos aulas desde tres años hasta segundo de la ESO. El Colegio nació en los años cincuenta por iniciativa del Padre Basabe, al igual que la iglesia del “Milagro”, ambas entidades quisieron responder en sus orígenes a las necesidades de un barrio que estaba naciendo fruto del éxodo del mundo rural a la ciudad. 

Con el tiempo se anexaron edificios como el Colegio Mayor Javier, que los chicos llamaban “El Javichi”, y servicios educativos como la Filial nº: 1 del Instituto Fray Luis de León.

El último curso del Colegio San Estanislao en el viejo edifico fue el 2007-2008, trasladando sus instalaciones a un remozado edificio del Colegio Mayor Javier en la calle Príncipe de Vergara.  

El edificio, abandonado durante más 10 años, fue remodelado de manera integral para acoger una residencia de ancianos, propiedad de los jesuitas y gestionada por la empresa Clece, denominada Clece Vitam abierta en 2019. Igualmente fueron remodelados los despachos parroquiales para facilitar la asistencia de los mayores a los servicios religiosos.

 




9.4.1 El Padre Basabe trae la esperanza a los barrios obreros

Según sus memorias, a partir de los años 40, y obedeciendo a sus superiores, comenzó su misión en el barrio de Pizarrales junto al padre Flores. “El jesuita venía andando desde Pizarrales y, cuando llegaba al barrio de Prosperidad, sentía la miseria en la que se encontraba este barrio. Veía a niños descalzos que hacían solo una comida y que no sabían ni leer ni escribir. Fue descubriendo esa necesidad y eso caló hondo en él”.

Enrique Basabe trabajó junto al párroco de la iglesia de Pizarrales durante catorce años, de 1940 a 1954. Consiguieron la ayuda de otras organizaciones de caridad y mitigaron los efectos de la miseria. “Íbamos a las casas de los enfermos donde la gente vivía en chozas con sacos como techo, sin ventanas y sin puertas. Una madre lamentaba que todos sus hijos habían padecido de pulmonía.

Con la misión avanzada en el barrio de Pizarrales, su próximo objetivo estaba claro: conseguir un colegio para Prosperidad.

 


9.4.2 Un ambicioso milagro “ladrillo a ladrillo”

El Padre jesuita Basabe comienza a ser más consciente de los grandes problemas de educación y desarrollo social de los vecinos de Prosperidad. A partir de los años 50, decide dar los primeros pasos para conseguir un centro educativo y de apoyo social para los niños y jóvenes del barrio.

Enrique Basabe tenía muy buena relación con el arquitecto salmantino Fernando Población y decidió pedirle consejo sobre la obra. Al poco tiempo, diseñó los planos y el proyecto de forma desinteresada. Asimismo, le hizo saber que el presupuesto inicial ascendía a 8 millones y Basabe no contaba con una sola peseta: “Don Fernando hizo los planos con el mismo interés y cariño que los pudiera hacer para un palacio real”, explica en sus memorias.

Posteriormente, el jesuita se citó con un director de banco y un contratista de obra, pero ambos lo disuadieron al conocer que no contaba con ningún recuso económico. En ese momento, solo contaba con un solar cedido por el Noviciado de cuatro mil m2.

La incredulidad ante “el milagro” estaba servida: «¿Pero usted cree que una obra de ocho millones la va a hacer ladrillo a ladrillo?, antes se morirá cien veces...», llegaron a decir al Padre Basabe según explica en su publicación. Aún así, su proyecto y gran aventura solo estaba a punto de comenzar.

 


9.4.3 La historia del 'ladrillo a ladrillo'

El Padre Basabe se mantiene firme. El día 19 de marzo de 1952, día de San José, anunció la construcción del colegio a los salmantinos por los micrófonos de Radio Salamanca: “Se está empezando un edificio bajo la protección de San José, sin recursos económicos. Su presupuesto será de seis millones. Ahora es Dios el que tiene que hacer este milagro y vosotros con él, con vuestros ladrillos”. Culminó su intervención con las siguientes palabras: “Ya que no hay una persona que pueda dar un millón, que haya un millón de personas que puedan dar una peseta cada una”.

El proceso fue tedioso para el jesuita y no faltaron los obstáculos en el camino. Según los datos aportados en sus memorias, él mismo elaboró tarjetas para favorecer la colaboración de los vecinos: un ladrillo de arcilla -un real-, un ladrillo de plata -cinco mil pesetas- y un ladrillo de oro -veinticinco mil pesetas-. También se incorporaron huchas en los negocios del barrio y las Hijas de María del recorrían las casas en plena campaña de recaudación: «En algunas ocasiones, estas mujeres se bajaban a otros barrios del centro de la ciudad», explica Sigifredo. Los vecinos de Prosperidad se volcaron completamente en la recaudación, pero no era suficiente. El jesuita tenía que contar con medio millón para comenzar.

Basabe vio la luz con las primeras donaciones cuantiosas de particulares. La primera llegó el día de la Lotería de Navidad: “Recibí cincuenta mil pesetas de Leandro Cascón, el hermano de un jesuita que estaba en el Noviciado. Fue la lotería del cielo”, explica en sus memorias. A esta se sumaron muchas otras como las de Mariano Galán Blanco, que sin explicación alguna, llegaban en los momentos de mayor incertidumbre económica. “Ya que no hay una persona que pueda dar un millón, que haya un millón de personas que puedan dar una peseta cada una”.

Según los datos aportados por el actual centro educativo, en 1953 nació el Patronato Escolar de San José. En junio de 1954 tendría seis aulas con seis maestros de primera enseñanza y pasó a denominarse Grupo Escolar San Estanislao de Kostka. El edificio fue creciendo con la aportación popular y el esfuerzo de vecinos del barrio que donaban sus ladrillos o echaban peonadas. En 1959, va creciendo por la calle Príncipe de Vergara hasta tener 12 aulas y 518 alumnos. Sigue ampliándose hasta 1961, con 16 aulas. El solar albergará durante las siguientes décadas un colegio, un comedor social, un ropero, y un periódico escolar. A su lado, nacerá la parroquia del Milagro de San José, en mayo de 1968.

Todas las instalaciones construidas en los años 50 funcionaron como centro educativo hasta el curso 2007-2008, ya que al siguiente el colegio se trasladó al bloque actual de la calle Príncipe de Vergara, que fue levantado en los años 70 como residencia de estudiantes. A día de hoy, las instalaciones del colegio albergan una residencia de mayores.

 

9.5 La institución de la Universidad Pontificia

Tras la expulsión de los jesuitas de España por sanción real de Carlos III en 1767 el Real Colegio de la Compañía fue entregado en usufructo y pasa a depender de la diócesis de Salamanca que se encarga de instalar en él el Seminario de San Carlos.

En el S. XIX los estudios de Teología y Derecho Canónico fueron excluidos de la Universidad y pasan a desarrollarse al nuevo Seminario. Con el transcurso de los años se fueron añadiendo otros estudios que fueron llenando el edificio de estudiantes.

En 1940, se crea la Universidad Pontificia de Salamanca, instituida por el papa Pío XII, y la Diócesis le entrega el edificio como sede. Pese a que en esa entrega no se incluía el templo del Espíritu Santo, la Universidad Pontificia suprimió el culto en él desde septiembre de 2012 para poder ser explotado turísticamente. Solo se permiten celebrar bodas de antiguos alumnos y personas vinculadas con la Universidad Pontificia.

A partir de 1940 la Universidad Pontificia, recién instituida por Pío XII, empezó a ocupar progresivamente el edificio, encargándose de su conservación, y en la actualidad todo el conjunto monumental está bajo su custodia y la de la Diócesis de Salamanca.

En cuanto a la iglesia, que ya se había visto afectada por el terremoto de Lisboa de 1755 y la explosión de un polvorín en 1812, presentaba problemas estructurales que en 1845 requirieron de una urgente intervención en la cúpula, cuando a la Compañía también se le concedió su usufructo, manteniéndolo hasta 1975 con algunas interrupciones.

 




  1. La Arquitectura del Real Colegio

Las trazas generales del Colegio como dijimos corresponden a Juan Gómez de Mora (1617). Pese a la monumentalidad del Colegio no olvidemos que en el proyecto original se pensaba que el colegio tuviera una mayor envergadura. Hubo problemas en la adquisición de solares. Hubo de derribar la iglesia de San Pelayo y la ermita de Santa Catalina. Todo el Colegio presenta una planimetría en forma de “U” (originalmente se pensaba cuadrada en torno al claustro de estudios, como era propio del estilo herreriano del Escorial). Lamentablemente solo quedaron dos pabellones recortados.

La obra comenzó por el pabellón meridional (1617-1642). A este le siguió la iglesia hasta el crucero (1651). Siguieron los trabajos de las torres y espadaña por Andrés García de Quiñones (1665). Luego se levantó el claustro menor y el ala oeste a partir de 1687. Finalmente Andrés García de Quiñones construyo el ala norte, claustro de estudio y ala oeste (desde 1730 hasta 1746).

En la construcción de los pabellones trabajaron también Juan de Setién y Joaquín de Churriguera. Los dos pabellones coronados por sus características galerías, muestran sillares regulares de piedra de Villamayor formando gruesos paramentos, y se organizan mediante un zócalo que recorre toda la fábrica, cuatro plantas marcadas por impostas horizontales y pilastras ligeramente resaltadas, ventanas regulares desnudas de ornamento, cornisa y cubierta a dos aguas en la que llama la atención el remate mediante galerías abiertas con arcos de medio punto.

 

8.1 La Iglesia

La iglesia era parte del conjunto del Colegio. El principio de la imponente obra de la gran fábrica del Colegio fue la Iglesia (corazón y cabeza). Tras la expulsión de los jesuitas de España en 1767, la iglesia del Colegio pasó a depender de la Clerecía de San Marcos, tomando el popular nombre de La Clerecía.

La iglesia responde al modelo jesuítico de Il Gesú de Roma. La iglesia muestra la planta y las condiciones espaciales y estructurales impuestas por la Orden desde la Casa madre de Roma, las diseñadas por Jacopo Barozzi de Vignola en 1568 para Il Gesú, con una diáfana y amplia nave para dar cabida a la abundante parroquia que asistía a los oficios, ancho crucero pero de brazos cortos y presbiterio no demasiado profundo, en función de la acústica, para que el sermón llegara a todos los asistentes con claridad.

 


8.1.1 La fachada de la iglesia

La monumental fachada de la Iglesia del Real Colegio del Espíritu Santo de la Compañía de Jesús es obra del arquitecto jesuita Pedro Mato (aunque sigue las trazas puestas por Juan Gómez de Mora). Se caracteriza por su grandiosidad.

J. G. de Mora toma cargo de la obra en 1647 y se encargó de realizar el segundo cuerpo de la fachada. La culminación de la obra con su característico sabor barroco corresponde a Andrés García de Quiñones quien se hizo cargo de la obra a partir de 1749 construyendo las torres (guarda relación con las proyectadas para la plaza mayor de Salamanca) y la espadaña.

Destaca en la fachada las columnas de orden gigante y los abultados escudos y relieves. Sobre la puerta de entrada, dentro de una hornacina, se encuentra la imagen de San Ignacio de Loyola. Está flanqueada por dos campanarios idénticos de grandes proporciones.

La monumental fachada de la iglesia, más impresionante si cabe al estar encajonada en el inicio de la estrecha calle de la Compañía, con la Casa de las Conchas justo enfrente, presenta tres cuerpos y tres calles.

El primer cuerpo se organiza con tres accesos entre columnas compuestas adosadas que soportan un entablamento. El primer cuerpo presenta grandes semi columnas corintias custodiando las tres puertas de entrada. Sobre las dos laterales aparecen escudos de España y sobre la central una hornacina con la imagen de San Ignacio de Loyola, tras la expulsión de los jesuitas se colocó un león de piedra a los pies de la imagen, que pasó a representar así a San Marcos (de ahí el nombre que toma la Iglesia después de la expulsión de los jesuitas, la Real Clerecía de San Marcos).

El segundo cuerpo, con columnas corintias, cuenta con grandes escudos laterales y ventanal central cuya luz tuvo que ser reducida por el peso de los cuerpos superiores. El segundo cuerpo muestra dos óvalos con decoración barroca en las calles laterales y un gran ventanal en la central cuya luz tuvo que ser reducida debido al peso de los cuerpos superiores.

Estos dos cuerpos están rematados por una balaustrada sobre la que se alza el tercero, con torres ochavadas enmarcando una espadaña con un relieve de la Venida del Espíritu Santo y esculturas de la Virgen de la Asunción flanqueada por las de Felipe III y Margarita de Austria, probablemente esculpidas por Gregorio Carnicero. En la esfera bajo la Virgen aparece la fecha de 1754, año en el que se remataron las obras de la Iglesia.

 


8.1.2 La planta de la iglesia

La planta general del edificio es obra de Juan Gómez de Mora. El interior de la iglesia es de una sola nave con capillas entre contrafuertes, siguiendo el esquema jesuítico de la romana iglesia de Il Gesú, con cuatro tramos y nave transversal ancha pero que no llega a sobresalir. La construcción está dominada por pilastras de orden toscano con reminiscencias escurialienses. Sobre las capillas laterales se abren balcones para uso de la Compañía.

La gran cúpula que ilumina el interior es también obra del arquitecto jesuita Pedro Mato, teniendo la misma altura que la nave de la iglesia, 50 m, y reforzada en varias ocasiones debido a su magnitud. Las naves se cubren con bóvedas de lunetos con decoración de estuco.

En cuanto a las entradas al Colegio tiene dos portadas, una en la calle Serranos de Gómez de Mora y otra en la calle Compañía realizada por Jerónimo García de Quiñones (hoy la entrada a la Universidad Pontificia y al claustro del Estudio Pontificio).

La entrada principal al Real Colegio, obra de Jerónimo García de Quiñones, está ubicada a la derecha de la fachada de la iglesia. Se eleva sobre una doble escalinata que salva el desnivel respecto de la calle y muestra primer cuerpo de orden compuesto y segundo de estípites jónicos que enmarcan una ventana coronada con el escudo real y otro escudo con las armas del obispo Beltrán, colocado tras la expulsión de los jesuitas, cuando el edificio se convirtió en Seminario Conciliar. 

Las capillas laterales, en una semi penumbra adecuada para la devoción personal, están intercomunicadas entre sí para permitir el paso de una a otra sin entorpecer los oficios.

La segunda capilla de la Epístola alberga una talla del Jesús Flagelado de Luis Salvador Carmona, muy apreciada por los salmantinos y que procesiona en Semana Santa, pero que está aquí trasladada desde la sacristía, descontextualizada, despojada del sentido que adquiría cuando se hallaba expuesta en el retablo para la que fue ideada, donde aparecía rodeada de ángeles con los instrumentos de la Pasión y con espejos que permitían contemplar las heridas de la espalda, para observarla, no desde un ejercicio estético sino de reflexión, de identificación con la Pasión, de reproducción de los sufrimientos y de meditación, concepto clave para entender la función que tenían estas tallas barrocas postrentinas.

Del resto de capillas laterales apenas puede apreciarse nada en la visita guiada, la única posible, tan rápida y escueta que ni se indican, sin apenas tiempo para fotografiarlas. Las de la Visitación y de Santiago, a los pies, con sendos retablos realizados por Andrés García de Quiñones y estofados por Manuel Sánchez, lamentablemente, ni siquiera están iluminadas.

 


8.1.3 El Retablo Mayor

El retablo de la capilla mayor es obra de Juan Fernández en 1673 con esculturas de Juan Rodríguez. En cuanto al ornato, el retablo de la capilla mayor es de trazas de Juan Fernández en 1673, esculturas de Juan Rodríguez, discípulo de Gregorio Fernández, y Juan Petí, y dorado y policromado de Blas de Solano, terminado en 1677. Está asentado sobre un zócalo de mármoles y jaspes y se organiza mediante tres cuerpos y tres calles entre cuatro columnas salomónicas de orden gigante, precedente del tipo de retablo con estas columnas que después popularizarían los Churriguera.

Presenta tres calles, separadas por cuatro columnas salomónicas de orden gigante adornadas con racimos de uvas, y tres cuerpos. En los dos primeros aparecen los Padres de la Iglesia en las calles laterales, San Gregorio, San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo. En la calle central un gran expositor inspirado en la cúpula de la iglesia y un relieve con el pasaje de Pentecostés. En el último cuerpo se sitúa un relieve de San Ignacio redactando los Ejercicios Espirituales inspirado por la Virgen en presencia de la Trinidad, flanqueado por los escudos de los reyes Felipe III y Margarita de Austria, y los cuatro evangelistas. Las labores de dorado se finalizaron en 1760.

En las calles laterales de los dos primeros cuerpos aparecen los Padres de la Iglesia, los santos Gregorio, Ambrosio, Agustín y Jerónimo flanqueando un gran ostensorio, en relación con la importancia del culto al Santísimo Sacramento en la Contrarreforma, y un relieve con Pentecostés en alusión a la advocación del templo al Espíritu Santo.

Los retablos del crucero están dedicados a San Ignacio de Loyola y a San Francisco Javier, parte del estudiado programa iconográfico de exaltación y defensa del catolicismo y de la labor evangelizadora de la Compañía.

 


8.1.4 La Sacristía (Aula Minor)

Se sitúa tras el altar mayor, siendo una sala rectangular con una longitud equivalente al ancho de la nave principal. Se cubre con bóveda de cañón con lunetos, de cinco tramos decorados con pinturas.

En cuanto a la sacristía, hoy Aula Minor de la Universidad está ubicada en perpendicular detrás del altar. Es de planta rectangular, con la misma medida que el ancho de la nave de la iglesia y se cubre con bóveda de cañón de cinco tramos con lunetos decorada con pinturas.

Aloja el mencionado retablo para el Jesús flagelado de Luis Salvador Carmona, hoy vacío de contenido alguno y en su día contaba con varios cuadros, destacando Melquisedéch ofreciendo a Abraham el pan y el vino y la Reina de Saba presentándose a Salomón, antes atribuidos a Rubens y hoy considerados de su taller. Recientemente restaurados.

En el testero de la sacristía un retablo hornacina recubierto por recuadros de espejo organizado a modo de arco triunfal en cuyos lados unos ángeles sobre rocallas muestran los atributos de la Pasión. Sobre el entablamento hay un crucifijo de marfil flanqueado por ángeles y coronado por escudo oval con el anagrama JHS timbrado con corona real. Este retablo tenía por objeto resguardar la imagen de Jesús Flagelado, que situada sobre un sagrario pedestal, mostraba las heridas de la espalda a través del juego de espejos, en el momento en que Cristo recoge sus ropas tras la flagelación, pensada expresamente para la sacristía al ser el lugar donde el sacerdote se revestía para las ceremonias litúrgicas. La escultura es obra de Luis Salvador Carmona. Al convertirse la sacristía en Aula Minor de la Universidad Pontificia la imagen se trasladó a una de las capillas laterales de la iglesia.

 




8.2 La cúpula de la iglesia

Las bóvedas y la cúpula son obra de Pedro Mato. La imponente cúpula sobre tambor en el crucero, enlazada mediante pechinas en las que aparecen los escudos reales, ha sufrido graves problemas estructurales y múltiples intervenciones (terremoto de Lisboa 1775)

La bóveda cuenta con decoración de yeserías y estucos con los escudos reales, en la misma línea de exaltación de los protectores del Colegio que la inscripción de la cornisa, que reza: “ESTE COLEGIO SE FUNDO AÑO 1614. FUERON SUS FUNDADORES CON REAL MAGNIFICIENCIA LOS CATHOLICOS REYES D. PHELIPE TERCERO Y Dª MARGARITA DE AUSTRIA”. 

La cúpula obra del Padre Mato es de planta octogonal y se yergue majestuosa sobre el crucero. Dadas las dificultades la cúpula se eleva sobre cuatro pechinas y se corona con una linterna de tambor cilíndrico.

 


8.3 Las torres

Fue Andrés García Quiñones quien añadió las torres y la espadaña. El primer registro de ambas torres es concebido por García de Quiñones bajo términos de una extraordinaria plasticidad dieciochesca, que se materializa en el marcado retranqueo de los muros, así como en las profusas ornamentaciones que los decoran. De este modo, en el área central de cada una de las caras del primer cuerpo de los campanarios, el arquitecto abre un balcón flanqueado por dos pilastras corintias sobre sendos altos plintos amoldadas al retranqueo de los muros. Asimismo, alrededor del perímetro de la puerta que da acceso a la balconada sitúa una moldura y sobre ella levanta un frontón quebrado por la presencia de un rico Monograma de María. La espadaña tiene un gran relieve con el tema del Espíritu Santo y que se corona con la imagen de la Virgen.

Por último, en las esquinas de las torres sitúa columnas pareadas de orden corintio, sobre las que eleva un entablamento retranqueado, conformado por un arquitrabe tripartito; un friso con triglifos y metopas decoradas con rosetas; y una marcada cornisa, cuyo material constructivo crea, junto al arquitrabe, bellos efectos de color, propios de la arquitectura del siglo XVIII.

Al segundo registro de las torres, que se corresponde con el cuerpo de las campanas, se le dota, en contraposición con el inferior, de una sección octogonal. Así, en las caras mayores abre cuatro ventanales en forma de arco de medio punto, flanqueados por sendas volutas y rematados, una vez más, con un frontón quebrado. En cambio, en los lados sitúa dieciséis esculturas pétreas de bulto redondo, sobre pedestales curvilíneos. Asimismo, tras los pináculos, el arquitecto decora el muro perimetral de la sala de campanas con los mismos motivos ornamentales que circundan los ventanales que cobijan los instrumentos.

A. García de Quiñones vuelve a crear efectos de color con la combinación de distintas piedras. Los campanarios son rematados por una balaustrada con pináculos en las esquinas, así como con un cupulín con linterna articulada por pilastras.

Igualmente, sobre la portada principal de la iglesia del colegio, García de Quiñones construye una monumental espadaña, que a partir de 1754 (año de la conclusión de las obras de la Clerecía) será la encargada de cobijar la gran campana de la reina Margarita de Austria. En la cara exterior del primer registro de la espadaña aparece un extraordinario relieve de la venida del Espíritu Santo, bordeado por una moldura y rematado por un frontón mixtilíneo quebrado por la presencia sobre él de la balconada donde se ubica la campana.

La cara interior de este primer cuerpo, orientada hacia la balconada que comunica los dos campanarios, está únicamente decorada con pilastras y cuadraturas. Por su parte, en las esquinas de la menores, García de Quiñones construye cuatro grandes pináculos rematados por florones y cruces metálicas, de reminiscencias medievales, a los pies de los cuales espadaña el arquitecto sitúa, en correspondencia con los campanarios, columnas pareadas de orden corintio, que apean sobre ellas un entablamento retranqueado.

A los campanarios de la Clerecía se accede a través de unas escaleras de madera de reciente construcción, situadas en el interior de la torre Norte.

La Clerecía alberga en el interior de sus campanarios, así como en la espadaña de su fachada, un extraordinario conjunto de ocho campanas históricas que deviene, tras el de la catedral, como el complejo de bronces más numeroso de Salamanca. Sin embargo, al contrario de lo que sucede en otras torres de la ciudad, las campanas del Real Colegio del Espíritu Santo no parecen seguir una estructura coherente en aquello que hace referencia a su ubicación. Mucho más coherente parece, en cambio, la epigrafía de los instrumentos.

Salvo en el caso de las dos campanas menores, la práctica totalidad de los motivos que decoran los bronces suponen, en cierto modo, una prolongación del programa iconográfico que aparece a lo largo de las estancias de la Clerecía, puesto fundamentalmente al servicio de la exaltación de la monarquía hispana, principal promotora de las obras del conjunto; así como de la Compañía de Jesús, la propietaria original del edificio. Este singular hecho nos hace pensar en que las decoraciones de las campanas de ambas torres y de la espadaña central, debieron ser pormenorizadamente estudiadas y posteriormente dictadas a sus fundidores.

Es especialmente significativo el caso de la gran campana de la espadaña, un extraordinario bronce fundido en 1754, coincidiendo con el final de las obras del conjunto, que está flanqueado, como hemos indicado, por las esculturas del rey Felipe III y de su esposa, la reina Margarita de Austria. A lo largo de la superficie de este instrumento aparecen elementos de la iconografía jesuítica, como el escudo de la Compañía de Jesús, un símbolo que hallamos también en cuatro de las campanas de las torres; así como referencias explícitas a la monarquía hispana, cuya influencia volverá a aparecer en el bronce de San Luis Gonzaga (1793), por medio de un escudo de Castilla y León.

En este sentido también cabe destacar la advocación de algunas de las campanas de las torres a santos jesuitas, así como a los principales referentes devocionales de la Compañía de Jesús. Es el caso de las campanas de San Francisco Javier (1892), San Luis Gonzaga (1793), San Ignacio de Loyola (1716) y del Sagrado Corazón de Jesús (1892).

 


8.4 Los elementos de la Universidad Pontificia

En cuanto al Real Colegio, hoy sede de la Universidad Pontificia, con ámbitos tan espectaculares como el mencionado Claustro de los Estudios, la monumental escalera o el Aula General de Teología, hoy Aula Magna de la Universidad, merece una entrada aparte: El Real Colegio del Espíritu Santo, hoy Universidad Pontificia.

 


8.4.1 El Aula Magna de la Universidad

El Aula General de Teología, en el segundo cuerpo de la planta este, inaugurada en 1746 y hoy Aula Magna de la Universidad (Paraninfo), acogía las disputas públicas y solemnes sobre Teología. Diseñada por Andrés García de Quiñones, es de planta rectangular, con cuatro tramos y cubierta con bóveda de cañón rebajado decorada con estucos y con los cuadros de los cuatro doctores de la Iglesia Occidental, los santos JerónimoAgustínGregorio y Ambrosio

En los testeros figuran sendos cuadros con la Sesión V del Concilio de Trento, cuando el padre Laínez dirige un discurso a los padres conciliares durante la disputa entre jesuitas y dominicos sobre la Inmaculada Concepción de María, obra firmada por Juan Ruiz Soriano Tobar en 1746, y La Compañía como madre de las Ciencias Sagradas acompañada de los doctores del resto de las enseñanzas, enviados por san Ignacio para evangelizar el mundo, rodeados de la Sabiduría, doctos teólogos, exégetas, moralistas, canonistas y también humanistas, matemáticos y astrónomos. 

La sillería de madera que recorre toda la sala estaba destinada a profesores y a doctores de otras universidades invitados a asistir a las conclusiones solemnes de Teología. Es de dibujo sencillo, casi austera en comparación con ornamentación de la sala. 

Finalmente, y para completar el conjunto, tenemos que hablar del Claustro de la Comunidad, aunque, lamentablemente, no puede visitarse. Es de planta cuadrada con un solo piso de orden toscano con pilastras adosadas, con una organización mural heredera de los patios del monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

 




8.4.2 El Patio de los Estudios

Obra también de Andrés García de Quiñones presenta un espacio más cercano al patio de un palacio real que al claustro de un edificio religioso. Es iniciado por Juan de Setién Güelmes aunque la mayoría se deba a Andrés García de Quiñones y finalizado en 1730 y más en relación con un palacio real que con un claustro religioso. El claustro de estudios, fue culminado por Joaquín de Churriguera, es una de las creaciones más acabadas del barroco español. Domina la verticalidad marcada por las gruesas columnas y los cerrados paramentos. El dominio general del muro sobre el vano, con una galería baja con pequeños arcos, dan un aspecto más escultórico que arquitectónico, con un resultado muy barroco. Las crujías interiores de los dos primeros cuerpos tienen cubierta de cañón. 

El patio presenta tres cuerpos. Los dos primeros se organizan mediante semi columnas compuestas de orden gigante que imitan a las de la fachada de la iglesia, con un primer cuerpo de galería de arcos y un segundo, que es el que coincide con el nivel del templo, con balcones coronados por óculos, aunque al principio también fuera concebido con arcos abiertos. Finalmente, el tercer cuerpo presenta balcones entre pilastras. 

Los dos primeros cuerpos se dividen por semi columnas de orden compuesto, con galería de arcos en la planta baja y balcones coronados por óculos en la primera, a la que se accede desde la calle y la iglesia. En el tercer piso balcones entre pilastras planas y grandes óculos bordeados de decoración floral y escudos reales le dan un carácter palaciego.

En la planta principal destaca la escalera de honor que comunica con las distintas plantas del Real Colegio. Está en el ángulo sureste del claustro y es obra de Andrés García de Quiñones e inspirada en la trazada por Rodrigo Gil de Hontañón bajo el patrocinio de fray Domingo de Soto en el convento dominico de San Esteban de 1553. Muestra caja cuadrada con nueve tramos colgantes apoyados sobre arcos rebajados con intradós decorado con tarjetas y balaustrada de piedra. 

A continuación en este ala norte del claustro se encuentra el Aula Magna (Paraninfo). A ella nos referiremos más tarde por su importante programa iconográfico.

En las cuatro partes del claustro se distribuye la serie iconográfica Vita Ignatii, 28 lienzos del pintor napolitano Sebastiano Conca pintados entre 1749 y 1753 con la vida de san Ignacio de Loyola, único programa iconográfico completo de la vida del fundador. 

La planta principal del claustro es un conglomerado armónico entre columnas y arcos de medio punto. Está decorada con 28 lienzos. Había también un segundo claustro de un solo piso porticado que fue destruido durante la Guerra de la Independencia y que finalmente pudo ser rehabilitado. En su interior se levanta la Biblioteca de la universidad Pontificia.

El Colegio tiene dos portadas, una de la calle Serranos en el ala oriental donde se encontraban las dependencias de las Congregaciones Marianas de San Stanislao de Kotska y de San Luis Gonzaga.

La portada principal situada en la calle Compañía da acceso al patio a través de unas escaleras y a un zaguán desde el que se llega a la primera planta del Claustro de los Estudios. Es realizada por Jerónimo García de Quiñones según proyecto de su padre Andrés. Da acceso a la nave occidental del Colegio y a la galería donde se encentra las pinturas de la Vida de San Ignacio.

 

8.4.3 La Biblioteca

Cuando se decide expulsar a los jesuitas de España, la legislación que regula todo el proceso presta mucha atención a sus bibliotecas y archivos. De aquellas se dice: «Donde quiera que hubiese Universidades, podrá ser útil agregar á ellas los Libros que se hallaren en las Casas de la Compañía, situadas en los mismos pueblos; y para poderlo decretar el Consejo con conocimiento, consultará el Executor, de acuerdo con los Diputados que nombre el Claustro, que será un graduado de cada Facultad» (Cédula real, comprehensiva de la Instrucción de lo que se deberá observar para inventariar los Libros y papeles existentes en las Casas que han sido de los Regulares de la Compañía, 23 de abril de 1767).

Por otra parte, por la real cédula de 20 de agosto de 1769 la biblioteca pasa a la Universidad de Salamanca, «reservando los libros útiles al uso común de irlandeses (Colegio de los Irlandeses), convictores (Convictorio Carolino) y seminaristas (Seminario Conciliar)», que, a partir de entonces, compartieron el edificio. Excepto los libros destinados al Seminario, los del Colegio de los Irlandeses y los del Convictorio volvieron, al menos en parte, a la Universidad.

 



  1. Las iconografías programáticas del Colegio del Espíritu Santo

El S. XVII está traspasado por la controversia inmaculista. En el siglo XVII la controversia inmaculista experimenta un gran auge en Salamanca. A la cabeza van a situarse los reyes Felipe III y Felipe IV, que pondrán en marcha varias embajadas ante el Santo Padre. Las delegaciones de Felipe III aconsejan al rey conseguir el voto favorable de las Universidades, Concejos y Órdenes Religiosas.

Dado el prestigio de la Universidad de Salamanca, era indispensable que se pronunciase a favor, era el denominado juramento. En este clima de controversia surgieron disputas y enfrentamientos entre franciscanos y dominicos. El 28 de octubre de 1618 se llevó a cabo el juramento en la iglesia de las Úrsulas, posiblemente ante la Inmaculada del retablo mayor, conservada en el coro bajo.

El voto del juramento de la Universidad reactivó a la sociedad salamantina, ser inmaculista se puso de moda, esto afectó a todos los estados eclesiales: conventos de monjas, órdenes religiosas, cofradías, parroquias. Hay dos conventos por su importancia inmaculista en el siglo XVII para Salamanca. Los dos dedicados a la Purísima Concepción: el de las Franciscas Descalzas y el de las Agustinas Recoletas.

Es sobresaliente en este contexto la relevancia de María. la Universidad, pues en 1760 la Universidad proclamó a la Inmaculada Concepción su patrona. En la Universidad se conservan dos lienzos que recogen el juramento.

En la obra del Colegio cobra importancia de primer orden el Espíritu Santo al que esta dedicada toda la obra y la figura de la Inmaculada.



    10.1. En la monumental fachada

Preside la fachada dos imágenes, la venida del Espíritu Santo en la parte inferior de la espadaña y la Inmaculada Virgen María en la parte superior entre las dos torres. La figura de María esta flanqueada por los reyes Felipe III y su esposa Margarita, fundadores del Colegio. Las torres y espadaña con esculturas de los Padres de la Iglesia, retoma el tema de las virtudes. En el cuerpo central aparecen dos grandes blasones representando la realeza. En el cuerpo inferior sobre la puerta de entrada se encuentra la imagen de San Ignacio realizada por Juan Rodríguez. 



10.2 En el retablo del altar mayor

Destacan dos relieves: el relieve de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y el relieve de San Ignacio redactando las Constituciones de la Compañía inspirado por la Virgen y en presencia de la Trinidad, los altares laterales de la derecha dedicado a San Ignacio y el de la izquierda a San Francisco Javier




10.3          En el Aula Magna de Teología.

La representación de la V sesión del Concilio de Trento obra de Juan Ruiz Soriano Tobar en el testero norte del aula Magna. Muestra al Padre Laínez en el apasionado debate teológico entre los jesuitas y dominicos acerca del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

Acompaña a otra gran pintura mural del mismo autor situada en el testero opuesto que representa la Compañía de Jesús como madre de las Ciencias Sagradas. El programa iconográfico se debe al Padre Lino Franco está dedicado a la exaltación de la Teología. Se representa a los Doctores de la iglesia Latina y a los cuatro grandes doctores de la Compañía: Francisco Suarez, Luis de Molina, Gabriel Vázquez y Gregorio de Valencia.

También hay en la bóveda representaciones de Santo Tomás de Aquino y San Luis de Gonzaga, así como la alegoría de la Sabiduría (Jesucristo) enviando a sus miembros a evangelizar el mundo

 




10.4          En el claustro

Las escenas de la vida de San Ignacio. Son 28 cuadros de la segunda mitad del S. XVIII obra del jesuita Francisco Aguado donde se narra la vida de San Ignacio el fundador de la Compañía de Jesús. Es la serie iconográfica Vita Ignatii más rica del Colegio. Es el único programa iconográfico completo de la vida del fundador. 

Estos lienzos vinieron de la granja que tenían los jesuitas en Loranca del Tajuña narrando la vida de San Ignacio desde la batalla de Pamplona hasta su muerte, encargados por la Compañía de Jesús al napolitano Sebastiano Conca.

 


Conclusión

La iglesia de la Clerecía es el mejor exponente del barroco español que sigue el modelo de il Gesú como expresión formal de los ideales de la Contrarreforma. El barroco español renovó la iconografía y las formas. El Colegio Real tiene toda una connotación como medio de propaganda y adoctrinamiento, fue promovido “para mayor gloria de Dios” y manifestar el triunfo de la fe. Preside el Espíritu Santo y la advocación a María (El espíritu de la Contrarreforma).

La arquitectura del Colegio fue el medio propagandístico para transmitir al pueblo el contenido de los dogmas sancionados en Trento. La iconografía estaba al servicio de la transmisión de un mensaje. La proliferación de santos era la manera para confirmar la fe del pueblo y excitar a adorar y amar a Dios y practicar la piedad.

Era la hora de la Contrarreforma promovida por el Concilio de Trento. El arte se pone al servicio del poder y la gloria. El lema “para mayor gloria de Dios

La iglesia que sigue el modo de il Gesú es de una sola nave. Se pasa de un severo interior apilastrado con capillas laterales a oscuras o en penumbra con una suave iluminación donde predomina el tratamiento espacial para la predicación. Esta iluminación se hace exuberante en el crucero con raudales de luz que penetran por las ventanas. Responde al itinerario ignaciano marcado en los ejercicios: vía purgativa, iluminativa, unitiva.

El símbolo del águila del Colegio representaba un paso de desvincularse de los poderes terrenales para elevar los espíritus a un orden superior. La espiritualidad ignaciana supuso un cambio de paradigma de una iglesia cerrada (claustro) a una iglesia en salida y misionera (de puertas abiertas). El mundo dejaba de ser un enemigo del cual defenderse y pasaba a ser un aliado en donde influir a través de una renovación interior. El modelo tridentino fue enriquecido a través de una acomodación discernida en un sistema permanente de fronteras móviles (hacia fuera y, lo que es mucho más importante, hacia dentro y hacia abajo). Disenso y movilidad discernida son, pues, las claves de esta acomodación ignaciana.